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Hacía mucho tiempo que el dolor no tenía este sabor a sangre. Me desmayo en mi inocencia y me restriego en la ansiedad. No puedo hablar y por eso escribo. Me cuesta respirar, me duele el pecho. Me callo moriéndome la lengua, mordiéndome los labios, apretando fuerte mi nunca con ambas manos. Bajando la cabeza hasta que impacta en mis rodillas, hasta que el hielo se rompe. Estoy muriéndome y no hay nadie que pueda testificar. ¿Cómo puede haber tanto dolor encerrado en un pecho tan pequeño? Ni siquiera seco las lágrimas, dejo que se pudran en mi rostro. Me he mirado en el espejo del lavabo y ni siquiera me parezco. Es una mierda sentirme así, pero es aún peor saber que no tengo un Dios al que rezarle. Es peor saber que ya me ha dolido el pecho de este modo antes. Es casi insoportable.  Me agarro los hombros, haciéndome daño, distrayendo al cerebro, que se va muriendo conmigo. Miro al techo esperando una señal que nunca llega, algo que me diga basta. Pero la próxima lágrima no tarda en l…

De mí a mí.

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Empezaré por el final. No por nada especial; es que los principios se me hacen casi monótonos, casi auténticos.  Digamos que estaba sentada en el mismo lugar de siempre y dejé de ser la de siempre. Digamos que algo salió de mí y vino a mí. Me explico: imaginad que tenéis un bote lleno, repleto, de mariposas. Lo sujetáis fuerte, con las manos bien prietas al cristal. De repente las mariposas consiguen descifrar vuestro secreto más oscuro y diminuto, descubren cómo abrir la tapa del bote; o sea, su puerta a la libertad. Las mariposas escapan sin pensar en nada más que en sí mismas. Os golpean con las alas, os susurran cosas absurdas que no entiendes y se van a volar. Se van muy alto.  Imaginad que de repente todas vuelven, furiosas, espantadas, casi extrañadas y os piden explicaciones. Por qué nos teníais encerradas. Por qué nunca nos hablasteis del cielo. Por qué ahora no somos capaces de alejarnos de vosotros porque nos sentimos desprotegidas.  Por qué nos habéis hecho ser dependientes (…

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Van a pisarte la cabeza te pongas como te pongas así que agárrate fuerte y ni se te ocurra quejarte.
Ellos podrán decirte lo que quieran, tú no hables.
Que quizá te retuercen la lengua con falsos "te quiero" medidos a instantes.
Y quién dijo que la felicidad existe,
si estás muerta.

Brasas.

Con los ojos del tamaño de dos lunas se puso a escribir. Primero se recogió el pelo, pues le estorbaba la vitalidad con la que se movía a su alrededor; sus hombros ya no estaban preparados para soportar el peso. Después se estuvo mordiendo las uñas durante minutos, pensando qué era lo que realmente quería escribir. Lo tenía demasiado claro y le daba suficiente miedo ponerse a escribir algo así: ''No me salen las cuentas de las veces que soy feliz''. Quizá, al principio, no se entendió ni ella. Escribió, después, una especie de metáfora que se le agarró al corazón y de la que ya no se supo librar: ''El sol sincero ha empezado a quemarme las razones y ya no anochezco''.  Después cayó rendida. Era lo más fuerte que había escrito hasta entonces y solo ella podía comprender lo que eso significaba. El paso que había dado, lo mucho que había conseguido avanzar. En su cabeza solo una pregunta quemaba los silencios: ¿Qué ha pasado? Se revolvió durante horas en la cam…
Cuando la piedra esconda la mano, cuando la mano se coma a la serpiente, cuando el silencio grite sin remedio, cuando el mundo no gire y el mar se reseque; cuando los pies ya no rueden y el río se pare. Cuando el vértigo sea valiente y la sangre no recorra mi cuello, cuando muera viviendo, cuando viva sin respirar. Cuando el viento me arrastre  y la corriente ya no se llame aire, cuando las tripas no suenen cuando sacie mi sed  cuando la tortura se vuelva paz.
Cuándo. Cuándo. Cuándo será. Cuándo. Cuándo.
Ahora. Nunca.
Ahora.
No se asusten. Lo de las luces fundidas suele ser lo normal. Ya no cabe tanta luz en este escenario.
Ya no aplaude el público porque no lo hay.
Vuelvo a ser la protagonista, pero no se asusten.
Solía ser lo normal: yo contra todo. Y todo no está.
Así que no, no se asusten. Si queda alguien escondido tras las butacas que hable ahora o calle y se marche para siempre.
Que una ya no lee mentiras.
Que una no se puede pasar la vida cuidando de los demás.
Existo.
Hola.
Estoy aquí.
El cariño también me necesita a mí.

Ya nadie se molesta en dar,
porque para qué
si es más fácil morir.

Esta noche no hay nadie, pero no,
no se asusten.
El que ladra mucho muerde poco
y suele morir de rabia.


Un aplauso. Dos.
Tímido público retorcido.

Ni siquiera os quedan lágrimas para llorar,
así que no se asusten.

Los padres también se equivocan

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¡Ya tenéis nuevo vídeo! -> REFLEXIÓN.