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Mostrando entradas de noviembre, 2012

Sólo necesito tiempo.

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Es simplemente simple. No necesito capas de protección para el corazón. Es cierto, a veces estoy bien y en unos segundos desconecto del mundo para regresar al pasado. Y le echo un ojo, ya sabes, por si ha cambiado algo. Y todo sigue intacto, tal como lo dejamos. Ahí, quieto, tranquilo. Yo ya no tengo miedo, ¿sabes? ni de ti, ni del pasado, ni si quiera del presente, ni del futuro. He asumido que nunca seremos amigos, que siempre vas a dejar esa barrera de distancia que has puesto entre nosotros. Nunca te entenderé, no, nunca entenderé porqué te es tan difícil hablarme normal si no me has querido realmente. Si todo ha acabado. Yo tendría que ser la que girara la mirada, yo tendría que ser la ofendida.
El caso es que ya me da igual, cada día abro un poco más los ojos. Y sé que no eres el chico que estuvo conmigo, ya no. Porque no me volverás a hablar así, ni a gesticular así, no a reír así, no conmigo. Puedo ver cómo le sonríes a alguien, a lo lejos. Puedo ver cómo hablas, incluso puedo …

Te fuiste tú primero.

- ¿Me esperarás?
- No me hagas hipotecar mi vida contigo.
- Sólo quiero saber si estarás si decido volver.
- No, siéndote sincera, si te vas es porque no mereces que esté cuando vuelvas. Si no quieres perderme, no te vayas.
- No tengo opción...
- Sí la tienes, escógeme a mí.
- No hagas esto difícil.
- Si no te fueras sería fácil, lo sabes. Pero estás asustado. No eres capaz de admitir, por una vez en tu vida, que estás acojonado porque nunca había pasado esto antes, ¿verdad?. Hasta pensaste en el color que escogerías para nuestro sofá.
- No sabía que iba a salir así.
- ¿Así?
- Bien. A mí nunca las cosas me han ido bien.
- Yo sé porqué. Porque huías justamente antes de que sucediera. Plaf, como si fuera fácil. Huías cada vez que no querías sentir. Pero esta vez no te ha dado tiempo de escapar.
- No quiero escapar de ti, ese es el problema.
- De eso te hablo, que ahora no quieres dejar las cosas como están, por eso necesitas tener asegurado que yo esté aquí, para que cuando vuelvas, pue…

Pero es por el miedo.

- No es que no quiera estar contigo. Me gustas. Es cierto, me gustas, desde aquel abril, desde aquella feria, desde aquella primavera. Eres excepcional. Pero...yo ya no estoy hecha para esto, no. Ya no. Porque sé lo que sucederá, siempre pasa lo mismo: Cuando te canses de luchar, entonces me dirás que no he sido nada para ti. Y yo me tragaré las palabras, las lágrimas y caminaré dirección a mi casa con la cabeza bien alta. Por mis auriculares saldrá la letra perdida entre el llanto, esa letra que conoces tan bien. A thousand years. Y lloraré cuando atraviese esa portería, y suba a toda leche las escaleras hasta llegar a mi casa. Después me tumbaré en la cama y desde ahí mirare hacia el corcho. Y veré nuestra foto. Entonces te echaré de menos, y el dolor se hará insoportable.  Ni las tilas calmarán mi drama, ni el sueño calmará mi cansancio. Porque lo único que me hará falta para sonreír será tu sonrisa y ella ya no estará a mi alcance. Eso pasará con nosotros, eso es justamente lo que…
Pero le miré el alma. No era un alma pura, yo ya lo sabía. Tenía una oscuridad intensa, como esa oscuridad de las noches de invierno, las más frías, las que tienen menos estrellas. Pero me encantaba perderme en sus sombras, el frío que había en ella jugaba a abrazarme, a partirme en dos mitades de vez en cuando. Sabía que merecía algo mejor, mejor objetivamente. Porque para mí sus imperfecciones eran perfectas. Me miró atravesándome el corazón con un cuchillo, un cuchillo metafórico, de esos que te dan igualmente la sensación de cortarte el alma en mil cachitos. Le amé, sí, claro que lo hice. Fueron los tres mejores años de mi vida. Él me buscaba, me encontraba, me besaba, me acariciaba. Sabía cuántos escalones había en las escaleras antes de llegar a mi casa. Se sabía las coordenadas exactas, esas en las que podía besarme, hacerme cosquillas, y que utilizaba en mi contra cuando quería convencerme de cualquier estupidez. Sabía mis secretos más estúpidos pero íntimos, se sabía mi color…

Lo más triste que hay después de una canción de amor son dos canciones de amor.

Sus ojos se reflejan en los míos. Él mira su reflejo. Le quiero acariciar las mejillas, pero está temblando.
- No tienes que ser fuerte, no ahora. Vámonos, por favor.
- No me voy a ir hasta que no haya justicia.
- ¡Me da igual, ya, David! No quiero justicia. Lo único que quiero es que estés bien, y si nos quedamos aquí moriremos los dos.
- No, tú tienes que irte. Yo me quedo, me quedo aquí.
- No, no, no...no voy a permitir que te quedes aquí, solo, en tu estado.
- He pasado por cosas peores- sonríe, con la mirada perdida, y una mueca de felicidad que esconde unas lágrimas de dolor. Tenemos que salir de aquí, pero él no está dispuesto a venir.
- Entonces me quedo contigo.
Yo nunca he sido una chica valiente, eso es cierto. Siempre he sido la típica chica tímida que esconde sus sueños tras una carpeta llena de escritos, la misma que no sabía contestar a un ''te quiero'', esa que tenía miedo hasta de las tonterías más tontas. La chica a la que nadie antes había mirado. No …

Que mi tópico de amor pierda los tópicos.

Caricias en tu espalda que no volverán. Un beso amargo que sabía a final. La historia medio acabada que aún estaba por empezar. Lo de siempre. Lluvia, dos almas impares conectadas que se dejan de buscar. Un tropiezo en la casualidad, un intento de olvido. Un ''no va a volver más'' que deja ir tu amiga, sin más. Un ''es que no me importa ya qué pasará''. Vacío existencial que lo llenas con frases típicas de amor. Filosofía barata que inventa un corazón. Escribes para aliviar el dolor, y como siempre las palabras te abrazan aún mejor que el corazón. Una promesa que queda en el aire. Recuerdas que lo que valen son los hechos y no las palabras, pero aún así sabes que lo escrito perdura siempre. Y tú tienes escrito su nombre en todos tus recuerdos bonitos. Instantes con valor incalculable.
Pero ya no ves la vida con ese tono triste con el que los poetas la pintan, no. Tú le buscas un sentido irreal a la existencia de todo humano, y sigues pensando que el amor…

Sube a mi cohete.

Sabes que siempre ponía un ''te quiero'' acompañado de un ''jajaja'' para quitarle seriedad. O un ''te he echado de menos'' al lado de un ''xd'' como símbolo de estabilidad. Como si así las palabras no sonaran tan reales, como si así no pudieras huir de mi lado. Siempre odié las despedidas, y sobre todo si tenía que despedirme de ti. ¿Cómo puedes besar unos labios por última vez si sabes que hasta dentro de dos horas no vas a poder volver a hacerlo? No había límites entre mi cabeza y mi corazón, siempre supiste que caminaban en direcciones contrarias. Pero no te importó. Te sentabas a mi lado y me acariciabas el hombro, y te sentías el hombre más rico del mundo porque me considerabas oro. O eso decías. ¿Como mis rizos, no? Te bastaban dos minutos para convencerme de un ''te quiero'' con tus besos. Sabes que me costaba mucho hacerte saber lo que sentía. Sabes que siempre me hundo. Y sabías entonces que mis …

Ennie, la infinita Ennie.

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Ennie me mira desafiante. Sé que me quiere comer a besos pero desea hacerlo a puñetazos. Mírame así, sabes que me encanta. Pasea el cigarro por sus manos. Tic-tac, se consume. Como su alma. Hasta que lo acaba apagando. Siempre hace lo mismo, trata de esconderse tras el cigarro. Como si el humo pudiera nublar los pensamientos, incluso lo que ambos sentimos cuando estamos cerca. Pero sabe que siempre lo acaba apagando. Sonrío triunfante al adivinar lo que iba a suceder, y ella, otra vez desafiante, me mira.
- Ennie, ¿cuánto va a durar esto?
- ¿De qué me estás hablando?
- De tu actitud.
- No sabes nada de mi actitud.
- Fumar no es de guays, aunque los guays fumen.
- ¿Te has dado cuenta tú solo, de esto?
Me rindo ante sus palabras. Pero sólo porque odio discutir con ella. Me gusta cuando se enfada, pero no cuando yo soy la razón. Aunque sé que no soy la razón, no hoy. Sé lo que le sucede, sé que está deseando contarlo, sé que no le gusta dar pena.
- ¿Está de más que te diga que puedes co…

Si caes, curaré tus alas.

Nacho la miró delicadamente. Raquel estaba guapísima. Bajó ligeramente su tirante negro y le besó el hombro. Ella se estremeció bajo el tacto de sus labios. Nunca nadie le había hecho sentir tan viva.
Miró el mar mientras los labios de Nacho se alimentaban de su cuello. Quería detener el tiempo en ese instante. Él la miró a los ojos y por un momento, sin decir nada, ya se lo dijeron todo. Nacho estaba seguro de que Raquel era todo aquello que no buscaba. Era caprichosa, a veces parecía antipática, y sonreía sólo cuando a su corazón le parecía adecuado hacerlo. Lo controlaba todo y lo planificaba todo, segundo a segundo, temiendo que su vida se pudiera desbordar en cualquier momento. Nacho era más alocado, él improvisaba a cada momento. Raquel también sabía que Nacho era su polo más opuesto, pero le encantaba el sonido de su risa, la manera en la que sorbía la nariz, incluso la manera de dar la mano. No había nada de Nacho que pudiera detestar, porque Nacho era todo lo que ella no era. …

Miedo a echar de menos sus manías.

No es eso, tú nunca lo entenderías. Me da miedo porque sé que no van a aparecer las tardes de domingo paseando en invierno por el puente del centro de la ciudad. Me da miedo entrar en la cocina y no ver que se ha dejado el bote de nocilla en la mesa, que no ha llenado la botella de agua, y que encima no ha fregado los platos. Saber que es miércoles y se le ha olvidado de que le tocaba fregar a él. Me da miedo porque ya no me morderá la oreja, ni me besará el cuello cuando quiera convencerme de algo. Simplemente porque tú no eres como él. Tú no vas a tener sus manías, no dormirás con los calcetines puestos ni odiarás la barra de labios roja. Tú no serás perezoso y me dirás que vaya yo a buscar el pan. No vas a dejar la taza de váter abierta, no. No vas a llamarme rubia. No vas a arrancarme la pena a besos, porque no eres como él. Y es por eso que tengo miedo, porque no quiero tener que echar de menos regañar a alguien por el simple hecho de que no es lo que yo esperaba. Como hacía con …

Absurdo sería pedir un te quiero de tus labios.

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Me dejaste tirada, como se tiran esas bambas viejas a las que le tienes cariño pero ya te da hasta vergüenza ir con ellas por la calle. Me sentí sucia, pero no físicamente hablando, sino en mi interior. Sentí como todo lo que había estado construyendo en mi vida se derrumbaba poco a poco: primero ellos, luego ellas, y por último, tú. Todo por lo que había luchado, todo lo que había logrado, iba hacia atrás, como los cangrejos, como las olas cuando hacen el intento de regresar dentro del mar. Lo cierto es que siempre había sido así, yo siempre había alimentado a los demás con mis sueños hasta quedarme vacía. Regalaba mis ilusiones hasta quedarme sin.
Y es lo que me pasó contigo. Por eso estaba ahí, bajo la lluvia, sentada en la acera de la avenida dieciséis, con los cascos puestos, el volumen de mi ipod verde a toda pastilla, y mis esperanzas rotas. Llorando como si fuera una muñeca de plástico. Pero si las muñecas no lloran. Pero yo sí. Te eché tantas noches de menos, tantas, que hasta…

¿Sabes por qué da miedo?

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Porque ya he tenido la sensación de que volaba otras veces, y siempre me he acabado estrellando. 


No quiero ilusiones, ni promesas si no vas a quererme así, tan fuerte, como te quiero. ¿Sabes qué me acojona? Que pase el tiempo y yo esté segura al cien por cien y tú te quedes en el noventa y nueve.  Que sé que estoy exagerando, que sé que no puedo pedirte nada, nada. Porque tú me cuidas, y me besas, y me dices que me quieres y te preocupas...Pero a veces siento un nudo en el pecho que no soy capaz de entender. Sé que pienso demasiado, sé que le doy demasiadas vueltas...pero tengo mucho miedo. Y sólo necesito abrazarte y que no digas nada. Quiero besarte y que ya no importen las palabras. No quiero pensar que un día vas a dejar de estar, ni quiero creer que no vas a sentirte enamorado. ¿Al fin y al cabo, cómo sabes que estás enamorado?... Cuando me preguntan si estoy enamorada, ahora, no sé qué decir. Yo sé la respuesta, pero me da miedo afrontarla porque no es la misma que la de él. ¿Es…

Pero él era un alma libre.

A veces me sorprendía la calidez de sus palabras. Él siempre decía que querer era de tontos, que sólo teníamos que disfrutar. En la playa, se quitaba la camiseta, los pantalones y se tiraba al mar. En pleno febrero, y yo muerta de frío mirando cómo reía. Estaba chiflado, y eso era lo que más me gustaba de él: su locura desatada, infinita. Había tenido muchas ganas de decirle, de preguntarle si me quería, cada día, cuando quedábamos como dos bobos en silencio mirándonos a los ojos. Pero jamás me atreví a hablarle de sentimientos, no a él. Era un alma libre... necesitaba volar alto, y yo no podía echar el freno. Tenía alas de plata, y surcaba tan alto los cielos...que a veces ni podía verle. Eso fue lo que más me dolió cuando se fue, que no vi cómo se marchaba. Él decía que odiaba las despedidas, ni un último beso, ni nada. El último beso ya ni lo recuerdo, por el simple hecho de que no pensé que iba a ser el último. Si alguien me hubiera avisado antes, aún le estaría besando. Aún estar…
- ¿Y la dejaste?- La dejé porque le iba a destrozar la vida si seguía con ella. ¿Has sentido como que no eres suficiente para alguien alguna vez? La quiero, pero no puedo permitirme que esté conmigo cuando sé que se merece a alguien mejor.
- ¿Y si a ella no le llenara alguien mejor? ¿Y si sólo te necesitara a ti?