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Mostrando entradas de abril, 2019

Podríamos

Tren con destino a Aeropuerto, Terminal 1. Tardo pocos segundos en encontrarlos. Llevan un par de maletas enormes. Se miran como si no existiera nadie a su alrededor: estoy convencida de que harán todo el recorrido de la línea sin percatarse de que estoy aquí, justo enfrente. Ella lleva una chaqueta rosa de cuero y se ha recogido el pelo en un moño alborotado, él la mira al detalle, como si fuese la primera vez que la ve, aunque por sus ojos cómplices sé que ya han compartido miles de noches. Puede que sean franceses, no sé, lo parecen. Él lleva una gorra muy bonita, azul, de terciopelo, y se inclina hacia ella cada vez que se ríen. Qué cerca están. Se dicen cosas que no logro -ni necesito- escuchar. Mi música es suficiente para entender la escena, sus manos, entrelazadas, lo son. Todo lo que se dicen con los ojos es suficiente. Han venido a Barcelona unos días, y ya regresan. ¿En qué hotel habrán dormido? ¿Qué habrán visto primero? ¿Es su primer viaje? ¿Estuvieron en Sant Jordi? Me i…
La sal hiriente de una lágrima impacta contra mi cerveza. Balanceo un poco el vaso, moviéndolo en círculos inconexos y luego doy un trago. La mesa está pegajosa, el cielo pesa, y despacio, se amontona en mis hombros y me hace sentir rara. Un trago más. Estoy rodeada de personas anónimas que parecen mirarme entristecidas, por un instante imagino que saben qué pienso, qué callo, qué espero. Pasan de incógnito y se pierden. Me diluyo en un asiento de piel mala y dejo reposar mi espalda sin ánimo ni alma. La luz quema mis pensamientos que, torpes, intentan evadirse alejándose de aquí. Si pienso y después existo, ¿por qué noto que llevo horas atrapada en un círculo de pensamientos estúpidos? ¿por qué entonces mi existencia no se ha detenido? Miro fijamente un punto muerto e inexistente y clavo los ojos: cuando dejas la mirada en un punto muerto, por un momento, unos segundos, unos minutos, sientes alivio. Tanto, que volver a la realidad cuesta media vida. Y media vida se me va.  Chasquea …

El coraje de vivir algo.

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Cuando Marcos cruzó desde el otro lado yo ya había oído el disparo. Me agaché tan rápido que desaparecí del paisaje durante unos segundos. Él no me veía y gritaba mi nombre. Dónde estás. Estoy aquí. Pero seguía sin verme, joder, seguía sin verme.  El ruido de la explosión apenas dejaba espacio para que pudiésemos escuchar nuestros quejidos, nuestros gritos ásperos de sabor desesperado. Ojalá pudieras verme, Marcos, estoy aquí.  Haber llegado hasta allí ya había sido superar con expectativas lo que esperábamos de aquellos meses fríos. No quedaban provisiones, medicinas, ni teníamos más que un centenar de armas. Eso era poco para tantos. Aunque...¿tantos? Hacía días que no nos reuníamos. No sabíamos ya cuántos quedaríamos vivos.  Tras unos segundos, la cortina de humo se expandió y mis ojos miopes vislumbraron algo entre los matojos gigantes y secos. Creí ver a Marcos. Aceleré torpemente por el bosque con el único fin de poder verle de nuevo, abrazarle, reunirme con él después de tanto…
Me da la sensación de que siempre soy yo la que corre, persiguiendo un imposible, sumida en una nube de pólvora. Puede que yo no sea tan importante, puede que siempre me envíen todas las señales y yo no sepa leerlas. Puede que algo me grite siempre: “¿no ves que está muy claro?” Y yo siempre me diga: “Bueno, me quedo, por si acaso”.  Estúpida ingenua.
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¿Por qué no lo hablas? No dejan de resonar en mi cabeza todos esos consejos que las personas dan con la boca pequeñita, con cierto tono aterciopelado que nos recuerda que hay gente que aún se preocupan por nosotros. Porque no puedo, me repito. Porque no puedo. Y sé cuál será mi automática y premeditada respuesta, esa que siempre me devuelvo, esa que rebota en la pared de mi conciencia: Sí, sí que puedo, pero no quiero enfrentarme a la realidad. Alargo el momento, pospongo conversaciones, me dejo llevar, por miedo. Miedo a escuchar respuestas para las que no estoy preparada, o de las que soy tan consciente que temo el momento de tener que tomar decisiones. Recuerdo que antes era más fácil. A mi torbellino adolescente y semi-adulto le daba igual. Ella era tan kamikaze, que si tenía que saltar, siempre lo hacía por los aires. Y explotar, hacerse cenizas, no le importaba. Yo soy un poco diferente, me he vuelto más realista, me he vuelto menos luchadora, más cerrada, más cobarde. Una niña …
Admito que es un acto puramente cobarde. La ventaja es que jamás dije que no lo fuera, y supongo que eso es lo que me salva. Me contemplo desde fuera, como si, ajena a mí, pudiera soportarlo todo un poco más. Quizás es la inercia la que me empuja a desfilar por el pasillo conformista de los años, quizá es mi manía acrobática de entender que no he estado tan cerca nunca, que no lo estaré. Quizá es mi optimismo, mi pero si todo va a ir bien, lo que me convence de que no me dé por vencida.  Vivo remando, pensando que habrá tierra firme que pisar algún día. El cielo me mira incrédulo: ¿Otra vez estás con eso? Puede que sea monotemática. Puede que me deba un poquito más de verdad, puede que no le quede oxígeno a este antro, puede que solo necesite algo más de dignidad.  Mientras, me sirvo copas que siempre están vacías. Finjo que bebo, lamo mis finos labios y sonrío: Este ron está muy bueno. Pero si tú ni siquiera bebes por placer.  Admito que, a veces, tras el cristal helado se esconden …
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¿Y esta vez? ¿Estará tras el cristal? 


De verdad, estiré los brazos, pero fue tan duro el verso que acabé con las rimas.  No hay fuerza de voluntad capaz de frenar esto, ni antídoto que consiga que no me ponga a escribir todas las noches.  Mi propia terapia es la de reprocharme que no soy suficiente, porque cada día que pasa se me hace más difícil pensar que puedo conseguirlo. 
Haberlo soñado toda mi vida no cambia nada. 
En absoluto.

Nada bien

Será la última vez, créeme. He despertado, ya sé de qué va esto, ya me he vuelto pragmática, realista, sensata y coherente. Ya no voy a regalarlo todo, ahora sé que fue un chiste, el abrir las alas pretendiendo llegar a cimas que nunca existieron. Nunca existieron, ¿no? Intrépidos y malditos sueños, frágil ilusión vendada, estúpido mapa que prometía caminos fáciles. Ya he tomado mi dosis, ya me he perdonado los pecados, ya puedes hablar. No, no insistas. No hace falta que me lo expliques, al final los libros tenían razón, ya sabes, eso de ojos que no ven corazón que no siente, porque cuando al fin ven, joder, si duele. ¿Por qué siempre pretendo lucharlo todo sin mirarme a mí? No me he dirigido la mirada ni un solo instante, no me soy sincera, porque sé que el día que lo sea, voy a tener que enfrentarme a muchas cosas. Cosas que no seré capaz de llevar con sutileza, sin sangrar, con la cabeza alta. Ojalá entiendas que lo entiendo, ojalá no fuese así. Me hubiese encantado creer que exi…
La verdad fue dicha y mi corazón inválido se propuso latir. Una sonrisa bien fingida, un “no, si estoy tranquila”, la voz que empieza a arder.  Hablaste de sueños de ventana, promesas bien guardadas, yo no supe verlo bien.  Callé más de lo que quise, serené todos mis imposibles y me dije “irá bien”.  Qué mentira más triste, lunas de aguacate,  sincera risa tonta, viéndote desaparecer.  Una frase que se clava, la inseguridad que viene y se instala aquí en la piel.  “Vete, vete, no estés triste”.  No me crees. “No, tú no estás bien”.  Pero qué más da  qué color traiga mi risa, si tú al final no la quieres ver.