viernes, 9 de noviembre de 2018

Mi eterna ciudad.



Es un hecho que se hunde. Ya ha salido en varias noticias, ya lleva años pronunciándose. Mi eterna Venecia, con la que he soñado tantas veces, acabará desapareciendo. Aún no he podido pisar sus calles, contemplar los canales, asombrarme de noche, cautivada por todas las luces, en una góndola. 

Aún no he paseado por la plaza de San Marcos, el corazón de la ciudad eterna. Me parece increíble que en veintidós años, y con lo que he deseado ir, no me haya atrevido a hacerlo. Puede ser que esperara ir acompañada de alguien importante para mí, tal vez solo era un sueño de aquella niña ilusa e inexperimentada. Muchas veces me he preguntado si sigue siendo un sueño para mí, ir, y no lo tuve claro hasta que supe que podría desaparecer en cualquier momento. Sé que si no voy, algo en mí quedará clavado para siempre, una espinilla que no habré podido arrancarme, un lugar en una lista que ya jamás podré tachar. Debo ir. Quiero ir. Necesito dejarme seducir por la antigüedad, el romanticismo y lo acogedor de ese lugar. Quiero escuchar el sonido tranquilo de las noches, el mismo que yace encerrado entre los puentes, balcones y góndolas de la ciudad. 
Quizá un día decida hacerlo. Tal vez sea una sorpresa para mí, puede que un día me levante y lo haya decidido. Pero sé que voy a hacerle una foto al atardecer más lento y sigiloso que jamás veré, voy a estar a cinco centímetros de esas aguas y voy a dormir en una habitación con vistas a algún rincón precioso y misterioso de la ciudad. No sé cuándo, no sé por qué, no sé por cuánto tiempo, pero lo haré. 

Quizá no deberíamos apartar nuestros sueños, aunque hayan parecido caducar, solo porque perdimos la ilusión de cumplirlos una vez. Puede que la vida esté llena de oportunidades y vuelvan a presentarse ante nuestros ojos.  ¿Y si nunca hubiera dejado de ser esa niña de diecisiete años?

jueves, 1 de noviembre de 2018

Conversas.



- ¿Y qué hago?
- Yo no tengo la respuesta a eso...Pero tú sí. 
- ¿Crees que si estoy así es porque aún no me he rendido?
- Correcto...
- ¿Y crees que está bien esa locura? ¿Crees que soy imbécil?
- Yo solo voy a creer que está bien si es realmente lo que quieres y si te eres sincera.




martes, 30 de octubre de 2018

Decisiones.





Lo vio de lejos en la biblioteca y no se atrevió a acercarse. Desde luego sabía que si lo hacía tendrían minutos, tal vez horas, de conversación. Sabía que cabía la posibilidad de tomarse un café juntos, incluso era consciente de que podría tenerle cerca y sentir su olor. Le explicaría cómo le había ido el día, charlarían hasta aburrirse, sabiendo que nunca llegarían a hacerlo. Era consciente de todo eso y por eso se alejó. Porque sabía que después estarían abrazándose durante minutos, porque vería en sus ojos la duda, la indeterminación, cuando se despidieran. Sabía que serían unas horas preciosas, perfectas; tanto, que al final ella volvería a casa sin saber nada. Porque él no demostraría nada, o porque tal vez demostraría más de lo que estaría dispuesto a asumir. 
Por eso giró hacia la izquierda y cogió el ascensor, porque sabía que era mejor no dar pie a esas bonitas y asfixiantes casualidades, porque era favorable para ella empezar a entender que para él las cosas habían sido más sencillas. Porque, al final, él había decidido y ella no estaba en sus planes. 
Porque de haber sido otro día, quizás en otra vida, se habrían sentado juntos y se habrían mirado hasta desgastarse. Porque, en cualquier otro planeta, él la habría llevado a casa y no se habría querido despedir nunca. En otra vida, puede que él la hubiera besado sin importar nada más. En otro mundo eran los valientes que desafiaban toda ley de gravedad; pero en este solo eran dos cobardes que evitaban mirarse de cerca. Uno por no saber qué esperar y la otra por haber entendido que no puede insistir más en quedarse en un lugar donde no saben si la acogerán. 


lunes, 29 de octubre de 2018

sábado, 27 de octubre de 2018

Quizá en Plutón.



Quizá en Plutón. Aquí en la Tierra no, tú no me miras. Aquí no, tú no respiras el olor que desprende mi pelo. Aquí no me deshaces el dolor ni me rehaces el amor y las ganas. En este mundo estamos distantes, en este la gravedad nos mantiene con los pies anclados al suelo. Qué aburrido colgarme de tus ojos y no poder precipitarme al vacío, escalar tu cuerpo y no poder gritar que llegué a la cima. 
Resbalarme constantemente entre tus dedos, mirarte sin entender qué es lo que tú miras. 
No encontraste la llave. Imagino que es eso, que no abriste la caja. Que no encontraste respuestas ni conseguiste la cura. Que en esta historia aún hay guerras y armaduras. Imagino que te refieres a eso, a que nada ha cambiado. Que tú no te muerdes las ganas para no besarme, que no giramos en la misma dirección, que el tiempo para ti va a 300 000 kilómetros por segundo y que para mí ya son 600 000. Que ya no te mueres de ganas de acogerme en tus sueños, que ya no soy la que sellará esas coordenadas en tu espalda con besos lentos. 
Aquí en la Tierra escucho el motor de tu coche mientras te marchas cuando abro el portal y siempre me pregunto lo mismo: ¿Algún día habrá un mundo en el que volvamos a ser posibles? ¿En el que estar juntos no rompa con todo? 
Las respuestas nunca llegan porque yo también he perdido la llave que abre ese cajón de resoluciones perfectas. La diferencia es que yo te miro embobada, llena de dudas, sabiendo que tras un beso todas se volverían insípidas, indiferentes y acabarían desapareciendo. Como aquel día de septiembre en el que sentí que ya no necesitaba ver más primaveras para saber a qué huelen las rosas cuando despiertan. Aquel día en el que sentí que había un hueco en la Tierra para dos astronautas perdidos. 

Pero tú no, pequeño viajero, tú no. 
Tú levantas la mirada en busca de nuevos planetas donde clavar tu bandera, donde sí haya oxígeno que sostenga mis locuras y tus maneras, donde un tú y yo quepa sin error ni fronteras. 

Quién sabe si allí arriba seguiremos respirando;
aquí abajo he empezado a preguntarme a qué saben los sueños cuando se apagan.

jueves, 25 de octubre de 2018

-.





He sentido la necesidad imperiosa de plantarme delante de una hoja en blanco sin saber bien qué decir. Lo he sabido desde que han aparecido los créditos finales. Joder, hacía mucho que no salía de una sala de cine llorando. Para mí la música ha sido siempre un trampolín gigantesco, lleno de pliegues, rugosidades y agujeros. Algo móvil, cambiante, peligroso e incluso siniestro. La música me permite explicar con ligeros sonidos lo que mis palabras toscas nunca consiguen. Es el punto final a una frase, esa tilde que cae en una letra, un octavo sentido. 
No sé qué me ha destrozado más: la música, la historia o saber que me he visto en muchas partes de la película. No porque yo vaya a convertirme en ninguna estrella -porque ni siquiera lo pretendo, ni se me ocurre pensarlo- sino porque hay algo que me arrancaba de mí misma conforme la historia cambiaba y avanzaba. 
He salido del cine con la sensación de que no he valorado muchas de las cosas que he tenido y sobre todo, de que no me he sentido valorada en muchas ocasiones. Ya no hablo a nivel musical, sino a nivel personal. Todos necesitamos que un Jackson nos haga desprendernos de todo lo que nos ata al miedo y a la vez, todos necesitamos a una Ally que nos haga volver a querer soñar. 
Cuando los he visto juntos en un escenario he pensado en cómo necesitamos a veces que alguien nos dé ese empujón para lanzarnos a por esas cosas que ansiamos y nos acongojan. Jackson es valiente porque arrasa con todo y cree en la música, pero Ally lo es más aún, porque sabiendo a lo que se enfrenta decide dar un salto. Jackson empuja a Ally a que los demás la vean y la escuchen, pero ella es el salvavidas de esa alma perdida que parece no encontrar el camino correcto nunca.
No voy a hablar del final, ni de lo que he sentido con él, básicamente porque rompería a llorar otra vez. Hacía mucho que una película no me removía algo por dentro. Hacía mucho que no sentía rabia. amor, miedo, tempestad e impotencia a la vez.
No voy a olvidar todo lo que me he llevado de las horas de mi vida que he dedicado a ver esta obra de arte. Ni voy a olvidar en todo lo que me ha hecho pensar sobre mi vida, y que por supuesto, hoy no voy a relatar. 

Supongo que hay cosas que nos remueven más sentimientos de lo que desearíamos.


PD. La escena de la foto, para mí, es una de las mejores. Todavía siento un nudo en la garganta. 







viernes, 19 de octubre de 2018

Me había pasado la vida intentando descifrarle. Lo miraba siempre con fuerza, con garra, concentrada en adivinarle. Como si sus pensamientos fueran archivos ocultos, escritos en un idioma ya no practicado, imposible de entender. Nunca lo conseguí, nunca supe qué pretendían cada uno de sus pasos, qué escondía su íntima mente. Jamás hizo siquiera un movimiento que pudiera hacerme sospechar qué escondían esos ojos. Quizá por eso tardé tan poco en quererle, en pensarle. Para mí era un enigma que tenía que resolver, una ecuación cuya X se escondía en algún lugar que yo un día debía pisar. 
Pero jamás lo hice. Nunca supe qué le empujó a marcharse, ni siquiera supe por qué se fue. 
Si pudiera, ahora, se lo preguntaría. Aunque sé que jamás respondería con certeza. Sería un “no sé” perseguido por un “mañana ya lo pensaré”, que al final desembocaría en un “el momento ya pasó”.

Me hubiese gustado sacudir su mente alguna vez, extraer respuestas. Pero ahora jamás lo sabré. Y quizás lo más triste de todo esto es que él jamás sabrá que sentí eso, que siento eso. Porque jamás se lo preguntaré, porque nadie sabrá nunca que yo sí le quise. Que yo sí respondí. Que yo sí que miré cuando se marchó. Que yo sí. 

jueves, 18 de octubre de 2018

Crónica de un mundo que quiere terminar.

Levanté la vista y lo vi acercándose a mí. Jamás había visto uno de cerca. Me lo había imaginado muchas veces, incluso había pensando en el olor que podrían desprender, pero nunca había mirado a ninguno a los ojos. Era espeluznante verlos, pues no solo eran muertos vivientes, con forma semi-humana, dispuestos a devorarme, también habían estado vivos, como yo. Habían estudiado, tenían familias, amigos, incluso algún dichoso tenía pareja. Pero ahora ya no. Eso había terminado para ellos, habían muerto sin morir, y ese, para mí, era el peor castigo. La eterna condena, el no reconocerse nunca más como lo que son, la pérdida de memoria, conciencia y humanidad. Me lo había planteado muchas veces: ¿Seguían sintiendo? ¿Veían, desde dentro, incapaces de articular palabra o simular expresión, lo que sucedía en el mundo? ¿Estaban luchando contra sí mismos en un cuerpo absolutamente dominado por el hambre, la sed y la barbarie? 
Todo eso pasaba en forma de estrella fugaz por mi mente mientras sostenía la pistola. Me la había dado papá antes de marchar en busca de Cloey. Me dijo rápidamente cómo utilizarla, y me aseguró que ante un momento de pánico sabría exactamente qué hacer. Papá estaba equivocado. Me temblaba el pulso, no podía apuntar con precisión, y hasta sentía que en cualquier momento me desplomaría por los nervios. Además, llevaba días sin comer. Apunté lo mejor que puede y con suerte le di en el hombro. Estaba lo bastante lejos para tener un segundo intento, pero no más. Se acercaba muy rápido y no me daría tiempo de disparar más veces, así que decidida y con un valor que jamás pensé tener, acerté y le di en la cabeza. El muerto viviente cayó al suelo. Quizá fueron dos segundos, pero para mí, su caída duró una eternidad. Vi cómo poco a poco las partículas de polvo saltaban por los aires, mientas él, movido por el aire ligero, caía desplomado. El suelo tembló por un momento. 
Mi primera reacción fue romper a llorar. Era la primera vez que disparaba a alguien. Qué coño, era la primera vez que mataba a alguien. El sentimiento de culpa no fue más pequeño que la vergüenza que empecé a experimentar. Me sonrojé y me dejé caer. Las rodillas crujieron contra las hojas del suelo, pues era otoño, y todas estaban empezando a desvanecerse desde los árboles. La sangre del muerto viviente bañó parte del bosque en el que estaba. Nunca hubiese podido poner palabras a aquel momento. Mi mente poética, mi razón de ser, mi parte escritora, jamás habría podido describir a ciencia cierta qué sentí en aquel instante. 
Por una vez no sentí que el ser humano fuese importante, ni siquiera pensé en la de gente que habría muerto. Solo me preguntaba una y otra vez por qué estábamos viviendo eso, si lo merecíamos. 
Noté un peso frío en mi hombro izquierdo y me asusté. Era Math, que me miraba totalmente espantado. No dije nada, solo le abracé. Me recogió del suelo y me levantó hasta poder alcanzar mi cintura. Me apretó tanto a él que por un momento sentí que mi cuerpo flotaba en el aire. Olíamos a bosque seco y a restos de sangre. Era un olor casi metálico. 
- No deberías estar aquí.
- Lo escuché y pensé...
- Me asusté mucho cuando no te vi en el campamento-. Math esbozó media sonrisa, pero acompañada de ironía y tristeza. 
- No podía quedarme allí viendo cómo todos se lamentaban.-apreté los puños mientras hablaba, la rabia me había vencido.- La gente no se da cuenta de que no podemos quedarnos quietos, esperando a que todo se desvanezca. Deberíamos luchar por encontrar un lugar seguro y una vez lo encontremos...
- Eres demasiado optimista.- espetó.- Siempre esperando a que las cosas puedan mejorar. A veces no funciona así...
- ¿Te vas a quedar lamentando que nuestras familias se han marchado? ¿Vas a lamentar que algunos han muerto? ¿No quieres esforzarte para luchar por aquellos que puede que sigan vivos y que aún no hemos podido encontrar? ¿De verdad que no quieres pensar en que en un futuro todos podamos volver a vivir una vida...? 
- ¿Normal? - Math rió, sarcástico.- Nunca vamos a volver a tener una vida normal. 

Me giré furiosa y comencé a caminar rápidamente. Math me siguió unos minutos, hasta que se dio por vencido. Llegué hasta el río, busqué un árbol al que poder subir y trepé hasta llegar a una zona segura. Una vez subí, con grandes esfuerzos, pude apoyarme en el tronco del árbol. Allí, sola, viéndolo todo desde arriba, parecía un mundo más seguro. Sabía que Math, en el fondo, tenía razón. ¿Pero qué iba a ser de mí si me dejaba vencer por el miedo? Cuando las cosas eran más sencillas, cuando aún vivíamos en el mundo normal, yo era la que siempre se encargaba de hacerles creer a los demás que las cosas siempre podían mejorar. Parecía que mi tarea en aquel nuevo mundo era encontrar una forma de sobrevivir, de poder convencer a todos para que también lucharan por ello. Sabía que no iba a ser fácil. Había matado a la primera persona, y era plenamente consciente de que no sería la última. Ni siquiera pensaba en exterminarlos, en trazar un plan de venganza. No los veía como enemigos, sino como víctimas de una guerra que se nos había ido de las manos. Suspiré. 
Siempre lo había pensando, que algún día seríamos nosotros mismos los que provocáramos nuestra extinción. Por un momento, pensé que tal vez era el fin de la humanidad. Mi lado más optimista me recordó que aún había cosas por las que luchar. Pensé en documentarlo todo, en explicar nuestra historia, en contarle a esos pequeños hijos, que aún los más jóvenes no teníamos, cómo pudimos con todo. Mis expectativas eran altas y sabía qué significaba eso: vendrían muchas decepciones detrás de cada decisión. Pero eso no me impidió empezar a trazar un mapa de los lugares que aún teníamos que visitar, donde aún podíamos conseguir alimentos, botiquines y armas. Si alguien se rendía, tenía claro que esa no iba a ser yo. Toqué el arma que había dejado en mi bolsillo, instintivamente. Pensé que debía acostumbrarme a ella. Recordé la chica que era antes de que todo esto pasara y en el fondo me alegraba de haberme hecho más fuerte. Los demás siempre habían pensando que yo era débil, que no tendría el coraje, el valor ni las ganas de seguir hacia adelante ante algo así. Estaban equivocados. Ni siquiera sabía dónde estaban mis padres, mis amigos. No sabía qué le había pasado a mi perro, ni si había escapado lejos de allí. Lo único que tenía claro era que iba a descubrirlo. 
Aunque el mundo se empeñara en hacerme creer que el final se estaba acercando. Por una vez, yo tenía la última palabra. Y mi última palabra no iba a ser fin, sino comienzo. 

miércoles, 17 de octubre de 2018

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Me sentí humillada cuando sus palabras impactaron en mí, cuando me di cuenta de la gravedad de cada palabra que salía por su boca. Aun así, permanecí inmóvil. ¿Sabéis esos momentos en los que las cosas que pasan a vuestro alrededor avanzan con más velocidad de la que podéis alcanzar pensando? No me quería creer lo que estaba viviendo. Imagino que por todo lo que había vivido, por la acumulación de pruebas que me gritaban que saliera de allí corriendo. Solo me quedé por miedo. Miedo a salir de nuevo a la realidad siendo yo misma, miedo a caerme, miedo de él. Tardé muchos meses en optar por lo correcto - o tal vez años- ya sabiendo que no había amor. El amor, tal vez, duró unos meses. Los que tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando realmente. A partir de ahí, todo fue cuesta arriba. Hubo un momento en el que vivía una vida que sentía que ya no me pertenecía. Estaba sumida en una rutina, donde tomaba decisiones supervisadas, en la que cada paso, decisión y opción que tomara iba a ser juzgada y condenada. Así lo viví. Estuve condenada por muchas cosas, más de las que jamás podré decir. Aun así fui lo suficientemente fuerte como para no alejarme del todo de las personas que me querían. Aunque hubo momentos en los que casi lo pierdo todo.
Sus ojos seguían mirándome. Dos bloques de hielo, bañados en rabia, apuntando directos hacia mí. Más palabras cargadas de rencor que jamás olvidaré. Un respeto que hacía tiempo que había perdido el nombre. Suspiré y reí irónica. Eso lo enfadó aún más. Que quién creía ser, que por qué era tan mala, que si me daba cuenta de el monstruo en el que me había convertido. Eso solo me hacía reír más. Entonces lo recordé todo. Recordé cómo poco a poco sacó lo peor de mí. Recordé esos inicios en los que yo nunca me enfadaba y él insistía diciendo que sacara la rabia, que no me contuviese. Me di cuenta de que se había dedicado a educar mi mal humor, mi rabia, y la había hecho salir. Evidentemente fue también mi culpa. Yo dejé que saliera ese monstruo. Yo acabé sacando lo peor de mí porque aprendí a canalizar así todo el olor y la impotencia que sentía en torno a todas las injusticias que, a mi juicio, me estaba tocando vivir. Aun sabiendo que fui la peor versión de mí misma, no me arrepiento de nada de lo que dije o hice, porque fue el único momento en el que pude devolver parte de ese sentimiento negativo que pesaba tanto. Era la única manera de seguir viva, de calmar la ansiedad, de no perder la cordura. Esa Noelia con la que conviví es una Noelia que murió y a la que liberé el día que me despedí. Nunca hubo tanto silencio en mi mente como aquel día.
No ha sido fácil perdonarme por haber aguantado tanto en un lugar donde sabía que no pertenecía, de hecho, quizás aún no me he perdonado del todo. Lo que pesa más es saber que hay momentos de mi vida que ya no recuperaré y que dejé que se oxidaran. No me perdonaré el haberme tratado así, el haberme permitido ser esa hoja de papel arrugada que nadie ve y que descansa en el suelo.
No fueron unos años fáciles, ahora es cuando estoy empezando a sentir que el aire entra en mis pulmones y sale con facilidad. Y pensar que ni quería que yo estudiara esto.
Aprendí tarde que aquellos que verdaderamente te aman te empujan a perseguir lo que deseas y lo que te hace feliz. Así que en realidad, no. No fue una historia de amor. Fue una historia de control, violencia, anulación, rabia y culpa. Fue una historia de terror.
Ni siquiera pido una reconstrucción, no me hice pedazos. La próxima persona que llegue a mi vida con intención de amarme no va a tener que reconstruir un puzzle imposible, solo tendrá que escucharme, entenderme y quererme con todos los descosidos y las verdades.
Sé que no va a ser fácil tomar la decisión de empezar una historia nueva con alguien algún día. Sé que tendré mucho miedo, sé que no sabré ni cómo explicar lo que viví.

Pero tengo la esperanza de que la próxima persona que esté dispuesta a vivirme sea un valiente de alas abiertas que me lleve a aquellos lugares a los que creí jamás poder llegar.
Solo pido que me quieran de verdad, y que esa historia de terror no deba vivirla nunca más, ni yo, ni cualquier mujer u hombre de este planeta.








sábado, 13 de octubre de 2018

Dosis de realidad.

He borrado algunas de las entradas de estos últimos meses porque cuando las he vuelto a leer me he sentido muy idiota. Dios, ¿por qué soy así? No puedo estar ahí plantada, de pie, mirando, delante de un cristal desde el que nada se puede ver. Tenía razón mi yo más sincero y lógico. Da igual lo que luches por alguien si ese alguien no está dispuesto a luchar. Y como siempre, pensé que luchar por los dos iba a ser suficiente. Qué equivocada estaba. Luchar solo nunca es suficiente. Y eso es algo que yo debería haber sabido. 
Me he empeñado en dejar siempre una ventana abierta, como si eso cambiara algo. No, en absoluto. Solo entra más aire. Un aire frío que me recuerda que no debería correr detrás de gacelas rápidas que huyen constantemente de mí. ¿Por qué pensé que si estaba claro desde el segundo cero que pronunciaba que no? Era mi yo más inocente luchando contra mi coraza; esa que he tardado años en construirme y que me he permitido destrozar. No debería habérmela quitado, no debería haber bajado la guardia, no debería haber creído que el iba a ganar el pulso. Si yo siempre pierdo. Debería estar acostumbrada a eso. 
El frío iba a llegar algún día, lo tenía claro. Ningún verano es eterno, siempre vuelve el invierno. Y qué gélido es. Supongo que ahora solo me quedo con el recuerdo de todo lo que pudo ser. Con ese casi-salto para el que al final no hubo impulso suficiente. Para esa canción bonita que dejé a medio componer porque nunca tuve el coraje de acabar de darle forma, porque no llegué a sentir que iba a ser feliz de nuevo junto a alguien que quería seguir su propio rumbo. 
Ni siquiera debería publicar nada aquí, pero lo hago por mí misma. Como siempre. Porque prefiero hablarlo conmigo misma a contarle a alguien nada. Lo hago para recordarme las cosas, para dosificar mi vida con un poco de realidad. Esa nube era demasiado dulce para ser cierta; y si algo me ha enseñado la vida, eso es que la realidad no tiene sabor de azúcar. Aunque mi lado optimista se empeñe en decirme que sí, aunque me recuerde a mí misma que a veces la vida te sorprende con cosas bonitas...En el fondo sabía que no habría otra oportunidad, en el fondo sabía que para él había acabado ya la historia aquel día en el que dije no y desaparecimos. Tal vez debería ver las cosas como los demás, despojarme de mí misma, despojarme de lo que creí que él sentiría. Qué tonta.
Mientras tanto me convenceré de que luchar hasta el final siempre es lo correcto, porque es lo que hago siempre, decir: "No ha salido bien, pero al menos lo he dado todo de mí". Estoy equivocada y lo sé. No siempre es la solución a todo. No siempre puedo llegar hasta el final, no siempre tengo que luchar. Pero esa soy yo, la amante de las causas perdidas, la que siempre salva a todo el mundo menos a ella misma. Solo era yo mirando a unos ojos que parecían estar viendo lo mismo. Pero ahora sé que no. 

Algún día aprenderé a retirarme de las batallas perdidas antes de llegar al final. Algún día seré como todos y pensaré solo en mí misma. Algún día seré irreconocible, menos yo, tal vez, pero hecha de acero. Me imagino que si todos son así es porque funciona. Me imagino que es la mejor forma de darle la espalda al sinsentido. Me imagino que así no seré estúpida, que no perseguiré a aquellos que no puedan quedarse. Me imagino que así no me empeñaré siempre en sobrevivir y solo me dedicaré a vivir. Supongo que estaba esperando un en un mar donde el ochenta y tres por ciento gritaban no.
Intentaré que esto sea lo último que escriba del tema. No por nada, no me arrepiento de nada ni lo haré nunca. No es eso. Es porque quizá ya no tiene sentido gritarle al vacío, que ya no voy a seguir hablando con mi eco. Que no tengo ganas de seguir bailando, porque todo el mundo se ha marchado ya, y yo sigo bailando sola. 





sábado, 6 de octubre de 2018

El ruido que hacen las cosas cuando se rompen.



A veces finjo no escuchar el ruido que hacen las cosas cuando se rompen
para no darle al dolor la atención que merece.
Reconstrucción exacta de lo que soy cuando dejo de serlo,
cuando me miro con unos ojos que no son los míos. 

He roto más espejos de los que me atrevería a nombrar,
pero eso solo me hace más humana.
Me he pasado la vida evitando contar los años de mala suerte
que llevo en la espalda. 

Sé que dentro de muchas primaveras los inviernos serán menos largos,
que el tiempo pasará mucho más rápido,
y sé que, como todos, pensaré que no viví lo suficiente,
que no viajé lo suficiente, que no besé lo suficiente.

El tiempo huye para todos por igual,
aunque nos empeñemos en exprimirlo al máximo.
Primera regla vital: nos quejaremos siempre de lo mismo
y no haremos nada para cambiarlo.

Si al menos me hubieran crecido un par de alas,
todo sería diferente. 
Nos quejaríamos igual, pero llegaríamos más rápido
a esos lugares a lo que jamás llegamos por miedo. 

No seré jamás aquella que me propuse ser,
porque uno mismo siempre es su peor enemigo.
Evitaré contar los pétalos que se desprenden,
porque el ser humano siempre tiende a fijarse en aquello que desaparece. 

Qué bonito es sumar siempre los años que cumplimos
sin pensar en aquellos que nos quedan, ¿no?
Reconstruir nuestra vida pensando en cuánto la hemos vivido
y no en cuánto queda para que termine. 

Seríamos más perfectos si no fingiésemos todas las mañanas ante el espejo,
ya sabéis, eso de ser alguien que no conocemos.
Pero necesitamos hacer que parezca un accidente, 
necesitamos evitar mirar fijamente esas arrugas,
las heridas, las pérdidas, las taras,
las llagas, las rozaduras, las casi-victorias,
porque así parece que no están. 

Nos pondremos maquillaje allí donde duela
y fingiremos que nada más importa,
solo para no darnos el lujo de regocijarnos en el fracaso,
en todo lo que no tenemos cuando abandonamos. 


A veces finjo no escuchar el ruido que hacen las cosas cuando se rompen
porque el dolor ya ha conseguido tener la atención que merece. 
Ruinas exactas de lo que soy cuando dejo de serlo,
cuando me miro con unos ojos que son cada vez menos míos. 

miércoles, 3 de octubre de 2018

Hay deseos que no se pueden pedir dos veces.



Mírala. Tiene una cortina que acaba justo donde empiezan sus cejas. Camina descompasada, pero se le ve feliz. Es despistada, ¿no? Me pregunto qué pensarán de ella esos que no la conocen, que la observan por primera vez por la calle, en el metro o entrando en la universidad. ¿Parecerá una chica intelectual? Siempre he pensado que cuando se pone las gafas lo parece. Quizá tiene algo que ver que lleve un libro entre las manos. ¿En qué estará pensando? ¿Qué suena en sus auriculares? Eso se plantearán aquellos que no la conozcan. Yo en cambio sí que sé quién es. La he visto en sus mejores momentos, celebrando victorias. Sé que escribe algunas madrugadas, que otras solo se engancha a su serie favorita mientras deja la mente en blanco. Claro que la conozco. Me sé todas las pecas- que no son pocas- y reposan, finas, en su espalda. Me conozco esos tatuajes, vaya que si los conozco. Los he besado tantas veces. Sé que le gusta llevar falda y que pocas veces calza tacones. Que nunca usa barra de labios, aunque tiene miles de distintos colores. Sé que se ha teñido el pelo de al menos cinco colores y que no soporta la monotonía. Aún ve películas tontas, y lo sé por cómo le brillan los ojos cuando lo niega. Bebe alcohol algún fin de semana, pero detesta admitir que se le sube a la cabeza con facilidad. No cree mucho en aquellas cosas que le hacían soñar de adolescente, pero dentro de ella alberga ilusiones tan inocentes que me daría miedo pisarlas con dosis de realidad. Nunca hace las cosas con maldad, aunque a veces ha herido a personas que amaba. Le encanta leer y la guitarra es su mayor aliada. Compone canciones que nunca le enseña a nadie porque en ellas hay demasiado sobre su vida misma. Le resulta tremendamente doloroso despedirse, pero ha aprendido a hacerlo de lo que no le hace falta o de las personas que en realidad no la quieren. Aún teme a las cucarachas y ha empezado a pensar que por muy mayor que sea, siempre levantará los pies del suelo cuando vea alguna. 
Le gustan los retos, las cosas difíciles, lo imposible. Es una amante de las causas perdidas porque cree que el mundo aún puede salvarse. Os había dicho ya lo de que es ilusa, ¿no? Aún no sabe qué será de ella mañana, pero tiene muy claro quién quiere ser hoy. Solo se ha enamorado de verdad una vez y el amor le da cierto miedo. Pero eso sí, si queréis conocerla tenéis que saber que luchará por todo aquello en lo que crea, aun sin esperanza. Solo su locura mueve los hilos de sus actos. Y es tremendamente impulsiva. Le gusta escaparse y le encantaría hacerlo de vez en cuando de la realidad. Adora que la vayan a buscar por sorpresa, que le regalen viajes y experiencias y no cosas materiales. Le gusta que le demuestren lo que sienten por ella. Pero, ¿y a quién no? Tiene detalles con las personas que quiere y estoy seguro de que daría la vida por ellos en muchas ocasiones. Pero no penséis que está desequilibrada o algo así, es que ella ha aprendido a amar así, dándolo todo. 
Le da miedo que la rechacen, le da miedo no ser suficiente y también no servir para cantar o escribir. Muchas veces observa la lluvia, refugiada dentro de una sudadera, planteándose mil cosas sobre la vida. El universo, las reflexiones, la filosofía. Hay mil muelles en su cabeza, hay mil barcos que navegan en direcciones dispersas y precipitadas. No entiende mucho de intermedios. 
Te juro que es una chica muy normal, pero a la vez es diferente. No sabe qué le ata a aquello en lo que cree, pero sí sabe en qué no va a creer jamás. Vive dando saltos y siempre tiene tiempo para sonreír aunque haya sido un día de mierda. Le gustaría pensar que puede salvar el mundo, o al menos a todos los que ama. Pocas veces cuenta lo que le preocupa, así que si alguna vez lo hace contigo, por favor, escúchala. La que ayuda también necesita que la recojan cuando se cae. Aunque a veces ni lo diga. 

Si la ves algún día paseando sola, o junto a su pequeño perro, piensa en que se está dedicando unos minutos. Piensa en que quizás en ese preciso momento está pensando en todas las historias que le encantaría escribir, en una melodía que acaba de componer o se está planteando su felicidad. Si un día la ves sonríele. Le gusta sentir que la gente vive alegre, aunque suene absurdo. 
No, ella no lo ha tenido fácil, pero esa chica que ves es la misma que ha sobrevivido a todo lo que un día fue. Y no, no está en ruinas, es una ciudad entera. No está reconstruida, es nueva. Y sigue siendo muy parecida a la que era antes, solo que ahora tiene la fuerza suficiente como para seguir luchando siempre. A los demás les parecerá una locura, en cambio a mí me parece bonito que nunca pierda la fe. Su voto de confianza quizá será su propia salvación. O lo que podrá salvar a los demás. 
No la juzgues, 
sabe lo que hace. 
Aunque a veces parezca que ha perdido la cordura. Aunque no creas que hace lo correcto. 
Aunque parezca un cometa que está a nada desaparecer y tú la observes queriendo pedir un deseo. 
Pasará como pasa la vida, efímera, intensa y directa.
Tú decides si quieres que se quede o por el contrario, la ves esfumarse en el cielo. 





Hay deseos que no se pueden pedir dos veces. 

martes, 18 de septiembre de 2018

No somos valientes.

Podría haberlo publicado aquí, pero este texto merecía ser pronunciado. Así que poneos cómodos, que hoy no os toca leer, solo escuchar: 




domingo, 2 de septiembre de 2018

Conversaciones conmigo misma a la 1:43.



Tengo muy buena memoria- cuando quiero- así que se me hace muy fácil recordar las cosas que las personas me dicen, de una forma bastante literal además. Hoy mi mejor amigo me ha dicho: "Las personas solo te valoran cuando te vas, tío, se ve que dejas huella". Al principio no he entendido a qué se refería y me he reído. Después he entendido qué era lo que quería decirme, y ya no me ha hecho tanta gracia, porque en el fondo tiene razón. En muchas ocasiones durante mi corta vida he descubierto que muchas personas me han echado de menos, me han querido y han valorado el tiempo que han pasado conmigo solo cuando me he marchado. Solo cuando saben que ya no podrán tener ni compartir ese tiempo conmigo de nuevo. En realidad no me siento nada orgullosa de ello, detesto que me haya pasado todas esas veces. Tal vez detecto en mí un problema: ¿Doy demasiado a las personas y por eso solo me valoran cuando ya no tienen ese algo? No sé. Solo son delirios de una noche de septiembre cualquiera. No me hagáis caso. Le he respondido algo así como: "Pues ya va siendo hora de que alguien me quiera en el presente y no en un pretérito perfecto que ya no existe". Y joder, lo decía en serio. Lo decía de verdad. ¿Por qué muchas personas no saben lo que tienen hasta que se desprenden de ello? ¿Por qué no somos capaces de valorar un buenos días o un buenas noches los días que los recibimos y solo pensamos en ellos cuando ya no están? ¿Por qué miramos fotos con personas que han sido importantes para nosotros solo cuando ya no están a nuestro lado para hacerse más fotos ni para almacenar más recuerdos?. Me gustaría que alguien me mirase queriéndome. En el presente, en el momento, sabiendo qué tiene o qué no tiene justo en el instante en que me mira. Que nadie tenga que recordar jamás mi risa extraña e irritante, porque la tenga siempre que quiera. Que alguien aborrezca mis bromas pero las prefiera antes que el silencio. Desearía que alguien me mirase mientras camino, en cualquier lugar, y pensase: "Qué guay poder estar aquí con ella".  Ojalá nunca más nadie tenga que hacer uso de un recuerdo conmigo para saber que quiere que esté en su vida. Ojalá nunca más nadie me tenga que pedir perdón por echarme. Ojalá nunca nadie más vuelva diciéndome que me echa de menos, porque eso significará que nunca me habrá echado de su vida.
Ojalá nadie se plantee un "¿Y si...?" conmigo, porque esos "¿Y si...?" son lo peor de este mundo: solo son el resto de un acto de cobardía, el resquicio de lo que nunca fue, aquello que jamás nos atrevimos a intentar. Yo no quiero ser un beso que no fue dado, una pregunta que no fue planteada, una respuesta que no se pronunció. No quiero ser esa cancelación de viaje, ese proyecto a medias, esas palomitas que nunca llegaron a hacerse. Yo quiero ser un beso apasionado en un momento no-correcto, y si puede ser bajo una tormenta o una maldita lluvia de estrellas; quiero ser esa respuesta pronunciada en mayúsculas, ese viaje loco y precipitado que me dé el aire que me falta, ese proyecto terminado aunque cueste horrores, esas palomitas quemadas, recién hechas.
Yo no quiero ser un conjunto de probabilidades, quiero ser un SÍ. Quiero exprimirme, precipitarme, arrancarme de la comodidad. Quiero que alguien me quiera con cinco vocales y que el resto de letras se improvisen. Quiero volar, saltar, cantar, llorar mucho y reírme hasta no poder más. Quiero emborracharme, encontrarme fatal, dormir infinitamente y perder el tiempo. Quiero ser esa conversación a las 3 de la mañana en algún sitio bonito y solitario. Quiero ser especial para alguien y que sepa que lo soy. Quiero que nadie me eche jamás por la puerta de atrás, que siempre me den la bienvenida por la puerta principal, que jamás me vuelvan a matar si no es a cosquillas. Quiero ser la X resuelta, el motivo por el que cualquiera pudiese partir sus esquemas. Quiero ser una llamada a destiempo, lo que ponga fin a la lucha interna, el temblor de unos labios al desear besar otros, un silencio mal puesto detrás de un punto y seguido. Quiero ser la puta razón por la que alguien piense que el mundo es un poco mejor cuando estoy cerca. Quiero que me quieran del mismo modo en que yo quiero, porque ya os lo digo yo, que el amor nunca debe acunarse con miedo. Quiero morirme por valiente, morder esos temores que me persiguen, vencerles, plantarles cara. Quiero que me miren desnuda y piensen en perderse en mi piel sin pensar en otra cosa que no sea ese preciso y finito momento. Me gustaría despertarme con la certeza de que alguien va a estar detrás de mí cuando me gire. Me gustaría ser el desayuno de alguien, que me coman con los ojos, los labios y el corazón. 
No pido tanto, os lo juro. Solo pido un poco de realidad en medio de toda esta fantasía.
Solo pido que alguien pise la luna conmigo, que perdamos los estribos. Que ya no usemos la lógica para vencer el pulso. Que le demos la espalda a la vida un rato. Que juguemos al escondite y no salgamos a decir dónde estamos. Solo pido eso, joder. Que alguien se encierre conmigo en una habitación y piense en que ojalá la noche no acabe nunca. Quiero ser la tormenta que moja la vida de alguien, un chiste malo en medio de una conversación inolvidable.


Quiero que alguien me vuelva a decir te quiero y sepa que es verdad.


Creo que tampoco pido tanto.


domingo, 26 de agosto de 2018

¿Y si no hubiera nadie tras el cristal? ¿Y si solo estuvieses tú mirando algo que se marchará? ¿Y si nadie lucha por ti? ¿Seguirás luchando?

viernes, 24 de agosto de 2018

Antes de ti.




Son las 3:22 de la mañana y acabo de ver Antes de ti. La vi una vez en el cine. Una vez que salí con el corazón roto en mil pedazos y muy triste - y algo indignada- por el final. Será que he madurado, pero ahora entiendo la decisión de Will. La primera vez que vi la película, no quería entenderlo. No podía aceptar su decisión. Esta vez no he llorado de la impotencia ante lo que elige, he llorado porque yo habría elegido lo mismo y es tristísimo. No me podía ir a dormir sin decirlo en voz alta, sin proclamarme triste en medio de esta noche. Vivimos tan ajetreados, tan sumidos en nuestros problemas...Que no vemos absolutamente nada de lo que tenemos. No he podido evitar sentirme como Clark durante toda la película (además nuestra personalidad es extremadamente parecida) y eso me ha dejado muy rota. Quería compartir con vosotros - si es que aún queda alguien que me lea- la última carta. Si habéis visto la película la entenderéis, si no, puede que también. El caso es que ahora comprendo a Will, el caso es que cuando comprendes su decisión es aún más triste. 


(la carta está extraída del libro, pero la de la película ha sido bastante fiel):


Clark:

Cuando leas esto habrán pasado unas pocas semanas (incluso con tus dotes organizativas recién descubiertas dudo que hayas llegado a París antes de comienzos de septiembre). Espero que el café sea bueno y fuerte y que los cruasanes estén frescos y que aún haga buen tiempo para sentarse fuera, en una de esas sillas metálicas que nunca quedan del todo firmes sobre la acera. No está mal, el Marquis. El bistec también está rico, por si te apetece volver más tarde a comer. 
Y si miras por la calle, a tu izquierda, verás L’Artisan Parfumeur, donde, cuando termines de leer esta carta, deberías ir a probar el aroma llamado algo así como Papillons Extrême (no lo recuerdo bien). Siempre pensé que te iría muy bien.
Vale, se acabaron las órdenes. Hay unas cuantas cosas que me gustaría decirte y te las habría dicho en persona, pero, en primer lugar, te habrías puesto toda sentimental y, en segundo lugar, no me habrías dejado decir todo lo que quería decir.
Siempre has hablado demasiado.
Por tanto, aquí lo tienes: el cheque que recibiste en el sobre inicial de Michael Lawler no era la cantidad completa, sino solo un pequeño regalo, para ayudarte durante las primeras semanas de desempleo, y para que fueras a París.
Cuando vuelvas a Inglaterra, lleva esta carta a Michael en su despacho de Londres y te dará los documentos pertinentes para que tengas acceso a la cuenta que ha abierto en tu nombre. Esta cuenta contiene lo suficiente para que te compres un lugar agradable donde vivir, para que te pagues la carrera y para cubrir tus gastos mientras eres estudiante a tiempo completo.
Mis padres ya estarán informados al respecto. Espero que esto, y el trabajo jurídico de Michael Lawler, simplifiquen los trámites en la medida de lo posible.
Clark, desde aquí casi oigo cómo empiezas a hiperventilar. No te pongas de los nervios ni intentes regalarlo: no es bastante para que te quedes de brazos cruzados el resto de tu vida. Pero debería ser suficiente para comprar tu libertad, tanto en lo que se refiere a ese pueblecito claustrofóbico que los dos consideramos nuestro hogar como a las elecciones que te viste obligada a tomar hasta ahora.
No te doy este dinero porque quiera que te sientas nostálgica ni en deuda conmigo, ni tampoco para que sea una especie de maldito recuerdo.
Te lo doy porque casi nada me hace feliz a estas alturas, salvo tú.
Soy consciente de que conocerme te ha causado dolor y pena, y espero que un día, cuando estés menos enfadada conmigo, comprendas que no solo hice lo único que podía hacer, sino que eso te va a ayudar a vivir una buena vida, una vida mejor, que si no me hubieras conocido.
Te vas a sentir incómoda en tu nuevo mundo durante un tiempo. Siempre es extraño vernos fuera del lugar donde estábamos cómodos. Pero espero que también te sientas un poco dichosa. Cuando volviste de hacer submarinismo esa vez, tu cara me lo dijo todo: hay anhelo en ti, Clark. Audacia. Solo la habías enterrado, como casi todo el mundo.
No te estoy pidiendo que te arrojes de un rascacielos ni que nades junto a ballenas ni nada parecido (aunque, en secreto, me encantaría pensar que lo estás haciendo), pero sí que vivas con osadía. Que seas exigente contigo misma. Que no te conformes. Viste con orgullo esos leotardos a rayas. Y, si insistes en conformarte con algún tipo ridículo, guarda a buen recaudo una parte de este dinero. Saber que aún tienes posibilidades es un lujo. Saber que tal vez te las he proporcionado ha sido un gran alivio para mí.
Eso es todo. Te llevo grabada en el corazón, Clark. Desde el primer día en que te vi, con esas prendas ridículas y esas bromas tontas y tu completa incapacidad para disimular una sola de tus emociones. Has cambiado mi vida muchísimo más de lo que este dinero cambiará la tuya.
No te acuerdes demasiado de mí. No quiero pensar que te vas a poner sensiblera. Vive bien.



Vive.


Con amor,
Will.

jueves, 23 de agosto de 2018

Al ritmo de Izal, rumbo a Marte.

Cuando el cigarro se consumió, se bebió de un trago lo que le quedaba en la copa. No apartó ni un segundo la vista de ese libro que la tenía presa. Leía una y otra vez la misma frase, repitiéndola para sí misma. Verso tras verso, atravesándolo en su piel. Se tatuó en la memoria todo aquello que jamás volvería a hacer y también todo lo que le gustaría repetir. 
Cuando el libro se le empezó a hacer pesado- y es que a las 2 de la mañana cualquier libro puede parecerlo, si no estás muy despierta- lo dejó apartado en el suelo y se sumergió en la bañera para acabar de mojarse el pelo. La sensación de libertad que la embriagaba era incluso mayor al efecto que el vino había comenzado a hacer en su cabeza. Sonrió casi por inercia, para sí misma. Después se levantó y salió desnuda. Ni siquiera se molestó en secarse. Decidió caminar por casa, con los pies mojados y las gotas cayendo por su cuerpo. Llegó a la cama y se tumbó. A veces sentía que le faltaba el aire, otras, que podía comerse el mundo. 
No dudó un segundo en poner su canción favorita, y al ritmo de Izal decidió cerrar los ojos y apretar los puños fuertemente, para soñar que esa noche volvía a aquella playa perdida y volvía a bañarse en el mar. Los recuerdos golpearon cada poro de su piel al instante. 
- Lo que daría por estar allí- susurró para sí misma. 

Pero era imposible. Ni Ford vivía ya en Barcelona, ni esa playa parecía la misma, ni había vuelto a ser primavera nunca. Así que se limitó a pensar en todo lo que haría si se mudase a Nueva Zelanda, como siempre había querido. Despegó los recuerdos de su mente, se montó en una nave llamada esperanza y empezó a navegar rumbo a Marte, el único lugar donde aún le quedaban sueños. 
Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras una lágrima bailaba por su mejilla. Cualquier ciego habría afirmado que aquella noche, ella en realidad no estaba llorando, que lo que caía por su cuerpo eran las gotas supervivientes de ese baño que antes se había dado. Cualquier ciego habría afirmado que su nave no se estrelló jamás, que llegó a alcanzar su sueños a la velocidad de la luz, traspasando la frontera del tiempo y el espacio. Cualquiera se habría creído sus mentiras. Yo en cambio os diré que Izal estuvo sonando toda la noche, que se acabó la botella de vino y que a la mañana siguiente ni siquiera se acordaba de Marte, de sus sueños, ni de esa nave, que más que intacta, quedó destrozada en la misma esquina donde horas antes aparcó su libro.

Ese que aún no se ha terminado. 

miércoles, 22 de agosto de 2018

Monedas.



El ser humano siempre se da cuenta tarde de lo que quiere. Cuando dudamos entre varios caminos y decidimos lanzar una moneda al aire para echarlo a suertes, sabemos, en el fondo, lo que queremos, lo que deseamos. Justo el momento en el que esa moneda está en el aire, sabemos qué cara queremos que salga. Esa sensación de tenerlo tan claro, en un momento tan pequeño y frágil, es la muestra más profunda y directa de que lo único que a veces nos impide hacer lo que sentimos es nuestra razón: Ese deseo que tenemos, eso que vemos tan claro cuando la moneda aún está por caer, es la liberación de un corazón cuando se deshace de la lógica y la sensatez. Realmente lo único que nos ha hecho lanzar esa moneda al aire es la duda, la incertidumbre, el miedo, el no saber qué sucedería si ignorásemos nuestra lógica y volviésemos a lanzarnos al vacío. Lo único que hacemos es dejar al azar una decisión que tenemos clara desde el principio, para así, si sale lo contrario a lo que de verdad deseamos, no culparnos por ello. Decir que fue la suerte o el azar lo que nos hizo escoger no ser felices. Porque atreverse siempre supone salir de la zona conocida, del confort, de la tranquilidad y la paz. Y no siempre todos estamos dispuestos a jugárnosla, a volver a exponernos, a rompernos o fragmentarnos. No siempre estamos preparados ni tenemos fuerza. Tirar la moneda, darle voz a la suerte, es solo una excusa para no tener que elegir no ser felices. Para no tener que luchar. Porque todos sabemos que luchar supone llenarse los bolsillos de victorias, pero también levantarse tras todas las derrotas. 


Si cuando he lanzado la moneda tenía tan claro qué cara quería que saliese, ¿por qué me daba miedo el resultado? 

viernes, 17 de agosto de 2018

Emergent.




 Empasso saliva i miro endevant,
ni tan sols m'has vist, però he sospirat.
Tres gots sobre la taula,
mig cor encès. 
Et pregunto com estàs i no respons.
M'amago dins la samarreta 
mentre no mires cap aquí.
Estàs massa callat,
i a mi això em fa massa por. 
Em pregunto si tornaràs
a ser el noi que alçava els braços,
somiant,
si tornaràs a explicar-me el que et fa feliç,
si t'abraçaré quan tinguis por,
si tornaré a saber de tu
quan ja no sàpigues què som
.
Beus massa ràpid,
jo ric mentre em preguntes si ja m'ha pujat.
Ja saps que l'alcohol a mi em torna boja,
per això ric amb un to trist -i tu m'ho notes-.
Em demanes perdó amb els ulls,
jo et dic en veu baixeta que no passa res.
En realitat sí que passa. 
Passa que t'he estimat com mai vaig estimar
i totes les ferides em van fer qui sóc avui.
El més curiós de tot és que he tornat just al lloc on et vaig verue per últim cop:
just en el punt on vaig decidir que mai més seria aquella noia que no tocava de peus a terra.
Vaig créixer quan vas marxar. 
Des d'aleshores em vaig prometre mai més somiar per sobre de les meves possibilitats.
I és això el que estic fent ara.
Aturar-me un moment abans d'il·lusionar-me.

Ja no em preocupen les coses que abans sí,
ja saps, aquelles ximpleries que ens feien pensar i pensar 
quan encara érem nens. 
T'enrecordes de la meva gelosia tonta?
Ara mai en tinc,
i no és perquè no m'importi,
és perquè créixer és adonar-te de que qui vol estar amb tu ho està,
que no hi ha lligams en l'amor,
que tot el que neix lliure es manté sa,
i tot allò que s'intenta emmagatzemar acaba morint. 
És possible que el dia que ens vam trobar,
quan vas mirar-me als ulls,
vas notar que portava ferides noves 
i que aquestes m'han fet una dona més lliure i més independent. 
No t'espantis.
No significa que no et necessiti,
ni tan sols significa que no trobés a faltar res,
només significa que he aprés a estar sense ningú,
sense cap persona que estigués al meu costat.

A mi, l'amor, ara, em fa por.
És una por que m'escalfa i em reprimeix,
una por que es fa dura, alguns cops,
una por que m'ha transformat en una persona menys afectuosa.
No sé si has trobat a faltar cap cosa de mi,
no sé si em reconeixes derrere de tota aquesta màscara de gel.
No sé si trobes en mi aquell suport que un dia va lluitar per mantenir-te a la superfície,
no sé si trobes mar als meus ulls,
si la meva esquena continua sent aquell mapa de constel·lacions
que utilitzaves per trobar-te quan la vida era dura i freda. 
Ni tan sols sé si encara tens el costum de llegir-me.
I no sé per què encara tinc el costum d'escriure.
No sé si tornaré a llegir-me a mi mateixa.
No sé per què motiu parlo amb un full en blanc,
ni per què quan estàvem a aquell llit,
aquella nit,
lluny de tot,
no et vaig abraçar tot el que volia.
No sé per què motiu tinc tanta por a mostrar-te res,
si tu no ets cap desconegut.
És possible que em faci por espantar-te.
És possible que hi hagi distància alguns cops,
que m'allunyi per si no em vols al teu costat.


Sempre les mateixes preguntes,
per les que encara no he trobat resposta:
Qui sóc jo per tornar a la teva vida?
Qui m'ha donat permís per tornar?
A vegades penso que m'he creuat per casualitat, 
que només t'he portat problemes.
Que ara mateix el que menys necessites es prendre decisions,
que has hagut de ser valent i explicar als que t'estimes que he tornat,
que no t'he demanat permís per apropar-me tant,
que m'he amagat als teus llavis 
i no t'he preguntat si em deixaves quedar-me a dormir. 

No has de quedar-te si no vols,
ni tampoc has de saber què vols exactament.
Ja em coneixes, probablement sóc sempre la que lluita fins al final,
encara si marxes.
Si te'n vas ho entendré. És comprensible.
És el que hauria fet tothom.
No has d'estar tan boig com jo,
no t'has de jugar el coll per mi.

Al cap i a la fi, si jo no t'hagués parlat potser mai més hauries sapigut res de mi,
potser mai més ens hauríem vist,
no ens hauríem apropat tant,
nos ens hauríem dit que ens vam trobar a faltar.

Ets tan lliure que mai et demanaré que et quedis amb mi. 
Probablement, al món hi ha més boges com jo disposades a donar-te ales en temps de tempestes.
M'agradaria que fossis feliç. I si no és amb mi,
m'agradaria que trobessis pau allà on el teu cor et demanés estar.
Desde que et vaig conèixer només he volgut això per a tu.

La gent té raó quan diu que les persones que estimen de veritat a algú només volen el millor per a ells. I tot i no saber què som o què serem, ni tan sols què volem ser, sí que sé què signifiques per a aquesta noia que s'ha transformat en una dona revolucionària. Ets la persona que va moure el meu món,  la persona que sempre vaig voler que estigués amb mi, a la meva vida, de qualsevol de les formes. Avui penso exactament el mateix. Avui, amb una cervesa a la mà, segueixo pensant això mentre et miro: <<Sigues sempre tu, petit, amb qui sigui, on sigui i com sigui>>.

Si et quedessis aquí,
sota aquest cel ple d'estels brillants i emergents,
recordaria a la perfecció aquell dia de pluja
- fa ja tant de temps-
en el que ens vam trobar sota dues caputxes.
Ja no som tan innocents,
però la teva veu no ha canviat gens.

I just en aquells petits records que vaig guardar un dia a la meva memòria,
trobo el que avui fa soroll,
una abraçada gran,
un petit tros d'aire
que encaixa amb les peces dels teus ulls aquesta nit.
Uns ulls que em repeteixen: <<tot anirà bé>>
mentre sona una cançó de Frank Sinatra.







Nits de pensar
o de deixar de fer-ho.
Depèn de com t'ho miris.
I les cerveses que portis.  





jueves, 9 de agosto de 2018

514



Es un susurro gritado, la paz sobre unos hombros, un destino gracioso y complejo que nos recoloca donde cree que debemos estar. Hace tiempo que dejé de creer en el destino, que empecé a creer en las coincidencias, en las casualidades. Aunque debo reconocer, aunque me moleste hacerlo, que a veces vuelvo a creer en él. Me pregunto por qué me ha llevado por este camino, en qué dirección querrá que vaya, qué opción me hará escoger. Es curioso cómo el ser humano otorga la responsabilidad de decidir a un ser mayor y omnipotente al que llamamos destino; como si así pudiésemos dejar de elegir, de ser responsables de las decisiones que tomamos. Yo he dejado de creer en el destino porque he empezado a pensar que el mío lo he construido yo. Que soy una acumulación de decisiones absurdas, importantes, acertadas y erróneas que me han traído hasta aquí. Mientras se me pasa todo eso por la cabeza, te miro. Y me cuesta muchísimo ver que es real. Siento, por un momento, como si hubiese recogido una fracción de nuestra historia del pasado, la hubiese idealizado, y la hubiese traído aquí conmigo, hoy. Un sueño construido a medida para este momento. Pero eres real. Y estás aquí, justo delante. ¿Qué está pasando? ¿Por qué se nos abalanzan un montón de preguntas sin respuesta? ¿Por qué siento que esas dudas y esos miedos nos sacuden y nos traen a la realidad? No lo sé. Decido no pensarlo, porque quiero disfrutar el momento, porque decido tenerte en ese instante, porque elijo que solo somos tú y yo, que todo lo que está fuera de esas cuatro paredes no existe. Ni siquiera el futuro, ni las decisiones, ni los horarios, ni las explicaciones. Ni lo que vendrá después.
Tu piel sigue siendo tu piel, huele exactamente igual que la última vez que te había abrazado. Parecemos las mismas personas y, sin embargo, noto cuánto hemos crecido. Quizás debíamos crecer para llegar hasta aquí. Quizá era necesaria la distancia, tal vez estemos más cuerdos o nos importe todo menos de lo que debería. Quizá somos mejores. Quizá. 
Me gusta estar aquí. Y no lo disimulo. No, porque no me sale. No, porque en un pasado ya lejano lloraba pensando que jamás volvería a saber de ti. Y de repente, otra vez, a dos centímetros. Risas. Anécdotas absurdas. Tú escuchándome, haciéndome ver que te importa, aunque en el fondo sé que hablo demasiado. Esas pequeñas cosas. Una caricia a destiempo, un abrazo largo, un beso que pausa. Uno, tal vez, que cambia mucho, o deja todo exactamente donde debe estar.

Alejados del mundo, tal vez de la realidad, unas horas.
Me gusta estar aquí. Por un momento, no somos personas con nombres y apellidos, por un instante, solo hay una historia. Y ya no importa quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos hecho o dicho, o decidido en un pasado, porque solo somos dos fragmentos de universo concentrados en un espacio de veinte metros cuadrados, con truenos de fondo y un abrazo infinito. Porque me da igual lo que juzgarían unos ojos desde fuera, yo aquí dentro te miro y me resulta increíble lo mucho que alberga un corazón por mucho que pasen los años. Y me resulta indiscutible el hecho de que siga habiendo algo que nos une, llámalo química, energía o conexión.
Tengo veintidós, y cuando miro directamente a tus ojos esa niña de dieciséis me recuerda por qué después de tanto tiempo yo seguía pensando que algún día podríamos cruzarnos de nuevo.

Y no fue el destino esta vez,
fui yo, desafiando las leyes de la gravedad, del tiempo y el espacio,
desafiándome a mí, desafiando al pasado,
sabiendo de antemano que no sería fácil,
conociendo ya que cabía la posibilidad de que todo fuese confuso,
sin saber que las cenizas de una historia que ambos habíamos archivado en nuestras memorias podían convertirse en llamas y que todo ardería de nuevo. 




Mi eterna ciudad.

Es un hecho que se hunde. Ya ha salido en varias noticias, ya lleva años pronunciándose. Mi eterna Venecia, con la que he soñado tantas ...