miércoles, 27 de junio de 2018

Cometa.

Imagen de S.Herranz


Sujeto la cerveza con ambas manos, porque está tan fría que no sé elegir cuál de mis dedos debería congelarse antes. Miro hacia la izquierda, luego a la derecha; siempre lo hago. Mi inseguridad salpica a todos lados cuando me rodea tanta gente. Y mira que no lo parece, y mira que no me callo, y mira que soy abierta. Pero bueno, todos tenemos nuestras taras. Y yo la mía la cubro con espontaneidad,  indiferencia y risas. Son mi escudo. 
Bebo. Primero es un sorbito; a la segunda es un sorbo y a la tercera un trago. 
Y yo, que con quince años detestaba el alcohol, ahora bebo cervezas como si fuesen zumos. Qué irónica la vida. Cómo crecemos y nos acostumbramos a los sabores y las experiencias fuertes. El café, el sexo, el alcohol. Qué mayores nos hacemos sin darnos cuenta, qué diferentes nos volvemos sin percibirlo. 
Me distraigo unos minutos mientras el resto habla. Siempre me pasa, siempre viajo hacia mi mundo, como si tuviese una máquina de escribir en la cabeza y empezara a teclear en medio de la nada, de una conversación, de una clase, de un programa de televisión. Me aíslo sin pretenderlo durante minutos. A eso le llamo yo tener imaginación. 
Marta me devuelve al mundo real con un chasquido de dedos, y me mira como diciendo: hoy ya es la segunda vez que te pasa. Yo me río y ella estalla a carcajadas. Supongo que el hecho de que me haya puesto colorada tiene algo que ver. Frunce el ceño unos segundos y levanta la cerveza. Quiere brindar. Ahora todos la miran y yo sonrío. Levantamos las cervezas y brindamos:
- ¡Por nosotros! - Samuel, como siempre, es muy original-. Por todas esas horas de curro, por los trabajos, los agobios, las notas...¡Porque nos lo merecemos, joder! 
- ¡Sí!- proclama Sandra-. Joder, ¡ya era hora! 
- Por nosotros- Lidia no grita tanto como los demás-. Que vamos a ir al paro directamente. 
-¡No digas eso!- exclamo-. ¡Aún hay esperanza! 
Todos ríen al unísono, mientras brindamos, y yo los miro como el que mira un cometa que pasa cada cincuenta años. Sé que va a ser la última vez que nos reunamos todos así y eso me encoge el corazón. 
Marta y Samuel se miran intensamente de vez en cuando, ellos aún no saben que se gustan, pero yo lo sé desde tercero. Se han sentado lo suficientemente separados como para que no se les note, pero las bromas de él, la risa de ella y las miradas cómplices indican que en realidad, querían estar mucho más cerca. Yo les miro pensando en que ojalá este verano tengan tiempo para verse y los días y los planes los unan mucho más. Ambos lo merecen. Y necesitan valor para asumirlo. 
Sandra se muestra distante, sé que está enfadada con Jorge porque no ha querido venir y ha preferido irse a jugar con los amigos. A mí me encantaría decirle que él también necesita tener su espacio y que ella debería respetar eso, pero es tan celosa a veces...Que consigue asustarle. Él la quiere de verdad, y por eso intenta no ofenderla nunca, pero se siente aprisionado, cohibido. Jorge necesitaría alas, poder volar, poder huir de vez en cuando. Y a Sandra sus inseguridades acaban matándola siempre. 
Lidia ha estado ausente la primera media hora, a veces me mira y me sonríe, pero sé que está incómoda. Nunca le ha gustado estar rodeada de tanta gente, no quiere llamar la atención. De vez en cuando consigo distraerla hablándole de mí, contándole anécdotas, preguntándole cosas sobre su familia, pero aun así, sé que la presencia de los demás la tiene intranquila. 
- Oye, ¿Dani venía al final?- Lidia lo pregunta tímida, supongo que porque teme a que todos piensen lo que es evidente desde primero y que en realidad ya saben. 
- No sé...voy a mirar el Whatsapp...pero creo que no ha dicho nada- Mónica mira de forma rápida la última conversación que tiene con él y Lidia la mira con recelo-. Pues...eeeem...No. No ha dicho nada. Me imagino que vendrá directamente de la biblioteca. 
Lidia sonríe, aunque la percibo triste. Intuye que entre Mónica y Dani ha pasado algo, e imagina que continúa pasando; de hecho todos nos lo olemos desde el año pasado. Todos sabemos que Lidia está enamoradísima de Dani, aunque Dani jamás se haya dado cuenta, aunque nunca se hayan dicho nada. Lo sé porque veo todo lo que hace por él desinteresadamente, lo sé porque solo viene de fiesta cuando él viene y solo responde al grupo cuando él hace una broma. Lo sé por tantas cosas...Y en el fondo sé, cuando nuestras miradas se cruzan, que ella también es consciente de eso. 
Y sé que pensaréis que vaya líos, que qué observadora, y que si me creo muy listilla por adivinar todo eso sobre mis amigos. Pues no, probablemente no sepa ni la mitad de cosas que se esconden en esas miradas, pero sí que sé lo suficiente como para juzgar qué sienten todas y cada una de esas cabecitas cuando nos sentamos a charlar sobre la vida, sobre el camino, sobre todo y sobre nada. Han sido demasiadas horas juntos. 
¿Y qué hay de mí? ¿Yo me he fijado en alguien? ¿Yo solo sujeto una cerveza fría? 
Yo soy un caso muy distinto. Nunca me he enamorado de nadie del grupo, y no me malinterpretéis, no es que me crea superior, es que jamás conocí a nadie que pudiera igualar a Marcos. Lo de quién es Marcos lo dejaré para otro día, pues es una historia demasiado larga. Pero...no sé si conocéis la sensación de dar con alguien que es muy distinto a vosotros y sin embargo sentir que hay algo muy fuerte que os une. Y es algo que va más allá de los intereses. No sé, a todos nos gustan las películas, la música, la comida, los videojuegos, los libros....Pero hay algo más. Algo que no se sujeta con palabras, acciones, ni tan siquiera miradas. Algo que va más allá de todo, que es inexplicable. Cuando conoces a alguien con el que te cuesta hasta discutir, cuando ves a alguien honesto, humilde y sensato, cuando de repente encuentras que una persona que es cien por cien diferente consigue hacerte encajar todas las piezas, cuando eso ocurre....entonces no hay vuelta atrás. Y ya pueden entrar en tu vida todas las personas que quieras, que algo así no se borra. Y supongo que eso es en lo que pienso cuando me aíslo, no en lo fría que está la cerveza, no en lo unidos y separados que estamos todos los que nos sentamos en las sillas de siempre, en el bar de siempre, no. Cuando me aíslo pienso en lo bien que se lo pasaría Marcos si los conociese. En lo que él se reiría, en cómo podría mirarle desde la otra punta de la mesa mientras hace bromas. En lo que me gustaría que contase esas anécdotas que a mí me hacen reír tanto. Pienso en que ojalá él también hubiese conocido toda esa parte feliz que me llevo de una etapa gigantesca e inolvidable. Pienso en que si Marcos hubiese estado en el grupo, me habría enamorado de él. Y sería yo esa tonta que miraría desde el otro lado de la mesa sin saber bien qué decir.
Todos hablan, pero yo ya no escucho. Marta vuelve a mirarme cómplice, yo levanto los hombros y ella ríe. 
- ¿Salimos a fumar?- me pregunta. Yo asiento automáticamente. Ni siquiera fumo, pero me gusta hablar con ella. 

Aquí, justo aquí,
el cometa:

Se cierra una etapa, se abren nuevas puertas. 




domingo, 24 de junio de 2018

-



Claro. Claro que tengo miedo. El miedo es humano, el miedo es piel, el miedo es yo, el miedo eres tú. Claro. Claro que tenemos miedo. Los precipicios dan miedo, los abismos también. Da miedo avanzar, da miedo retroceder, da miedo mirarte a los ojos y saber que en un instante todo cambia y a la vez, sigue siendo lo de siempre. Claro que da miedo. Nos da miedo el error, tropezar, caer, sufrir. ¿Cómo no va a darnos miedo? Es ese miedo que se encoge y se cuela por las rendijas de tu vida, el mismo que te aprieta el estómago antes de subir a una atracción altísima que da más vueltas de las que puedes asimilar. El miedo que sientes cuando planteas una pregunta y ya sabes la respuesta. El miedo que da atreverse a sentir, sentir sin arrepentirse. Da miedo no sentir ni un ápice de tristeza cuando te tengo cerca. Me acojona. Me da miedo la vida, me da miedo el futuro, me dan miedo mis sombras. Hay tantas cosas que me dan miedo...Demasiadas.

Pero tú no, tú no me das miedo. No te puedo tener miedo, ya no. Soy incapaz. Quizá porque ha pasado mucho tiempo, tal vez porque he crecido. Quizá es porque ya he sentido esos miedos antes y simplemente sé convivir con ellos. No me das miedo porque no puedo ver el futuro. No me das miedo porque cualquier persona podría hacerme daño y sin embargo, cuando sentimos algo aquí dentro, en el pecho, por alguien, le estamos dando automáticamente el poder de hacernos daño. Pero no por eso debo tenerte miedo. ¿Sabes qué es lo que me da miedo? No aprovechar lo suficiente, no viajar lo suficiente, no hacer lo que siento en el momento en que lo siento. Eso sí que me acojona, el dejar pasar trenes, oportunidades. Que mi vida se consuma y yo no haya sido valiente. Eso sí da miedo. ¿Pero tú? No, tú no me das miedo. No puede darme miedo la misma persona que me llevó tan alto, no puedes darme miedo con esos ojos. Lo siento, soy incapaz de temerte, aunque según tu criterio tenga motivos suficientes para hacerlo. 

Vivimos demasiado condicionados por todo,
derrotados por todo,
frenados por todo.
Ya va siendo hora de desprenderse de todo lo que ya no necesitamos,
de vaciar ese equipaje absurdo llamado pasado, culpa y futuro incierto
de quitarnos esas mochilas que cargamos,
de lanzarnos a ese mar cristalino llamado camino difuso pero con apariencia bonita
y procurar flotar. 


Es tan fácil y tan difícil como eso.
Y tú preguntándome si tengo miedo. 
Joder, no. ¿Pero no estás viendo esas vistas tan bonitas? ¿Quién le tendría miedo a algo así? 






miércoles, 20 de junio de 2018

El día que tú elijas que lo sean.

- No podemos pretender saltar al vacío sin atar bien las cuerdas antes. No podemos lanzarnos y caer en el abismo sabiendo que puede que no salgamos vivos- dice con tono serio.
Yo me río casi por inercia, pero en el fondo la sangre se me hiela. Cada poro de mi piel queda inerte ante la duda, ante el tacto de su pelo, de su vida, de su caos, cuando le abrazo. 
- Tienes razón- le contesto-. No podemos pretender que nos salgan alas de repente. 
- Creo que no me entiendes- replica-. No son alas lo que nos falta, es tiempo.
Yo me quedo callada. No porque no sepa qué decir, sino porque no puedo decir nada. Nada que no haya dicho antes, nada que él no sepa que pienso. No puedo pretender que él sienta lo mismo.
- A veces me da la sensación de que el miedo que tienes no es al tiempo, a la velocidad o a ti. A veces me parece que el miedo me lo tienes a mí.
- ¿A ti por qué?- responde de manera rápida.
- A mí porque crees que puedes hundirme de nuevo. Como si solo pudiera salir herida yo, como si tuvieras miedo a querer marcharte de nuevo...Como si yo no pudiese herirte a ti. Como si yo fuese la víctima. 
Se queda callado mirando al frente. Noto cierta mueca de dolor, está frunciendo el ceño. Hacía tanto que no lo veía tan serio. Me mira, con temor, y a la vez, con determinación. 
- ¿No crees que todo ha pasado demasiado rápido?
- ¿Rápido?- respondo-. Todo es rápido. La vida es rápida, nosotros lo somos. Estamos cada día más cerca de la muerte, a cada segundo que pasa. El mundo es rápido. ¿Por qué parece que tú esperas que todo se detenga? 
- Quizá soy yo, que lo siento así porque ha pasado tanto tiempo...
Sonrío. Quizá con tristeza, tal vez con incertidumbre. Él me mira a los ojos, yo bajo mi mirada hasta sus labios. Qué lejos. Qué difícil. Giro la cabeza, miro hacia otro lado. Él me coge suavemente la barbilla para que vuelva a mirarle. Se ha sonrojado un poco. Me sonríe.  
- Es mejor que no te presiones nunca a nada- le digo, mirándole seria, con el ceño fruncido-. Al fin y al cabo yo fui la última que dijo que ya no podíamos estar juntos, hace ya tanto tiempo... Entiendo que lo hayas olvidado todo, que me hayas olvidado. De veras que lo entiendo. 
Su silencio, al principio, me tranquiliza, pero después me asusta. La tristeza se me posa en los hombros y yo le dejo espacio para que se cuele por mi camiseta hasta llegar al corazón. 
-Qué tonta- añado, cuando percibo que el silencio se está haciendo insostenible e incómodo-. No me hagas caso, eh, sé que no deberíamos hablar de estas cosas...
- Claro que tenemos que hablar de estas cosas-me interrumpe-. No es eso. Es solo que...- se queda pensativo unos segundos-. Es solo que es difícil. 
Suspiro. ¿Cómo poder entrar en su cabeza? ¿Cómo saber qué le empuja a esperar? ¿Cómo entender los mecanismos que construyen su mente? ¿Cómo decirle que ha llegado un punto en el que ya no sé qué pensar? 
- Te decía de verdad lo de que dejaras de presionarte...No sé si haces las cosas porque las sientes o porque te doy lástima, o pena, o te sientes culpable. 
- No puedo creer que hayas dicho eso- responde con excesiva seriedad-. ¿Tú crees que yo hago las cosas por pena o lástima? 
- Yo...
- No- me interrumpe-. No podías pretender llegar sin arrasar con todo. Tengo demasiadas preguntas que hacerme a mí mismo, tengo que resolver demasiadas cosas. No es tan fácil, no soy como tú. Yo me pregunto lo que pasará mañana, tú vives en un presente infinito que se prolonga siempre. Tú ahora podrías besarme y yo no soy siquiera capaz de imaginar que esta noche vaya a rozar tus labios. Yo creo en el tiempo, tú en el momento. Mientras el reloj, para ti, es insignificante, para mí marca las horas, las pautas, el tiempo- se queda unos segundos callado-. Ojalá todo me diese igual.
- Ojalá supiera entenderte...- le digo mientras me acerca a sus brazos y me envuelve. Presiona su barbilla contra mi hombro-. Siento que creas que me debes algo.
- Eres....-suspira-. Eres de lo que no hay- ríe sincero-. Tú y tus ocurrencias...
Me separo de él, cinco centímetros, y le miro directamente a los ojos. Se ha quedado tan quieto que podrían confundirlo con una figura de mármol. Me río y se contagia. Noto su olor cerca, noto que se me ha quedado en la ropa. 
- Algún día te haré romper las cadenas que nos separan.
- ¿Y cómo estás tan segura? 
- No lo estoy- levanto ligeramente los hombros. 
Se ríe y mira hacia otro lado. Se queda unos segundos pensativo, pero automáticamente me vuelve a mirar.
- Siempre jugándote la vida a cada paso que das- me dice, casi como si hablara consigo mismo. 
- Y tú siempre tan prudente, sin caminar.
- Sigues siendo esa niña loca y testaruda. ¿Crees que algún día las cosas serán más fáciles?
Me acerco a su oído para susurrarle:
- Sí. Será el día que tú elijas que lo sean.

Cierra los ojos y sonríe. Después los abre para mirarme. Me fijo en cada detalle de su rostro. Se parece a un recuerdo que tengo de él. Cómo no iba a parecerse, si sigue siendo aquel chico que tenía los ojos más sinceros y profundos del mundo. Sí, sigue estando aquí, aunque parezca increíble. 
Es inevitable sonreír. Hace una broma, me hago la dura, la fuerte, y a los dos segundos estallo y rompo a reír. Me siento una niña pequeña de nuevo, mi inocencia me abraza por detrás y me da alas.
Respiro tranquila, aún llena de dudas y miedos. Aún no sabiendo qué piensa. Aún, paciente.
Respiro tranquila. Y su mano firme me recuerda, que aunque mi mente está a kilómetros de nuestro cielo, mis pies siguen pisando esta tierra. 












domingo, 17 de junio de 2018

Qué difícil.



Me pongo el cinturón de seguridad por si acelero y me da por tropezar. O por si hablo de más, por si te asusto, por si sales corriendo, por si mi valentía me juega una mala pasada. Me pongo el cinturón de seguridad porque me asusta ser tan valiente e insensata. Ahora voy con cuidado, para no caerme, para no tirarme al suelo, para no saltar al vacío. Ahora mis pies tocan el suelo y ven la realidad. Soy consciente de todos los riesgos que supone sentir lo que siento; sin embargo, cuando tus pupilas me tocan todos esos miedos acaban dándome igual. Me da tanto pavor ser tan irracional, me da tanto miedo que tú no lo seas....Me da miedo. El mismo miedo que apagas cuando enciendes tu risa y resuena por toda la calle,  cuando haces bromas y me cuentas historias que se parecen a esas que me contabas hace ya tanto tiempo. Ese miedo que se esfuma cuando bebo, cuando me sincero, cuando veo en tus ojos que el bloque de hielo que nos ha separado durante tantos años ahora solo es un chiste, una anécdota del pasado, algo con lo que ya no vivimos. No me das miedo tú, no. Me da miedo el miedo que te das a ti mismo, la inseguridad que te abraza a veces; me da miedo que no pienses lo mismo, que no sientas lo mismo, que te evapores. Y aun viviendo con ese miedo, le hago el vacío, lo ignoro, no puedo evitarlo, pues me pesan más las ganas de mirarte a los ojos, de sentirte tan cerca, de imaginar que todo es fácil, de romper las cadenas. Qué utopía. El imaginar que todo es un camino recto, digo. El pensar que algún día podrás ver las cosas tan simples como las veo yo. 
Tú no eres como yo, yo no soy como tú. Mientras yo deseaba que el tiempo se detuviese en ese preciso momento tú ya estabas pensando en todo lo que vendría después. Y no te culpo, la insensata soy yo, la que se disfraza de valiente soy yo, la temeraria soy yo. Tú eres el más sensato, siempre lo has sido. ¿Cómo ibas a ser un superviviente, si no? Al fin y al cabo eres el que sobrevivió.
A veces me imagino que olvidas todo el daño, todo lo que nos rompimos, todo lo que nos dañamos. A veces me imagino que dejas de sentirte culpable por haberte ido, a veces me imagino que hemos vuelto a conocernos de nuevo, que nuestro pasado solo es la muestra de que juntos fuimos los mayores héroes que jamás existieron. Créeme que lo éramos. Juntos éramos inquebrantables. 
No te voy a negar que el acercarme a ti fue apostarlo todo de nuevo a una carta, que dudé tanto porque no estaba segura de cómo ibas a tomártelo ni de qué sería yo para ti ahora. Ni tampoco qué sentiría cuando volviese a verte. Cuando volviese a compartir una pequeña risa, un pequeño detalle, una pequeña broma. Me acojonaba el momento en el que tuviera que enfrentarme de nuevo a intercambiar palabras cara a cara.
No te voy a negar que fue difícil acostumbrarme a vivir sin ti, que fue fácil volver a tenerte en mi vida, que te acogí sin siquiera pensar en la velocidad que tomaba esta ruta imprecisa. 
Qué fácil lo pones todo cuando consigues que me aísle del mundo hablándome sobre cualquier cosa. Y qué difícil es cuando veo el miedo en tus ojos. Cuando te doy miedo. Cuando te das miedo.
No sé hasta dónde puedo llegar, hasta qué punto puedo ir, cuál es el límite. A veces, por eso, no te acaricio lo que querría, reprimo abrazos y sonrisas. A veces, y solo a veces, espero a que seas tú el que me abrace. Quizá porque necesito saber si los dos pensamos lo mismo, quizá porque le temo al momento en el que pueda asustarte. 
Recuerdo los que éramos antes y lo más aterrador es que parecemos los mismos cuando estamos juntos. Aun así, siempre dejaré un espacio de seguridad entre nosotros. Un espacio para que tú puedas sentirte seguro, para que puedas decidir hacia dónde quieres volar. Y si algún día decides romper la distancia que nos separa, si algún día decides que sí, que vas a besarme, que vas a acercarte, me desabrocharé el cinturón. Hasta entonces seguiré mirándote, prudente. Sin esperar nada, sin querer nada más que esto tan mágico que nos rodea. 

Soy esa niña que conociste un día, pero la vida no me ha tratado muy bien hasta ahora. Es por eso que quizá esa inocencia que antes me envolvía, en ocasiones, se deshace y me hace ser más realista. Es por eso que ya no te miro pidiéndote señales, solo te miro quedándome con cada detalle. No espero que vengas a salvarme, para mí, ya nos hemos salvado. Y eso es más de lo que jamás habría imaginado. ¿Sabes? Te entiendo. Cuesta asimilar tanto en tan poco tiempo. Cuesta ver lo que ha cambiado todo, al menos para mí. Te entiendo. De verdad, lo hago. El precipicio es abismal y asusta saber que podríamos volver a perdernos. Yo también tengo ese miedo. A mí también me pasa. Yo también lo pienso. Y no sabes lo sensata que me vuelvo a veces cuando me lo planteo. No lo sabes porque cuando te tengo delante siempre me vuelvo una loca e imprudente.
Es para reírse, eh. Que todo sea tan loco, que todo haya girado tanto. 

A veces te miro directamente y pienso: Ojalá pudiera meterme en su cabeza, solo para saber si piensa lo mismo. Otras, me daría miedo incluso asomarme. 



Qué difícil es leerte los ojos,
sentirte, en este momento,
cuando tú también te pones el cinturón
y te distancias; y noto cómo piensas
en que ojalá no me acerque tanto,
que no me atreva a romper esa distancia,
esos cinco centímetros que nos separan del beso,
esos cinco centímetros que viven del miedo
que te da volver a tenerme cerca. 
Qué difícil. 











miércoles, 13 de junio de 2018

Valor.

No somos tan distintos. Ni de lo que éramos ni entre nosotros mismos.
Te ríes y pienso en lo mucho que te he echado de menos.
Te abrazo y no me iría jamás, pues por un momento no importa quiénes somos, de dónde venimos ni hacia dónde vamos, solo importa quedarme ahí quieta mientras deseo que no termine nunca.
Quién nos lo iba a decir,
que a través del tiempo, el espacio y la huida
encontraríamos el modo de reír de nuevo.
Y aquí estás,
y una dulce caricia me enciende la piel,
y una carcajada me devuelve el aire.
Qué fácil es todo cuando me miras así,
qué fácil lo pones.

Tu respiración me envuelve
y tu olor se me queda horas en la piel.
No sabes cuánto tiempo anhelé esto. No te lo imaginas.

Hablas y hablas y te escucho.
Y me parece fascinante que tu voz siga siendo de terciopelo,
que te sigan gustando las mismas cosas,
que sigas reflexionando como siempre,
que aún me quede prendada de tu forma de ser.

Cómo me cuesta despedirme,
de ese abrazo eterno,
de tus bromas
y de nuestras maneras,
de tu brisa
de tu olor.
De aquello de lo que nunca me despediría.
De ti.



“Parece que no haya pasado nada”. Y qué razón tienes. No ha pasado nada, porque cuando te miro siento que el tiempo se congeló para nosotros y ahora ha empezado a deshacerse.
Joder, me resulta increíble.
Aún no me creo que estés aquí.
A veces te miro pensando en si es real,
luego tu olor me recuerda que es así,
que tu abrazo abraza más,
que nos veo tan maduros,
tan cambiados y a la vez tan niños...

No sé qué está pasando, pero quiero que pase.
Y el miedo es solo el compañero
 de estas ganas inmensas
llamadas valor.

lunes, 4 de junio de 2018

No sé ni qué escribo, pero yo me entiendo.

Y entonces me siento a mirarme a mí misma desde el otro lado de la puerta y me veo tan frágil y tan dura que me asusta. Y me veo tan capaz de todo, pero con tanto miedo, que me acongojo. ¿Por qué si sigo siendo la de siempre voy con pies de plomo? ¿Por qué si sé decir la verdad intento excusarme? ¿Por qué si lo escribo todo soy incapaz de decir nada en voz alta? Ojalá tuviera respuesta a todas las preguntas que llevan apareciendo en mi mente conforme pasan los días, ojalá supiera por qué, cómo, cuándo y dónde. Ojalá supiera qué.

¿Por qué pasa eso? ¿Por qué cuando tenemos algo tan claro nos cuesta ser consecuentes? ¿Por qué acabo siempre luchando contra mí? ¿De dónde nace tanto miedo? ¿Por qué sigo siendo tan sumamente realista que me siento incapaz de mirar más allá? 
A veces, me asusto. A veces, pienso. A veces, me planteo si estoy haciendo lo correcto.
Me asusto a mí misma, ¿por qué no iba a espantar a los demás? 
Me da miedo ser una tormenta para alguien, me da miedo asustar, me da miedo que salgan corriendo, me da miedo que me den la espalda, me da miedo el rechazo, me da miedo la verdad.

¿Por qué si hay tres caminos ,y dos de ellos son llanos, siempre elijo el complicado?
Por qué te estoy mirando así,
si yo sí,
si tú no,
si ya no. 


No somos valientes.

Podría haberlo publicado aquí, pero este texto merecía ser pronunciado. Así que poneos cómodos, que hoy no os toca leer, solo escuchar:  ...