viernes, 13 de julio de 2018

¿En qué piensas tú?



Un huracán lo revuelve todo mientras me miro las manos, nerviosa. ¿Que en qué pienso? 
Difícil pregunta. Pienso en que sigues caminando igual, aunque tus pies hayan pisado mil lugares más durante todo este tiempo. También en que todo parece tener el mismo olor y el mismo tacto. Y qué curioso es eso. Pienso en todas las veces que me repetía a mí misma que nunca más volvería a tener noticias tuyas. Pienso en aquella imagen borrosa que tenía de la última vez que nos habíamos hablado cara a cara. En el día en que nos despedimos sin saber que lo hacíamos, pero reconociendo, en el fondo, que era un adiós. El último mensaje agridulce que te mandé antes de borrarnos del mapa para siempre. Ese en el que te recriminé cosas que hoy no volvería a decir del mismo modo. Pienso en lo increíblemente grande que se había hecho el silencio. En todas las veces que había escrito sobre ti, en las noches en las que me preguntaba cómo estabas, si habías dejado de leerme. En todas mis preguntas sin respuestas. Pienso en todo eso. En que podríamos escribir un libro de ciencia ficción contando esta historia.  Pienso en todo y en nada. En que sería mejor no pensar. En el miedo que se me agarra en las costillas. Pienso en lo que dijiste aquella noche, pienso en tomar decisiones, en dejar de tomarlas. En lo poco que cabe en mis palabras, en lo mucho que digo sin decir nada. Pienso en lo transparente que soy, en que me da rabia que se me note absolutamente todo. Pienso en que ojalá pudiera ser más como tú, y hacerme mil preguntas a las que buscar respuestas, y disimular tan bien que no se me notara absolutamente nada de lo que sintiera. 
Pienso en lo absurdamente bonito que es que yo esté aquí, en lo que había echado de menos hablar de nada y todo a la vez, contigo;  en lo importante que llegan a ser para nosotros las personas que nos marcan. Pienso en si yo también soy así de importante para ti. 

¿Que en qué pienso?
En que me estoy riendo sin inmutarme, en que las horas han pasado demasiado deprisa, 
en que tus ojos no me responden cuando pregunto que qué piensas tú. En por qué dices que no estás pensando nada. Pienso en si serás sincero, y me respondo a mí misma qué es lo que creo que piensas tú: Y en mi mente te veo cuestionándote la vida, temiéndole a las ataduras. Me dan ganas de decirte que conmigo no estás atado a nada, que para mí ser libres es la primera ley. Y me imagino que piensas en las veces que nos fallamos, pero sobre todo, en las veces que lo hiciste tú. Y te imaginas a ti mismo recreando la misma situación, despidiéndote de mí, otra vez. Te imaginas no pudiendo dormir por las noches, preso de la ansiedad y desesperanza. Te ves, de nuevo, parado justo en medio de la nada, y te acojona que el mismo huracán vuelva a revolver y destrozarlo todo. Te ves de nuevo hiriéndome y se te acaba el aire, la culpabilidad te asfixia y te encoge. Me imaginas llorando, porque crees que de nuevo podrías romperme, y eso te frena y hace que retrocedas quince metros. 
Piensas en lo difícil que es, en lo reciente y antiguo que resulta, en que sigo siendo la chica que escribió demasiado sobre ti. 

Ese pensamiento recorre mi mente unos segundos, y cuando estiras la mano yo cruzo mi meñique con el tuyo y sonrío, porque a pesar de que imagino que piensas todo eso decido creerte cuando me dices que no, que todo está bien. Veo el miedo en tus ojos, pero decido dejarte flotar. No me gustaría jamás arrancarte una palabra que no quieras pronunciar, obligarte a tomar decisiones. Me gustaría que caminases con la libertad del que sabe que puede alzar el vuelo cuando sienta que debe hacerlo, me encantaría que me mirases y vieses en mí a la chica que intentó algún día acompañarte durante ese camino- a veces tan duro- que te conducía hacia esas metas tan ambiciosas. Y me pregunto si sigo siendo el hombro en el que descansar tus penas, tus dudas; si mi voz sigue teniendo efecto tranquilizador en tus oídos, si en mis ojos ves algo más que aquella chica con la que compartiste sueños. Si yo también he crecido para ti. Si sientes que en el fondo, muy en el fondo, nunca nos despedimos del todo. 

Ya no pienso en nada,
porque no puedo pensar en nada,
porque no quiero pensar en nada,
porque sé lo difícil que es pensar
hacerse preguntas
para las que aún no hay respuestas,
luchar contra la duda y mis tormentas. 
Por eso ya no pienso,
por eso, si noto distancia,
me alejo. 
Porque estoy dispuesta a marcharme si me pides que lo haga,
porque nunca he sido egoísta, y mucho menos lo sería contigo.


Porque en el fondo entiendo tu miedo,
y en el rincón más sentato y prudente de mí
estoy sintiendo exactamente lo mismo. 
Dudas, tormentas, fuego.



martes, 10 de julio de 2018

Trozos de yo qué sé, guardados no sé dónde.

Imagen S. Herranz

He dejado migas de pan en el portal, por si alguien olvida que ahí viví yo. ¿Sabéis? Hace tiempo que dejé de querer alzar el vuelo, quizás porque le he cogido miedo a las alturas. Es absurdo que lo diga yo, esa que se tiraba sin paracaídas desde precipicios gigantescos, esa que nadaba con la corriente en contra, la que había dejado de usar el GPS porque ya sabía encontrar el camino de vuelta.  
Me he hecho más débil, porque era imposible hacerse más fuerte. Cuando te acostumbras a la armadura y después te la quitas, no te la quieres volver a poner. Qué libre me siento sin ella, qué humana. El miedo ahora ya no es solo miedo, ahora cala hasta los huesos. 
Estoy desprotegida, otra vez en un mar infinito y profundo, otra vez visualizando una luz desde algún punto lejano, otra vez buscando el camino de ida a esa isla llamada destino. Otra vez, miro de lejos lo que no puedo tener cerca. 
Ahora, a corazón abierto, me expongo, aun sabiendo lo que supone que todos sepan qué sientes y puedan ir un paso por delante. Las desventajas de sentir tanto y decirlo mucho, son esas. Que todos le ponen apellidos a su dedo índice y te señalan, como diciendo: Mira, ya está otra vez escribiendo. Y la verdad es que no tienen ni puñetera idea de qué estoy hablando cuando hablo, pero creen que su capacidad de descifrar metáforas es superior a mi capacidad de sentir. Pero ya está bien así. Es mejor que crean que saben de qué hablo, porque así estarán siempre lejos de mi realidad. 
Me zambullo otra vez en mi propia voz, esa que me repite todas las noches: ¿Por qué fuiste tan tonta? Esa voz que me recuerda lo que todos me dijeron aquel día: No nos lo esperábamos, siendo tú, que permitieses que todo fuera tan lejos. Y yo les miro con los ojos bañados en agua y susurro: Por favor, no me lo repitáis más. No me decís nada que yo no me diga a mí misma cada noche, al irme a dormir. Sé que solo quieren asegurarse de que lo he entendido, de veras que lo sé. Sé que solo quieren que jamás vuelva a ocurrirme. Sé que lo dicen porque les resulta increíble que yo permitiese eso. Sé que están tan sorprendidos como yo, pero el castigo es algo que debo dejarme a mí misma. 
Voy a tardar mucho tiempo en perdonarme. No porque me resulte inconcebible la idea de reconciliarme conmigo misma, sino porque aún tengo muchas cosas que contarme, porque aún tengo muchas cosas que recordarme. 
Una parte de mí, la más honesta, piensa en que de todas las experiencias acabamos aprendiendo. La otra, la más cruel, piensa en que ojalá nunca hubiese tenido lugar esa desesperanza. 
Mi yo pasado me mira con tristeza, mi yo futuro me abre los brazos y me dice ven; mi yo, el de ahora, escribe esto sabiendo que solo yo me lograré entender. Perdóname, pasado, por no haberte podido susurrar antes lo que mi yo futuro no deja de recordarme: que solo vamos a poder vivir unos años en un universo infinito que seguirá existiendo una vez nosotros seamos polvo. Y que por ello, no deberíamos gastar los minutos saboreando el dolor, sino mirando hacia adelante, intentando cada día ser una mejor versión de la que hayamos sido. 


Qué bonito sería vivir con la seguridad de que nunca más nada nos va a doler, pero qué mentira contemplaríamos siempre si así fuera. El dolor me ha hecho ser esa niña terca y llena de ilusiones que aún escribe en la misma página en blanco que ensuciaba con sus letras a los dieciséis. El dolor ha hecho que me ría de todo, que brinde con sangría o cerveza, que sea la chica con la sonrisa mejor cicatrizada del mundo. El dolor que he experimentado durante mi corta vida me ha hecho ser esa estudiante positiva que les dice a todos sus amigos que aún hay esperanzas, que aún todo puede salir bien. La que tomó las riendas cuando aquel avión se le escapó, cuando todos estaban sumidos en la desesperanza. El dolor me ha hecho proteger a las personas que quiero, sacrificándome yo en muchas ocasiones. El dolor he deshecho mi egoísmo y me ha transformado en alguien altruista. El dolor que me ha atravesado en distintas ocasiones me ha hecho entender lo importante que es la risa de mi abuela, el olor a canela de los postres o el sabor frío de la cerveza. El dolor me ha hecho amar a quienes tengo a mi lado y también me ha hecho abrazarles en los momentos más frágiles y tensos. El dolor me ha demostrado que no soy el centro del universo, que muchas veces observaré desde un agujero minúsculo, a escondidas, lo que no me atrevo a ir a buscar. El dolor me ha hecho confiar en mí misma y también perdonar a las personas que alguna vez me dañaron sin querer. El dolor me dijo que le mirara a los ojos, y el día que me atreví a hacerlo, ya nunca más tuve miedo. 
El dolor me ha demostrado que da igual lo que nos alejemos de aquello que nos hace ser quienes somos, porque siempre acabaremos encontrando una manera de volver a nacer en nosotros mismos. 


Sin el dolor yo no estaría aquí ni sabría valorar lo que es el abrazo sincero,
la caricia de terciopelo,
el amor sin hielo,
la sonrisa templada,
el roce clásico,
la amabilidad permanente. 
Sin el dolor las seis letras de mi nombre no gritarían con fuerza
y yo hoy no estaría aquí. 
Sin el dolor no hay valor,
y el valor es todo lo que hoy tengo para mí. 




lunes, 9 de julio de 2018

10.000 segundos.


A 10.000 segundos.
Allí me iría. Solo a 10.000 segundos. No muy lejos, pero lo suficiente. 
10.000 segundos. Lo que tardo en desayunar, lo que tarda una caricia en tatuarse en la piel, lo que tarda el papel en arrugarse en unas manos vacías de intenciones. 
10.000 segundos. Se dice lentamente, pero pasa muy rápido. El tiempo suficiente para escaparnos de todo y todos, el que necesito para abrir mis alas.
Han intentado matarme. Han cogido todas esas letras y las han enviado lejos. Eso sí, de mi corazón no saldrán nunca. He soportado cómo me llamaban exagerada, cómo rebajaban mi dolor, cómo me gritaban e intentaban darme lecciones de moral, esas personas, las mismas que no saben ni manejar las riendas de su vida. He tenido que tragarme tantas cosas solo para poder poner un punto y final, para no hacer interminable la historia. 
Solo quería que terminase, que se callasen, que parasen, que me olvidasen. 
Solo quería que dejaran de culparme por algo que no hice yo, que esa condena solo estuviese en sus cabezas, pero no en mis oídos ni en mi sangre. 
A 10.000 segundos. Me iría muy lejos. Lejos donde no puedan alcanzarme, donde poder borrar esos grandes errores que he cometido, donde poder pensar en todo lo que habría cambiado de haber podido. 
Lejos, tan lejos, que nadie me encuentre. 
Allí donde yo soy solo yo, y alguien me abraza y me entiende. Allí donde alguien me mira inocente.
Allí, lejos, donde las señales no me tatúan veneno. Donde el pasado es solo un eco pobre y desgarrado que no alcanza mis oídos. Donde no existe esa Noelia manipulable y estúpida. 
Lejos. 
Muy lejos.
Donde soy guerrera, donde conduzco yo mi vida, donde me descarrilo solo si quiero, allí donde puedo ser yo misma.

A 10.000 segundos encontraré a esa chica de la ilusión permanente, a la inocente niña que creció a la fuerza pero sigue siendo cálidamente pequeña, os juro que la encontraré. A esa que no le teme a nada, la que baila con el miedo para vacilarle, la que no se da por vencida, la que persigue lo que sueña; esa Noelia que lleva por bandera que ser feliz es lo primero y lo demás vendrá luego. A esa , amante de la comida italiana y las prisas vencidas. Encontraré a esa niña que utiliza su voz para ayudar, aquella que soñaba con taparse con una manta las noches de tormenta para escuchar tranquilamente las gotas caer encima de los tejados. Esa cría que amaba el invierno, que se sentaba en la playa, aquella que sacaba a su perro por gusto, solo para recorrerse las calles con su música. 
Te voy a encontrar. A ti, que decías que nadie te podría parar los pies jamás, la chica que creía en el destino, en las estrellas pálidas, en el duro pero necesario silencio. A ti, que no te asustaban las alturas, a ti, que creías que alguien algún día lucharía por ti. 

A 10.000 segundos, 
sé que nos separan solo 10.000 segundos, pequeña,
sin embargo te noto tan lejos esta noche, 
que me asusta.
Deja tus dosis de realidad, tus dudas y miedos,
aparca esa soledad que se te clava en las costillas,
vas a vivir solo una vida,
hoy, aquí, ahora,
a 10.000 segundos.
Quién sabe si mañana podrás tener otra oportunidad para viajar
a 10.000 segundos.
Quién sabe lo que habrá detrás de cada puerta,
detrás de cada estampa,
detrás de cada roca,
de cada rama,
de cada cara. 
A ti,
a ti,
a 10.000 segundos,
te he visto en mi espejo y no me da la gana
de quedarme con las ganas
de encontrarte esta noche,
justo donde te dejé años atrás:
entre la almohada y las ganas de escapar.

miércoles, 27 de junio de 2018

Cometa.

Imagen de S.Herranz


Sujeto la cerveza con ambas manos, porque está tan fría que no sé elegir cuál de mis dedos debería congelarse antes. Miro hacia la izquierda, luego a la derecha; siempre lo hago. Mi inseguridad salpica a todos lados cuando me rodea tanta gente. Y mira que no lo parece, y mira que no me callo, y mira que soy abierta. Pero bueno, todos tenemos nuestras taras. Y yo la mía la cubro con espontaneidad,  indiferencia y risas. Son mi escudo. 
Bebo. Primero es un sorbito; a la segunda es un sorbo y a la tercera un trago. 
Y yo, que con quince años detestaba el alcohol, ahora bebo cervezas como si fuesen zumos. Qué irónica la vida. Cómo crecemos y nos acostumbramos a los sabores y las experiencias fuertes. El café, el sexo, el alcohol. Qué mayores nos hacemos sin darnos cuenta, qué diferentes nos volvemos sin percibirlo. 
Me distraigo unos minutos mientras el resto habla. Siempre me pasa, siempre viajo hacia mi mundo, como si tuviese una máquina de escribir en la cabeza y empezara a teclear en medio de la nada, de una conversación, de una clase, de un programa de televisión. Me aíslo sin pretenderlo durante minutos. A eso le llamo yo tener imaginación. 
Marta me devuelve al mundo real con un chasquido de dedos, y me mira como diciendo: hoy ya es la segunda vez que te pasa. Yo me río y ella estalla a carcajadas. Supongo que el hecho de que me haya puesto colorada tiene algo que ver. Frunce el ceño unos segundos y levanta la cerveza. Quiere brindar. Ahora todos la miran y yo sonrío. Levantamos las cervezas y brindamos:
- ¡Por nosotros! - Samuel, como siempre, es muy original-. Por todas esas horas de curro, por los trabajos, los agobios, las notas...¡Porque nos lo merecemos, joder! 
- ¡Sí!- proclama Sandra-. Joder, ¡ya era hora! 
- Por nosotros- Lidia no grita tanto como los demás-. Que vamos a ir al paro directamente. 
-¡No digas eso!- exclamo-. ¡Aún hay esperanza! 
Todos ríen al unísono, mientras brindamos, y yo los miro como el que mira un cometa que pasa cada cincuenta años. Sé que va a ser la última vez que nos reunamos todos así y eso me encoge el corazón. 
Marta y Samuel se miran intensamente de vez en cuando, ellos aún no saben que se gustan, pero yo lo sé desde tercero. Se han sentado lo suficientemente separados como para que no se les note, pero las bromas de él, la risa de ella y las miradas cómplices indican que en realidad, querían estar mucho más cerca. Yo les miro pensando en que ojalá este verano tengan tiempo para verse y los días y los planes los unan mucho más. Ambos lo merecen. Y necesitan valor para asumirlo. 
Sandra se muestra distante, sé que está enfadada con Jorge porque no ha querido venir y ha preferido irse a jugar con los amigos. A mí me encantaría decirle que él también necesita tener su espacio y que ella debería respetar eso, pero es tan celosa a veces...Que consigue asustarle. Él la quiere de verdad, y por eso intenta no ofenderla nunca, pero se siente aprisionado, cohibido. Jorge necesitaría alas, poder volar, poder huir de vez en cuando. Y a Sandra sus inseguridades acaban matándola siempre. 
Lidia ha estado ausente la primera media hora, a veces me mira y me sonríe, pero sé que está incómoda. Nunca le ha gustado estar rodeada de tanta gente, no quiere llamar la atención. De vez en cuando consigo distraerla hablándole de mí, contándole anécdotas, preguntándole cosas sobre su familia, pero aun así, sé que la presencia de los demás la tiene intranquila. 
- Oye, ¿Dani venía al final?- Lidia lo pregunta tímida, supongo que porque teme a que todos piensen lo que es evidente desde primero y que en realidad ya saben. 
- No sé...voy a mirar el Whatsapp...pero creo que no ha dicho nada- Mónica mira de forma rápida la última conversación que tiene con él y Lidia la mira con recelo-. Pues...eeeem...No. No ha dicho nada. Me imagino que vendrá directamente de la biblioteca. 
Lidia sonríe, aunque la percibo triste. Intuye que entre Mónica y Dani ha pasado algo, e imagina que continúa pasando; de hecho todos nos lo olemos desde el año pasado. Todos sabemos que Lidia está enamoradísima de Dani, aunque Dani jamás se haya dado cuenta, aunque nunca se hayan dicho nada. Lo sé porque veo todo lo que hace por él desinteresadamente, lo sé porque solo viene de fiesta cuando él viene y solo responde al grupo cuando él hace una broma. Lo sé por tantas cosas...Y en el fondo sé, cuando nuestras miradas se cruzan, que ella también es consciente de eso. 
Y sé que pensaréis que vaya líos, que qué observadora, y que si me creo muy listilla por adivinar todo eso sobre mis amigos. Pues no, probablemente no sepa ni la mitad de cosas que se esconden en esas miradas, pero sí que sé lo suficiente como para juzgar qué sienten todas y cada una de esas cabecitas cuando nos sentamos a charlar sobre la vida, sobre el camino, sobre todo y sobre nada. Han sido demasiadas horas juntos. 
¿Y qué hay de mí? ¿Yo me he fijado en alguien? ¿Yo solo sujeto una cerveza fría? 
Yo soy un caso muy distinto. Nunca me he enamorado de nadie del grupo, y no me malinterpretéis, no es que me crea superior, es que jamás conocí a nadie que pudiera igualar a Marcos. Lo de quién es Marcos lo dejaré para otro día, pues es una historia demasiado larga. Pero...no sé si conocéis la sensación de dar con alguien que es muy distinto a vosotros y sin embargo sentir que hay algo muy fuerte que os une. Y es algo que va más allá de los intereses. No sé, a todos nos gustan las películas, la música, la comida, los videojuegos, los libros....Pero hay algo más. Algo que no se sujeta con palabras, acciones, ni tan siquiera miradas. Algo que va más allá de todo, que es inexplicable. Cuando conoces a alguien con el que te cuesta hasta discutir, cuando ves a alguien honesto, humilde y sensato, cuando de repente encuentras que una persona que es cien por cien diferente consigue hacerte encajar todas las piezas, cuando eso ocurre....entonces no hay vuelta atrás. Y ya pueden entrar en tu vida todas las personas que quieras, que algo así no se borra. Y supongo que eso es en lo que pienso cuando me aíslo, no en lo fría que está la cerveza, no en lo unidos y separados que estamos todos los que nos sentamos en las sillas de siempre, en el bar de siempre, no. Cuando me aíslo pienso en lo bien que se lo pasaría Marcos si los conociese. En lo que él se reiría, en cómo podría mirarle desde la otra punta de la mesa mientras hace bromas. En lo que me gustaría que contase esas anécdotas que a mí me hacen reír tanto. Pienso en que ojalá él también hubiese conocido toda esa parte feliz que me llevo de una etapa gigantesca e inolvidable. Pienso en que si Marcos hubiese estado en el grupo, me habría enamorado de él. Y sería yo esa tonta que miraría desde el otro lado de la mesa sin saber bien qué decir.
Todos hablan, pero yo ya no escucho. Marta vuelve a mirarme cómplice, yo levanto los hombros y ella ríe. 
- ¿Salimos a fumar?- me pregunta. Yo asiento automáticamente. Ni siquiera fumo, pero me gusta hablar con ella. 

Aquí, justo aquí,
el cometa:

Se cierra una etapa, se abren nuevas puertas. 




domingo, 24 de junio de 2018

-



Claro. Claro que tengo miedo. El miedo es humano, el miedo es piel, el miedo es yo, el miedo eres tú. Claro. Claro que tenemos miedo. Los precipicios dan miedo, los abismos también. Da miedo avanzar, da miedo retroceder, da miedo mirarte a los ojos y saber que en un instante todo cambia y a la vez, sigue siendo lo de siempre. Claro que da miedo. Nos da miedo el error, tropezar, caer, sufrir. ¿Cómo no va a darnos miedo? Es ese miedo que se encoge y se cuela por las rendijas de tu vida, el mismo que te aprieta el estómago antes de subir a una atracción altísima que da más vueltas de las que puedes asimilar. El miedo que sientes cuando planteas una pregunta y ya sabes la respuesta. El miedo que da atreverse a sentir, sentir sin arrepentirse. Da miedo no sentir ni un ápice de tristeza cuando te tengo cerca. Me acojona. Me da miedo la vida, me da miedo el futuro, me dan miedo mis sombras. Hay tantas cosas que me dan miedo...Demasiadas.

Pero tú no, tú no me das miedo. No te puedo tener miedo, ya no. Soy incapaz. Quizá porque ha pasado mucho tiempo, tal vez porque he crecido. Quizá es porque ya he sentido esos miedos antes y simplemente sé convivir con ellos. No me das miedo porque no puedo ver el futuro. No me das miedo porque cualquier persona podría hacerme daño y sin embargo, cuando sentimos algo aquí dentro, en el pecho, por alguien, le estamos dando automáticamente el poder de hacernos daño. Pero no por eso debo tenerte miedo. ¿Sabes qué es lo que me da miedo? No aprovechar lo suficiente, no viajar lo suficiente, no hacer lo que siento en el momento en que lo siento. Eso sí que me acojona, el dejar pasar trenes, oportunidades. Que mi vida se consuma y yo no haya sido valiente. Eso sí da miedo. ¿Pero tú? No, tú no me das miedo. No puede darme miedo la misma persona que me llevó tan alto, no puedes darme miedo con esos ojos. Lo siento, soy incapaz de temerte, aunque según tu criterio tenga motivos suficientes para hacerlo. 

Vivimos demasiado condicionados por todo,
derrotados por todo,
frenados por todo.
Ya va siendo hora de desprenderse de todo lo que ya no necesitamos,
de vaciar ese equipaje absurdo llamado pasado, culpa y futuro incierto
de quitarnos esas mochilas que cargamos,
de lanzarnos a ese mar cristalino llamado camino difuso pero con apariencia bonita
y procurar flotar. 


Es tan fácil y tan difícil como eso.
Y tú preguntándome si tengo miedo. 
Joder, no. ¿Pero no estás viendo esas vistas tan bonitas? ¿Quién le tendría miedo a algo así? 






miércoles, 20 de junio de 2018

El día que tú elijas que lo sean.

- No podemos pretender saltar al vacío sin atar bien las cuerdas antes. No podemos lanzarnos y caer en el abismo sabiendo que puede que no salgamos vivos- dice con tono serio.
Yo me río casi por inercia, pero en el fondo la sangre se me hiela. Cada poro de mi piel queda inerte ante la duda, ante el tacto de su pelo, de su vida, de su caos, cuando le abrazo. 
- Tienes razón- le contesto-. No podemos pretender que nos salgan alas de repente. 
- Creo que no me entiendes- replica-. No son alas lo que nos falta, es tiempo.
Yo me quedo callada. No porque no sepa qué decir, sino porque no puedo decir nada. Nada que no haya dicho antes, nada que él no sepa que pienso. No puedo pretender que él sienta lo mismo.
- A veces me da la sensación de que el miedo que tienes no es al tiempo, a la velocidad o a ti. A veces me parece que el miedo me lo tienes a mí.
- ¿A ti por qué?- responde de manera rápida.
- A mí porque crees que puedes hundirme de nuevo. Como si solo pudiera salir herida yo, como si tuvieras miedo a querer marcharte de nuevo...Como si yo no pudiese herirte a ti. Como si yo fuese la víctima. 
Se queda callado mirando al frente. Noto cierta mueca de dolor, está frunciendo el ceño. Hacía tanto que no lo veía tan serio. Me mira, con temor, y a la vez, con determinación. 
- ¿No crees que todo ha pasado demasiado rápido?
- ¿Rápido?- respondo-. Todo es rápido. La vida es rápida, nosotros lo somos. Estamos cada día más cerca de la muerte, a cada segundo que pasa. El mundo es rápido. ¿Por qué parece que tú esperas que todo se detenga? 
- Quizá soy yo, que lo siento así porque ha pasado tanto tiempo...
Sonrío. Quizá con tristeza, tal vez con incertidumbre. Él me mira a los ojos, yo bajo mi mirada hasta sus labios. Qué lejos. Qué difícil. Giro la cabeza, miro hacia otro lado. Él me coge suavemente la barbilla para que vuelva a mirarle. Se ha sonrojado un poco. Me sonríe.  
- Es mejor que no te presiones nunca a nada- le digo, mirándole seria, con el ceño fruncido-. Al fin y al cabo yo fui la última que dijo que ya no podíamos estar juntos, hace ya tanto tiempo... Entiendo que lo hayas olvidado todo, que me hayas olvidado. De veras que lo entiendo. 
Su silencio, al principio, me tranquiliza, pero después me asusta. La tristeza se me posa en los hombros y yo le dejo espacio para que se cuele por mi camiseta hasta llegar al corazón. 
-Qué tonta- añado, cuando percibo que el silencio se está haciendo insostenible e incómodo-. No me hagas caso, eh, sé que no deberíamos hablar de estas cosas...
- Claro que tenemos que hablar de estas cosas-me interrumpe-. No es eso. Es solo que...- se queda pensativo unos segundos-. Es solo que es difícil. 
Suspiro. ¿Cómo poder entrar en su cabeza? ¿Cómo saber qué le empuja a esperar? ¿Cómo entender los mecanismos que construyen su mente? ¿Cómo decirle que ha llegado un punto en el que ya no sé qué pensar? 
- Te decía de verdad lo de que dejaras de presionarte...No sé si haces las cosas porque las sientes o porque te doy lástima, o pena, o te sientes culpable. 
- No puedo creer que hayas dicho eso- responde con excesiva seriedad-. ¿Tú crees que yo hago las cosas por pena o lástima? 
- Yo...
- No- me interrumpe-. No podías pretender llegar sin arrasar con todo. Tengo demasiadas preguntas que hacerme a mí mismo, tengo que resolver demasiadas cosas. No es tan fácil, no soy como tú. Yo me pregunto lo que pasará mañana, tú vives en un presente infinito que se prolonga siempre. Tú ahora podrías besarme y yo no soy siquiera capaz de imaginar que esta noche vaya a rozar tus labios. Yo creo en el tiempo, tú en el momento. Mientras el reloj, para ti, es insignificante, para mí marca las horas, las pautas, el tiempo- se queda unos segundos callado-. Ojalá todo me diese igual.
- Ojalá supiera entenderte...- le digo mientras me acerca a sus brazos y me envuelve. Presiona su barbilla contra mi hombro-. Siento que creas que me debes algo.
- Eres....-suspira-. Eres de lo que no hay- ríe sincero-. Tú y tus ocurrencias...
Me separo de él, cinco centímetros, y le miro directamente a los ojos. Se ha quedado tan quieto que podrían confundirlo con una figura de mármol. Me río y se contagia. Noto su olor cerca, noto que se me ha quedado en la ropa. 
- Algún día te haré romper las cadenas que nos separan.
- ¿Y cómo estás tan segura? 
- No lo estoy- levanto ligeramente los hombros. 
Se ríe y mira hacia otro lado. Se queda unos segundos pensativo, pero automáticamente me vuelve a mirar.
- Siempre jugándote la vida a cada paso que das- me dice, casi como si hablara consigo mismo. 
- Y tú siempre tan prudente, sin caminar.
- Sigues siendo esa niña loca y testaruda. ¿Crees que algún día las cosas serán más fáciles?
Me acerco a su oído para susurrarle:
- Sí. Será el día que tú elijas que lo sean.

Cierra los ojos y sonríe. Después los abre para mirarme. Me fijo en cada detalle de su rostro. Se parece a un recuerdo que tengo de él. Cómo no iba a parecerse, si sigue siendo aquel chico que tenía los ojos más sinceros y profundos del mundo. Sí, sigue estando aquí, aunque parezca increíble. 
Es inevitable sonreír. Hace una broma, me hago la dura, la fuerte, y a los dos segundos estallo y rompo a reír. Me siento una niña pequeña de nuevo, mi inocencia me abraza por detrás y me da alas.
Respiro tranquila, aún llena de dudas y miedos. Aún no sabiendo qué piensa. Aún, paciente.
Respiro tranquila. Y su mano firme me recuerda, que aunque mi mente está a kilómetros de nuestro cielo, mis pies siguen pisando esta tierra. 












domingo, 17 de junio de 2018

Qué difícil.



Me pongo el cinturón de seguridad por si acelero y me da por tropezar. O por si hablo de más, por si te asusto, por si sales corriendo, por si mi valentía me juega una mala pasada. Me pongo el cinturón de seguridad porque me asusta ser tan valiente e insensata. Ahora voy con cuidado, para no caerme, para no tirarme al suelo, para no saltar al vacío. Ahora mis pies tocan el suelo y ven la realidad. Soy consciente de todos los riesgos que supone sentir lo que siento; sin embargo, cuando tus pupilas me tocan todos esos miedos acaban dándome igual. Me da tanto pavor ser tan irracional, me da tanto miedo que tú no lo seas....Me da miedo. El mismo miedo que apagas cuando enciendes tu risa y resuena por toda la calle,  cuando haces bromas y me cuentas historias que se parecen a esas que me contabas hace ya tanto tiempo. Ese miedo que se esfuma cuando bebo, cuando me sincero, cuando veo en tus ojos que el bloque de hielo que nos ha separado durante tantos años ahora solo es un chiste, una anécdota del pasado, algo con lo que ya no vivimos. No me das miedo tú, no. Me da miedo el miedo que te das a ti mismo, la inseguridad que te abraza a veces; me da miedo que no pienses lo mismo, que no sientas lo mismo, que te evapores. Y aun viviendo con ese miedo, le hago el vacío, lo ignoro, no puedo evitarlo, pues me pesan más las ganas de mirarte a los ojos, de sentirte tan cerca, de imaginar que todo es fácil, de romper las cadenas. Qué utopía. El imaginar que todo es un camino recto, digo. El pensar que algún día podrás ver las cosas tan simples como las veo yo. 
Tú no eres como yo, yo no soy como tú. Mientras yo deseaba que el tiempo se detuviese en ese preciso momento tú ya estabas pensando en todo lo que vendría después. Y no te culpo, la insensata soy yo, la que se disfraza de valiente soy yo, la temeraria soy yo. Tú eres el más sensato, siempre lo has sido. ¿Cómo ibas a ser un superviviente, si no? Al fin y al cabo eres el que sobrevivió.
A veces me imagino que olvidas todo el daño, todo lo que nos rompimos, todo lo que nos dañamos. A veces me imagino que dejas de sentirte culpable por haberte ido, a veces me imagino que hemos vuelto a conocernos de nuevo, que nuestro pasado solo es la muestra de que juntos fuimos los mayores héroes que jamás existieron. Créeme que lo éramos. Juntos éramos inquebrantables. 
No te voy a negar que el acercarme a ti fue apostarlo todo de nuevo a una carta, que dudé tanto porque no estaba segura de cómo ibas a tomártelo ni de qué sería yo para ti ahora. Ni tampoco qué sentiría cuando volviese a verte. Cuando volviese a compartir una pequeña risa, un pequeño detalle, una pequeña broma. Me acojonaba el momento en el que tuviera que enfrentarme de nuevo a intercambiar palabras cara a cara.
No te voy a negar que fue difícil acostumbrarme a vivir sin ti, que fue fácil volver a tenerte en mi vida, que te acogí sin siquiera pensar en la velocidad que tomaba esta ruta imprecisa. 
Qué fácil lo pones todo cuando consigues que me aísle del mundo hablándome sobre cualquier cosa. Y qué difícil es cuando veo el miedo en tus ojos. Cuando te doy miedo. Cuando te das miedo.
No sé hasta dónde puedo llegar, hasta qué punto puedo ir, cuál es el límite. A veces, por eso, no te acaricio lo que querría, reprimo abrazos y sonrisas. A veces, y solo a veces, espero a que seas tú el que me abrace. Quizá porque necesito saber si los dos pensamos lo mismo, quizá porque le temo al momento en el que pueda asustarte. 
Recuerdo los que éramos antes y lo más aterrador es que parecemos los mismos cuando estamos juntos. Aun así, siempre dejaré un espacio de seguridad entre nosotros. Un espacio para que tú puedas sentirte seguro, para que puedas decidir hacia dónde quieres volar. Y si algún día decides romper la distancia que nos separa, si algún día decides que sí, que vas a besarme, que vas a acercarte, me desabrocharé el cinturón. Hasta entonces seguiré mirándote, prudente. Sin esperar nada, sin querer nada más que esto tan mágico que nos rodea. 

Soy esa niña que conociste un día, pero la vida no me ha tratado muy bien hasta ahora. Es por eso que quizá esa inocencia que antes me envolvía, en ocasiones, se deshace y me hace ser más realista. Es por eso que ya no te miro pidiéndote señales, solo te miro quedándome con cada detalle. No espero que vengas a salvarme, para mí, ya nos hemos salvado. Y eso es más de lo que jamás habría imaginado. ¿Sabes? Te entiendo. Cuesta asimilar tanto en tan poco tiempo. Cuesta ver lo que ha cambiado todo, al menos para mí. Te entiendo. De verdad, lo hago. El precipicio es abismal y asusta saber que podríamos volver a perdernos. Yo también tengo ese miedo. A mí también me pasa. Yo también lo pienso. Y no sabes lo sensata que me vuelvo a veces cuando me lo planteo. No lo sabes porque cuando te tengo delante siempre me vuelvo una loca e imprudente.
Es para reírse, eh. Que todo sea tan loco, que todo haya girado tanto. 

A veces te miro directamente y pienso: Ojalá pudiera meterme en su cabeza, solo para saber si piensa lo mismo. Otras, me daría miedo incluso asomarme. 



Qué difícil es leerte los ojos,
sentirte, en este momento,
cuando tú también te pones el cinturón
y te distancias; y noto cómo piensas
en que ojalá no me acerque tanto,
que no me atreva a romper esa distancia,
esos cinco centímetros que nos separan del beso,
esos cinco centímetros que viven del miedo
que te da volver a tenerme cerca. 
Qué difícil. 











¿En qué piensas tú?

Un huracán lo revuelve todo mientras me miro las manos, nerviosa. ¿Que en qué pienso?  Difícil pregunta. Pienso en que sigues camina...