Entradas

Mentiras.

Tápate la boca, hazte la oveja muerta y no destaques. Que no sepan que lo sabes, pasa desapercibida,  no llores si no es a solas, sonríe sin que importe, y sobre todo, no discutas. Que no sepan tu opinión, que le den al que no escuche,  que a veces eres tú o el mundo, que le jodan al que pase.


Y ojalá poder decir eso.

Cuenta la leyenda.

Imagen
Cuenta la leyenda que una chica que no sabía llorar lloraba cuando escribía. Efímera, como firmas en el agua, como dice Abram en su canción Efímeros (escúchala: click aquí). Cuenta la leyenda que este blog estaba vivo. Pero, hace cuánto. ¿Miles de años? ¿Y si os dijera que he vuelto? ¿Y si ahora os dijera que me muero de ganas de escribir? ¿Si os prometiera que cada día me pongo delante de esta página en blanco sabiendo que quiero teclear hasta cansarme? ¿Si os dijera que no me ha salido nada hasta ahora?
He cambiado mucho desde que abrí el blog. Creo recordar que tenía dieciséis y de eso hace ya cinco años. ¿Cinco años? Parece broma. Sigo casi igual, lo único que ha cambiado es todo lo que no se ve.  Recuerdo que cuando comencé a escribir aquí me apasionaban todas las cosas que me siguen apasionando: la única diferencia reside en mis ojos, pues en aquel entonces eran tan inocentes que no se dejaban atravesar por la maldad, la desilusión o la desconfianza.  Ya te digo yo que era fácil…

YO SOY BARCELONA.

Imagen
Hoy he hablado sobre Barcelona, sobre los atentados y sobre nosotros.Si haces click aquí abajo, irás al vídeo.

CLICK AQUÍ.



Hacía mucho tiempo que el dolor no tenía este sabor a sangre. Me desmayo en mi inocencia y me restriego en la ansiedad. No puedo hablar y por eso escribo. Me cuesta respirar, me duele el pecho. Me callo moriéndome la lengua, mordiéndome los labios, apretando fuerte mi nunca con ambas manos. Bajando la cabeza hasta que impacta en mis rodillas, hasta que el hielo se rompe. Estoy muriéndome y no hay nadie que pueda testificar. ¿Cómo puede haber tanto dolor encerrado en un pecho tan pequeño? Ni siquiera seco las lágrimas, dejo que se pudran en mi rostro. Me he mirado en el espejo del lavabo y ni siquiera me parezco. Es una mierda sentirme así, pero es aún peor saber que no tengo un Dios al que rezarle. Es peor saber que ya me ha dolido el pecho de este modo antes. Es casi insoportable.  Me agarro los hombros, haciéndome daño, distrayendo al cerebro, que se va muriendo conmigo. Miro al techo esperando una señal que nunca llega, algo que me diga basta. Pero la próxima lágrima no tarda en l…

De mí a mí.

Imagen
Empezaré por el final. No por nada especial; es que los principios se me hacen casi monótonos, casi auténticos.  Digamos que estaba sentada en el mismo lugar de siempre y dejé de ser la de siempre. Digamos que algo salió de mí y vino a mí. Me explico: imaginad que tenéis un bote lleno, repleto, de mariposas. Lo sujetáis fuerte, con las manos bien prietas al cristal. De repente las mariposas consiguen descifrar vuestro secreto más oscuro y diminuto, descubren cómo abrir la tapa del bote; o sea, su puerta a la libertad. Las mariposas escapan sin pensar en nada más que en sí mismas. Os golpean con las alas, os susurran cosas absurdas que no entiendes y se van a volar. Se van muy alto.  Imaginad que de repente todas vuelven, furiosas, espantadas, casi extrañadas y os piden explicaciones. Por qué nos teníais encerradas. Por qué nunca nos hablasteis del cielo. Por qué ahora no somos capaces de alejarnos de vosotros porque nos sentimos desprotegidas.  Por qué nos habéis hecho ser dependientes (…

.

Van a pisarte la cabeza te pongas como te pongas así que agárrate fuerte y ni se te ocurra quejarte.
Ellos podrán decirte lo que quieran, tú no hables.
Que quizá te retuercen la lengua con falsos "te quiero" medidos a instantes.
Y quién dijo que la felicidad existe,
si estás muerta.

Brasas.

Con los ojos del tamaño de dos lunas se puso a escribir. Primero se recogió el pelo, pues le estorbaba la vitalidad con la que se movía a su alrededor; sus hombros ya no estaban preparados para soportar el peso. Después se estuvo mordiendo las uñas durante minutos, pensando qué era lo que realmente quería escribir. Lo tenía demasiado claro y le daba suficiente miedo ponerse a escribir algo así: ''No me salen las cuentas de las veces que soy feliz''. Quizá, al principio, no se entendió ni ella. Escribió, después, una especie de metáfora que se le agarró al corazón y de la que ya no se supo librar: ''El sol sincero ha empezado a quemarme las razones y ya no anochezco''.  Después cayó rendida. Era lo más fuerte que había escrito hasta entonces y solo ella podía comprender lo que eso significaba. El paso que había dado, lo mucho que había conseguido avanzar. En su cabeza solo una pregunta quemaba los silencios: ¿Qué ha pasado? Se revolvió durante horas en la cam…