miércoles, 20 de junio de 2018

El día que tú elijas que lo sean.

- No podemos pretender saltar al vacío sin atar bien las cuerdas antes. No podemos lanzarnos y caer en el abismo sabiendo que puede que no salgamos vivos- dice con tono serio.
Yo me río casi por inercia, pero en el fondo la sangre se me hiela. Cada poro de mi piel queda inerte ante la duda, ante el tacto de su pelo, de su vida, de su caos, cuando le abrazo. 
- Tienes razón- le contesto-. No podemos pretender que nos salgan alas de repente. 
- Creo que no me entiendes- replica-. No son alas lo que nos falta, es tiempo.
Yo me quedo callada. No porque no sepa qué decir, sino porque no puedo decir nada. Nada que no haya dicho antes, nada que él no sepa que pienso. No puedo pretender que él sienta lo mismo.
- A veces me da la sensación de que el miedo que tienes no es al tiempo, a la velocidad o a ti. A veces me parece que el miedo me lo tienes a mí.
- ¿A ti por qué?- responde de manera rápida.
- A mí porque crees que puedes hundirme de nuevo. Como si solo pudiera salir herida yo, como si tuvieras miedo a querer marcharte de nuevo...Como si yo no pudiese herirte a ti. Como si yo fuese la víctima. 
Se queda callado mirando al frente. Noto cierta mueca de dolor, está frunciendo el ceño. Hacía tanto que no lo veía tan serio. Me mira, con temor, y a la vez, con determinación. 
- ¿No crees que todo ha pasado demasiado rápido?
- ¿Rápido?- respondo-. Todo es rápido. La vida es rápida, nosotros lo somos. Estamos cada día más cerca de la muerte, a cada segundo que pasa. El mundo es rápido. ¿Por qué parece que tú esperas que todo se detenga? 
- Quizá soy yo, que lo siento así porque ha pasado tanto tiempo...
Sonrío. Quizá con tristeza, tal vez con incertidumbre. Él me mira a los ojos, yo bajo mi mirada hasta sus labios. Qué lejos. Qué difícil. Giro la cabeza, miro hacia otro lado. Él me coge suavemente la barbilla para que vuelva a mirarle. Se ha sonrojado un poco. Me sonríe.  
- Es mejor que no te presiones nunca a nada- le digo, mirándole seria, con el ceño fruncido-. Al fin y al cabo yo fui la última que dijo que ya no podíamos estar juntos, hace ya tanto tiempo... Entiendo que lo hayas olvidado todo, que me hayas olvidado. De veras que lo entiendo. 
Su silencio, al principio, me tranquiliza, pero después me asusta. La tristeza se me posa en los hombros y yo le dejo espacio para que se cuele por mi camiseta hasta llegar al corazón. 
-Qué tonta- añado, cuando percibo que el silencio se está haciendo insostenible e incómodo-. No me hagas caso, eh, sé que no deberíamos hablar de estas cosas...
- Claro que tenemos que hablar de estas cosas-me interrumpe-. No es eso. Es solo que...- se queda pensativo unos segundos-. Es solo que es difícil. 
Suspiro. ¿Cómo poder entrar en su cabeza? ¿Cómo saber qué le empuja a esperar? ¿Cómo entender los mecanismos que construyen su mente? ¿Cómo decirle que ha llegado un punto en el que ya no sé qué pensar? 
- Te decía de verdad lo de que dejaras de presionarte...No sé si haces las cosas porque las sientes o porque te doy lástima, o pena, o te sientes culpable. 
- No puedo creer que hayas dicho eso- responde con excesiva seriedad-. ¿Tú crees que yo hago las cosas por pena o lástima? 
- Yo...
- No- me interrumpe-. No podías pretender llegar sin arrasar con todo. Tengo demasiadas preguntas que hacerme a mí mismo, tengo que resolver demasiadas cosas. No es tan fácil, no soy como tú. Yo me pregunto lo que pasará mañana, tú vives en un presente infinito que se prolonga siempre. Tú ahora podrías besarme y yo no soy siquiera capaz de imaginar que esta noche vaya a rozar tus labios. Yo creo en el tiempo, tú en el momento. Mientras el reloj, para ti, es insignificante, para mí marca las horas, las pautas, el tiempo- se queda unos segundos callado-. Ojalá todo me diese igual.
- Ojalá supiera entenderte...- le digo mientras me acerca a sus brazos y me envuelve. Presiona su barbilla contra mi hombro-. Siento que creas que me debes algo.
- Eres....-suspira-. Eres de lo que no hay- ríe sincero-. Tú y tus ocurrencias...
Me separo de él, cinco centímetros, y le miro directamente a los ojos. Se ha quedado tan quieto que podrían confundirlo con una figura de mármol. Me río y se contagia. Noto su olor cerca, noto que se me ha quedado en la ropa. 
- Algún día te haré romper las cadenas que nos separan.
- ¿Y cómo estás tan segura? 
- No lo estoy- levanto ligeramente los hombros. 
Se ríe y mira hacia otro lado. Se queda unos segundos pensativo, pero automáticamente me vuelve a mirar.
- Siempre jugándote la vida a cada paso que das- me dice, casi como si hablara consigo mismo. 
- Y tú siempre tan prudente, sin caminar.
- Sigues siendo esa niña loca y testaruda. ¿Crees que algún día las cosas serán más fáciles?
Me acerco a su oído para susurrarle:
- Sí. Será el día que tú elijas que lo sean.

Cierra los ojos y sonríe. Después los abre para mirarme. Me fijo en cada detalle de su rostro. Se parece a un recuerdo que tengo de él. Cómo no iba a parecerse, si sigue siendo aquel chico que tenía los ojos más sinceros y profundos del mundo. Sí, sigue estando aquí, aunque parezca increíble. 
Es inevitable sonreír. Hace una broma, me hago la dura, la fuerte, y a los dos segundos estallo y rompo a reír. Me siento una niña pequeña de nuevo, mi inocencia me abraza por detrás y me da alas.
Respiro tranquila, aún llena de dudas y miedos. Aún no sabiendo qué piensa. Aún, paciente.
Respiro tranquila. Y su mano firme me recuerda, que aunque mi mente está a kilómetros de nuestro cielo, mis pies siguen pisando esta tierra. 












domingo, 17 de junio de 2018

Qué difícil.



Me pongo el cinturón de seguridad por si acelero y me da por tropezar. O por si hablo de más, por si te asusto, por si sales corriendo, por si mi valentía me juega una mala pasada. Me pongo el cinturón de seguridad porque me asusta ser tan valiente e insensata. Ahora voy con cuidado, para no caerme, para no tirarme al suelo, para no saltar al vacío. Ahora mis pies tocan el suelo y ven la realidad. Soy consciente de todos los riesgos que supone sentir lo que siento; sin embargo, cuando tus pupilas me tocan todos esos miedos acaban dándome igual. Me da tanto pavor ser tan irracional, me da tanto miedo que tú no lo seas....Me da miedo. El mismo miedo que apagas cuando enciendes tu risa y resuena por toda la calle,  cuando haces bromas y me cuentas historias que se parecen a esas que me contabas hace ya tanto tiempo. Ese miedo que se esfuma cuando bebo, cuando me sincero, cuando veo en tus ojos que el bloque de hielo que nos ha separado durante tantos años ahora solo es un chiste, una anécdota del pasado, algo con lo que ya no vivimos. No me das miedo tú, no. Me da miedo el miedo que te das a ti mismo, la inseguridad que te abraza a veces; me da miedo que no pienses lo mismo, que no sientas lo mismo, que te evapores. Y aun viviendo con ese miedo, le hago el vacío, lo ignoro, no puedo evitarlo, pues me pesan más las ganas de mirarte a los ojos, de sentirte tan cerca, de imaginar que todo es fácil, de romper las cadenas. Qué utopía. El imaginar que todo es un camino recto, digo. El pensar que algún día podrás ver las cosas tan simples como las veo yo. 
Tú no eres como yo, yo no soy como tú. Mientras yo deseaba que el tiempo se detuviese en ese preciso momento tú ya estabas pensando en todo lo que vendría después. Y no te culpo, la insensata soy yo, la que se disfraza de valiente soy yo, la temeraria soy yo. Tú eres el más sensato, siempre lo has sido. ¿Cómo ibas a ser un superviviente, si no? Al fin y al cabo eres el que sobrevivió.
A veces me imagino que olvidas todo el daño, todo lo que nos rompimos, todo lo que nos dañamos. A veces me imagino que dejas de sentirte culpable por haberte ido, a veces me imagino que hemos vuelto a conocernos de nuevo, que nuestro pasado solo es la muestra de que juntos fuimos los mayores héroes que jamás existieron. Créeme que lo éramos. Juntos éramos inquebrantables. 
No te voy a negar que el acercarme a ti fue apostarlo todo de nuevo a una carta, que dudé tanto porque no estaba segura de cómo ibas a tomártelo ni de qué sería yo para ti ahora. Ni tampoco qué sentiría cuando volviese a verte. Cuando volviese a compartir una pequeña risa, un pequeño detalle, una pequeña broma. Me acojonaba el momento en el que tuviera que enfrentarme de nuevo a intercambiar palabras cara a cara.
No te voy a negar que fue difícil acostumbrarme a vivir sin ti, que fue fácil volver a tenerte en mi vida, que te acogí sin siquiera pensar en la velocidad que tomaba esta ruta imprecisa. 
Qué fácil lo pones todo cuando consigues que me aísle del mundo hablándome sobre cualquier cosa. Y qué difícil es cuando veo el miedo en tus ojos. Cuando te doy miedo. Cuando te das miedo.
No sé hasta dónde puedo llegar, hasta qué punto puedo ir, cuál es el límite. A veces, por eso, no te acaricio lo que querría, reprimo abrazos y sonrisas. A veces, y solo a veces, espero a que seas tú el que me abrace. Quizá porque necesito saber si los dos pensamos lo mismo, quizá porque le temo al momento en el que pueda asustarte. 
Recuerdo los que éramos antes y lo más aterrador es que parecemos los mismos cuando estamos juntos. Aun así, siempre dejaré un espacio de seguridad entre nosotros. Un espacio para que tú puedas sentirte seguro, para que puedas decidir hacia dónde quieres volar. Y si algún día decides romper la distancia que nos separa, si algún día decides que sí, que vas a besarme, que vas a acercarte, me desabrocharé el cinturón. Hasta entonces seguiré mirándote, prudente. Sin esperar nada, sin querer nada más que esto tan mágico que nos rodea. 

Soy esa niña que conociste un día, pero la vida no me ha tratado muy bien hasta ahora. Es por eso que quizá esa inocencia que antes me envolvía, en ocasiones, se deshace y me hace ser más realista. Es por eso que ya no te miro pidiéndote señales, solo te miro quedándome con cada detalle. No espero que vengas a salvarme, para mí, ya nos hemos salvado. Y eso es más de lo que jamás habría imaginado. ¿Sabes? Te entiendo. Cuesta asimilar tanto en tan poco tiempo. Cuesta ver lo que ha cambiado todo, al menos para mí. Te entiendo. De verdad, lo hago. El precipicio es abismal y asusta saber que podríamos volver a perdernos. Yo también tengo ese miedo. A mí también me pasa. Yo también lo pienso. Y no sabes lo sensata que me vuelvo a veces cuando me lo planteo. No lo sabes porque cuando te tengo delante siempre me vuelvo una loca e imprudente.
Es para reírse, eh. Que todo sea tan loco, que todo haya girado tanto. 

A veces te miro directamente y pienso: Ojalá pudiera meterme en su cabeza, solo para saber si piensa lo mismo. Otras, me daría miedo incluso asomarme. 



Qué difícil es leerte los ojos,
sentirte, en este momento,
cuando tú también te pones el cinturón
y te distancias; y noto cómo piensas
en que ojalá no me acerque tanto,
que no me atreva a romper esa distancia,
esos cinco centímetros que nos separan del beso,
esos cinco centímetros que viven del miedo
que te da volver a tenerme cerca. 
Qué difícil. 











miércoles, 13 de junio de 2018

Valor.

No somos tan distintos. Ni de lo que éramos ni entre nosotros mismos.
Te ríes y pienso en lo mucho que te he echado de menos.
Te abrazo y no me iría jamás, pues por un momento no importa quiénes somos, de dónde venimos ni hacia dónde vamos, solo importa quedarme ahí quieta mientras deseo que no termine nunca.
Quién nos lo iba a decir,
que a través del tiempo, el espacio y la huida
encontraríamos el modo de reír de nuevo.
Y aquí estás,
y una dulce caricia me enciende la piel,
y una carcajada me devuelve el aire.
Qué fácil es todo cuando me miras así,
qué fácil lo pones.

Tu respiración me envuelve
y tu olor se me queda horas en la piel.
No sabes cuánto tiempo anhelé esto. No te lo imaginas.

Hablas y hablas y te escucho.
Y me parece fascinante que tu voz siga siendo de terciopelo,
que te sigan gustando las mismas cosas,
que sigas reflexionando como siempre,
que aún me quede prendada de tu forma de ser.

Cómo me cuesta despedirme,
de ese abrazo eterno,
de tus bromas
y de nuestras maneras,
de tu brisa
de tu olor.
De aquello de lo que nunca me despediría.
De ti.



“Parece que no haya pasado nada”. Y qué razón tienes. No ha pasado nada, porque cuando te miro siento que el tiempo se congeló para nosotros y ahora ha empezado a deshacerse.
Joder, me resulta increíble.
Aún no me creo que estés aquí.
A veces te miro pensando en si es real,
luego tu olor me recuerda que es así,
que tu abrazo abraza más,
que nos veo tan maduros,
tan cambiados y a la vez tan niños...

No sé qué está pasando, pero quiero que pase.
Y el miedo es solo el compañero
 de estas ganas inmensas
llamadas valor.

martes, 5 de junio de 2018

Minutos de sinceridad.

Aquí me siento un día más. Me he aficionado a sentarme en esta pequeña mesa de madera que mi madre ha metido con calzador en el diminuto balcón de mi casa. Manías que una va cogiendo, supongo. Aquí me siento un poco más libre, imagino que porque el aire me roza la cara, supongo que porque me siento en casa cuando escribo, y más en este blog, que ya me conoce más que yo misma. Escribo, lentamente, mientras con un aire de nerviosismo, muevo las piernas al son de las teclas. No he cambiado absolutamente nada. Si hasta me he tatuado la palabra efímera en las costillas, no solo en honor a este blog, que también, sino para recordar que por muy fugaz que sea, siempre sigo siendo intensa, libre, sentimental, emocional; yo. 
Nunca imaginé que con veintidós años iba a tener la vida que tengo ahora. Nunca pensé que recuperaría mi inocencia, después de tantos años, que volvería a reír con fuerzas y ganas. 
Sabéis cuánto perdí; pero no os imagináis cuánto he ganado. A mi lado siguen los veteranos de siempre, dos pilares que me han sostenido durante años. Qué haría yo sin ellos. Han estado en las peores decisiones, pero también en las mejores. Y aunque jamás vayan a leer esto, porque sé que ni siquiera recuerdan que escribo en un blog, desde aquí les doy las gracias más grandes que existan, y mayúsculas. Me he llevado de esa etapa universitaria -que ya casi he cerrado- a muchas personas buenas, y sé que aunque algunos vayan a desaparecer, los de verdad van a quedarse para siempre. Y no sabéis lo feliz que me hace saber eso. Estos cuatro años sin ellos habrían sido peores, de eso no me cabe duda. Y para qué mentir, también ha habido pérdidas. No todo ha sido bonito. He tenido que decir adiós a personas tóxicas que se empeñaban en destruirme disfrazando sus palabras de amor. Y no os voy a mentir, es un aprendizaje necesario, y aunque vergonzoso y doloroso, superado. Una vez encuentras a alguien así, tienes la certeza de que captarás al instante al siguiente que intente hacer lo mismo. Para mí esa pérdida ha sido una ganancia: No voy a dejar pasar a nadie más que quiera destruirme.
Y volviendo un poco atrás, hará ya...¡Dios!, en diciembre, cuatro años, hubo una pérdida, que vosotros, lectores -si es que aún hay alguien que lea al otro lado- recordaréis: ¿Acaso habéis olvidado a la persona que protagonizó la mayoría de los textos que hay colgados en esta página? Ya lo sabéis, lo sé, pero en primero de carrera perdí al chico con el que me había imaginado viajando alrededor del mundo, mi primer amor, el protagonista del flechazo que cambió, tal vez por mucho tiempo, el rumbo de mi vida, en aquel colegio, en aquella clase, en aquel bachillerato. Lo supe desde que le vi sentado en esa silla, aunque él tardase meses en descubrirlo. Fue una de las mayores pérdidas que he sentido nunca, por no decir la peor. Pero no os penséis que le culpo, no. Tardé años en comprenderle, pero al final entendí el motivo de su despedida. Su vida en ese momento no era lo que él esperaba, y la agonía le llevó a dejarme marchar. Hoy sé que es feliz y que ha conseguido liberarse de todo lo que le llevó a tomar esa decisión. Al final, yo tenía razón, es un superviviente. Y no sabéis cuánto me alegro de poder ver ahora todos sus logros. A veces le miro y pienso en lo diferente y parecido que está a ese chico con el que, un San Juan de hace ya muchos años, viví una noche inolvidable. Su risa sigue intacta, aún guarda magia en su forma de ver la vida. Y él ni siquiera sabe que veo todo eso en él. O quién sabe, quizá sí.

Han sido años duros, no lo he tenido fácil. Y sé que muchas personas de mi alrededor tampoco. 
Es fácil preguntarnos qué habría pasado si hubiésemos tomado otras decisiones diferentes a las que tomamos. Es fácil entender cuánto habrían cambiado nuestros caminos, pero quizás todo pasa por algún motivo. 
Yo ya tengo claro que voy a vivir una vida que algún día- tarde o temprano- llegará a su final. Y es por eso que he decidido no quedarme sentada esperando a que la vida pase si aún tengo cosas que hacer.Es por ese motivo que envié un mensaje que cambió mucho el rumbo de las cosas, es por ese motivo que voy a recorrer el mundo, sola, o junto a personas que quieran hacerlo conmigo. Es por ese motivo que hoy voy a ser la chica que se reía siempre de todo, esa niña crecida a la fuerza, esa mujer irrompible que consigue arrancarle una sonrisa a alguien en su día más triste. 

Hoy ya no hay amargura sobre estos hombros,
porque sigo siendo aquella chica que se prometió a sí misma muchas cosas,
la misma que se falló repetidas veces,
la que nunca más va a traicionarse a sí misma. 


Que la vida fluya
y nos traiga lo que sea,
que nos haga felices.
Que volvamos a encontrar lo que perdimos,
que renazcamos,
que maduremos
y que dentro de toda esa felicidad infinita,
nos quede algo por lo que luchar. 


Soy feliz gracias a las decisiones que tomo, y eso ya me hace dueña de mi propio destino. 
Y aunque volveré a equivocarme
ya nunca más voy a tener miedo,
no, aunque sepa que pueda caer,
aunque tenga la certeza de que hay cosas imposibles,
aunque mire de lejos lo que ya no puedo tener,
aunque las cosas se compliquen.

Gracias a mí he hecho las paces conmigo misma,
y por fin, puedo decir, que estoy preparada. 





lunes, 4 de junio de 2018

No sé ni qué escribo, pero yo me entiendo.

Y entonces me siento a mirarme a mí misma desde el otro lado de la puerta y me veo tan frágil y tan dura que me asusta. Y me veo tan capaz de todo, pero con tanto miedo, que me acongojo. ¿Por qué si sigo siendo la de siempre voy con pies de plomo? ¿Por qué si sé decir la verdad intento excusarme? ¿Por qué si lo escribo todo soy incapaz de decir nada en voz alta? Ojalá tuviera respuesta a todas las preguntas que llevan apareciendo en mi mente conforme pasan los días, ojalá supiera por qué, cómo, cuándo y dónde. Ojalá supiera qué.

¿Por qué pasa eso? ¿Por qué cuando tenemos algo tan claro nos cuesta ser consecuentes? ¿Por qué acabo siempre luchando contra mí? ¿De dónde nace tanto miedo? ¿Por qué sigo siendo tan sumamente realista que me siento incapaz de mirar más allá? 
A veces, me asusto. A veces, pienso. A veces, me planteo si estoy haciendo lo correcto.
Me asusto a mí misma, ¿por qué no iba a espantar a los demás? 
Me da miedo ser una tormenta para alguien, me da miedo asustar, me da miedo que salgan corriendo, me da miedo que me den la espalda, me da miedo el rechazo, me da miedo la verdad.

¿Por qué si hay tres caminos ,y dos de ellos son llanos, siempre elijo el complicado?
Por qué te estoy mirando así,
si yo sí,
si tú no,
si ya no. 


miércoles, 23 de mayo de 2018

"...diría que dentro de muchos años"


He estado leyendo antiguas entradas del blog; muy antiguas. Y sí, he terminado llorando. No por nada, sé que esas letras forman parte del pasado, pero he sentido que sigo siendo la misma chica que era, después de tanto tiempo. A pesar de todo lo que me ha pasado estos años.
Recuerdo que este blog lo comencé- más o menos- en primero de bachillerato. Casi seis años después sigo tecleando en esta página en blanco. ¿No es increíble?
Tenía dieciséis y ahora tengo veintidós. Sin embargo, parezco la misma. Me miro en el espejo y me reconozco tan bien...

He leído una frase que me ha hecho sonreír. Hace unos años escribí: Si ahora me preguntaran cuándo me gustaría conocerte, diría que dentro de muchos años. Ni siquiera lees estas líneas ya, ni siquiera sabes que estaba hablando de ti en aquel texto de hace -probablemente- tres años, pero me resulta impresionante que después de tanto tiempo mi yo pasado ya pensara eso. Que quizá el momento de volver a conocernos estaba en un futuro remoto e impreciso. Conocernos, sí. Porque aunque nos conozcamos de siempre, y seamos en el fondo aquellos que éramos, han pasado tantos ríos por nuestras vidas que es imposible que hayamos permanecido intactos: Probablemente seamos más fuertes, más maduros, más auténticos, menos torpes y estemos más locos. Puede ser que sigamos teniendo miedos, pero ya no baches, ni tropiezos. 
Te he mirado a los ojos y sigues siendo el mismo. Me he mirado en el espejo y sigo pareciendo yo.
Y lo más importante es que me siento bien cuando te escucho hablar sobre cualquier cosa. 
No ha pasado tanto tiempo, ¿no? Ahora ya no parecen tantas vidas. Ahora ya no parece que estés tan lejos, ahora parecemos adultos con cabeza de niños, personas que no han cambiado mucho aunque su entorno haya girado demasiado.

Me hizo gracia que me preguntaras si me molestaban los abrazos. ¿Cómo me va a molestar un abrazo? ¿Cómo va a hacerme sentir incómoda el apoyo de alguien que necesité y en el que pensé tanto durante tanto tiempo? Estás loco si crees que fue fácil acostumbrarme a no tener tus locuras, tus idas y venidas, tus manías y tus aventuras. Que me acostumbrara a vivir sin ti - como también hiciste tú- no significa que fuera fácil, ni tampoco que olvidara tu nombre. Siempre has estado ahí, en el rincón más oculto, sombrío y cálido de mí. En esa chica que pedía a gritos volver a salir de mi cuerpo y volver a volar. 

Qué locura, escribir esto a estas horas, y a ti. Si ni siquiera recordabas el nombre de este blog cuando hablamos el otro día. Madre mía, cuánto tiempo hace que no me lees. Cuánto te perdiste de mí. Me imagino que te escribo porque es la forma de decir lo que pienso sabiendo que posiblemente nunca vuelvas a leerme aquí.
¿Cómo ibas a recordar este link si nos empeñamos en borrarnos del mapa? 
¿Cómo ibas a querer leer a alguien que había sido cómplice de tu desengaño? A esa chica que ya no podías ver más, ni querer más, ni hablar más.

Me alegro de haberte podido ver, hablar contigo. 
Me alegro de volver a reír.
De contarte lo que soy y que me apoyes. 
Aún tenemos sueños parecidos a los que proclamábamos a los dieciséis (bueno, tú diecisiete). 

Me ha hecho ilusión volver a escuchar tu voz,
por suerte ya no eres un recuerdo oxidado y perdido en mí,
eres la viva imagen de esas pequeñas cosas que vuelan,
la sinfonía de un mayo que parece no ir mal del todo,
eres el compañero que me dio alas hace ya mucho tiempo,
el que vuelve a sonreír desde el otro lado. 


Hice bien en salir a buscarte,
piensen lo que piensen, 
diga lo que diga esta loca con dos copas de más,
hice bien en volver a preguntarte,
en perdonarme a mí misma,
en atreverme a sonreírte sabiendo que podías pensar mal- fatal- de mí.

Me alegra que sigas pensando que vale la pena ser mi amigo,
me alegra que sigas sintiendo que merece la pena volver a escribirme,
a divagar, a charlar sobre mil locuras.

Me alegra que sigas siendo tan tú,
dentro de ese chico que por fin es feliz y ha conseguido todo lo que quería.
Te lo dije una vez, pero no sabes lo orgullosa que me siento de que por fin estés donde querías
y que yo, además, pueda verlo. 



Al final comprendiste que no te mentí
al llamarte superviviente,
porque ahora sonríes 
y vives,
estudias,
sales,
vuelas,
juegas
y sientes.
Sobreviviste al dolor, al caos, a la desesperanza, 
a nuestra lejanía.


Y por fin veo cómo has crecido,
aunque estuvieras distante, lejos, borroso, mientras lo hacías;
por fin veo cómo te has convertido
en la proyección de todo lo que anhelabas. 


Ha llegado ese dentro de muchos años y me has acogido en tu abrazo.

Ya es más de lo que jamás podría haber imaginado después de ese Apocalipsis que fue tan mío como  tuyo. 


Ojalá nunca nada pueda echarnos de nuevo
de nuestras vidas. 











El día que tú elijas que lo sean.

- No podemos pretender saltar al vacío sin atar bien las cuerdas antes. No podemos lanzarnos y caer en el abismo sabiendo que puede que n...