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Mostrando entradas de mayo, 2014

No tengas miedo.

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Antes de juzgarme.

Para juzgarme deberías saber algo. Deberías saber que he sudado lágrimas por muchas personas y que he escalado montañas por gente que ni si quiera ha tenido el valor de dar un paso por mí. Y que cuido a las personas que me importan. Quizá te iría bien saber que los insultos pasados solo fortalecieron un alma que ahora es irrompible, y que llevo por escudo. Deberías saber lo mucho que di sin  que nadie supiera, lo mucho que anónimamente llegué a hacer por una persona simplemente por su bien y que nadie jamás ha sabido.  Deberías preguntarte qué quieres, adónde puedes llegar surcando mi vida, chapoteando en cada litro de mis recuerdos. Porque tú piensas que quizá pueda odiarte pero hoy vas a aprender algo: No odio a nadie. Odiar requiere poner fuerzas en algo, y yo, por las personas que no me interesan, no invierto tiempo.
Plantéate si de veras entraste para quedarte, para hacerte un hueco, o si solo lo hiciste para rasgar la tela que envuelve mi vida. Si es esto último, ya te puedes ir…
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1226 razones para ser feliz.

Grazie.

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Qué barbaridad quererte a rabiar y matarte de risa. Que las cosquillas sean como besos adictivos, y que sin palabras podamos decírnoslo todo. Somos más que un par de enamorados, nosotros somos Venecia, y todo lo que dentro de ella verás. Nosotros somos góndola, puente y agua. Nosotros somos canal. Somos invierno, primavera, verano u otoño. ¿Sabes qué nos diferencia de todos ellos? Que nosotros des del segundo uno ya sabíamos lo que era no tenernos, y eso nos hizo ser mejores. Y sobretodo aprender a cuidar lo que se tiene antes de perder(lo).  Podría decirte mil cosas bonitas, como hago siempre. Pero anoche me hiciste entender muchas cosas, y entre ellas, cómo no, me ayudaste a crecer. Nunca voy a olvidar esas palabras, ni esa magia que escondían tus ojos. Porque bajo mis sábanas parecíamos infinitos. Y no sé cómo batallar contra el tiempo, contra el misterio de un mañana, pero sí sé batallar con tu sonrisa. Y se gana besando.  No te voy a dar las gracias, porque ya sabes todo lo que …

La vida es un accidente constante.

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He escondido debajo de mi piel todo aquello que jamás pude decir. Creo que a pesar de que jamás me dieron miedo las alturas sí le tuve miedo a otras cosas. Cuando era pequeña me daba miedo que la magia existiera porque eso significaba que el mundo no estaba al alcance de mis manos y que no podría controlar lo que pasaba a mi alrededor. Cuando crecí, me di cuenta de que aquello que creía que era magia, o aquello que yo llamaba así, en realidad era la vida, y que, obviamente, tampoco podría controlarla. Resultaba ser que la vida solo me daba opciones que yo debería elegir, siempre sin saber qué escondería el camino. Como saber el nombre de un libro sin saber si quiera de qué tratará. Eso es la vida, elegir un nombre, un camino, unas amistades, una carrera o un trabajo, una pareja, una casa dentro de una ciudad, o quizá un pueblo. Es apostar a ciegas, sin saber más que el nombre. No sabes lo que te espera durante el camino. Si la vida te atropellará las ideas, si cambiarás el rumbo a mit…
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Tú y yo brillábamos más. Porque no nos hacían falta luces para hacerlo. 
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Si tu cuerpo fuera poesía, dijiste,
Sacaría versos de cada rincón,
y los haría míos.
Rimaría cada poro de tu piel,
y acompasaría tus pasos con los de mi papel.
En tinta escribiría tu nombre,
desvanecería el invierno,
convertiría los sueños en letras,
las comas en vida,
los acentos en el aire que respiras,
y te diría adiós
trágicamente,
como solo un buen poeta haría,
deseándote lo peor,
pero queriéndote lo mejor,
desnudándome el alma con cuidado,
por si se te ocurriera volver,
por si al aparecer,
pudieras pasarte otra vez
para acabar de romper
los trozos de mí que dejaste al barrer.
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No habrá jamas nubes que tapen mi felicidad. Es mi primera ley de vida.

Hice desaparecer todos los lunes de tus semanas.

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Dijiste que te había salvado en todos los sentidos que puede conllevar esa palabra.
Que yo te había sanado todas las heridas a base de alcohol dulce, y que ya no te escocían las caricias de otras manos que no fueran las de la soledad. Dijiste que había tintado tu mundo, de una felicidad impermeable, y que le quité los lunes a todas las semanas de tu vida. Que hice de los domingos el sofá perfecto en el que tumbarse a hablar sobre qué estará pasando al otro lado del océano. Que los canales de televisión se hicieron aburridos si no eran mis dedos los que jugaban a cambiarlos, y a desordenar todo tu mundo... Me prometiste que todo era de verdad y te balanceaste en mi propia vida, haciéndola tuya. Era tuya. Es tuya. Y es que tú y yo ya nos habíamos visto antes, amor. Pero no era el lugar, ni era el momento. Y sin embargo, llegó un día en que sí lo fue. Era veintiséis y no llovía (lástima, porque la lluvia siempre nos gustó). Yo llevaba tu sudadera roja, que tanto me gusta, y el destino hi…

Por darle un puñetazo tan fuerte a la amistad.

Hay días en los que me pregunto si a la hora de poner las cartas sobre la mesa alguien se planteará si yo fui verdadera y estuve en todo momento. Entonces miro la noche desde cualquier ventana y me doy cuenta de que hay 1 entre un millón de posibilidades de que eso ocurra, al igual que la inmensidad del universo. Porque si eso fuera verdad, ¿Cuántas personas deberían darte las gracias? ¿Cuántas no te habrían herido y se habrían ido corriendo? Hoy es uno de esos días en los que me acuerdo de ti y pienso en por qué. Por qué dejamos de ser amigos y en qué momento cambió todo. En por qué me fue tan fácil llamarte mejor amigo y por qué hoy si nos encontramos por la calle fingiremos no habernos visto. Pienso en por qué te fue tan fácil tirar de la cadena y dejar que el agua arrasara con todo. Y en por qué nunca has tenido la cara, el valor, las ganas, de pedirme perdón.
Porque te habría perdonado. Porque habría tapado esos años amargos con la mano y habría mirado hacia recuerdos futuros que …

Como los sordos oyen la vida.

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Siempre te has parecido al invierno, y a la contemplación de esos libros que se apoyan en sillones y miran directos al fuego. Porque siempre te has semejado a esos recuerdos que te muerden el alma y se instalan en los momentos en que verdaderamente has sido feliz. Algunos pensarán que estoy loco si les hablo de que te dejabas la vida por hacerme feliz y lo lograbas. Como poco a poco tu pelo rubio fue acariciándome la espalda cuando tumbados, conseguías hacerme reír a carcajadas. Eras solo tú, y eso es lo que buscaba. No habían lápices labiales, ni medias rotas, ni vestidos con propuestas indecentes que pudieran manejar nuestros sentidos lanzándonos al vacío. Porque saltábamos simplemente para rozarnos. Porque nos rozábamos simplemente para darnos el capricho de amar despacio y correr deprisa.  Yo te leía, en braille, y no me importaban los signos de puntuación, ni la ortografía, ni los puntos y aparte. Porque en cada capítulo me esperabas tranquila hasta que yo llegara para hablarme …
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Nadie dijo que la felicidad fuera eterna. Puede durar un instante, a veces, unos minutos. Otras, pasa tan rápido que no te da tiempo a mirarla de frente.
A mí la felicidad nunca me ha gustado. Y pensarás que estoy loca por no querer ser feliz, pero en realidad no es eso. Lo cierto es que no me gustan las cosas efímeras, porque se acaban. Y a mí no me gusta tener un final y empezar de cero, porque cuando empiezas de cero, matas algo que forma parte de ti.  Y a nadie le gusta morir una, y otra, y otra vez. 
¿Entiendes ahora lo que quiero decir?
He liberado tantas partículas, tantos fragmentos de Noelia, que nunca he vuelto a ser lo que era. Y ahora, me gusta lo que soy. ¿Por qué no quedarme así para siempre, entonces?