domingo, 21 de abril de 2019

La sal hiriente de una lágrima impacta contra mi cerveza. Balanceo un poco el vaso, moviéndolo en círculos inconexos y luego doy un trago. La mesa está pegajosa, el cielo pesa, y despacio, se amontona en mis hombros y me hace sentir rara. Un trago más. Estoy rodeada de personas anónimas que parecen mirarme entristecidas, por un instante imagino que saben qué pienso, qué callo, qué espero. Pasan de incógnito y se pierden. Me diluyo en un asiento de piel mala y dejo reposar mi espalda sin ánimo ni alma. La luz quema mis pensamientos que, torpes, intentan evadirse alejándose de aquí. Si pienso y después existo, ¿por qué noto que llevo horas atrapada en un círculo de pensamientos estúpidos? ¿por qué entonces mi existencia no se ha detenido? Miro fijamente un punto muerto e inexistente y clavo los ojos: cuando dejas la mirada en un punto muerto, por un momento, unos segundos, unos minutos, sientes alivio. Tanto, que volver a la realidad cuesta media vida. Y media vida se me va. 
Chasquea los dedos para que regrese, mi sonrisa tonta empieza a vacilar. Demasiado alcohol para tan corta noche, no digo. ¿Qué?, contesto. Y río. Porque cuando no sabes abrirte, te ríes. Espero, inquieta, que me rompa mi esquema perfecto, que me haga olvidar todas las preguntas, que me haga no volver a dudar de las respuestas. Pero sigue navegando en círculos por mi risa, se balancea, y me mira directo a los ojos, y me explica que ya no habla en verso, y me como palabras y besos, y me siento sintiéndome lejos, y me veo atrapada de nuevo allí donde no tenía sentido encerrarse.
Último trago insuficiente. Me prometo que es el último, sé que no será así esta vez. Ya no soy donde estoy y no puedo estar donde aún quiero ser. Me toma un poco, solo un poco, del brazo, para alejarme un poco, solo un poco, de mis pensamientos. Pero ojalá entendiera que me atrapa pensar que nunca sé qué estará pensando. Ilusionarme es el pecado, mi mente la condena. Me he perdido en 33 cl, perdonadme esta noche. Ninguno de mis pensamientos tiene sentido a las 2:58 de la mañana, y más si llevo un par de copas de más. 


martes, 16 de abril de 2019

El coraje de vivir algo.


Cuando Marcos cruzó desde el otro lado yo ya había oído el disparo. Me agaché tan rápido que desaparecí del paisaje durante unos segundos. Él no me veía y gritaba mi nombre. Dónde estás. Estoy aquí. Pero seguía sin verme, joder, seguía sin verme. 
El ruido de la explosión apenas dejaba espacio para que pudiésemos escuchar nuestros quejidos, nuestros gritos ásperos de sabor desesperado. Ojalá pudieras verme, Marcos, estoy aquí. 
Haber llegado hasta allí ya había sido superar con expectativas lo que esperábamos de aquellos meses fríos. No quedaban provisiones, medicinas, ni teníamos más que un centenar de armas. Eso era poco para tantos. Aunque...¿tantos? Hacía días que no nos reuníamos. No sabíamos ya cuántos quedaríamos vivos. 
Tras unos segundos, la cortina de humo se expandió y mis ojos miopes vislumbraron algo entre los matojos gigantes y secos. Creí ver a Marcos. Aceleré torpemente por el bosque con el único fin de poder verle de nuevo, abrazarle, reunirme con él después de tantos días. Tocarle, preguntarle si estaba bien, si le habían herido, si había matado esta vez. Me acerqué más rápido de lo que jamás pude imaginar, mis pies flotaban, no me creía tan veloz. Supuse entonces que, ante momentos de pura adrenalina, cuando nuestros cuerpos están a punto de rozar nuestro hogar, nuestro único y auténtico hogar, éramos capaces de llevar nuestros cuerpos a dar lo mejor de sí. Fue terriblemente doloroso descubrir que aquel no era Marcos, sino uno de ellos. Con los ojos rebosantes de lágrimas - que podrían haber sido rojas, perfectamente- saqué mi machete y le atravesé la cabeza. 
Había dejado de escuchar aquella voz que me gritaba. Me preguntaba entonces si sería cosa de mi imaginación, si la deshidratación era tan grande, que había perdido totalmente la noción de la realidad. Miré, obsesionada, hacia todos lados, sin encontrar un punto fijo en el que descansar la vista. 
Marcos entonces ya estaba lejos, se había marchado porque no me había visto, se había marchado porque creía que yo ya no estaba allí. Nos habíamos cruzado sin saberlo.
Atravesé el bosque y lo que duró solo un par de horas me parecieron siglos y siglos. Sentía que el tiempo pesaba, me encogía de hombros, me hacía sentir oxidada y pequeña. El sabor metálico de la sangre descansaba en mi paladar. Si no bebía agua en unas horas, probablemente, me desmayaría. 
Luché con todas mis fuerzas por seguir hacia adelante, aun sabiendo que la herida de la rodilla izquierda se abría a cada paso que daba, aun siendo totalmente consciente de que tendría una infección cuando lograse llegar al campamento. Me hice un torniquete con la manga de una sudadera gris, vieja, de Marcos, y seguí, como el que persigue algo o alguien, como el que no quiere morir.
Con 29 años es pronto para morir. Con 29 años debería estar en otra parte. Con 29 años no debería estar al borde de la muerte ni de la extinción humana. Con 29 años creía que ya tendría un trabajo, planes de futuro, un piso de alquiler y coche propio. La chica de 29 años que era sentía tener muchos menos. La chica que había perdido el único mapa que tenía, la que se había quedado sin provisiones, había soñado muchas veces con ser escritora. Y en ese estúpido y eterno momento, ni siquiera redactó en su cabeza lo que explicaría después de sus vivencias. No quería ni sabía si podría hablar de ello. Había pensado muchas veces que las situaciones complicadas eran las que más fácil se escribían, pero la vida, el tiempo, o el intrépido mundo al que se asomaba, le habían hecho ver que cuando realmente el dolor te atraviesa el tórax, la única salida es caminar, y caminar, y caminar. Que escribir era para aquellos que aún tenían medio corazón vivo, que escribir no era de valientes, sino de cobardes disfrazados. Que ser valiente era tener el coraje de vivir algo sin saber si sobrevivirías para contarlo. 

domingo, 14 de abril de 2019

Me da la sensación de que siempre soy yo la que corre, persiguiendo un imposible, sumida en una nube de pólvora. Puede que yo no sea tan importante, puede que siempre me envíen todas las señales y yo no sepa leerlas. Puede que algo me grite siempre: “¿no ves que está muy claro?” Y yo siempre me diga: “Bueno, me quedo, por si acaso”. 
Estúpida ingenua. 

viernes, 12 de abril de 2019



¿Por qué no lo hablas? No dejan de resonar en mi cabeza todos esos consejos que las personas dan con la boca pequeñita, con cierto tono aterciopelado que nos recuerda que hay gente que aún se preocupan por nosotros. Porque no puedo, me repito. Porque no puedo. Y sé cuál será mi automática y premeditada respuesta, esa que siempre me devuelvo, esa que rebota en la pared de mi conciencia: Sí, sí que puedo, pero no quiero enfrentarme a la realidad. Alargo el momento, pospongo conversaciones, me dejo llevar, por miedo. Miedo a escuchar respuestas para las que no estoy preparada, o de las que soy tan consciente que temo el momento de tener que tomar decisiones. Recuerdo que antes era más fácil. A mi torbellino adolescente y semi-adulto le daba igual. Ella era tan kamikaze, que si tenía que saltar, siempre lo hacía por los aires. Y explotar, hacerse cenizas, no le importaba. Yo soy un poco diferente, me he vuelto más realista, me he vuelto menos luchadora, más cerrada, más cobarde. Una niña a la que le asusta terriblemente perder.
Por eso no lo hablo. Realmente es por eso, chicos. De verdad, os lo juro. Y lo he intentado. A veces me he dicho: Venga, ahora. Díselo ahora. Saca el tema ahora. Pero, ¿y de qué serviría eso? Si con los años he aprendido a leer a las personas, si ya me sé la respuesta, si sé que mi frase se abrirá con un interrogante y él la cerrará con la huida. Si ya me sé todas esas historias de películas en las que hablar de lo que uno siente se vuelve un auténtico lastre.
Si al menos alguien me prometiese que todo va a salir bien...Pero no, nadie puede hacerlo. Ni siquiera vosotros, chicos, ni siquiera vosotros. 
¿Pero por qué piensas así? Porque sé más que vosotros sobre esto. Porque ya me partí la espalda una vez, por qué me aprendí de memoria el diccionario de excusas y de autocastigos. Porque ya me resigné una vez, porque ya luché una vez, porque ya perdí la guerra.
Te creía más valiente, más tú. 
Siento decepcionaros, pero no me sale valentía por ningún poro. Me he vuelto mucho más aburrida. Aún me quedan demasiadas conversaciones conmigo misma. 
Y ninguna acaba muy bien. 







jueves, 11 de abril de 2019

Admito que es un acto puramente cobarde. La ventaja es que jamás dije que no lo fuera, y supongo que eso es lo que me salva. Me contemplo desde fuera, como si, ajena a mí, pudiera soportarlo todo un poco más. Quizás es la inercia la que me empuja a desfilar por el pasillo conformista de los años, quizá es mi manía acrobática de entender que no he estado tan cerca nunca, que no lo estaré. Quizá es mi optimismo, mi pero si todo va a ir bien, lo que me convence de que no me dé por vencida. 
Vivo remando, pensando que habrá tierra firme que pisar algún día. El cielo me mira incrédulo: ¿Otra vez estás con eso? Puede que sea monotemática. Puede que me deba un poquito más de verdad, puede que no le quede oxígeno a este antro, puede que solo necesite algo más de dignidad. 
Mientras, me sirvo copas que siempre están vacías. Finjo que bebo, lamo mis finos labios y sonrío: Este ron está muy bueno. Pero si tú ni siquiera bebes por placer. 
Admito que, a veces, tras el cristal helado se esconden los mayores disfraces. Y es cierto que eso nunca solucionó mis problemas, pero me hizo olvidar que existían. Al menos hasta la resaca.
Nunca fui buena oradora, se me dio mejor esconderme bajo mis letras. Aunque en demasiadas ocasiones pienso que ya ni eso me queda. 


viernes, 5 de abril de 2019

De verdad, estiré los brazos, pero fue tan duro el verso que acabé con las rimas. 
No hay fuerza de voluntad capaz de frenar esto, ni antídoto que consiga que no me ponga a escribir todas las noches. 
Mi propia terapia es la de reprocharme que no soy suficiente, porque cada día que pasa se me hace más difícil pensar que puedo conseguirlo. 

Haberlo soñado toda mi vida no cambia nada. 

En absoluto. 

jueves, 4 de abril de 2019

Nada bien


Será la última vez, créeme. He despertado, ya sé de qué va esto, ya me he vuelto pragmática, realista, sensata y coherente. Ya no voy a regalarlo todo, ahora sé que fue un chiste, el abrir las alas pretendiendo llegar a cimas que nunca existieron. Nunca existieron, ¿no? Intrépidos y malditos sueños, frágil ilusión vendada, estúpido mapa que prometía caminos fáciles. Ya he tomado mi dosis, ya me he perdonado los pecados, ya puedes hablar. No, no insistas. No hace falta que me lo expliques, al final los libros tenían razón, ya sabes, eso de ojos que no ven corazón que no siente, porque cuando al fin ven, joder, si duele. ¿Por qué siempre pretendo lucharlo todo sin mirarme a mí? No me he dirigido la mirada ni un solo instante, no me soy sincera, porque sé que el día que lo sea, voy a tener que enfrentarme a muchas cosas. Cosas que no seré capaz de llevar con sutileza, sin sangrar, con la cabeza alta. Ojalá entiendas que lo entiendo, ojalá no fuese así. Me hubiese encantado creer que existían esas cosas mágicas que nos elevan, que nos permiten dejar de ser adultos, ser niños de nuevo, pero sé que no, ahora sé que no. He sido yo, con mi ignorante optimismo, con mi cerveza fría y mis decisiones calientes, he sido yo, obsesionada con ser feliz, con darlo todo, dispuesta a caminar más de lo que mis pies me permiten. No servirá de nada esta lucha, como no me ha servido nunca. Nunca será suficiente porque me empeño en escribir en paredes que no hacen más que borrarse, no hay ola que no me atraviese, no hay noche que no esconda verdades que no quiero ver. 
Una vuelta más antes de irme a dormir es suficiente para saber cuánto es capaz de autoengañarse cualquiera. Lo suficiente como para seguir vivos, lo suficiente como para pensar que vale la pena. 
Pero no sufras, de verdad, no es culpa de nadie, solo mía, que mantengo mis pies en arenas movedizas, que me hundo por placer, que ya no tengo tierra firme en la que quedarme. 
No vas a entender esto, como nadie podrá hacerlo nunca, porque los que tenemos la manía de escribir somos tan egocéntricos que escondemos en imágenes aquello que nos asfixia. Ya no escribo a modo realista, ya no soy aquella que escribía cartas infinitas contando a corazón abierto lo que le sucedía. Ya no puedo permitírmelo porque ya no sé entonar esa estúpida canción. Nunca he sabido. 
Era mejor en aquel sueño, eso te lo puedo asegurar, pero ya sabes lo que dicen, los sueños solo son eso, ¿cierto? No tienes que responder, no vas a responder, porque últimamente mis letras no llegan a destinatario alguno. 
A veces aprieto fuertemente los ojos deseando recapitular y rehacer muchas de las cosas que hice, pero hay cadenas que son inquebrantables, hay sal que escuece, hay parches que se han secado. Sin querer culpar me culparé, porque sé que tendría que haber apostado diferente. 

Soy la misma de siempre, ahogándose en el charco de siempre, pretendiendo estar en otra parte.
Últimamente nadar no se me da nada bien. 

miércoles, 3 de abril de 2019

La verdad fue dicha y mi corazón inválido se propuso latir. Una sonrisa bien fingida, un “no, si estoy tranquila”, la voz que empieza a arder. 
Hablaste de sueños de ventana, promesas bien guardadas, yo no supe verlo bien. 
Callé más de lo que quise, serené todos mis imposibles y me dije “irá bien”. 
Qué mentira más triste, lunas de aguacate, 
sincera risa tonta, viéndote desaparecer. 
Una frase que se clava, la inseguridad que viene y se instala aquí en la piel. 
“Vete, vete, no estés triste”.  No me crees. “No, tú no estás bien”. 
Pero qué más da  qué color traiga mi risa, si tú al final no la quieres ver.

martes, 26 de marzo de 2019

Fue ya hace mucho tiempo. Fue hace seis años. Estábamos fingiendo ser dos adultos que aún no habían cumplido la mayoría de edad. Un ven lo cambió todo. ¿Quién lo pronunció? No lo recuerdo, pero sí recuerdo que yo llevaba tu sudadera roja, recuerdo que el camino de vuelta a casa fue de tu mano, que todo cambió. Entonces no sabíamos de nuestro futuro, de los rotos ni los descosidos, no sabíamos que nos iríamos, que volvería a buscarte, que volveríamos a enredarnos en imposibles ni aventuras. Entonces no sabíamos que seis años después todas las piezas estarían temblorosas, a la espera de cualquier movimiento que las haga, de nuevo, encajar. No, no sabíamos eso. Fue un veintiséis cualquiera que nos convirtió en mucho más de lo que jamás sabré explicar a nadie, ni siquiera a una página en blanco. Nunca sabré explicarnos. 
Sé que a veces sueno demasiado sensible, que quizás no recuerdas ni qué día es hoy, pero la verdad es que yo soy de esas que quedan marcadas para siempre de esas fechas que cambiaron el mundo, como si las llevase tatuadas con tinta invisible y mi mente jamás se permitiera borrarlas. Es una alarma interior que se activa para recordarme que debería celebrar que un día pude estar junto a aquel chico con el que lo viví todo. No tenía ni puta idea de nada, y menos mal. Dicen que la vida es bonita porque a veces se nos cruza lo inesperado y nos vuelve a girar unos 180º. 
No sabía lo que me depararía aquella decisión, como tampoco supe hace ya casi un año qué me depararía volver aquí. 

Yo siempre he sido de disparar primero y  pensar después.
Y qué. 

viernes, 22 de marzo de 2019

Puede que sí, entonces puede que sí



Se gira para darme un codazo. No la había visto tan alegre desde la última vez que se ilusionó con algo. Bueno, alguien. Se mueve descosiéndose la espalda, balanceándola, al compás de su risa aguda. 

- Tía - me dice en tono condescendiente. Acto seguido baja la voz, añadiendo-: No sé de qué te quejas. 
- ¿Que de qué me quejo? ¿Yo? - mi pausa se vuelve algo dramática, pero necesito tiempo para pensar-. De nada, pero...
- Sabes lo que quieres- añade con firmeza.
- ¿Y si él no?- me mira incrédula, y abre ligeramente la boca. Al ver que no dice nada, añado-: ¿Qué?
- Que nadie que no esté seguro de lo que quiere permanece en un lugar tanto tiempo...
- Y si es así, ¿por qué a veces siento que se aleja? ¿O que no está seguro aquí?- paro de hablar para coger aire, lo último que quiero es convertir todas mis dudas en un drama al que recurrir cuando tenga miedo. Reflexiono unos segundos, hasta que ella rompe el silencio: 
- Piensas que todas las personas actuarán del mismo modo que tú, o dirán lo mismo que tú, pero no es as í. ¿Tú estás bien?
- Cuando no tengo miedo, sí - contesto, firme-. Pero cuando se abalanzan sobre mí las inseguridades, supongo que pierdo un poco el equilibrio.
- ¿Qué inseguridades tienes?
El silencio se extiende, y lo que parecía ser una pausa de tres segundos, se convierte en una de un minuto eterno. Ella me aprieta la mano, para que la mire. Cuando levanto la vista, me observa fijamente, analizándome poro a poro, esperando mi respuesta:
- Creo que me da miedo darlo todo de mí, porque no sé hasta qué punto él...hasta qué punto él espera que lo haga, o, bueno...- se me traba la lengua-. Quizá todo se resuma en que no sé qué siente. 
Me mira pensativa una milésima de segundo, hace ademán de abrir la boca para decirme algo y, automáticamente, vuelve a cerrarla. Quince segundos después, al fin, con voz serena, se atreve a responderme, o más bien, a proponerme: 
- ¿Y por qué no se lo preguntas?

¿Que por qué no se lo pregunto? Buena idea, pienso. Buena idea si quiero cavar mi tumba, claro. ¿Cómo cojones se pregunta eso? ¿Quién habla de sentimientos como si de objetos se tratara? ¿Quién, en su sano juicio, a medio trago de cerveza, se atrevería a poner las cartas sobre la mesa y decir: << oye, ¿tú me quieres? >>? Esa no iba a ser yo. Sin duda, no, no, no. No iba a ser yo.
- ¿Y qué quieres que le diga? - espeto-. "Oye, mira, que creo que deberías verbalizar lo que sientas por mí". Es una estupidez.
- La estupidez es que nunca tengas el coraje de enfrentarte a nada. La estupidez es que realmente te acojone todo esto. Si tú antes ibas a por todas, sin temor. 
- Tú misma lo has dicho- respondo, seria.
- ¿El qué? 
- Antes- bajo la cabeza-. Antes era así. 
- ¿Y ahora por qué no? 
- Porque ahora necesito estar segura de que el chaleco salvavidas es de mi talla antes de saltar y...
- Ya- me interrumpe secamente-. Claro. Cómo no. Tenerlo todo calculado. Pues espérate sentada- su cara de indignación me provoca un poco de risa. Mira que es teatrera. 
- ¿Qué quieres decir? - respondo, con el ceño fruncido.
- Que, Noelia... No puedes esperar...No puedes esperar a que las cosas te lleguen siempre como y cuando quieres. No puedes evitar el dolor, no vas a poder evitar absolutamente nada. Sigue protegiéndote, sigue escudándote en tu fortaleza, sigue creyendo que eres dueña de todo lo que dices o todo lo que pasa por tu mente, sigue engañándote. No seré yo la que te diga que estás equivocada.

Le da un sorbo al café con la tranquilidad del que sabe que acaba de decir una verdad del tamaño de un templo. Me quedo mirándola, insegura, y después rodeo la taza caliente con mis manos. Mierda. 
Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a sacar lo que oculto. Ha vuelto a decirme que soy estúpida, y con razón. No puedo pasarme la vida huyendo, pero tampoco tengo el valor para enfrentarme a esto. Miro hacia las paredes, blancas, como ahora mi mente, que intenta evadirse de todo pensamiento. La observo mordiéndome el labio, arqueando las cejas, como diciéndole en qué lío me he metido de nuevo. Ella sacude los hombros, se termina el café y deja la taza sobre mi escritorio. 

- Si esperas a que sea él el que rompa el silencio...
- ¿Qué?- lo digo tan flojito, que casi ni yo me escucho.
- Que a lo mejor nunca pasa. 
- ¿Él no le tiene miedo a nada? - digo, algo insegura.
- Probablemente sí, pero tendrá sus propios demonios. A ti te toca batallar con los tuyos. Quizás él no sienta nunca la necesidad de preguntarte qué sientes porque eres transparente. Quizás eso juegue en tu contra, no te lo voy a negar, pero tengo que pedirte que seas tú misma. Que seas tú misma, joder - alza la voz-. Y si un día te apetece preguntarle qué ronda por su cabeza, lo hagas. Y si la respuesta es negativa para ti, coges la mochila de tu tristeza y tus miedos y te alejas. Y pesará, te lo juro que lo sé, que pesará, pero te habrás ido por un motivo. Y si es algo positivo, te quedas, te quitas todos esos miedos y bailas. Y te ríes, y os reís, y disfrutáis, coño, disfrutáis. Que no es tan complicado.

Asiento, para darle a entender que he tomado nota de todo. Mentalmente, sí, lo he hecho. Pero hay algo que Ana no sabe: probablemente no le voy a hacer caso. Ni soy esa valiente, ni sé tirarme ya sin salvavidas. Se me da mal formular las preguntas cuando no sé la respuesta, y tenerlo todo bajo control no es precisamente mostrarme a corazón abierto, ni dejar mi pecho afónico. 
Tal vez, cuando sea fácil. Quizás, cuando un valiente dé el paso por mí. Puede que sí, entonces puede que sí. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Son las 23:41 y escribo sin sentido


¿Conoces esa sensación de haber estado dormido mucho tiempo? Levantarte aturdido, desorientado. Que te lleve unos segundos entender que ya no estás soñando, que no te puedas mantener del todo en pie. ¿Has tenido esa sensación alguna vez? Yo a veces la tengo, a tu lado. Me refiero a esos momentos en los que me apoyo en tu pecho, cuando nos tumbamos después de un cuarto de hora de pasión y exceso de besos. A esos momentos en los que te miro de reojo, desde el asiento copiloto, y veo dibujada en la comisura de tus labios una línea fina y curvada, que indica que te estás riendo de alguna broma que recuerdas. Es fácil sentirse así a tu lado. Parece que sea una broma del destino, una travesura de la vida, obra de un gigante que mueve los hilos a su antojo y ha decidido cruzarnos para ver qué hacemos, cómo hablamos, cómo nos movemos, qué tenemos que aportarnos. Es curiosa la vida, ¿no crees? A veces me cuesta creer que estés aquí, por eso me pongo tan emotiva cuando estamos en un momento de paz, o después de un brote psicótico de risas cuando me haces cosquillas en los pies. Te miro y me resulta imposible creerme lo que tengo delante. Supongo que es el síndrome de la pérdida, esa sensación que se te queda en el cuerpo cuando pierdes algo, la misma que indica que jamás vas a recuperarlo. No sé si te he recuperado, ni siquiera sé qué se cruza por tu mente, pero yo sí que me leo, y yo sé que ha vuelto una parte de mí que creía olvidada. Creo que nunca te lo he contado, ni te lo he insinuado, ni te lo he dejado ver, pero brillo más desde que te tengo aquí, desde que hablamos a diario, desde que vuelven a hacerme feliz tus bromas. Si he podido ser como soy con las nuevas personas que he conocido desde que llegaste, en parte, es gracias a ti. Siempre me has hecho creer que valgo más de lo que imagino, siempre me has recordado lo mucho que se debe luchar por algo que se quiere. En mi caso, no dejas de repetirme que escriba, que cante, que lo haga siempre, que luche por dedicarme a ello. Sé que puede parecer una tontería, pero siempre creíste en mí. Eso es algo que perdí cuando nos perdimos, el creer en mí. No digo que fuese tu culpa, ni mucho menos, todo lo que perdí fue porque yo me permití perderlo; pero reconozco que a tu lado es todo un poco más sencillo. Gracias por no haber salido corriendo cuando pudiste, por no haberte alejado a tiempo, por dejarme ser un desastre. Ojalá no hubiese pasado por lo que he pasado estos dos o tres años atrás, sé que eso haría que pudiese confiar más en todo mi alrededor, y sobre todo en mí. En ti confío, confío más de lo que tú confías en ti mismo. Por eso me enfada tanto cuando no valoras lo mucho que eres. Te miro y pienso: ¿pero no te estás viendo? No te ves. ¿Sabes lo que daría cualquier persona por ver en ti todo lo que me dejas ver? ¿Por mirarte desnudo? ¿Por verte reír de tus propias bromas malignas que organizas para asustarme? Cualquiera en su sano juicio se quedaría justo a tres centímetros de tus hombros, para verte ser lo que eres. Supongo que algún día te darás cuenta. Esté o no para repetírtelo. 
Sé que no debe ser fácil estar en el otro lado (lo sé porque mi lado tampoco es sencillo) pero espero que algún día todo se te haga más fácil. No sé cuánto tiempo me queda para verte crecer (por suerte no tenemos un contador, como en aquel capítulo de Black Mirror, ¿te cuerdas? Tampoco lo miraría, si pudiésemos) pero espero poder observarte mientras te haces grande entre la gente, entre tus proyectos, entre tus manías, tus vicios y tus aspiraciones. Nada me haría más feliz que saber que tú lo eres. Te he querido y te quiero, y eso es algo difícil de esconder. Quizá tú no me mires incrédulo, ni te preguntes que qué hago aquí. Tal vez te hayas acostumbrado, de nuevo, a mi piel blanca y mi tez imperfecta. Mismo envoltorio, pero cuánto crecimos, ¿eh?. Ojalá siempre tan sencillo como tumbarnos a delirar. Ojalá siempre tan sencillo como encerrarnos en una 116, una 514 o una 502. 
Ojalá la vida nos lo siga poniendo fácil. O bueno, menos difícil. 









lunes, 11 de marzo de 2019

sábado, 9 de marzo de 2019

Ja no podria



Et miro des de baix, però tu no m'has vist encara. No t'has adonat de res, però estic aquí. T’estiro del pantaló, tot dient: Eo¡ Que em veus? Però per tu els meus dits només han sigut trossos de cel, aire lliscant per les teves cames. He sigut un buf d’aire que s’ha escampat de seguida. Tant de bo m’estiguessis mirant, perquè t’explicaria tot allò que em comprimeix, allò que mai t’he dit, allò que em treu la son i m’estira dels braços quan tot va malament; tot i això m’imagino que estàs massa distret per adonar-te’n. Sospiro de forma nuclear, deixo que tot caigui pel seu propi pes i m’hi veig enroscada al terra, besant-me els genolls. Tant de bo m’haguessis escoltat. Rius amb algú, no sé qui és, perquè no puc veure res més enllà de les meves cames. Li estàs explicant que tot et va genial, que ara ets feliç, que res no t’impedeix marxar. Jo vull dir-te que et trobaré a faltar, però no em veus, però no m’escoltes. Intento cridar més, però només un fil estret i fràgil de veu comença i acaba la batalla. Són els tres segons més llargs del món. Quan et canses de riure, sospires. Sé què faràs a continuació: li explicaràs qualsevol ximpleria i buscaràs l’excusa perfecta per poder anar-te cap a casa. Sé que només penses en posar-te el pijama i veure algun vídeo que et faci desconnectar uns segons d’aquest estúpid món. Encara no em veus, oi? No passa res. Em portes enganxada a la cama esquerra, camines sense adonar-te’n. Puc sentir des d’aquí la música que escoltes. Quant en fa que no escoltes res tranquil? No acceleris tant, que encara t’atropellarà un cotxe! Sempre amb presses, no canviaràs mai. 
Quan arribes a casa no et treus ni la roba, sempre ho procrastines tot. Fins i tot les coses absurdes. El teu gos sí que m’ha vist, i em saluda. Que et pensaves, que t’estava fent el petó a tu? Ell sí que m’està escoltant. Li dic xorrades, ja saps, posant aquesta veu de carallot que se’ns posa a tots quan parlem amb els animals. Feia temps que no el veia. He de confessar-te que m’he posat una mica trista. Però no pateixis, no és pas culpa teva. Ja em coneixes, sempre amb una llàgrima als ulls esperant per sortir escopetejada. Quins records més feliços apareixen, de sobte, a la meva pell. Fins i tot aquells que creia oblidats. Només ha fet falta una mica d’amor – d’un gos- per poder alliberar tot allò que creia desat a un racó infinit de la meva memòria. Sóc més humana del que penso, suposo. Encara no em veus.M’he cansat de cridar-te, ara em quedo en absolut silenci, esperant el moment de tornar a casa. Sé que em queda poc temps per estar amb tu, tot i que tu no sàpigues que he vingut, aquest cop. Tant de bo pogués acomiadar-me, dir-te que no ha passat un dia en què no hagi pensat en tot allò que no vam poder fer. Parlar-te de viatges que no vam viure, de llits que no vam desfer. Vull explicar-te per què vaig anar-me’n, vull preguntar-te si tu també em trobaràs a faltar. Voldria que no marxessis. Voldria no marxar. Voldria que em veiessis. Voldria que pensessis en mi, tan sols un instant. Voldria confessar-te que un dia vaig creure que tu i jo ens estimaríem molt més temps del que vam poder estar junts, però no m’escoltes. Definitivament no ho fas. Jo he d’anar-me lluny, no et puc dir on, perquè em trobaries. He d’anar-me lluny de la teva olor, dels teus ulls, foscos, envidriats, del teu tòrax latent. Marxo perquè no em pots veure, marxo perquè si em quedo, tornaré a dir-te coses estúpides que vaig prometre mai tornar a pronunciar. Marxo per no dir-te que t’estimo, marxo perquè si t’ho dic un cop més, sé que el que marxarà seràs tu. I jo no podria veure’t caminar en direcció contrària a mi. Ja no podria. 

viernes, 8 de marzo de 2019

Asteroides.


Se te puso cara de estrella y te reí mil lunas. Casi no te dabas cuenta, pero mi voz surcaba cielos inversos. Te susurré cosas que tardaste en recoger, después un par de carcajadas te sacudieron el cuerpo y tus hombros acabaron, cansados, dormidos en las sábanas. Cuando me tumbé junto a ti me rodeaste con el brazo y en ese preciso instante creí estar en otra vida. Abrazarte era ganarle el pulso al olvido, respirarte era un viaje astral del que pocos saben volver. Tus oídos respondían, rojos, ante mis cumplidos, mi boca tímida te rozaba las mejillas por miedo a surcar tus labios. Te encogías sincero, y me mirabas expectante, como si tuviese mucho más que decirte. Hablabas atropelladamente, yo te frenaba con suspiros amables. Pasamos horas riéndonos de todo, pasamos minutos sabiéndonos rabiosos, mordiéndonos los labios, cruzando las fortalezas que hasta entonces nos mantenían distantes. Se te puso cara de asteroide y te besé mil galaxias. Nadie nos habría reconocido ante tanto desorden, no fuimos fugaces, porque nadie pudo pedirnos deseos. Sin embargo yo sí te vi deslumbrar en medio del cielo, te contemplé desnudo y vi en tu espalda quince estrellas, en tus hombros las directrices exactas que me llevaron hasta tus focos, donde un eclipse marrón borró tu tatuado cielo. Había muerto una estrella, y no nos dimos ni cuenta. Tus mejillas ardieron hasta que apareció Marte, rozándose con Venus, imaginando lo improbable. Recorrimos infinitos enteros, descubrimos que había un final en este cielo, gemimos verdades siniestras, nos coronaron planetas gigantes. Y en milésimas de segundo, al abrir los ojos, nos vimos en esa cama, y no había naves, ni astronautas, ni cielos. Solo había sido yo contemplándote eterno en este mundo finito. 





miércoles, 6 de marzo de 2019

Dejar de escucharme.



Yo te gritaba, te gritaba con la voz temblorosa, ahogándome en mis propias palabras, arrodillándome ante aquel momento preciso en el que decidí romper el silencio. Y tú, desde la otra punta de la calle, te girabas a mirarme. Una y otra vez. Te girabas, mirabas hacia adelante y te volvías a girar. Era muy real. Parecía que estábamos a menos de treinta metros. Me sonreías, como si no me escucharas, como si no supieras lo que te estaba diciendo. Y yo, rasgándome las cuerdas vocales, al ritmo de un rasgueo arrítmico, bajo un RE menor afónico, te decía que te quería. Tú seguías sonriendo, y levantabas las manos, los hombros, como diciendo no te escucho. Y yo me hundía en la acera, que parecía, de pronto, arena movediza. Mientras iba perdiendo la visión, el olfato, el tacto, el oído y el gusto, te seguía gritando; pero cada vez me escuchabas menos, y yo cada vez forzaba más la garganta. Al final desistí, me dejé caer hasta hundirme del todo. Lo último que vi fue tu cuerpo corriendo hacia mí. Lo último que noté fue tu olor, impregnando lo poco que quedaba, en la superficie ,de mí. Lo último que escuché fue tu voz, gritándome: simplemente me estaba haciendo el sordo...
Pero no escuché nada más. Intenté concentrarme en el exterior, aguantando mi respiración, para poder prestar atención. Si hubiese podido, habría parado los latidos de mi corazón para dejar todo a manos del absoluto silencio; pero no escuchaba nada, y como nada funcionaba, quedé aislada del mundo, lejos de él. 
Cuando llevaba lo que parecían horas en el profundo silencio, en la profunda soledad, desperté. Mi cama seguía siendo la de siempre, mi olor también. Nada había cambiado, solo que yo aún no había dicho te quiero y tú aún no habías podido dejar de escucharme. 

viernes, 1 de marzo de 2019

Imagen S. Herranz

Ha sido un día duro. Tan gélido y siniestro como esos en los que las lluvias otoñales amenazan con ser interminables y anuncian el frío delirante de noches repletas de golpes secos y constantes en los cristales. Como esos días, justo así, pero en primavera. Ha sido un día de esos que después desaparecen del calendario, los que no se cuentan al resumir el año, ni de los que se guardan recuerdos especiales. Un día tonto, de esos absurdos, no escritos ni reflejados en ninguna entrada de cine, ni de concierto. Un día agotador, de esos que susurran melancolía y te bañan en escepticismo. 
Me quito, a duras penas, los tejanos, y después los cuelgo con desgana en el perchero superviviente que hay detrás de mi puerta. Necesito desaparecer. Me pongo esos casos gigantes que pesan más que mis hombros y me tumbo en la cama. Todo me da vueltas cuando cierro los ojos y empieza a sonar la primera canción. Es una de esas que me hacen llorar: Give me love, de Ed Sheeran. Una de esas que me recuerdan a mi yo más optimista, a esa chica que la cantaba con diecisiete años, pensando que las cosas bonitas que tenía durarían para siempre. Maldita e ingenua. Me da tanta envidia. Me gustaría, solo por un segundo, volver a esa mente menos adulta, menos leída, menos escrita, más feliz. Quizá no había pensado tanto, filosofado tanto, ni se había emborrachado siquiera. No apreciaba el sabor de la cerveza, ni el poder de un buen argumento. Aún no discutía con nadie ni por nada, no conocía el término feminista, ni sabía qué le depararía el futuro. Ni siquiera que se interesaría más por el periodismo. No tenía ni idea de lo que le esperaba. Y por eso la envidio. La envidio porque si ahora pudiese volver, sabiendo todo lo que sé, probablemente mi historia sería diferente. La envidio porque aún tiene la oportunidad de hacer las cosas bien, porque aún no ha tenido que elegir, porque aún no ha luchado por imposibles y ha fracasado, porque aún no ha bajado la cabeza, humillada, volviendo a casa, entre lágrimas ardientes de rabia e impotencia. La envidio porque aún no ha mentido, ni les ha pedido perdón a sus amigos por dejarse llevar por un gilipollas que casi acaba con sus días felices. Aún no le han rasgado, aún no desconfía. Vive, persistente, luchadora, ágil. La envidio porque no sabe lo que vendrá, porque quizás esta vez elige bien. La envidio porque sabe dónde quiere ir, pero no tiene ni idea de dónde acabará.
La envidio porque no existen los viajes en el tiempo, la envidio porque hoy le diría que salga corriendo de aquellos rincones que la asfixian, que abandone antes a esas amigas que no saben quererla, y que sobre todo, escuche más a sus padres. 


Le diría que no se rinda nunca, aunque tenga ganas. Porque hasta en los días más tristes, quedan versos que valen la pena. 

jueves, 28 de febrero de 2019



Me gustaría no haber perdido ninguna batalla jamás, porque así no me daría miedo saltar, amar o luchar. Me gustaría no haberte perdido nunca, porque ahora podrías confiar en mí. Me gustaría no habernos dicho adiós jamás, porque de ese modo, te podrías quedar. Me gustaría no haberte hecho daño nunca, porque así, quizás, no le tendrías tanto miedo a las alturas.

domingo, 24 de febrero de 2019

Noelia nunca se habría dejado vencer.




Me pregunto si algún día dejaré de sentir que nada está en mis manos. Amanezco entre sombras y horas sin sueño, me consuelo diciéndome que todo saldrá bien, pero ¿alguna vez tuve razón? He destruido menos veces de las que me destruyeron, y aun así, la culpa me hace caminar lenta. Me siento culpable de todo, me siento culpable cuando los ojos incrédulos de las personas me señalan cuando cuento alguna mala historia que dejé que me pasara por encima. No pueden admitirlo, pero me consideran estúpida. ¿Cómo alguien aguanta algo así? Yo también me lo he preguntado muchas veces. No me reconozco en la persona que he sido ni en la coraza que me he construido y aún llevo a cuestas. ¿Creéis que es el pasado el mismo que me encadena y me impide creer en algo? Me cuesta muchísimo creerme las cosas buenas que me suceden, espero siempre la puñalada, la despedida. No es culpa de nadie, es mi culpa. Yo permití que me estrujaran el alma, que me anularan, que acabaran con la mejor versión de mí. A veces lloro recordándome, porque revivo momentos tensos en los que tuve pensamientos muy oscuros, que me llevaban a dejarlo todo y marcharme lejos. Son años de mi vida que ansiaría borrar, con muchísima fuerza, hacer como si no hubieran existido. Pero mis heridas, mis cicatrices lilas, me recuerdan que fueron ciertos todos esos instantes en los que deseé cerrar los ojos y desaparecer. Días pesados con clases infinitas, rutina aplastante que me consumió, por estar acompañada de la mano que iba encargándose de derruir todo lo que yo construía. Creí que no valía para nada, que ni la música ni la escritura me reconfortarían. Estoy muy avergonzada por todo, me da vértigo admitir que comparto ADN con aquella chica que lloraba apretando su cara contra la almohada, por las noches, para no dejar que nadie escuchara sus sollozos. Que soy aquella que se cambiaba de ropa, que se ponía unos pantalones ante el miedo y la prohibición, dejando en el armario su falda favorita. Me da pánico admitir que soy yo la que inventaba excusas para no asistir allí donde sabía que podría haber conflicto si iba acompañada de mis cadenas. Me da miedo estar a la defensiva, haberme vuelto gélida. ¿Por qué perdí meses y meses, años y años, luchando por salvarme? ¿Luchando por no ahogarme? Si no me soltaba las cadenas, ¿cómo iba a llegar a la superficie?
Ahora respiro, pero admito que le he cogido miedo a todo. Y esa es la mayor putada, el peor legado que podrían haberme dejado. Si yo nunca le temía a nada, si yo iba a por todas, si yo era consciente de que podría luchar y conseguir lo que me propusiera. ¿Por qué me da miedo amar? ¿Por qué me freno? ¿Por qué ahora que soy libre no vuelo alto? ¿Por qué no soy capaz de pronunciar un te quiero? ¿Me da miedo que me abandonen? ¿Me da miedo ser la que era antes? ¿Le temo a mi pasado o a mí misma? 



Estoy preparada para muchas cosas, pero voy a necesitar que me lleven de la mano al principio. No necesito ser salvada, me supe salvar yo sola, aunque fuese tarde. Solo necesito que crean en mí y que me vuelvan a querer, supongo que a esa Noelia que intento volver a ser. O a esa Noelia que aún cree en historias verdaderas. Me acojona coleccionar heridas nuevas, pero también sé que si no me atrevo a decir lo que siento, que si no vivo lo que quiero vivir, me arrepentiré durante el resto de mi vida. No le puedo tener miedo a esto, porque aunque lo tenga, Noelia nunca se habría dejado vencer por él. 

miércoles, 20 de febrero de 2019



Es el aleteo intrépido de un pájaro rozando cristales rotos, el simple y siniestro sentimiento de ya no sentirme apagada, el ligero zumbido de esperanza que insiste en habitar mi alma, las palabras que no pronuncio por miedo a que las entiendas, o mi tristeza que imagina que no las entenderás nunca.
Puede que sea tu aire despreocupado o tus finos labios los que azotan mi ilusión truncada, o sea el gélido abrazo de esos inviernos fríos que pasé sin ti, puede que sea mi yo más egoísta el que te empuja a la aventura de mirarnos y consumirnos, o puede que sea mi lado más altruista el que jamás intente retenerte. Quizás es mi mente la que vuela sobre horizontes inexistentes, o son mis manos las que te piden explicaciones. Tal vez mi risa interrogante, tus bromas expectantes. ¿De qué hablo cuando hablo de nosotros si no sé si hay nosotros? ¿O qué somos cuando existimos, cálidos, entre sábanas y torpeza? ¿Qué te empuja a escribirme algunas noches o qué me empuja a proponerte que nos comamos el mundo? ¿Soy una ilusa más en este universo finito y mortal? Quizás para tus ojos no haya grandeza más allá de esta realidad intensa, mientras yo te veo sacudiendo todos mis demonios, recogiendo esas partes de mí que destrocé un día cuando me enfadé conmigo. Es como subirme en un tren que he cogido muchas veces antes, es saberme las paradas de memoria y sorprenderme aún al pasar por el atardecer más apacible. ¿Quién eres tú? ¿Y por qué estás aquí? ¿Por qué no sales corriendo? ¿Quién soy yo? ¿Por qué me he detenido aquí? ¿Por qué no he salido corriendo? Si llevo años huyendo de mí y de esto, porque sentía que alejándome de mi propio oxígeno nunca más nada podría dolerme. Y de nuevo me hallo aquí, demoliendo el muro que yo misma construí. Me vuelvo vulnerable, pequeña y me expongo de nuevo. Siempre a pecho descubierto, siempre mostrándolo todo, siempre entera. Nunca entendí de grises, tú lo sabías bien. Por eso me planté delante de ti con toda la magia en los bolsillos, sin dejarme nada en la recámara, sin chalecos de repuesto. Si me hundo, me hundiré con todo, como siempre. No sé sentir de otra manera, no puedo mirarte a medias, morderte a medias, besarte a medias. No me sale entregarte una mitad cuando cada parte de mí es la que te ríe. Y lo siento si es estúpido por mi parte pedirnos imposibles. 


Sigo siendo la misma tonta, la de siempre. Y no sabes qué rabia me da saber que no he cambiado siquiera un poquito. Que la fortaleza se me escapa cuando de sentir se trata, y que todo el hierro que creí invertir en mi armadura, no era más que polvo. Ojalá ser de esas personas a las que no se les nota en los ojos la alegría, la tristeza o el amor. Sería mucho más fácil. 

viernes, 15 de febrero de 2019



Feliz San Valentín. No te lo he dicho porque ni siquiera sé si tendría derecho a hacerlo, o si pensarías que estoy loca. Supongo que a veces las cosas no son tan sencillas como uno quisiera. 
Soy tan tonta, que ese vídeo me ha hecho llorar. Y qué más da, si sigo siendo cobarde. 

miércoles, 13 de febrero de 2019

Noches





En esta noche preciosa, mientras me escondo tras las mantas de esta cama, en un antiguo pero acogedor hotel, escribo. Como anoche, como siempre. Es curioso, pero cuando estamos lejos de casa es realmente cuando miramos con perspectiva lo que somos, lo que queremos, lo que tenemos, cómo vivimos. Vemos quién se preocupa por nosotros, quien, en la distancia, se enfría, o por el contrario, quiénes se acercan. Si nos echan de menos, si nos echaban de más hasta que nos fuimos. Aunque sean unos días, aunque sean solo 72 horas, pese a que el mundo siga girando exactamente igual. Me gusta lo que estoy estudiando, ahora trabajo en algo que no me supone un esfuerzo grande y gano lo que necesito para seguir viviendo lo que me apetezca con quienes me apetezca. Tengo unos padres que son abrigo en invierno y aire en verano. Tengo amigos increíbles, sobre todo la que duerme a un metro de mi cama ahora mismo. Y después está él. Nunca sé explicarle a nadie qué somos porque ni siquiera nosotros lo hemos decidido, pero somos, y eso es lo importante. No sé por cuánto tiempo estará, si se marchará ni si me quiere. Bueno, ya me entendéis. Hay muchas cosas que aún no he resuelto y es cierto que a veces pienso fríamente en el futuro y me da miedo; el no saber quién soy aún ni a qué quiero dedicarme, el no tener claro un camino, el no saber si cambiaré tras los años y los daños. Visto desde aquí, sabiendo que mañana todo volverá a la cotidiana realidad, es increíble lo mucho que puede cambiar todo y lo poco que nos parecemos a aquello que fuimos cuando aún éramos más jóvenes. Nos da miedo el futuro porque creemos que se nos echa encima, pero en realidad no existe, ni existirá hasta que no sea presente. Entonces, ¿a qué le tememos? ¿A que nos abandonen? ¿A que nos hagan daño? ¿A no sobrevivir? ¿A ser juzgados? ¿A qué le tememos? Si no somos más que aire materializado, si nos creemos invencibles y somos vulnerables, si no existen superhéroes que vengan a salvarnos y siempre fracasamos cuando intentamos ser uno. 

Le temo a todo y a la vez a nada, me aprieta la duda y a la vez quiero sentir indiferencia, dejarla K.O. Espero sin saber qué, y deseo sin yo demostrarlo. Soy sincera conmigo misma hasta que me cruzo con los espejos. Entonces les digo que está todo muy claro y que las dudas son para los cobardes, cuando yo estoy muerta de miedo. 

lunes, 11 de febrero de 2019

Algún día


Quizás es mi mente perversa y retorcida la que me empuja al vacío, a no ilusionarme. Tal vez mis heridas me enseñaron más de lo que creo y ahora camino mirando bien lo que piso. Fingiré que nada duele si algún día duele, porque ha sido la única forma que tuve siempre de evadirme y hacerles creer a todos que yo misma me valía para seguir hacia adelante. Si me preguntan por qué me siento así, sin duda les diré que no es por miedo, aunque por dentro esté temblando. Solo le he dejado el privilegio de saberlo a cada letra que tecleo, porque a ellas les da igual que esté a kilómetros de casa y las necesite para explicar cómo me siento. ¿Tan mala fui en otra vida? Yo también merezco verdad y este silencio que habita en sus pupilas es lo que me hace creer que no hay mariposas batiéndose en duelo por mi piel. Y sin mariposas luchando por mi risa no sé si sabré más reír. 
Algún día dejaré de engañarme y aceptaré la dura realidad. 



viernes, 8 de febrero de 2019

¿Es complicado?



No sé descifrarte ni escuchar lo que no dices -lo que está en tu cabecita, pequeña, loca- y entonces me quedo con aquello que veo en ti, aunque a veces no sepa apreciar el volumen exacto de tu risa. ¿Me miras con amor o es solo el cariño que se le tiene a alguien con quien has compartido demasiado? Puede que a veces piense que sí, que vas a quedarte, que en tus ojos hay ilusión, ganas, que soy para ti lo que tú eres para mí; otras, te miro silenciosa y espero el momento en que te alejes, suplicando, en silencio, que no llegue nunca. Mis miedos se han transformado en dudas, no sobre lo que siento, eso lo tengo muy claro (y qué mierda, tenerlo tan claro todo, siempre):mis dudas hablan sobre lo que sientes tú. En algunas ocasiones pareces estar dispuesto a surcar océanos infinitos para arrancarme una sonrisa; otras, siento que estás pensando en cómo salir corriendo. Sé que sería tan fácil como preguntártelo, pero hay respuestas que dan tanto miedo... ¿Sabes? A veces creo que esto no es para mí, que sería demasiado bonito para ser real que tú estuvieses sintiendo lo mismo, y es entonces cuando me resigno a pensar que algún día te veré marchar. Es en ese instante cuando revivo esa sensación melancólica de saber que no vas a quedarte con aquella chica a la que le rozabas la mano en clase, hace ya tantos años. Recuerdo aquellos días en los que escribía cómo me sentía, sentada en clase de CMC, ignorando las teorías sobre el universo que el profesor explicaba sin dejar espacio al silencio, escribiendo en un trozo de papel, en mi libreta; sintiéndote cerca. Recuerdo cómo después guardaba todos esos retales en mi carpeta rosa y blanca. Te recuerdo en sudadera, te recuerdo infinito, tranquilo y sonriente. ¿Cómo ibas a fijarte en la chica del clip en el pelo, la sudadera azul y la risa ahogada? Ahora soy la misma, solo que un poco diferente. Pero, ¿cómo vas a quedarte con la chica que aún no sabe si dedicarse a escribir o cantar?¿Cómo voy a ser yo si nunca he sido de las valientes? ¿Qué tengo yo que no tenga una chica cualquiera? Si ni siquiera soy buena jugando a nada, soy torpe y lloro con demasiada facilidad. Si no paro de componer canciones absurdas que hablan sobre cosas tan evidentes que me da vergüenza cantarlas, si aún guardo recibos, fotos y folletos que no volverán a tener utilidad jamás. ¿Cómo ibas a enamorarte de mí si ni siquiera fui capaz de ser valiente cuando nos alejamos? Si no hice más que tropezar, si no hice más que equivocarme, si elegí mal siempre, pretendiendo huir de todos, y sobre todo, de mí. ¿Cómo ibas a volver a mirar a unos ojos que un día te dieron la espalda? ¿Cómo vas a perdonarme que me diera la vuelta con esa facilidad y saliera corriendo? A veces siento que te hice mucho daño, y también que a ti se te olvida, porque solo recuerdas el que tú me hiciste. A fin de cuentas, creo que todos los errores que yo cometí contigo fueron mayores que los que tú cometiste. Tal vez ni siquiera te lo haya dicho nunca, porque, ¿cómo pedirte perdón por tanto? En ocasiones, me siento muy culpable por muchas de las cosas que sucedieron y me arrepiento más de lo que jamás podré confesar. Quizás esa culpa es una parte importante de mí que no me permite soñar al completo con un nosotros, porque realmente me hace pensar que tú nunca más estarías conmigo. ¿Qué somos? ¿Qué eres? ¿Qué soy? Me lo he preguntado y me lo han preguntado muchas veces. Cuando es una respuesta a los demás, es sencillo: Pues amigos, ¿qué vamos a ser?. Cuando es frente a uno mismo, la cosa se complica. No lo sé. Lo repito una y otra vez: no lo sé. ¿Debo saberlo? ¿Lo sabes? No lo sé.  ¿Por qué el ser humano necesita ponerle a todo un nombre? Quizás no sea el nombre lo que necesitemos, quizás sea la verdad. Tal vez las personas serían felices solo con saber qué siente la otra persona, porque la única invitada que siempre sobra es la duda. ¿Por qué no se va? ¿Por qué me pregunto qué sientes tras cada abrazo? 
No es tan complicado, ¿no? O quizás al ser nosotros, sí. Tal vez lo sea. ¿Por quién nos iban a tomar después de toda nuestra historia? ¿Te juzgarían? ¿Cómo va a estar con ella después de todo? Puede ser que todos comentaran sobre lo que desconocen, pero, ¿eso es lo que de verdad importa? No lo sé. 
Tal vez después de tanto, las cosas no sean tan fáciles como cuando nos sobraba respirar, en aquella playa de Ocata o bajo cualquier tarde soleada de verano. Cuando no sabíamos nada de lo mucho que íbamos a sufrir después. Quizás nos dé miedo ponerle una segunda parte a esa primera parte, que fue tan sublime, que parece que jamás la podríamos igualar. ¿De verdad lo crees? Yo siento que en cualquiera de nuestras versiones, en cualquier punto en el tiempo, seríamos inigualables. Pero a mí no me hagas caso, ya sabes que llevo por bandera cumplir misiones imposibles y que mataría por verte reír hasta que se te descosiera la sonrisa. Yo no soy objetiva con esto, y nunca lo seré. Por eso nunca podré hablarle de esto a nadie, ¿quién iba a entenderlo? Solo soy una irracional que se ha empeñado en hacer reír al ser más racionalmente loco del mundo. Y qué tontería, ¿no? ¿De verdad te quedarías? 
Con la de gente que tiene que haber allí afuera, dispuesta a conocerte. Y yo, aún, escribiéndote en noches rebeldes. Vas a pensar que estoy loca, y no estarías muy equivocado. No me sale ser de otra forma. He intentado contenerme, hacerme la dura, la interesante, decirte que nada me afecta, que soy de acero y que los años me han castigado tanto que ya no soy débil, pero tras cada intento comprenderás que hay un fracaso infinito. No soy esa chica fuerte que he querido aparentar, pero eso ya lo sabías de sobras. 
¿Te sigo dando miedo? Las alturas nunca fueron buenas, ¿no? Y yo subí demasiado alto. Ya sabes que hay pocas cosas a las que pueda temerle, no pensé que yéndonos tan alto iba a costar tanto mirar hacia abajo. Te prometí unas vistas preciosas, y espero no decepcionarte. ¿Querrás bajar conmigo algún día? No sé lo que hay debajo, solo puedo prometerte que no será malo. Lo que venga después, es una aventura. ¿Aún sigues queriendo vivir alguna conmigo? Pero, ¿qué estoy diciendo? ¿A quién hablo? ¿Por qué ibas a seguir leyendo estas estupideces que solo reflejan lo cobarde que soy? 












domingo, 3 de febrero de 2019


Esas luces apuntan directas a mí, hasta me ciegan. Barcelona está preciosa, y nadie se está dando cuenta. A veces me siento diminuta, gélida, rara, intrépidamente escéptica ante todo esto. Me abruman tantas cosas que no sé por dónde empezar. Creo que lo que más me jode de todo esto es ser incapaz de volver a tomar las riendas de mi vida con fuerza. Recuerdo que antes nada ni nadie conseguía frenarme nunca, rara vez me daba por vencida, insistía hasta tener aquello por lo que luchaba y si no lo conseguía, encontraba siempre algo que alcanzar que me hiciera sentirme orgullosa de haber llegado a algún lugar. Ahora me rindo con facilidad, si veo que las cosas son ambiguas, si me encuentro perdida, si me hundo en heridas de gelatina, salgo corriendo. Es como si le tuviese pánico a las alturas, cuando antes ni me abrochaba el cinturón. ¿Creéis que por cada herida que nos hacen nos volvemos más cobardes? Yo creo que sí. Al final optamos por no acercarnos demasiado a aquello que ansiamos, deseamos o queremos en silencio porque nos da miedo arder de nuevo. ¿A quién no le daría miedo verse de nuevo echando de menos una palabra, una mirada, una conversación? Acojona pensar que de nuevo eres débil ante algo, porque es mucho más fácil convencerles y convencerte de que ya nada duele tanto. Como si haber crecido te hubiese arrancado el corazón; pero estás equivocada, estoy equivocada, no nos duelen menos las heridas ahora, volveríamos a sangrar exactamente igual. De hecho, vivir es sangrar, es recordar que si hay heridas es porque también existen los milagros, y que ambos se necesitan. Vivimos con miedo a vivir, y eso solo puede traer más miedo. El día en que me vea con las fuerzas suficientes volveré a querer ser esa chica que era, de rizos dorados, ideas afiladas y objetivos claros. Hasta entonces seré un superhéroe que nadie se cree, participaré de forma cómica en esta misión de supervivencia, tropezaré con mi capa y volaré hacia abajo, yendo en contradirección, Me caerán mil mutas más, lo sé, pero es el precio que he de pagar por no atreverme a alzar el vuelo. A fin de cuentas, tampoco se me daba tan bien salvar a nadie, todos se acaban marchando siempre. 

lunes, 28 de enero de 2019



Si alargando el brazo pudiera alcanzarte, lo estiraría hasta arder.
Pero a veces no consigo tocarte: te giras, ríes y te escondes. 
A veces no consigo llamarte, no hay luces, te tapas, respondes. 
Si alargando las mano mano pudiera rozarte, lo haría hasta caer. 

Pero ni brazos, ni voces, ni manos te invaden,
porque me callo, acelero, repaso y me escondo. 
Pero ni restos, ni cantos, ni pasos te evaden,
porque no puedo, sí quiero, y me caigo hasta el fondo. 

jueves, 17 de enero de 2019

Me declaré culpable después de besarte y no me hizo falta tirar la piedra ni esconder la mano. Hay cosas que se ven venir de lejos, y yo de lejos vi que si volvías a acercarte a menos de diez centímetros volverían a saltar todas las alarmas. No hice nada para evitarte ni evitarlo, porque ya te había perdido lo suficiente como para vernos alejarnos de nuevo. Por eso me quité los frenos e improvisé. Se me da bien perderme y me perdí, se me da bien encontrarte y te encontré. Y ya no hizo falta saber nada más, porque hay historias que se leen antes de pasar los ojos por la primera letra. Porque yo no necesitaba firmar seguros para sentirme segura, porque yo no necesitaba de más notas a pie de página explicándome lo inexplicable. Hay estrellas que no se ven desde la Tierra, pero te juro que hay noches en las que todos nos han podido ver. Incluso días. 
No me explico si hay algo ahí arriba, encima de nuestras cabezas, que mueva unos hilos invisibles que nos hagan avanzar, tropezar, encontrarnos y perdernos, pero sí sé que cuando decido caminar hacia una dirección sé muy bien hacia dónde voy. Puede que no me veas venir, incluso puede que me esperes con los brazos abiertos, o cruzados, o en forma de tetera. Puede que mañana el mundo llegue a su fin, que se nos acabe el oxígeno, que se mueran los mares y se duerman los osos. Puede que nunca más recordemos quiénes somos, puede que lo efímero se vuelva permanente y nuestra vida se expanda como el universo. Puede que pasen muchas cosas, puede que sean pocas las que acontezcan, sea como sea, suceda lo que suceda, estaré allí donde solíamos despertar, donde los sueños no nos apretaban suficiente las pestañas, donde un objetivo nos cosió la vida y una meta nos enredó entre sábanas. Allí donde solíamos estar cuando no queríamos que nadie nos encontrase. Allí donde solíamos pensar que solo estábamos tú y yo en esa fracción de universo. Allí donde sí. Allí donde las batallas eran pulsos mediocres y los besos banderas blancas. Allí donde un yo sin ti era rasgar el cielo con mil zarpas. 

jueves, 10 de enero de 2019

Lo que acojona


Son cristales rotos, abanican verdades que me rozan la piel. Es mi frustración materializada, son mis ganas de escribir, los empujones que me recuerdan que no soy tan buena. He estado toda mi vida- al menos desde que tengo uso de razón- creyendo que llego al corazón de las personas cuando escribo, pero a medida que avanzo, a media que estudio más y más, todo se hace más grande, y yo me diluyo hasta casi desaparecer. ¿Y si no estoy caminando en la dirección correcta? Podría haberme puesto unos zapatos que no son míos, podría haberme aventurado, haber entrado en un bosque del que jamás podré salir. ¿Y si he vuelto a hacerlo? ¿Y si he vuelto a apostar por algo que no apuesta por mí? ¿Y si esa no era mi carrera? ¿Y si este no es mi sitio? ¿Y si hubiese elegido otra cosa? Un ejército de y si me recuerda que la vida jamás se conjuga en subjuntivo. Que he vuelto a caer en la trampa, que he vuelto a vestir al pasado de presente, que no sé ni qué digo. 
Quizás eran más fuertes mis ganas de ser aquello que siempre soñé que mi capacidad de crecer. Tal vez no era lo mío. Me da tanto miedo, y a la vez, tanto coraje, no saber si me estoy equivocando. ¿Seré alguien algún día en el mundo de la literatura? ¿Y de la música? ¿Por qué siento que estoy atrapada en una rueda infinita de la que no puedo salir? Corriendo, corriendo, sin coger aire, sin cambiar de escenario, sin anochecer. No puedo salir de aquí, estoy en una jaula de cristal. La golpeo, la araño, la muerdo, la rozo, la machaco y...y no puedo. Me falta hasta el aire, me sobran las ganas de salir ahí fuera, de tener respuestas, de encontrarme conmigo y no girarme la cara. Esta vez te miraré de frente, esta vez, duelas o no, serás verdad. 

Debería empezar a hacer las preguntas si tanto me urgen las respuestas. No deben darme miedo, aunque tenerlas signifique enterrar aquellos dos motores que encienden y dan sentido a mi vida. 
Letras, melodías, fuerza, garganta e impulso. Ojos llorosos, lágrimas retenidas a la espera de mejor vida. Me da miedo haber pretendido ser durante casi veintitrés años alguien que no era. Y descubrirlo podría hacer que todos los cristales rotos se partieran en mil pedazos; que se partiera no solo el nombre que yo le puse a mis días, sino el nombre con el que los demás bautizaron mi vida. Y eso es realmente lo que acojona.

viernes, 4 de enero de 2019

Quizás

Imagen S. Herranz.



Te miro descompasada, ya sabes que soy arrítmica. Suspiras tan fuerte que nos tiemblan las pestañas. Ojalá supiera qué escondes ahí dentro, en esa mente científicamente física, que parece estar a años luz de mis teorías filosóficas y abstractas. Pareces concentrado mirando tus pies al caminar, yo me coloco el mechón más rebelde que habita en mi cabeza detrás de la oreja, no me deja ver con claridad. Te analizo sin querer mientras me explicas tu sueño extraño, yo me río porque me hace gracia tu forma de emocionarte con esas cosas que te gustan y te hacen ser tan tú. ¿Eso ha sido una indirecta? No, cómo va a serlo. Si yo creo que no te gusto tanto, si no sé qué esperas de mí, o de ti, o de esto. ¿Qué somos? Nos lo habremos preguntado tantas veces en silencio. Al menos yo. Te explico cualquier tontería y tú te metes conmigo. Te encanta, y para qué mentir, a mí más. Hago como que me voy a enfadar muchísimo solo para que tu brazo me rodee unos segundos, efímero acercamiento que me recuerda que tú y yo ya hemos vivido noches inolvidables, aunque parezcan sueños. Quizá lo fueron. Es inevitable que se crucen en mi mente imágenes de nuestros cuerpos desnudos, de un secreto, una habitación de 19 metros cuadrados, de tu boca acercándose aquella primera vez (en mucho tiempo) un 25 de junio, a altas horas de la madrugada, al son de petardos y fuegos artificiales, después de esquivarnos durante semanas, abusando de los abrazos. Es inevitable mirarte y no sentir que han pasado ya más de 6 meses, y que aún sea novedad tu piel oscura. Si esto ya lo hemos vivido antes. Aunque entonces era tan distinto. 
Quizá te dan miedo más cosas de las que jamás podré adivinar, tal vez un día pierdas el billete de vuelta y ya no encuentres calor en mis brazos. Quién sabe si he significado tanto como para volver a saltar, a tirarte sin paracaídas, a arriesgarnos a que todo pudiese salir mal. ¿Realmente nos da miedo repetir los mismos errores? Hemos aprendido la lección, de esto puedes estar seguro. ¿Si no, por qué ahora parece fluir todo tan bien? ¿Por qué nos veo tan maduros, libres y confiados? ¿Por qué noto que quieres estar aquí, cerca? Quizás sea mi imaginación, tal vez nos he dibujado grandes en este lienzo blanco que habita en mi cabeza, tal vez solo sea una ilusa que cree que está leyendo un libro de poemas con final feliz. Si la literatura más bonita es la que tiene taras, como nuestras espaldas, cargadas de fracasos, de cosas que no salieron bien, de nuestros caminos juntos, de nuestros caminos separados. ¿De verdad ves a esa chica a la que le explicaste quién querías ser un día? Porque yo sí veo al chico al que le expliqué todo mi pasado, le hablé de mis temores y de esa carrera que tenía en mente y que acabé superando con creces. Somos todas esas partículas, esos críos que en un pasado se sirvieron de inocencia para coserse las alas, pero también somos dos adultos que han vivido desengaños, huidas, despedidas y deslealtades. Más de las que deseábamos. Qué grandes nos ha hecho vivir eso. ¿Sabes? No tengo tanto miedo como aparento, realmente no me acojona tanto, pero siempre voy con el cinturón de seguridad por si impacto, por si me estampo, por si todo salta por los aires, para salvar a esta cabecita loca. No te tengo miedo a ti, aunque tú sí te tengas miedo. Deberías confiar más en ti, en la vida, siempre piensas que puedes volver a fallar, que puedes decepcionarme, o decepcionarte, o ambas cosas. Ojalá no tuvieras tanto miedo, al fin y al cabo todo seguiría como hasta ahora, con la diferencia de que yo sabría por fin cómo te sientes. Qué sientes. Es lo único que cambiaría, porque el amor no nos pone cadenas, nos acoge libres y nos abraza sinceros. Pero bueno, imagino que todos somos diferentes, que no funcionamos a la misma velocidad, ni con el mismo mecanismo. 
Si tiene que ser, será; si no, te veré marchar y sonreiré aunque esté triste. Ya no coso mis heridas con melodrama ni expectación, ahora solo soy un pájaro que, tras haberse herido las alas, lucha constantemente por volar en línea recta. Pero debo admitir que deseaba con ganas que me hicieras cambiar el rumbo, irme contigo. Ojalá tú también te desvíes un día y coincidamos en alguna línea del cielo. Me haría tanto bien poder ser así de sincera contigo, pero no sé cuántos pasos tendría que dar para regalarte estas palabras, y me duelen un poco los pies de caminar. Si te sientas aquí conmigo y abres un par de cervezas quizás podremos hablar de esas cosas que se dicen sin hablar. 


miércoles, 2 de enero de 2019



Tétrica y escéptica reniego,
finjo despreocupación y hielo,
yo no me creo, 
¿tú me estás creyendo? 

Un silencio me cose la espalda,
tu monosílabo me cose los labios,
yo no me veo,
¿tú me estás viendo? 

La sal hiriente de una lágrima impacta contra mi cerveza. Balanceo un poco el vaso, moviéndolo en círculos inconexos y luego doy un trago. ...