jueves, 30 de agosto de 2018

Qué injusto es que se apaguen las luces.


Siempre nos he visto reflejados en la última escena de La la land. A la vez, siempre he deseado que nosotros pudiésemos dar el final justo que la película no tuvo. Me enfadé mucho con los protagonistas. Por dejar ese silencio entre ellos, por alejarse llorando, por renunciar. Siempre esperé que nosotros no hiciéramos lo mismo. Se reencuentran en un bar después de muchos años y se ven a lo lejos. Él está encima de un escenario, ella ha ido a ese bar con otro hombre. No se dicen nada a pesar de saber que siguen queriéndose. Ninguno renuncia a su presente, por miedo. Aceptan que no puede ser, pero mira qué ojos. Pero mira la cara que ponen cuando se alejan. Qué injusto es que se apaguen las luces en la ciudad de las estrellas. 

Literalmente. 





                                                      

domingo, 26 de agosto de 2018

¿Y si no hubiera nadie tras el cristal? ¿Y si solo estuvieses tú mirando algo que se marchará? ¿Y si nadie lucha por ti? ¿Seguirás luchando?

sábado, 25 de agosto de 2018

Conversas que se guardan en un rincón invisible de la memoria.



- Noelia...
- Si ya sé lo que me vas a decir.
- Sé que lo sabes, pero también sé que necesitas que te lo recuerde- frunce el ceño y me mira, con gesto enfadado-. Alguien que te quiere, alguien que esté interesado por ti...Hará todo lo que esté en sus manos para hablarte, para verte. Eso te lo aseguro. 
Al principio sus palabras son como cubitos de hielo bajando por mi espalda.Una sensación helada en las cervicales, una verdad absoluta, traviesa y tenaz que me atraviesa. Me quedo callada, al menos un minuto. Después sonrío, mirándola a los ojos: 
- ¿Qué crees que pasará?
- No lo sé.- mira un momento por la ventana-. Yo hay cosas que aún no entiendo ni entenderé. Me cuesta mucho entender a los hombres- suelta una carcajada. Yo sonrío triste.
- A veces, cuando estoy con él, siento que todo está bien. Pero soy muy consciente de todo, eh, no creas que vivo en las nubes. Incluso al besarle, toco con los pies en el suelo. No me puedo permitir volar, ni soñar, ni ilusionarme. Es como que algo en mí me dice que se va a marchar. 
- ¿Tienes miedo a que se vaya? 
- Tengo miedo a perderle.- es la primera vez que lo digo en voz alta, después de tantos años-. Sé lo que es que alguien que quieres mucho se vaya, y él...la verdad es que, pasara lo que pasara, siempre fue y probablemente será alguien muy importante. Ahora que estoy tan cerca, me da miedo que nos alejemos en algún momento. 
- ¿Has sido sincera con él?- me mira analizándome. Si le miento, lo sabrá, por eso opto por decirle la verdad.
- Sí...Le dije lo que sentía respecto a esto. Me explico, no sé...- hago una pausa para ordenar mis ideas-. Sabe que me gusta. Hay algo entre nosotros, no sé, más allá de una amistad. Yo no miro así a un amigo, ¿me entiendes?. Pero es demasiado pronto para tomar decisiones, incluso para saber qué significamos el uno para el otro.
- Yo creo que tú lo tienes bastante claro. 
- No te creas.
- ¿A qué te refieres?
- Que- sonrío- parece que siempre sea yo la loca, segura de todo, la que está dispuesta a lanzarse desde cualquier lugar sin paracaídas, la que sabe lo que le gusta o lo que no. En esta ocasión no tengo nada claro, porque soy un saco de miedos. 
- Miedos que...¿miedos que te ha dado él o...?
- No. Ni mucho menos. Es un duelo conmigo misma. Es una batalla que libro desde hace meses. No tengo miedo a que se vaya, es más, tengo la certeza de que se marchará en algún momento. Mi miedo nace de saber todo lo que significa él para mí y yo no poder imaginar quién soy para él- me aguanto las lágrimas-. Es absurdo...
- No, no lo es. Estoy muy segura de que él sabe quién eres y lo especial que eres. Dudo que encuentre a alguien como tú nunca.
- ¡No digas eso!- le reprocho-. Él podría estar con cualquier chica que fuese parecida a mí, o mejor. De eso estoy segura. Quizá él necesita a otra persona y por eso...
- No. Las dudas de un ser humano nunca vienen de un "No sé si esta es la persona correcta",vienen más bien de un "¿Qué es lo que quiero ahora en mi vida?". 
- Quizá soy una atadura para él en estos momentos, y necesita volar.
- No, Noelia, ahí te equivocas. El amor nunca corta las alas. El amor te hace libre, incluso te da fuerzas para afrontar, para ilusionarte. Si no, que me lo digan a mí...
- No creo que sea tan sencillo.
- Sí lo es. Somos nosotros los que nos empeñamos en revolverlo todo. Pero es muy fácil. 
- Cuando lo dices tú parece sencillo- le digo dándole un golpecito en el hombro.- Ojalá todo el mundo viera las cosas como tú... 
- Y ojalá él supiera en estos momentos cómo te sientes- dice, tranquila. 
- Lo sabe. Y yo me sé de memoria su mar de dudas, al que le sumo probablemente cientos de interrogantes que aún desconozco. 
- Y aún así nunca te rindes.
- Creo que con él no estoy librando ninguna lucha- le digo, bajando el tono.- Me siento tranquila. Lo que me da miedo es que la vida nos hará elegir en algún momento. Y quizá no esté preparada para escuchar su respuesta. 
- Si no lo sabes...
- Pero me la imagino. No digo que vaya a ser negativa, ni tampoco positiva. Digo que no sé qué pasará cuando eso ocurra.
- Pasará la vida, Noelia. Y sea lo que sea, tendrás que aceptar que las cosas son las que son. 
- Lo acepto.- hago una pausa y sonrío-. Solo con poder haber vuelto a saber de él, me conformo. Es algo que creí que no pasaría. 
- Lo que está destinado a ser...
- No ha sido el destino- espeto.- El destino es mucho más cabrón. 
- ¿Entonces qué ha sido?
- Fui yo. Que no podía dejar que la vida pasara sin volver a escucharle hablar sobre sus miedos, sus logros y sus metas cumplidas.
- Entonces seréis vosotros los que decidáis qué hacer con todo eso. Si el destino no es el que elige, es el ser humano el que toma las riendas. Tú eliges quién quieres ser para alguien, y también cómo vas a entrar en una vida o salir de ella. Pase lo que pase, habrá valido la pena, ¿no crees?










viernes, 24 de agosto de 2018

Antes de ti.




Son las 3:22 de la mañana y acabo de ver Antes de ti. La vi una vez en el cine. Una vez que salí con el corazón roto en mil pedazos y muy triste - y algo indignada- por el final. Será que he madurado, pero ahora entiendo la decisión de Will. La primera vez que vi la película, no quería entenderlo. No podía aceptar su decisión. Esta vez no he llorado de la impotencia ante lo que elige, he llorado porque yo habría elegido lo mismo y es tristísimo. No me podía ir a dormir sin decirlo en voz alta, sin proclamarme triste en medio de esta noche. Vivimos tan ajetreados, tan sumidos en nuestros problemas...Que no vemos absolutamente nada de lo que tenemos. No he podido evitar sentirme como Clark durante toda la película (además nuestra personalidad es extremadamente parecida) y eso me ha dejado muy rota. Quería compartir con vosotros - si es que aún queda alguien que me lea- la última carta. Si habéis visto la película la entenderéis, si no, puede que también. El caso es que ahora comprendo a Will, el caso es que cuando comprendes su decisión es aún más triste. 


(la carta está extraída del libro, pero la de la película ha sido bastante fiel):


Clark:

Cuando leas esto habrán pasado unas pocas semanas (incluso con tus dotes organizativas recién descubiertas dudo que hayas llegado a París antes de comienzos de septiembre). Espero que el café sea bueno y fuerte y que los cruasanes estén frescos y que aún haga buen tiempo para sentarse fuera, en una de esas sillas metálicas que nunca quedan del todo firmes sobre la acera. No está mal, el Marquis. El bistec también está rico, por si te apetece volver más tarde a comer. 
Y si miras por la calle, a tu izquierda, verás L’Artisan Parfumeur, donde, cuando termines de leer esta carta, deberías ir a probar el aroma llamado algo así como Papillons Extrême (no lo recuerdo bien). Siempre pensé que te iría muy bien.
Vale, se acabaron las órdenes. Hay unas cuantas cosas que me gustaría decirte y te las habría dicho en persona, pero, en primer lugar, te habrías puesto toda sentimental y, en segundo lugar, no me habrías dejado decir todo lo que quería decir.
Siempre has hablado demasiado.
Por tanto, aquí lo tienes: el cheque que recibiste en el sobre inicial de Michael Lawler no era la cantidad completa, sino solo un pequeño regalo, para ayudarte durante las primeras semanas de desempleo, y para que fueras a París.
Cuando vuelvas a Inglaterra, lleva esta carta a Michael en su despacho de Londres y te dará los documentos pertinentes para que tengas acceso a la cuenta que ha abierto en tu nombre. Esta cuenta contiene lo suficiente para que te compres un lugar agradable donde vivir, para que te pagues la carrera y para cubrir tus gastos mientras eres estudiante a tiempo completo.
Mis padres ya estarán informados al respecto. Espero que esto, y el trabajo jurídico de Michael Lawler, simplifiquen los trámites en la medida de lo posible.
Clark, desde aquí casi oigo cómo empiezas a hiperventilar. No te pongas de los nervios ni intentes regalarlo: no es bastante para que te quedes de brazos cruzados el resto de tu vida. Pero debería ser suficiente para comprar tu libertad, tanto en lo que se refiere a ese pueblecito claustrofóbico que los dos consideramos nuestro hogar como a las elecciones que te viste obligada a tomar hasta ahora.
No te doy este dinero porque quiera que te sientas nostálgica ni en deuda conmigo, ni tampoco para que sea una especie de maldito recuerdo.
Te lo doy porque casi nada me hace feliz a estas alturas, salvo tú.
Soy consciente de que conocerme te ha causado dolor y pena, y espero que un día, cuando estés menos enfadada conmigo, comprendas que no solo hice lo único que podía hacer, sino que eso te va a ayudar a vivir una buena vida, una vida mejor, que si no me hubieras conocido.
Te vas a sentir incómoda en tu nuevo mundo durante un tiempo. Siempre es extraño vernos fuera del lugar donde estábamos cómodos. Pero espero que también te sientas un poco dichosa. Cuando volviste de hacer submarinismo esa vez, tu cara me lo dijo todo: hay anhelo en ti, Clark. Audacia. Solo la habías enterrado, como casi todo el mundo.
No te estoy pidiendo que te arrojes de un rascacielos ni que nades junto a ballenas ni nada parecido (aunque, en secreto, me encantaría pensar que lo estás haciendo), pero sí que vivas con osadía. Que seas exigente contigo misma. Que no te conformes. Viste con orgullo esos leotardos a rayas. Y, si insistes en conformarte con algún tipo ridículo, guarda a buen recaudo una parte de este dinero. Saber que aún tienes posibilidades es un lujo. Saber que tal vez te las he proporcionado ha sido un gran alivio para mí.
Eso es todo. Te llevo grabada en el corazón, Clark. Desde el primer día en que te vi, con esas prendas ridículas y esas bromas tontas y tu completa incapacidad para disimular una sola de tus emociones. Has cambiado mi vida muchísimo más de lo que este dinero cambiará la tuya.
No te acuerdes demasiado de mí. No quiero pensar que te vas a poner sensiblera. Vive bien.



Vive.


Con amor,
Will.

jueves, 23 de agosto de 2018

Al ritmo de Izal, rumbo a Marte.

Cuando el cigarro se consumió, se bebió de un trago lo que le quedaba en la copa. No apartó ni un segundo la vista de ese libro que la tenía presa. Leía una y otra vez la misma frase, repitiéndola para sí misma. Verso tras verso, atravesándolo en su piel. Se tatuó en la memoria todo aquello que jamás volvería a hacer y también todo lo que le gustaría repetir. 
Cuando el libro se le empezó a hacer pesado- y es que a las 2 de la mañana cualquier libro puede parecerlo, si no estás muy despierta- lo dejó apartado en el suelo y se sumergió en la bañera para acabar de mojarse el pelo. La sensación de libertad que la embriagaba era incluso mayor al efecto que el vino había comenzado a hacer en su cabeza. Sonrió casi por inercia, para sí misma. Después se levantó y salió desnuda. Ni siquiera se molestó en secarse. Decidió caminar por casa, con los pies mojados y las gotas cayendo por su cuerpo. Llegó a la cama y se tumbó. A veces sentía que le faltaba el aire, otras, que podía comerse el mundo. 
No dudó un segundo en poner su canción favorita, y al ritmo de Izal decidió cerrar los ojos y apretar los puños fuertemente, para soñar que esa noche volvía a aquella playa perdida y volvía a bañarse en el mar. Los recuerdos golpearon cada poro de su piel al instante. 
- Lo que daría por estar allí- susurró para sí misma. 

Pero era imposible. Ni Ford vivía ya en Barcelona, ni esa playa parecía la misma, ni había vuelto a ser primavera nunca. Así que se limitó a pensar en todo lo que haría si se mudase a Nueva Zelanda, como siempre había querido. Despegó los recuerdos de su mente, se montó en una nave llamada esperanza y empezó a navegar rumbo a Marte, el único lugar donde aún le quedaban sueños. 
Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras una lágrima bailaba por su mejilla. Cualquier ciego habría afirmado que aquella noche, ella en realidad no estaba llorando, que lo que caía por su cuerpo eran las gotas supervivientes de ese baño que antes se había dado. Cualquier ciego habría afirmado que su nave no se estrelló jamás, que llegó a alcanzar su sueños a la velocidad de la luz, traspasando la frontera del tiempo y el espacio. Cualquiera se habría creído sus mentiras. Yo en cambio os diré que Izal estuvo sonando toda la noche, que se acabó la botella de vino y que a la mañana siguiente ni siquiera se acordaba de Marte, de sus sueños, ni de esa nave, que más que intacta, quedó destrozada en la misma esquina donde horas antes aparcó su libro.

Ese que aún no se ha terminado. 

miércoles, 22 de agosto de 2018

Monedas.



El ser humano siempre se da cuenta tarde de lo que quiere. Cuando dudamos entre varios caminos y decidimos lanzar una moneda al aire para echarlo a suertes, sabemos, en el fondo, lo que queremos, lo que deseamos. Justo el momento en el que esa moneda está en el aire, sabemos qué cara queremos que salga. Esa sensación de tenerlo tan claro, en un momento tan pequeño y frágil, es la muestra más profunda y directa de que lo único que a veces nos impide hacer lo que sentimos es nuestra razón: Ese deseo que tenemos, eso que vemos tan claro cuando la moneda aún está por caer, es la liberación de un corazón cuando se deshace de la lógica y la sensatez. Realmente lo único que nos ha hecho lanzar esa moneda al aire es la duda, la incertidumbre, el miedo, el no saber qué sucedería si ignorásemos nuestra lógica y volviésemos a lanzarnos al vacío. Lo único que hacemos es dejar al azar una decisión que tenemos clara desde el principio, para así, si sale lo contrario a lo que de verdad deseamos, no culparnos por ello. Decir que fue la suerte o el azar lo que nos hizo escoger no ser felices. Porque atreverse siempre supone salir de la zona conocida, del confort, de la tranquilidad y la paz. Y no siempre todos estamos dispuestos a jugárnosla, a volver a exponernos, a rompernos o fragmentarnos. No siempre estamos preparados ni tenemos fuerza. Tirar la moneda, darle voz a la suerte, es solo una excusa para no tener que elegir no ser felices. Para no tener que luchar. Porque todos sabemos que luchar supone llenarse los bolsillos de victorias, pero también levantarse tras todas las derrotas. 


Si cuando he lanzado la moneda tenía tan claro qué cara quería que saliese, ¿por qué me daba miedo el resultado? 

viernes, 17 de agosto de 2018

Emergent.




 Empasso saliva i miro endevant,
ni tan sols m'has vist, però he sospirat.
Tres gots sobre la taula,
mig cor encès. 
Et pregunto com estàs i no respons.
M'amago dins la samarreta 
mentre no mires cap aquí.
Estàs massa callat,
i a mi això em fa massa por. 
Em pregunto si tornaràs
a ser el noi que alçava els braços,
somiant,
si tornaràs a explicar-me el que et fa feliç,
si t'abraçaré quan tinguis por,
si tornaré a saber de tu
quan ja no sàpigues què som
.
Beus massa ràpid,
jo ric mentre em preguntes si ja m'ha pujat.
Ja saps que l'alcohol a mi em torna boja,
per això ric amb un to trist -i tu m'ho notes-.
Em demanes perdó amb els ulls,
jo et dic en veu baixeta que no passa res.
En realitat sí que passa. 
Passa que t'he estimat com mai vaig estimar
i totes les ferides em van fer qui sóc avui.
El més curiós de tot és que he tornat just al lloc on et vaig verue per últim cop:
just en el punt on vaig decidir que mai més seria aquella noia que no tocava de peus a terra.
Vaig créixer quan vas marxar. 
Des d'aleshores em vaig prometre mai més somiar per sobre de les meves possibilitats.
I és això el que estic fent ara.
Aturar-me un moment abans d'il·lusionar-me.

Ja no em preocupen les coses que abans sí,
ja saps, aquelles ximpleries que ens feien pensar i pensar 
quan encara érem nens. 
T'enrecordes de la meva gelosia tonta?
Ara mai en tinc,
i no és perquè no m'importi,
és perquè créixer és adonar-te de que qui vol estar amb tu ho està,
que no hi ha lligams en l'amor,
que tot el que neix lliure es manté sa,
i tot allò que s'intenta emmagatzemar acaba morint. 
És possible que el dia que ens vam trobar,
quan vas mirar-me als ulls,
vas notar que portava ferides noves 
i que aquestes m'han fet una dona més lliure i més independent. 
No t'espantis.
No significa que no et necessiti,
ni tan sols significa que no trobés a faltar res,
només significa que he aprés a estar sense ningú,
sense cap persona que estigués al meu costat.

A mi, l'amor, ara, em fa por.
És una por que m'escalfa i em reprimeix,
una por que es fa dura, alguns cops,
una por que m'ha transformat en una persona menys afectuosa.
No sé si has trobat a faltar cap cosa de mi,
no sé si em reconeixes derrere de tota aquesta màscara de gel.
No sé si trobes en mi aquell suport que un dia va lluitar per mantenir-te a la superfície,
no sé si trobes mar als meus ulls,
si la meva esquena continua sent aquell mapa de constel·lacions
que utilitzaves per trobar-te quan la vida era dura i freda. 
Ni tan sols sé si encara tens el costum de llegir-me.
I no sé per què encara tinc el costum d'escriure.
No sé si tornaré a llegir-me a mi mateixa.
No sé per què motiu parlo amb un full en blanc,
ni per què quan estàvem a aquell llit,
aquella nit,
lluny de tot,
no et vaig abraçar tot el que volia.
No sé per què motiu tinc tanta por a mostrar-te res,
si tu no ets cap desconegut.
És possible que em faci por espantar-te.
És possible que hi hagi distància alguns cops,
que m'allunyi per si no em vols al teu costat.


Sempre les mateixes preguntes,
per les que encara no he trobat resposta:
Qui sóc jo per tornar a la teva vida?
Qui m'ha donat permís per tornar?
A vegades penso que m'he creuat per casualitat, 
que només t'he portat problemes.
Que ara mateix el que menys necessites es prendre decisions,
que has hagut de ser valent i explicar als que t'estimes que he tornat,
que no t'he demanat permís per apropar-me tant,
que m'he amagat als teus llavis 
i no t'he preguntat si em deixaves quedar-me a dormir. 

No has de quedar-te si no vols,
ni tampoc has de saber què vols exactament.
Ja em coneixes, probablement sóc sempre la que lluita fins al final,
encara si marxes.
Si te'n vas ho entendré. És comprensible.
És el que hauria fet tothom.
No has d'estar tan boig com jo,
no t'has de jugar el coll per mi.

Al cap i a la fi, si jo no t'hagués parlat potser mai més hauries sapigut res de mi,
potser mai més ens hauríem vist,
no ens hauríem apropat tant,
nos ens hauríem dit que ens vam trobar a faltar.

Ets tan lliure que mai et demanaré que et quedis amb mi. 
Probablement, al món hi ha més boges com jo disposades a donar-te ales en temps de tempestes.
M'agradaria que fossis feliç. I si no és amb mi,
m'agradaria que trobessis pau allà on el teu cor et demanés estar.
Desde que et vaig conèixer només he volgut això per a tu.

La gent té raó quan diu que les persones que estimen de veritat a algú només volen el millor per a ells. I tot i no saber què som o què serem, ni tan sols què volem ser, sí que sé què signifiques per a aquesta noia que s'ha transformat en una dona revolucionària. Ets la persona que va moure el meu món,  la persona que sempre vaig voler que estigués amb mi, a la meva vida, de qualsevol de les formes. Avui penso exactament el mateix. Avui, amb una cervesa a la mà, segueixo pensant això mentre et miro: <<Sigues sempre tu, petit, amb qui sigui, on sigui i com sigui>>.

Si et quedessis aquí,
sota aquest cel ple d'estels brillants i emergents,
recordaria a la perfecció aquell dia de pluja
- fa ja tant de temps-
en el que ens vam trobar sota dues caputxes.
Ja no som tan innocents,
però la teva veu no ha canviat gens.

I just en aquells petits records que vaig guardar un dia a la meva memòria,
trobo el que avui fa soroll,
una abraçada gran,
un petit tros d'aire
que encaixa amb les peces dels teus ulls aquesta nit.
Uns ulls que em repeteixen: <<tot anirà bé>>
mentre sona una cançó de Frank Sinatra.







Nits de pensar
o de deixar de fer-ho.
Depèn de com t'ho miris.
I les cerveses que portis.  





domingo, 12 de agosto de 2018

¿El tiempo habla por sí solo?






Siempre nos sentábamos en aquel bar, justo delante del mar, a cuarenta y tres metros de la orilla. Aquella tarde estaba siendo distinta, pues ni Amelia ni Teo se habían pedido cerveza, aunque Rubén y yo, como siempre, íbamos por el segundo quinto. Estábamos riéndonos de nada, soñando con todo, hablando de viajes, voluntariados y cursillos online, cuando de repente un chico se acercó a nosotros. Mi instinto me advirtió de que quizá quería hablar con Amelia, pedirle el número, hablarle de cualquier cosa, a fin de cuentas, pues es una chica magnética y suele atraer a todo tipo de chicos. No he ido nunca con ella por la calle sin que alguien le mire furtivamente o incluso se atreva a hablarle. Esta vez estaba equivocada. El desconocido nos preguntó si podía sentarse con nosotros y Teo, tras pensárselo unos segundos, le dijo que sí. Los demás nos quedamos callados, esperando entender lo que acababa de pasar. El chico debía tener unos veintiocho años, tenía el pelo castaño, los ojos color avellana y una sonrisa imperfecta, pero cuidada. Le hizo una seña al camarero y le gritó moderadamente que quería una mediana. Todos nos quedamos expectantes, deseosos de escuchar una explicación. 
- Sé que es raro que venga alguien que no conocéis de nada y se quiera sentar con vosotros- rió unos segundos y después fijó la mirada en Rubén- pero he venido solo a dar un paseo y me habéis llamado la atención.
- Sí que es raro, sí- Amelia estaba en alerta, lo sabía por la forma en la que había cruzado los brazos, por la incomodidad que percibía en sus ojos. Y no se cortaba en demostrarlo.
- Lo cierto es que me paso los meses viajando- miró hacia el camarero y le dio las gracias, mientras este le servía la mediana- y ahora estoy en Barcelona. Acabo de volver de Bali. 
- ¿Bali?- no pude evitar sorprenderme, pues siempre había querido ir a Bali.- Bua- hice una pausa algo dramática- me encantaría ir a Bali. 
- Es genial, deberías ir- fijó su mirada en mí y la mantuvo unos segundos. Al principio asentí, con normalidad, pero empecé a sentirme incómoda cuando dejó su ojos clavados, durante unos cuantos segundos, en los míos. Parecía querer decir algo. 
- ¿Sueles hacer esto?- espetó Rubén.- Me parece raro que te sientes en mesas con desconocidos. 
- Bueno, si nunca nos atreviésemos a hablar a alguien siempre serían desconocidos para nosotros- sonrió victorioso por su respuesta y Rubén frunció el ceño.
- Dinos al menos cómo te llamas- dijo Amelia. 
- Sí, lo siento- pareció sonrojarse ligeramente- soy Adan. Y como habréis notado en mi acento, soy gallego. 
- A Noah le encanta Galicia, ¿verdad?- Teo me miró esperando que confirmara su intervención.
- Sí, sí. Es un sitio donde me gustaría ir también- levanté un poco los hombros, con aire de despreocupación.
- Sabía, desde antes de acercarme, que tendríamos mucho en común- Adan me miró directamente. Me dio la sensación de que para él, en ese justo instante, le daba igual que tres amigos míos estuvieran ahí. Además, me pareció demasiado descarado, pues ni siquiera sabía si alguno de los dos, Rubén o Teo, eran mi pareja. Ni siquiera sabía qué relación nos unía a aquellos que estábamos allí. 
- No me conoces- dije, riéndome de forma sarcástica. 
- Me has recordado mucho a alguien que conocí una vez.
- Debes conocer a mucha gente si siempre te acercas a desconocidos- la verdad es que soné un poco borde, y al instante de pronunciar esas palabras, me arrepentí. Había sonado demasiado brusca, aunque lo cierto es que buscaba equilibrar su descaro con un poco del mío. 
- No te creas que acostumbro a hacer esto mucho, pero cuando me llama alguien la atención, decido no perder la oportunidad de hablarle- frunció el ceño un segundo y después miró al resto del grupo- Vuestra amiga me ha llamado la atención, así que os pido disculpas si os ha molestado que me acerque a hablar con vosotros. 
Pensaba que Rubén o Amelia iban a decir algo, pero no articularon palabra. Yo me quedé atónita, sin saber bien qué decir y miré a Teo con cara de por favor, di tú algo, que no sé qué hacer. Ante el silencio de todos, Adan sintió que tenía que dar más explicaciones, y continuó hablando: 
- Me dedico a recorrer el mundo, en busca de encontrar algo que me llene, que me mueva, que me motive. Conocer lo que nos rodea nos hace mejores, más grandes, nos hace ser quienes somos. Te he visto y he pensado en si estarías trabajando, en cuáles serían tus gustos personales,  en todos los sitios que puede que hayas visto y todos los que te quedan por ver y he decidido que sería mejor preguntártelo que jugar a adivinarlo- aclaró, mirándome directamente.
- ¿Crees que estás en una película?- espeté.- Nadie se acerca de repente a alguien y le dice algo así.
- Tal vez sea muy peliculero, o no, quizá sea más cuerdo que aquellos que no saben lo que quieren o no se atreven a desear nada. 
- ¿A quién te recordaba?- solté, de repente, esquivando un poco el tema.
- A una chica que conocí en Galicia hace mucho tiempo. Os parecéis mucho, se llamaba Nora. 
- Pues hasta el nombre se parece- Amelia rió mientras lo decía, pero Teo y Rubén permanecían callados, inmóviles, mirando a Adan, atónitos.  
- Fue mi amiga y mi remedio durante tres años. Bueno, y algo más. Siempre éramos algo más. A ella le encantaba viajar, también. Tocaba la guitarra y estaba llena de sueños. Nunca se cansaba de nada, siempre lo daba todo y llevaba sus luchas hasta el final. Era increíble formar parte de su vida porque sentías que había alguien que cuando decía que te cuidaría siempre hablaba totalmente en serio. Ella nunca me falló.
- Pues veo que el nombre no es lo único que tenéis en común- soltó sin pensar, Teo. Rubén lo miró sorprendido, pero no dijo nada. 
- ¿Y hablas de ella en pasado porque...? - dije casi en forma de susurro, frunciendo el ceño.
- Porque ya no está en mi vida.
- Si tan perfecta era, ¿por qué ya no está en tu vida? Si se suponía que nunca te dejaría de cuidar y...
- Porque no la cuidé yo- me interrumpió antes de que pudiera continuar-. Supongo que eso es lo que me ha hecho hablarte.- dejó de hablar durante unos segundos, pero al ver que no le respondíamos, continuó.-Mirad, cuando cumples veinte años y ves todo lo que te queda por vivir te acojona quedarte quieto. A mí me encantaba viajar con ella, me encantaba ver mundo con ella, compartir todas esas aventuras, mi vida, mis metas, mis proyectos. Incluso si ella no estaba en ellos, yo sabía que ella seguiría allí en Galicia cuando volviera. Nunca dudé de eso. El problema es que cuando somos tan jóvenes nos abruma absolutamente todo. Yo me acojoné y no tuve el valor de dejar que me acompañara más. La cagué, de verdad que lo hice. Muchos días cuando me levanto, mientras me preparo el café, pienso: Joder, ¿y si yo nunca me hubiese ido? Pero es absurdo pensar en cosas que no han sucedido, en futuros hipotéticos que por algún motivo concreto no han llegado a ver la luz. No hay día en el que no me arrepienta de muchas de las decisiones que tomé. Supongo que hablar contigo ha sido una forma de recordarme a mí mismo lo estúpido que fui dejándola atrás, y me imagino que solo buscaba, de algún modo, volver a estar cerca de ella, de lo que sentí cuando estábamos juntos. Estar contándote esto es una forma de estar explicándole a ella lo mucho que me arrepentí cuando pasaron los meses de haberla dejado marchar. ¿Sabéis? - hizo una pausa y tragó saliva. Hubiese apostado todos mis ahorros a que se calló un momento porque estaba al borde de las lágrimas.- Las personas no vemos la suerte que tenemos hasta que esa suerte se convierte en nada. El mundo no se acaba cuando perdemos a las personas que queremos, continúa, pero hay algo que si se acaba en nosotros. Morimos, en parte, cuando dejamos de ir a alguien así. Además, alguien como ella. ¿Sabéis lo que cuesta confiar en las personas? Muchísimo. E incluso cuando he llegado a tener una relación o una amistad con alguien en quien he confiado mucho, algo me ha recordado que me faltaba una cosa, un pequeño detalle, un carácter especial, y ese algo era Nora. Nunca nadie va a acercarse a ser tan cariñosa o amable con los demás, ni siquiera tú, Noah, o sí. Quizá seas tú esa Nora de alguien, tal vez tú también luches siempre hasta el último aliento. Quizá alguien también te deje marchar, como hice yo, o no. Tal vez alguien sea un poco más honesto consigo mismo y mil veces más inteligente y te conserve. Porque mira que hay abrazos en el mundo, y personas llenas de carisma y amor, pero...Pero cuando tenía un puñetero mal día, lo único que me consolaba era saber que esos brazos iban a darme cobijo, que bajo esas pestañas habría unos ojos ilusionados que me recordarían constantemente que vale la pena pasar malas rachas, a veces, y que en la vida es inevitable. Nora sabía cómo hacer que me sintiera mejor cuando ni siquiera yo sabía qué estaba sintiendo en ese instante. Ella parecía que nunca se derrumbaba. 
- Si de verdad piensas todo eso de ella, ¿por qué no se lo dices?- le dije.
- Nora es feliz ahora- apartó un momento la mirada de nosotros y la dirigió al mar.- Ha encontrado a alguien que, según ella, sí que sabe verla. Y él no se ha ido. Supongo que para ella eso es suficiente. 
- ¿No lucharías por recuperarla? -Amelia intervino. 
- ¿Y qué le digo? ¿Que lo deje todo para venirse conmigo? ¿Con la persona que le hizo daño? 
- No tienes que decirle que vaya contigo, solo la verdad- le dijo Rubén.- Y puede que así entonces se dé cuenta de que lo sientes. 
- Sé que es tarde- Adan se negaba a cambiar de opinión.
- ¿Si pudieras volver a tenerla sabrías cómo hacer las cosas?- Teo le interrogó, no solo con sus palabras, sino también con los ojos.
- Nadie sabe qué nos depara el futuro. - dijo con el ceño fruncido. - Pero sé que no la perdería otra vez.
- Te daría miedo volver a cometer los mismos errores- espetó Rubén.- Porque no te perdonarías volver a huir, volver a hacerle daño. 
- Parece que entiendes la situación- contestó Adan-. Pero más que miedo a volver a hacerle daño es miedo a no merecerla. 
- Si Nora fue eso que dices para ti, estoy segura de que tú también has marcado un antes y un después en su vida- respondí tras haber estado un rato callada y distante.- Tal vez solo deberías vivir, decirle lo que sientes, arriesgarte y luchar.- Miré rápidamente a Rubén, como si en el fondo, el mensaje también fuese dirigido a él-. Quizás deberías aprender de Nora- volví a mirar a Adan.- y no tirar la toalla hasta el final. 
- Sabía que tenía que sentarme a hablar contigo, Noah. Te pareces mucho a ella. Y...gracias.- les miró a todos.- De verdad. Quizá tenéis razón. Tal vez sea hora de afrontarlo todo.
- ¿Vas a hablar con ella?- pregunté con esperanza. 
- No voy a estar un segundo más lamentando haber perdido.- sonreí al escuchar su respuesta.- Si tú piensas así, seguro que Nora piensa parecido. Esta vez la cobardía no llevará mis apellidos. Esta vez no me rendiré. 

Sonreí mientras lo veía alejándose tras haber pagado su cerveza. Instantes después de que se marchara, Amelia dijo que le parecía surrealista lo que acababa de pasar, pero reía a carcajadas. Teo sonrió furtivamente y miró a Rubén. Supongo que a él también se le hacía familiar aquella historia. Rubén me miró a mí, sin saber qué decir, con los ojos perdidos y preocupados. Yo solo miré hacia el mar, pensando en si dentro de ese silencio y tranquilidad, de esas olas calmadas, encontraría fuerza y respuestas. ¿Y si la vida nos había puesto en ese preciso instante esa conversación en esa mesa, con ese hombre, para que nos diésemos cuenta de muchas cosas? ¿Y si las casualidades eran destino esta vez? Algo había cambiado en el ambiente. Supe que a partir de ese día, algo sería diferente, aunque mi instinto no acababa de descifrar si para mal o para bien. Le di un sorbo a la cerveza para acabármela, aunque hice una mueca de asco al descubrir que ya estaba caliente. Amelia se rió mientras se bebía su agua fresca y Teo me miró sonriente. Aunque Rubén estaba ensimismado, alzó la mirada y se río también. Yo me sonrojé ligeramente:
- ¿Siempre os tenéis que reír de mí? 
- No te quejes, que hoy te has tenido que sentir halagada- espetó Teo.- No todos los días le dicen a uno que es increíble, eh. Y menos sin conocerte de nada.
- Calla, anda- le frené. No me gustaba llamar la atención, en absoluto.

El atardecer estaba llegando a su fin, a la noche le faltaban segundos para salir a presidir el cielo. No había sido una tarde más, había sido una tarde que yo necesitaba. Y ni el tiempo, ni el paso de los días serían suficientes para adivinar qué pasaría después de eso. Lo único de lo que estaba convencida era de que algo entre Rubén y yo había cambiado y que, antes o después, yo iba a tener una conversación con él. El tiempo hablaría por sí solo, porque aquel día nos había dejado sin palabras. 



sábado, 11 de agosto de 2018

No se me da bien rendirme, no.




- Déjame solo, por favor. Necesito pensar. 
- Sí- respiré profundamente-. Si necesitas hablarlo o simplemente....no sé, yo...- hice una pausa para reconfigurarlo todo, para saber qué era lo que quería decir en realidad, pero no supe cómo continuar-. Lo siento. 

Cerré la puerta tras de mí, de forma delicada, inconscientemente, para no hacer ruido. Me marché mirándome los pies mientras caminaba en línea recta. El camino de cinco minutos se me hizo tan largo que cuando llegué a casa sentía que llevaba días caminando en la misma dirección. Me tumbé en la cama pensando en dejar la mente en blanco, pero fue prácticamente imposible porque miles de imágenes empezaron a acumularse en mi cabeza, gritándome, queriendo salir. Cerré los ojos mientras le daba al play a cualquier canción de Izal, ni siquiera recuerdo cuál empezó a sonar. 
Entonces, en ese preciso momento, fue cuando miles de frases empezaban a salir de mi boca, cuando se me ocurría qué le podría haber dicho, cuando por fin tenía las respuestas a sus preguntas, o al menos lo que yo creía que podía ayudarle. 
En ese momento fue cuando deseé con todas mis fuerzas que él hubiera sabido que ni siquiera era tan importante aquello que le agobiaba. Le habría dicho que somos jóvenes locos y que no hay peor enemigo que uno mismo cuando nos lo proponemos. Le habría hablado de las pequeñas cosas que cambian el rumbo de todo, de los milagros inesperados, de la suerte que tiene teniendo la vida que tiene, sin siquiera saberlo. Le habría hablado de ese destino que ahora bautizo llamándolo casualidad, de lo pequeño que es el mundo y a la vez la inmensidad que lo sostiene. 
Me habría encantado cogerle la mano unos segundos de más, haberle abrazo mientras dormía, haberle besado en los labios después de decirle que no pasaba absolutamente nada porque yo siempre iba a estar ahí. Ni siquiera le dije que iba a esta ahí. Ni siquiera supe qué pensar. 
Me sumergí en la idea absurda de dejar de pensar justo cuando cambió la canción. Entonces sonó la frase de bienvenida a casa, pequeña gran revolución y entendí que yo estaba aprendiendo a darle la bienvenida cuando él aún no sabía si yo iba a ser esa pequeña gran revolución. Me mordí el labio, suavemente, inconscientemente, al recordar el sonido de los cuerpos juntándose tras el cristal. 
Ojalá no estuvieses confuso, pensé. Ojalá nunca más hubiera ningún obstáculo entre nosotros. Ojalá, y cómo no, las cosas fueran más fáciles. Él sabía que las cosas eran difíciles y yo me empeñaba en avanzar. Me mojaba con la tormenta, me bañaba en ese agua incierto y provocador, mientras él miraba asustado desde el otro lado de la acera, saludándome con la mano. Me hubiese gustado decirle muchas cosas que no le dije por inseguridad mía, por pensar que iba a incomodarle, por no empezar a hablar de lo que uno siente cuando sabe qué está sintiendo. Me hubiese gustado que todo fuese como planeó, aunque para mí, que esos planes no fueran exactamente iguales como él imaginaba, no fuese nada malo. Quizá para él sí lo fue.
Me hubiese gustado quedarme cerca del abrazo que rompe gravedades y repone risas, pero supe dejarle solo con su mente, supe darle el espacio o tiempo que necesitaba. Me quedé con las ganas de decirle que yo podía luchar y esperar lo que hiciera falta, que con él nunca se me dio bien rendirme, que he aprendido que algunas batallas se libran solas. Que por un segundo de risas vale la pena jugarse la espalda. Que mi valentía es mi mejor amiga y en ocasiones hace las paces con la pena, y vienen a verme. 
Si me hubiese quedado allí, justo en su cabeza, le habría dicho que no tema a nada. Que solo así se abrirían las puertas y podríamos salir a flote. Pero no le dije nada, solo miré sus ojos callados y asumí que en ese preciso instante nada de lo que dijera cambiaría su pensamiento. 

Ojalá mi abrazo pudiera salvarlo de todas las tempestades, aunque suene soñador y tremendamente irónico. Ojalá no le hubiera traído dudas, miedos, relámpagos. 
Ojalá fuese todo tan fácil como aquella vez en la que un Ven le ganó el pulso al No sé. 





jueves, 9 de agosto de 2018

514



Es un susurro gritado, la paz sobre unos hombros, un destino gracioso y complejo que nos recoloca donde cree que debemos estar. Hace tiempo que dejé de creer en el destino, que empecé a creer en las coincidencias, en las casualidades. Aunque debo reconocer, aunque me moleste hacerlo, que a veces vuelvo a creer en él. Me pregunto por qué me ha llevado por este camino, en qué dirección querrá que vaya, qué opción me hará escoger. Es curioso cómo el ser humano otorga la responsabilidad de decidir a un ser mayor y omnipotente al que llamamos destino; como si así pudiésemos dejar de elegir, de ser responsables de las decisiones que tomamos. Yo he dejado de creer en el destino porque he empezado a pensar que el mío lo he construido yo. Que soy una acumulación de decisiones absurdas, importantes, acertadas y erróneas que me han traído hasta aquí. Mientras se me pasa todo eso por la cabeza, te miro. Y me cuesta muchísimo ver que es real. Siento, por un momento, como si hubiese recogido una fracción de nuestra historia del pasado, la hubiese idealizado, y la hubiese traído aquí conmigo, hoy. Un sueño construido a medida para este momento. Pero eres real. Y estás aquí, justo delante. ¿Qué está pasando? ¿Por qué se nos abalanzan un montón de preguntas sin respuesta? ¿Por qué siento que esas dudas y esos miedos nos sacuden y nos traen a la realidad? No lo sé. Decido no pensarlo, porque quiero disfrutar el momento, porque decido tenerte en ese instante, porque elijo que solo somos tú y yo, que todo lo que está fuera de esas cuatro paredes no existe. Ni siquiera el futuro, ni las decisiones, ni los horarios, ni las explicaciones. Ni lo que vendrá después.
Tu piel sigue siendo tu piel, huele exactamente igual que la última vez que te había abrazado. Parecemos las mismas personas y, sin embargo, noto cuánto hemos crecido. Quizás debíamos crecer para llegar hasta aquí. Quizá era necesaria la distancia, tal vez estemos más cuerdos o nos importe todo menos de lo que debería. Quizá somos mejores. Quizá. 
Me gusta estar aquí. Y no lo disimulo. No, porque no me sale. No, porque en un pasado ya lejano lloraba pensando que jamás volvería a saber de ti. Y de repente, otra vez, a dos centímetros. Risas. Anécdotas absurdas. Tú escuchándome, haciéndome ver que te importa, aunque en el fondo sé que hablo demasiado. Esas pequeñas cosas. Una caricia a destiempo, un abrazo largo, un beso que pausa. Uno, tal vez, que cambia mucho, o deja todo exactamente donde debe estar.

Alejados del mundo, tal vez de la realidad, unas horas.
Me gusta estar aquí. Por un momento, no somos personas con nombres y apellidos, por un instante, solo hay una historia. Y ya no importa quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos hecho o dicho, o decidido en un pasado, porque solo somos dos fragmentos de universo concentrados en un espacio de veinte metros cuadrados, con truenos de fondo y un abrazo infinito. Porque me da igual lo que juzgarían unos ojos desde fuera, yo aquí dentro te miro y me resulta increíble lo mucho que alberga un corazón por mucho que pasen los años. Y me resulta indiscutible el hecho de que siga habiendo algo que nos une, llámalo química, energía o conexión.
Tengo veintidós, y cuando miro directamente a tus ojos esa niña de dieciséis me recuerda por qué después de tanto tiempo yo seguía pensando que algún día podríamos cruzarnos de nuevo.

Y no fue el destino esta vez,
fui yo, desafiando las leyes de la gravedad, del tiempo y el espacio,
desafiándome a mí, desafiando al pasado,
sabiendo de antemano que no sería fácil,
conociendo ya que cabía la posibilidad de que todo fuese confuso,
sin saber que las cenizas de una historia que ambos habíamos archivado en nuestras memorias podían convertirse en llamas y que todo ardería de nuevo. 




No somos valientes.

Podría haberlo publicado aquí, pero este texto merecía ser pronunciado. Así que poneos cómodos, que hoy no os toca leer, solo escuchar:  ...