jueves, 13 de diciembre de 2018



Tus pozos negros, ansiosos, se fijan.
Honesta, te empujo, hasta ríes, tan niño.
Muerdes finales que anuncian principios,
tocas las cuerdas que suenan tormenta,
renuevo las horas de tiempos siniestros,
truenos que vuelan rindiéndonos sueños.
Una navidad precipitada, campanas,
quizá-si quieres- algún día, podremos.
Por ahora solo sueños que se miran de lejos,
yo apostándome el hueso, las ganas.
Sabiéndonos enteros, conozco tu reto,
crecidos, la ilusión, ya no aparezco.
Y yo insisto, sí puedes, no ves,
no crees, no quieres, no puedo.
Yo sí, recojo, alzo tu voz, a medio suelo,
e insisto, volémonos, silencio.
Tus pozos negros, ansiosos, se fijan.

lunes, 10 de diciembre de 2018

De haberlo sabido.

De haberme dicho que te ibas a quedar tanto tiempo, te habría traído algo para beber. Habría encendido las luces y habría hecho de este lugar algo un poco más acogedor. De haberme contado que te gustaban mis hombros, te los habría enseñado un poco más, los habrías acariciado un poco más. Pero no sabía que te quedarías, pensaba que te ibas a marchar en cuanto vieras que mi timbre de voz no ha cambiado mucho, que sigo teniendo más libretas que recuerdos, y que ahora además de cantar también rasgueo las cuerdas de una guitarra a todas horas. De haber sabido que te sentarías justo aquí habría puesto unas sábanas más bonitas y me habría esforzado en enseñarte la parte más bonita de mí, aunque no habría servido de nada, me conoces de hace tanto, que en tu memoria yacen ordenados todos mis defectos. Si hubiese sabido que te gustaban los abrazos sensibles con sabor a despedida, los habría decorado con más fuerza. De saber que ibas a mirarme desnuda, te habría dejado ver el perfil bueno de mis sombras, pero no sabía que te ibas a quedar. De verdad que creía que te marcharías, que algún día, como el que no quiere la cosa, ibas a dejar de escribirme para contarme cualquier cosa. Y yo pensaba con pena que ojalá no pasara eso nunca, porque me encantaba sorprenderme con la anécdota o excusa que utilizaras para escribirme. Que si una foto tonta, que si una noticia, que si un buenos días a deshora. Creía que te marcharías cuando vieras que sigo pareciéndome a esa chica de dieciséis más de lo que me gustaría, que mis cambios han sido tan minúsculos que aún confundo si soy o no aquella que soñaba con coger aviones que la llevasen a lugares inesperadamente perdidos. No sabía que me dirías que sí, que te sentabas a hablar del universo conmigo, que compartirías tus experiencias, tus idas y venidas, tus luces y sombras. De haber sabido que tu llegada iba a ser abrumadora, me habría puesto el chaleco antibalas. Pero fue tan rápido que ni parpadeé y ya estaba contándote de nuevo mis más íntimos secretos. Me abrí en canal, como si no hubieran pasado años ni estaciones, como si nuestras vidas no hubiesen cambiado tanto. Y aunque ya ni lo parezca, sí, habían cambiado mucho. Lo suficiente como para reconocerte en un hombre ya, y no en ese niño inseguro que llevabas dentro de ti, al que yo abrazaba en días turbios y llenos de malas noticias. Te veo y te reconozco, reconociéndome a su vez en tus ojos. Solo un par de cervezas más que nos llevan hasta la madrugada más fría y honesta. Supongo que no entraba en mis planes, ¿pero qué son los planes si no esa sucesión de acciones sin sentido que rompen tus esquemas? No me esperabas aquí, yo tampoco lo sabía, pero una primavera cualquiera volví a pronunciar tu nombre y tú recordaste el mío. Y supongo que así empieza todo, y a la vez, continúa. Entre relojes de arena y estaciones, entre secretos que son solo nuestros y a la vez, parecen ser verdades honestas.
Quién sabe si vas a quedarte mucho tiempo por aquí, si por el contrario, prefieres alejarte. Ponte cómodo mientras tanto, hay espacio para ti de sobras. Mi piel sigue siendo apta para tus besos, aún me estremece tu respiración en el cuello, así que quédate. Quédate apoyado en las sombras, o busca las luces, destápate de los miedos y quédate. Porque no sabía que ibas a quedarte, pero estás ahí. Quédate hasta que quieras irte, y si no quieres irte, quédate. 
De haberlo sabido, te habría traído las estaciones que dejé en aquella carretera sucia el día que te dije esas palabras horribles que nunca olvidaré, y que en el fondo no me perdono. De haberlo sabido, hubiese hecho de este lugar algo más cómodo, pero ya sabes que siempre he sido un desastre, que no ordeno lo que debería, que es normal que te encontraras todo en obras cuando llegaste. De haber sabido que te quedabas, habríamos respirado más cerca, nos habríamos olvidado de que hay un mundo ahí fuera. 
Pero no lo sabíamos. Que tú estarías aquí, que yo te diría esto, que íbamos a ser tan parecidos a algo que fue tan diferente. De haberlo sabido, mi yo pasado me habría dicho otras cosas. De haberlo sabido, habrías entrado con un casco de seguridad. De haberlo sabido, quién sabe si hubiésemos tomado un par de copas de más. Pero no lo sabíamos. Y qué suerte no haberlo sabido, porque a veces la vida te depara sorpresas, nuevos trazos, magia. Y aunque uno no tenga claro aún cuál es el camino, hay algo que va más allá del miedo, las palabras o el futuro, y ese algo es lo que te hace vibrar, lo que te acompaña quieras o no. Lo que pasa, lo que no, aunque estemos o no listos. Y pasa cuando pasa, y se queda cuando se queda. Y a eso le da igual que estés o no preparado, te azota con fuerza, te revuelve y te mira. No sé qué pasaría si te fueras, tampoco qué sucedería si te quedaras, pero de haber sabido que aún estarías aquí hoy habría apagado el miedo. 

sábado, 8 de diciembre de 2018

Marte, ven a buscarme.

He vuelto de Marte y la Luna se siente más fría. Quizá es la melodía incierta de la duda, que agita y agota. El helado tacto del silencio rozando mis hombros desnudos, la atención dormida que levanta vientos hasta ahora lejanos. 
Marte tiene un color especial, cálida ironía. En él siento que vuelvo a respirar; la Luna en cambio gira, sin enseñarme jamás la cara que a todos oculta. Le digo que me mire a los ojos y niegue sentir algo, pero ni siquiera ha visto que he llegado, que estoy aquí. Marte, en cambio, me grita: vuelve a acercarte a mi risa, que sé que tiene frío. Yo le miro sin saber creerle, temblando, por miedo a que se pueda ir. Es normal que no confíes en mí, me dice, yo también tendría miedo. 
Me alejo tres pasos más, mientras lo miro, sabiendo que lo único que me apetece hacer en realidad es fundirme en su fuego. La Luna lo sabe y tira de mí; cada vez más frío, cada vez más dentro, cada vez más lejos. 
Marte grita que jamás me dejará ir, y mi yo más inocente le cree. Sin embargo no le digo nada, me quedo en la superficie lunar, clavada en el suelo, estirando las piernas, observando el cielo encendido infinito. Marte brilla cada vez más, pese que parpadea a lo lejos. Alzo el brazo y lo estiro para tocarlo. Casi llego, casi llega, casi llegamos. 
Pero de pronto se apaga, cálidamente frío, su voz se deshace entre la frecuencia de mi respiración y dejo de oírle. Un silencio majestuoso se cuela por las rendijas de mis recuerdos, solo me oigo respirar. Parece que se ha ido, que se ha rendido, que ya no quiere rescatarme. No alumbra mi camino ya, no veo su luz en el cielo, ha olvidado cómo recogerme, atravesar la Luna, ha olvidado que me prometió que no tendría que soportar ni un rasguño más , que volvería a buscarme porque no había galaxia más pobre que aquella que no sintiera mi voz.

Pero me fundo con la Luna hasta desaparecer y no viene a buscarme,
grito su nombre y no siento que llegue,
le suplico que vuelva a mirarme y esquiva mis sombras,
he dicho: Confío en ti, Marte.
Y ni ha querido asomarse. 

martes, 4 de diciembre de 2018

Luego



Cuando has sido testigo de grandes abismos ya no te sorprende cualquier altura. Si te has enfrentado a tus mayores miedos y has derrotado a los mayores monstruos, te vuelves menos vulnerable al dolor, al cambio, al vértigo. Hace tiempo que me noto más distante y fría, hace tiempo que me siento más lejos de mí, pero es una distancia de esas que no te apetece abarcar, una de esas que mantienes porque en el fondo, imagino, no eres tan valiente como pensabas. Puede que me guste imaginar que vuelvo a ser la chica que mataba dragones y enviaba lanzas a sus temores, aquella que era más guerrera que testigo, más ganadora que contempladora. Ahora miro lo que me gustaría tener sabiendo que no me atreveré a coger las cosas por donde queman, ahora sé que no me permito ilusionarme con nada, porque ya he visto cómo se me derrumbaban sueños antes, y os puedo jurar que arde mucho más aquello que encendemos con ganas e ilusión que aquello que dejamos apartado, aunque sea por miedo. Me he apartado y he apartado muchas cosas de mí. Ni siquiera me atrevo a hablar de amor, porque temo a las respuestas y no pronuncio preguntas. A veces pienso en todo lo que yo he sido y me pregunto cómo alguien puede cogerle tanto miedo a aquello que ha llevado siempre por bandera, si yo era esa chica que atentaba contra los malos días y hacía dibujos para alegrarle la vida a la persona que amaba. Si yo era aquella chica del hoyuelo incrustado en las mejillas, que no dejaba de marcarse porque no me permitía parar de reír nunca. Si yo no le temía a nada, si se me llenaba la boca al hablar de mis sueños, si me imaginaba escribiendo libros y haciendo conciertos. Dónde estoy ahora. Dónde. Quizás en páginas sin numeración, en rincones de aquellos que me piensen, tal vez entre líneas, si es que alguien sigue leyendo mis destrozos. Ahora que soy gigante entre la multitud de errores que cometí, ahora que sé lo que duele quedarse en un lugar por temor, rencor, ahora que nadie me pregunta si tengo miedo, ahora. Pondré distancias con lo que hiela y me alejaré si me alejan, porque ya no soy la niña que insistía en quedarse donde no se le acogía, ya no me caben despedidas en la espalda ni hay lugar para las dudas. Ahora que estoy tan perdida es cuando lo veo todo más claro, ahora que mi futuro es incierto y mi pasado me reconforta. Ahora que me pisan los pies de vez en cuando y yo finjo que sé bailar, confieso que no tengo ni idea, que he improvisado todo este tiempo. 
Sé que no voy a poder refugiarme para siempre, que llegará un día en el que tenga que enseñar más de lo que he enseñado hasta ahora, porque sé que hay decisiones inevitables y caminos negociables, porque algún día tendré que enfrentarme de nuevo a mis grandes temores. Mientras tanto seguiré pensando que es fácil, que la distancia prudente nos protege de los huracanes, que no hay miedos que vivan más de mil años, que sigo siendo valiente.
Me estaré mintiendo y no me importa, porque en el fondo ser una cobarde es pretender esquivar esos abismos que acaban presentándose siempre. Y no me importa porque sé que, cuando llegue el momento, saltaré, aun con miedo, aun con un frío escalofrío bailando en mi espalda, aun sin respuestas, aun con preguntas. Porque yo no soy de las que se quedan de brazos cruzados, y eso no ha cambiado tanto: sigo con la manía de buscar causas perdidas, con la excusa de encontrarme.  
Y que luego vengan a hablarme a mí de precipicios. 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

116.

Espalda llena de fracciones diminutas de sueños, cálida y serena, me llama hasta que la encuentro. Entonces la rozo suavemente, recreándome en cada poro, cada imperfección, cada retal y sueño. Me mira de frente mientras la acaricio, pidiéndome más, sin decirlo. Entonces mi aliento la eriza, la besa, la aprieta, la sostiene, la toma, la deja. Y él se gira. Ahora labios con labios, una lengua que atraviesa las murallas blancas de mi boca, que recorre cada rincón de mí en busca de otra lengua que la roce. 
Se detiene en la barbilla cuando deja mis labios para dirigirse al cuello. Entonces me estremezco y contraataco, sabiendo que es una batalla en la que no habrá derrotas, solo victorias que acumular en cada átomo, cada poro, cada capa de piel. El frío nos sacude con ganas, pero nosotros combatimos cualquier ápice de hielo; el invierno nos sabe a poco. Me gira sutilmente, y firme, me mira a los ojos. No sé si sus pupilas están más dilatadas que las mías, ni si el marrón de sus ojos es más oscuro que el mío, pero sé que hay un punto en el que deciden encontrarse. Sonrío con ganas y me dejo llevar. Un beso cerca de las costillas me regala un trozo de cielo, delirios de un paraíso finito. Lucha de gigantes, un peso y contrapeso, el límite entre estar encima de la montaña o debajo. Le pido más con los ojos, benditos mensajeros. Entonces ríe victorioso sabiendo que va ganando la batalla, que estoy rendida ante su imperio de besos largos y lentos. Fueron ciento dieciséis veces las que me mordí el labio, las veces que le robé el aire, ciento dieciséis puntos que marcamos.
Abrir los ojos horas después fue sentir que el mundo de fuera era un planeta desconocido y que la tierra media solo 19 m², al menos durante una noche. Lo que viniese después sería solo la resaca de la libertad, lo que viniese después sería ajeno al instante de paz que sentí cuando las embriagadas estrellas alumbraron la noche. Dejé abierta aquella parte de mí que llevaba años cerrando, porque por un momento no sentí miedo al rasguño, al viento ni al daño. Llevaba ya cuatro años sin abrirla, pero ya no había miedo, sabía que la lluvia no alcanzaría a entrar esta vez, que me había hecho fuerte y segura. 
Entonces él entró como el que ve algo por primera vez, con la seguridad insegura en la piel y la sonrisa clavada en la mía. Le dejé pasar porque sabía que no habría heridas después de que pisara mi luna. Sus acompasadas pisadas me hacían sentir que el mundo no se había quedado quieto, que a veces es imposible huir cuando vas en contra del viento. Que cerrar los ojos y sentir podía hacerme conseguir despojarme de toda lógica que me tenía presa, me recordó que yo nunca me había encadenado para bailar, que debía deshacerme de esas cadenas que me impedían saltar.

Me recordó cómo volaba antes de tenerle miedo a las alturas y, por un momento, volví a ser yo. 

martes, 20 de noviembre de 2018

Globos.


Cuando intenté atrapar el globo con mis manos ya era tarde. Se había esfumado por arte de magia, navegando sin rumbo fijo hacia arriba. Muy arriba. Altamente inalcanzable.
Siempre sucedía algo así: en otras ocasiones, incluso llegaba a rozarlo, juro que lo rozaba. Pero entonces el globo se escapaba, y por mucho que corriera tras él, que saltara, que me empeñara en volver a agarrarlo, este volaba más y más alto. 
Una vez lo sostuve entre mis manos, lo alcancé después de siglos persiguiéndolo, y cuando por fin lo tuve entre mis manos, duró tres segundos intacto: después explotó. Recuerdo ese pinchazo eléctrico en los dedos, el vacío que sentí cuando lo vi desaparecer. No me había dado tiempo a disfrutarlo. No lo había podido mirar de cerca, no lo pude abrazar, ni siquiera le había dado tiempo a mirarme. 
Se fue como siempre se van las cosas que me importan, sigilosamente ruidoso, estridentemente rápido, insoportablemente veloz. Se fue como se ha ido siempre todo lo que alcanzo, apartándose a más no poder de mí, ignorándome, silenciándome, apretando mi pecho, haciéndome caer.
Desde el suelo lo vi todo con perspectiva y lo entendí: me había pasado tanto tiempo persiguiéndolo, intentándolo alcanzar, que cuando creía que por fin estaba conmigo, cuando lograba alcanzarlo, este se asustaba y se marchaba. ¿Quién querría estar cerca de alguien que no le da alas? 
Cuando lo entendí me di cuenta de lo equivocada que había estado durante años: no deberíamos correr detrás de las cosas que nos importan, porque si a esas cosas también les importamos nosotros, no hará falta perseguirlas, vendrán por sí solas. Intentar atrapar el globo no es amarlo, es asustarlo, alejarlo, presionarlo; y es por eso que acababa huyendo, o lo que es peor, explotando. 
Si ese globo no viene hacia tus brazos sin necesidad si quiera de que grites su nombre, significa que ese globo no quiere estar a tu lado. No corras detrás de imposibles, las causas perdidas no se acaban encontrando, sino que es uno mismo el que acaba perdiéndose en ellas. 

No corramos detrás de horizontes que nunca se acaban, no intentemos girar el viento, no sequemos mares ni derribemos los muros de la confianza. 
No rasguemos esa fina capa que tenemos, como globos, y que nos protege del mundo. 

Si ese globo no se queda contigo es porque no quiere hacerlo. 
Ten eso claro y ya jamás tendrás que ver cómo te explotan en las manos, ten eso claro y ya jamás tendrás que pedir perdón por todas aquellas cosas que ni siquiera te dio tiempo a decir. 
Ten eso claro y entenderás por qué cuando alguien quiere quedarse no se va. 
Y que tú no deberías perseguir aquello que quieres que permanezca caminando a tu lado. 

jueves, 15 de noviembre de 2018


Deslizo los dedos por mi rostro, pasando por cada imperfección, cada poro. El reflejo me devuelve una versión distorsionada de mí, un yo confuso que parece no hablar el mismo idioma. La veo tan mayor a mi lado; como si hubiera vivido mil vidas más que yo, como si aún tuviese heridas en las manos, como si el miedo la venciera en escasos segundos.
Mirada cómplice y atención desviada. Me separo solo un metro de su corazón, pero la línea invisible y paralela que me une a ella se tensa hasta provocar un ruido devastador. 
Casi la escucho murmurar: 
  • No, tú no.
Oídos sordos, corazón abierto, kamikazes cobardes. 
No me reconozco y sin embargo, sé que soy yo. No es por el marrón áspero de los ojos, ni por la barbilla pronunciada, es algo más: son las maneras de mover las manos, el estilo en la sonrisa, el hoyuelo clavado en el espejo. Es la voz nerviosa que salpica, es el rebote de la incógnita, es la verdad salada. 
De repente duelen sus palabras. Me dice todo lo que evito hablar conmigo misma, porque tiene una voz mucho más fuerte, que no resbala porque no se pronuncia, que no muere porque solo nace en mí. 
  • Tú no has nacido para escribir. 
Me giro en un inútil intento de acallar esa agonía que me asfixia por la espalda. No puedo ser tan cruel, no puede doler tanto. 
Me retuerzo de dolor mientras evito mirarme. 
  • Tú nunca sorprenderás con esto. 
Me doy la razón mientras asiento y me recojo el pelo con la desesperanza. Me tiembla más el pulso que las ganas, me vacío de esa mirada que aún tengo clavada justo en el hueco que el corazón deja entre el pecho y la espalda. 

Razón de ser es detestar mi condena; cumplirla es aceptar sueños, aunque ni siquiera ya me pertenezcan. 

viernes, 9 de noviembre de 2018

Mi eterna ciudad.



Es un hecho que se hunde. Ya ha salido en varias noticias, ya lleva años pronunciándose. Mi eterna Venecia, con la que he soñado tantas veces, acabará desapareciendo. Aún no he podido pisar sus calles, contemplar los canales, asombrarme de noche, cautivada por todas las luces, en una góndola. 

Aún no he paseado por la plaza de San Marcos, el corazón de la ciudad eterna. Me parece increíble que en veintidós años, y con lo que he deseado ir, no me haya atrevido a hacerlo. Puede ser que esperara ir acompañada de alguien importante para mí, tal vez solo era un sueño de aquella niña ilusa e inexperimentada. Muchas veces me he preguntado si sigue siendo un sueño para mí, ir, y no lo tuve claro hasta que supe que podría desaparecer en cualquier momento. Sé que si no voy, algo en mí quedará clavado para siempre, una espinilla que no habré podido arrancarme, un lugar en una lista que ya jamás podré tachar. Debo ir. Quiero ir. Necesito dejarme seducir por la antigüedad, el romanticismo y lo acogedor de ese lugar. Quiero escuchar el sonido tranquilo de las noches, el mismo que yace encerrado entre los puentes, balcones y góndolas de la ciudad. 
Quizá un día decida hacerlo. Tal vez sea una sorpresa para mí, puede que un día me levante y lo haya decidido. Pero sé que voy a hacerle una foto al atardecer más lento y sigiloso que jamás veré, voy a estar a cinco centímetros de esas aguas y voy a dormir en una habitación con vistas a algún rincón precioso y misterioso de la ciudad. No sé cuándo, no sé por qué, no sé por cuánto tiempo, pero lo haré. 

Quizá no deberíamos apartar nuestros sueños, aunque hayan parecido caducar, solo porque perdimos la ilusión de cumplirlos una vez. Puede que la vida esté llena de oportunidades y vuelvan a presentarse ante nuestros ojos.  ¿Y si nunca hubiera dejado de ser esa niña de diecisiete años?

jueves, 1 de noviembre de 2018

Conversas.



- ¿Y qué hago?
- Yo no tengo la respuesta a eso...Pero tú sí. 
- ¿Crees que si estoy así es porque aún no me he rendido?
- Correcto...
- ¿Y crees que está bien esa locura? ¿Crees que soy imbécil?
- Yo solo voy a creer que está bien si es realmente lo que quieres y si te eres sincera.




martes, 30 de octubre de 2018

Decisiones.





Lo vio de lejos en la biblioteca y no se atrevió a acercarse. Desde luego sabía que si lo hacía tendrían minutos, tal vez horas, de conversación. Sabía que cabía la posibilidad de tomarse un café juntos, incluso era consciente de que podría tenerle cerca y sentir su olor. Le explicaría cómo le había ido el día, charlarían hasta aburrirse, sabiendo que nunca llegarían a hacerlo. Era consciente de todo eso y por eso se alejó. Porque sabía que después estarían abrazándose durante minutos, porque vería en sus ojos la duda, la indeterminación, cuando se despidieran. Sabía que serían unas horas preciosas, perfectas; tanto, que al final ella volvería a casa sin saber nada. Porque él no demostraría nada, o porque tal vez demostraría más de lo que estaría dispuesto a asumir. 
Por eso giró hacia la izquierda y cogió el ascensor, porque sabía que era mejor no dar pie a esas bonitas y asfixiantes casualidades, porque era favorable para ella empezar a entender que para él las cosas habían sido más sencillas. Porque, al final, él había decidido y ella no estaba en sus planes. 
Porque de haber sido otro día, quizás en otra vida, se habrían sentado juntos y se habrían mirado hasta desgastarse. Porque, en cualquier otro planeta, él la habría llevado a casa y no se habría querido despedir nunca. En otra vida, puede que él la hubiera besado sin importar nada más. En otro mundo eran los valientes que desafiaban toda ley de gravedad; pero en este solo eran dos cobardes que evitaban mirarse de cerca. Uno por no saber qué esperar y la otra por haber entendido que no puede insistir más en quedarse en un lugar donde no saben si la acogerán. 


lunes, 29 de octubre de 2018

sábado, 27 de octubre de 2018

Quizá en Plutón.



Quizá en Plutón. Aquí en la Tierra no, tú no me miras. Aquí no, tú no respiras el olor que desprende mi pelo. Aquí no me deshaces el dolor ni me rehaces el amor y las ganas. En este mundo estamos distantes, en este la gravedad nos mantiene con los pies anclados al suelo. Qué aburrido colgarme de tus ojos y no poder precipitarme al vacío, escalar tu cuerpo y no poder gritar que llegué a la cima. 
Resbalarme constantemente entre tus dedos, mirarte sin entender qué es lo que tú miras. 
No encontraste la llave. Imagino que es eso, que no abriste la caja. Que no encontraste respuestas ni conseguiste la cura. Que en esta historia aún hay guerras y armaduras. Imagino que te refieres a eso, a que nada ha cambiado. Que tú no te muerdes las ganas para no besarme, que no giramos en la misma dirección, que el tiempo para ti va a 300 000 kilómetros por segundo y que para mí ya son 600 000. Que ya no te mueres de ganas de acogerme en tus sueños, que ya no soy la que sellará esas coordenadas en tu espalda con besos lentos. 
Aquí en la Tierra escucho el motor de tu coche mientras te marchas cuando abro el portal y siempre me pregunto lo mismo: ¿Algún día habrá un mundo en el que volvamos a ser posibles? ¿En el que estar juntos no rompa con todo? 
Las respuestas nunca llegan porque yo también he perdido la llave que abre ese cajón de resoluciones perfectas. La diferencia es que yo te miro embobada, llena de dudas, sabiendo que tras un beso todas se volverían insípidas, indiferentes y acabarían desapareciendo. Como aquel día de septiembre en el que sentí que ya no necesitaba ver más primaveras para saber a qué huelen las rosas cuando despiertan. Aquel día en el que sentí que había un hueco en la Tierra para dos astronautas perdidos. 

Pero tú no, pequeño viajero, tú no. 
Tú levantas la mirada en busca de nuevos planetas donde clavar tu bandera, donde sí haya oxígeno que sostenga mis locuras y tus maneras, donde un tú y yo quepa sin error ni fronteras. 

Quién sabe si allí arriba seguiremos respirando;
aquí abajo he empezado a preguntarme a qué saben los sueños cuando se apagan.

jueves, 25 de octubre de 2018

-.





He sentido la necesidad imperiosa de plantarme delante de una hoja en blanco sin saber bien qué decir. Lo he sabido desde que han aparecido los créditos finales. Joder, hacía mucho que no salía de una sala de cine llorando. Para mí la música ha sido siempre un trampolín gigantesco, lleno de pliegues, rugosidades y agujeros. Algo móvil, cambiante, peligroso e incluso siniestro. La música me permite explicar con ligeros sonidos lo que mis palabras toscas nunca consiguen. Es el punto final a una frase, esa tilde que cae en una letra, un octavo sentido. 
No sé qué me ha destrozado más: la música, la historia o saber que me he visto en muchas partes de la película. No porque yo vaya a convertirme en ninguna estrella -porque ni siquiera lo pretendo, ni se me ocurre pensarlo- sino porque hay algo que me arrancaba de mí misma conforme la historia cambiaba y avanzaba. 
He salido del cine con la sensación de que no he valorado muchas de las cosas que he tenido y sobre todo, de que no me he sentido valorada en muchas ocasiones. Ya no hablo a nivel musical, sino a nivel personal. Todos necesitamos que un Jackson nos haga desprendernos de todo lo que nos ata al miedo y a la vez, todos necesitamos a una Ally que nos haga volver a querer soñar. 
Cuando los he visto juntos en un escenario he pensado en cómo necesitamos a veces que alguien nos dé ese empujón para lanzarnos a por esas cosas que ansiamos y nos acongojan. Jackson es valiente porque arrasa con todo y cree en la música, pero Ally lo es más aún, porque sabiendo a lo que se enfrenta decide dar un salto. Jackson empuja a Ally a que los demás la vean y la escuchen, pero ella es el salvavidas de esa alma perdida que parece no encontrar el camino correcto nunca.
No voy a hablar del final, ni de lo que he sentido con él, básicamente porque rompería a llorar otra vez. Hacía mucho que una película no me removía algo por dentro. Hacía mucho que no sentía rabia. amor, miedo, tempestad e impotencia a la vez.
No voy a olvidar todo lo que me he llevado de las horas de mi vida que he dedicado a ver esta obra de arte. Ni voy a olvidar en todo lo que me ha hecho pensar sobre mi vida, y que por supuesto, hoy no voy a relatar. 

Supongo que hay cosas que nos remueven más sentimientos de lo que desearíamos.


PD. La escena de la foto, para mí, es una de las mejores. Todavía siento un nudo en la garganta. 







viernes, 19 de octubre de 2018

Me había pasado la vida intentando descifrarle. Lo miraba siempre con fuerza, con garra, concentrada en adivinarle. Como si sus pensamientos fueran archivos ocultos, escritos en un idioma ya no practicado, imposible de entender. Nunca lo conseguí, nunca supe qué pretendían cada uno de sus pasos, qué escondía su íntima mente. Jamás hizo siquiera un movimiento que pudiera hacerme sospechar qué escondían esos ojos. Quizá por eso tardé tan poco en quererle, en pensarle. Para mí era un enigma que tenía que resolver, una ecuación cuya X se escondía en algún lugar que yo un día debía pisar. 
Pero jamás lo hice. Nunca supe qué le empujó a marcharse, ni siquiera supe por qué se fue. 
Si pudiera, ahora, se lo preguntaría. Aunque sé que jamás respondería con certeza. Sería un “no sé” perseguido por un “mañana ya lo pensaré”, que al final desembocaría en un “el momento ya pasó”.

Me hubiese gustado sacudir su mente alguna vez, extraer respuestas. Pero ahora jamás lo sabré. Y quizás lo más triste de todo esto es que él jamás sabrá que sentí eso, que siento eso. Porque jamás se lo preguntaré, porque nadie sabrá nunca que yo sí le quise. Que yo sí respondí. Que yo sí que miré cuando se marchó. Que yo sí. 

jueves, 18 de octubre de 2018

Crónica de un mundo que quiere terminar.

Levanté la vista y lo vi acercándose a mí. Jamás había visto uno de cerca. Me lo había imaginado muchas veces, incluso había pensando en el olor que podrían desprender, pero nunca había mirado a ninguno a los ojos. Era espeluznante verlos, pues no solo eran muertos vivientes, con forma semi-humana, dispuestos a devorarme, también habían estado vivos, como yo. Habían estudiado, tenían familias, amigos, incluso algún dichoso tenía pareja. Pero ahora ya no. Eso había terminado para ellos, habían muerto sin morir, y ese, para mí, era el peor castigo. La eterna condena, el no reconocerse nunca más como lo que son, la pérdida de memoria, conciencia y humanidad. Me lo había planteado muchas veces: ¿Seguían sintiendo? ¿Veían, desde dentro, incapaces de articular palabra o simular expresión, lo que sucedía en el mundo? ¿Estaban luchando contra sí mismos en un cuerpo absolutamente dominado por el hambre, la sed y la barbarie? 
Todo eso pasaba en forma de estrella fugaz por mi mente mientras sostenía la pistola. Me la había dado papá antes de marchar en busca de Cloey. Me dijo rápidamente cómo utilizarla, y me aseguró que ante un momento de pánico sabría exactamente qué hacer. Papá estaba equivocado. Me temblaba el pulso, no podía apuntar con precisión, y hasta sentía que en cualquier momento me desplomaría por los nervios. Además, llevaba días sin comer. Apunté lo mejor que puede y con suerte le di en el hombro. Estaba lo bastante lejos para tener un segundo intento, pero no más. Se acercaba muy rápido y no me daría tiempo de disparar más veces, así que decidida y con un valor que jamás pensé tener, acerté y le di en la cabeza. El muerto viviente cayó al suelo. Quizá fueron dos segundos, pero para mí, su caída duró una eternidad. Vi cómo poco a poco las partículas de polvo saltaban por los aires, mientas él, movido por el aire ligero, caía desplomado. El suelo tembló por un momento. 
Mi primera reacción fue romper a llorar. Era la primera vez que disparaba a alguien. Qué coño, era la primera vez que mataba a alguien. El sentimiento de culpa no fue más pequeño que la vergüenza que empecé a experimentar. Me sonrojé y me dejé caer. Las rodillas crujieron contra las hojas del suelo, pues era otoño, y todas estaban empezando a desvanecerse desde los árboles. La sangre del muerto viviente bañó parte del bosque en el que estaba. Nunca hubiese podido poner palabras a aquel momento. Mi mente poética, mi razón de ser, mi parte escritora, jamás habría podido describir a ciencia cierta qué sentí en aquel instante. 
Por una vez no sentí que el ser humano fuese importante, ni siquiera pensé en la de gente que habría muerto. Solo me preguntaba una y otra vez por qué estábamos viviendo eso, si lo merecíamos. 
Noté un peso frío en mi hombro izquierdo y me asusté. Era Math, que me miraba totalmente espantado. No dije nada, solo le abracé. Me recogió del suelo y me levantó hasta poder alcanzar mi cintura. Me apretó tanto a él que por un momento sentí que mi cuerpo flotaba en el aire. Olíamos a bosque seco y a restos de sangre. Era un olor casi metálico. 
- No deberías estar aquí.
- Lo escuché y pensé...
- Me asusté mucho cuando no te vi en el campamento-. Math esbozó media sonrisa, pero acompañada de ironía y tristeza. 
- No podía quedarme allí viendo cómo todos se lamentaban.-apreté los puños mientras hablaba, la rabia me había vencido.- La gente no se da cuenta de que no podemos quedarnos quietos, esperando a que todo se desvanezca. Deberíamos luchar por encontrar un lugar seguro y una vez lo encontremos...
- Eres demasiado optimista.- espetó.- Siempre esperando a que las cosas puedan mejorar. A veces no funciona así...
- ¿Te vas a quedar lamentando que nuestras familias se han marchado? ¿Vas a lamentar que algunos han muerto? ¿No quieres esforzarte para luchar por aquellos que puede que sigan vivos y que aún no hemos podido encontrar? ¿De verdad que no quieres pensar en que en un futuro todos podamos volver a vivir una vida...? 
- ¿Normal? - Math rió, sarcástico.- Nunca vamos a volver a tener una vida normal. 

Me giré furiosa y comencé a caminar rápidamente. Math me siguió unos minutos, hasta que se dio por vencido. Llegué hasta el río, busqué un árbol al que poder subir y trepé hasta llegar a una zona segura. Una vez subí, con grandes esfuerzos, pude apoyarme en el tronco del árbol. Allí, sola, viéndolo todo desde arriba, parecía un mundo más seguro. Sabía que Math, en el fondo, tenía razón. ¿Pero qué iba a ser de mí si me dejaba vencer por el miedo? Cuando las cosas eran más sencillas, cuando aún vivíamos en el mundo normal, yo era la que siempre se encargaba de hacerles creer a los demás que las cosas siempre podían mejorar. Parecía que mi tarea en aquel nuevo mundo era encontrar una forma de sobrevivir, de poder convencer a todos para que también lucharan por ello. Sabía que no iba a ser fácil. Había matado a la primera persona, y era plenamente consciente de que no sería la última. Ni siquiera pensaba en exterminarlos, en trazar un plan de venganza. No los veía como enemigos, sino como víctimas de una guerra que se nos había ido de las manos. Suspiré. 
Siempre lo había pensando, que algún día seríamos nosotros mismos los que provocáramos nuestra extinción. Por un momento, pensé que tal vez era el fin de la humanidad. Mi lado más optimista me recordó que aún había cosas por las que luchar. Pensé en documentarlo todo, en explicar nuestra historia, en contarle a esos pequeños hijos, que aún los más jóvenes no teníamos, cómo pudimos con todo. Mis expectativas eran altas y sabía qué significaba eso: vendrían muchas decepciones detrás de cada decisión. Pero eso no me impidió empezar a trazar un mapa de los lugares que aún teníamos que visitar, donde aún podíamos conseguir alimentos, botiquines y armas. Si alguien se rendía, tenía claro que esa no iba a ser yo. Toqué el arma que había dejado en mi bolsillo, instintivamente. Pensé que debía acostumbrarme a ella. Recordé la chica que era antes de que todo esto pasara y en el fondo me alegraba de haberme hecho más fuerte. Los demás siempre habían pensando que yo era débil, que no tendría el coraje, el valor ni las ganas de seguir hacia adelante ante algo así. Estaban equivocados. Ni siquiera sabía dónde estaban mis padres, mis amigos. No sabía qué le había pasado a mi perro, ni si había escapado lejos de allí. Lo único que tenía claro era que iba a descubrirlo. 
Aunque el mundo se empeñara en hacerme creer que el final se estaba acercando. Por una vez, yo tenía la última palabra. Y mi última palabra no iba a ser fin, sino comienzo. 

miércoles, 17 de octubre de 2018

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Me sentí humillada cuando sus palabras impactaron en mí, cuando me di cuenta de la gravedad de cada palabra que salía por su boca. Aun así, permanecí inmóvil. ¿Sabéis esos momentos en los que las cosas que pasan a vuestro alrededor avanzan con más velocidad de la que podéis alcanzar pensando? No me quería creer lo que estaba viviendo. Imagino que por todo lo que había vivido, por la acumulación de pruebas que me gritaban que saliera de allí corriendo. Solo me quedé por miedo. Miedo a salir de nuevo a la realidad siendo yo misma, miedo a caerme, miedo de él. Tardé muchos meses en optar por lo correcto - o tal vez años- ya sabiendo que no había amor. El amor, tal vez, duró unos meses. Los que tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando realmente. A partir de ahí, todo fue cuesta arriba. Hubo un momento en el que vivía una vida que sentía que ya no me pertenecía. Estaba sumida en una rutina, donde tomaba decisiones supervisadas, en la que cada paso, decisión y opción que tomara iba a ser juzgada y condenada. Así lo viví. Estuve condenada por muchas cosas, más de las que jamás podré decir. Aun así fui lo suficientemente fuerte como para no alejarme del todo de las personas que me querían. Aunque hubo momentos en los que casi lo pierdo todo.
Sus ojos seguían mirándome. Dos bloques de hielo, bañados en rabia, apuntando directos hacia mí. Más palabras cargadas de rencor que jamás olvidaré. Un respeto que hacía tiempo que había perdido el nombre. Suspiré y reí irónica. Eso lo enfadó aún más. Que quién creía ser, que por qué era tan mala, que si me daba cuenta de el monstruo en el que me había convertido. Eso solo me hacía reír más. Entonces lo recordé todo. Recordé cómo poco a poco sacó lo peor de mí. Recordé esos inicios en los que yo nunca me enfadaba y él insistía diciendo que sacara la rabia, que no me contuviese. Me di cuenta de que se había dedicado a educar mi mal humor, mi rabia, y la había hecho salir. Evidentemente fue también mi culpa. Yo dejé que saliera ese monstruo. Yo acabé sacando lo peor de mí porque aprendí a canalizar así todo el olor y la impotencia que sentía en torno a todas las injusticias que, a mi juicio, me estaba tocando vivir. Aun sabiendo que fui la peor versión de mí misma, no me arrepiento de nada de lo que dije o hice, porque fue el único momento en el que pude devolver parte de ese sentimiento negativo que pesaba tanto. Era la única manera de seguir viva, de calmar la ansiedad, de no perder la cordura. Esa Noelia con la que conviví es una Noelia que murió y a la que liberé el día que me despedí. Nunca hubo tanto silencio en mi mente como aquel día.
No ha sido fácil perdonarme por haber aguantado tanto en un lugar donde sabía que no pertenecía, de hecho, quizás aún no me he perdonado del todo. Lo que pesa más es saber que hay momentos de mi vida que ya no recuperaré y que dejé que se oxidaran. No me perdonaré el haberme tratado así, el haberme permitido ser esa hoja de papel arrugada que nadie ve y que descansa en el suelo.
No fueron unos años fáciles, ahora es cuando estoy empezando a sentir que el aire entra en mis pulmones y sale con facilidad. Y pensar que ni quería que yo estudiara esto.
Aprendí tarde que aquellos que verdaderamente te aman te empujan a perseguir lo que deseas y lo que te hace feliz. Así que en realidad, no. No fue una historia de amor. Fue una historia de control, violencia, anulación, rabia y culpa. Fue una historia de terror.
Ni siquiera pido una reconstrucción, no me hice pedazos. La próxima persona que llegue a mi vida con intención de amarme no va a tener que reconstruir un puzzle imposible, solo tendrá que escucharme, entenderme y quererme con todos los descosidos y las verdades.
Sé que no va a ser fácil tomar la decisión de empezar una historia nueva con alguien algún día. Sé que tendré mucho miedo, sé que no sabré ni cómo explicar lo que viví.

Pero tengo la esperanza de que la próxima persona que esté dispuesta a vivirme sea un valiente de alas abiertas que me lleve a aquellos lugares a los que creí jamás poder llegar.
Solo pido que me quieran de verdad, y que esa historia de terror no deba vivirla nunca más, ni yo, ni cualquier mujer u hombre de este planeta.








sábado, 13 de octubre de 2018

Dosis de realidad.

He borrado algunas de las entradas de estos últimos meses porque cuando las he vuelto a leer me he sentido muy idiota. Dios, ¿por qué soy así? No puedo estar ahí plantada, de pie, mirando, delante de un cristal desde el que nada se puede ver. Tenía razón mi yo más sincero y lógico. Da igual lo que luches por alguien si ese alguien no está dispuesto a luchar. Y como siempre, pensé que luchar por los dos iba a ser suficiente. Qué equivocada estaba. Luchar solo nunca es suficiente. Y eso es algo que yo debería haber sabido. 
Me he empeñado en dejar siempre una ventana abierta, como si eso cambiara algo. No, en absoluto. Solo entra más aire. Un aire frío que me recuerda que no debería correr detrás de gacelas rápidas que huyen constantemente de mí. ¿Por qué pensé que si estaba claro desde el segundo cero que pronunciaba que no? Era mi yo más inocente luchando contra mi coraza; esa que he tardado años en construirme y que me he permitido destrozar. No debería habérmela quitado, no debería haber bajado la guardia, no debería haber creído que el iba a ganar el pulso. Si yo siempre pierdo. Debería estar acostumbrada a eso. 
El frío iba a llegar algún día, lo tenía claro. Ningún verano es eterno, siempre vuelve el invierno. Y qué gélido es. Supongo que ahora solo me quedo con el recuerdo de todo lo que pudo ser. Con ese casi-salto para el que al final no hubo impulso suficiente. Para esa canción bonita que dejé a medio componer porque nunca tuve el coraje de acabar de darle forma, porque no llegué a sentir que iba a ser feliz de nuevo junto a alguien que quería seguir su propio rumbo. 
Ni siquiera debería publicar nada aquí, pero lo hago por mí misma. Como siempre. Porque prefiero hablarlo conmigo misma a contarle a alguien nada. Lo hago para recordarme las cosas, para dosificar mi vida con un poco de realidad. Esa nube era demasiado dulce para ser cierta; y si algo me ha enseñado la vida, eso es que la realidad no tiene sabor de azúcar. Aunque mi lado optimista se empeñe en decirme que sí, aunque me recuerde a mí misma que a veces la vida te sorprende con cosas bonitas...En el fondo sabía que no habría otra oportunidad, en el fondo sabía que para él había acabado ya la historia aquel día en el que dije no y desaparecimos. Tal vez debería ver las cosas como los demás, despojarme de mí misma, despojarme de lo que creí que él sentiría. Qué tonta.
Mientras tanto me convenceré de que luchar hasta el final siempre es lo correcto, porque es lo que hago siempre, decir: "No ha salido bien, pero al menos lo he dado todo de mí". Estoy equivocada y lo sé. No siempre es la solución a todo. No siempre puedo llegar hasta el final, no siempre tengo que luchar. Pero esa soy yo, la amante de las causas perdidas, la que siempre salva a todo el mundo menos a ella misma. Solo era yo mirando a unos ojos que parecían estar viendo lo mismo. Pero ahora sé que no. 

Algún día aprenderé a retirarme de las batallas perdidas antes de llegar al final. Algún día seré como todos y pensaré solo en mí misma. Algún día seré irreconocible, menos yo, tal vez, pero hecha de acero. Me imagino que si todos son así es porque funciona. Me imagino que es la mejor forma de darle la espalda al sinsentido. Me imagino que así no seré estúpida, que no perseguiré a aquellos que no puedan quedarse. Me imagino que así no me empeñaré siempre en sobrevivir y solo me dedicaré a vivir. Supongo que estaba esperando un en un mar donde el ochenta y tres por ciento gritaban no.
Intentaré que esto sea lo último que escriba del tema. No por nada, no me arrepiento de nada ni lo haré nunca. No es eso. Es porque quizá ya no tiene sentido gritarle al vacío, que ya no voy a seguir hablando con mi eco. Que no tengo ganas de seguir bailando, porque todo el mundo se ha marchado ya, y yo sigo bailando sola. 





Tus pozos negros, ansiosos, se fijan. Honesta, te empujo, hasta ríes, tan niño. Muerdes finales que anuncian princi...