sábado, 28 de julio de 2018

900.

Dicen que nuestras vidas se construyen a partir de momentos. Que solo aquellas personas que nos hayan regalado momentos mágicos serán los que marquen un antes y un después en nuestras vidas. Dicen muchas cosas. Yo sinceramente creo que elegimos a esas personas que nos cambian. Y no es que las elijamos expresamente, nadie entra a una sala por primera vez y señala a alguien diciendo: "tú, sí, tú, estás a nada de cambiarlo todo". No, las cosas no van así. 
Esas personas nos llegan en momentos inesperados. Esas personas acabarán siendo tus mejores amigos, tu pareja, o no sé, alguien que haga que merezca la pena el tiempo, el dolor e incluso la tragedia. Estamos destinados a perder a algunas de esas personas que nos marcan, condenados, más bien, a ello. Por el contrario, paradójicamente, algunas de esas personas parecen caminar a tu lado, aunque estén muy lejos, paralelamente, conforme pasa el tiempo. Algo así me pasó contigo. Sentí que jamás íbamos a volver a hablar, ni reírnos juntos, pero pasó. Sí, es cierto, conscientemente somos parte de esas decisiones, pues las tomamos nosotros. Ese hola que lo cambia todo, esas reacciones que marcan nuestras próximas decisiones. Somos un cúmulo de interruptores que van hacia arriba o hacia abajo dependiendo de la circunstancia. Contigo encendí las luces sin saber qué iba a encontrar cuando toda la habitación estuviese iluminada. Lo más curioso es que te encontré a ti, sin más. Limpio, sencillamente tú, transparente. Todo lo que ya no esperaba encontrar, ni pensaba encontrar, lo encontré. Fue grandioso ver que a pesar de que habían pasado más de 900 días tus ojos seguían teniendo la misma forma, tu voz, el mismo tono, tus manos, los mismos nervios, tu risa, la misma armonía. Sentí que jamás me había ido, y lo más curioso de todo es que sentí que tú tampoco. 
No sabría explicarle a nadie qué cambió en mí tras la primera conversación, ni tras la primera vez al verte. Fue como si de repente entendiese muchas cosas, como si recordara otras. Fue sentir que una parte de ti jamás había dejado de alimentar a esa parte de mí que vagaba por tus recuerdos. ¿Sabes qué es lo más increíble de toda esta historia? Que parecemos mucho mejores de lo que fuimos. Y mira que la otra vez salvamos el mundo, eh. Quizá es porque hemos aprendido a salvarlo por separado, y esos poderes increíblemente grandes se han hecho incluso más fuertes cuando los juntamos. O quizá es que necesitábamos crecer para entender el mundo. De todos modos, lo prefiero así. Alocadamente lógico. Una parte de mí agradece todo lo que tuvimos que pasar para entender esto. La otra, siente mucho todo el daño que nos hicimos. No lo sé. Aún me cuesta creerlo, a veces.
Pero es sincero, lo que nos sujeta. Es real. 




Y eso es lo realmente increíble. 


viernes, 27 de julio de 2018

A vosotros, por vosotros.



Hoy os escribo a vosotros, aunque sé que no me leéis, pero merecéis estas palabras. Os voy a contar un secreto. Uno de esos que jamás deberíamos contar porque nos exponen, uno de esos que nos hacen evidentes, de esos que nos desnudan ante los demás. 
No sé si estoy lista para teclearlo, pero ahí va: No soy fuerte. 
Nunca he sido fuerte. ¿No os habíais dado cuenta antes? Puede que tú, persona que estés leyendo esto, persona que no me conoce de nada, no te sorprendas en absoluto. Mis amigos sí. Lo estoy tecleando porque de verdad necesito que lo sepan. Necesito que entiendan que no siempre pude ni quise ser fuerte. Cuando me miraron horrorizados ante la situación que les explicaba, cuando sus dedos apuntaron, juzgándome, directos a las pupilas y dijeron, literalmente, que les parecía imposible que yo hubiera permitido X cosas, lo entendí. No sabían eso de mí. Yo siempre les había mostrado esa versión huracán de mí. Esa Noelia decidida, impulsiva, rabiosa, nerviosa y eficiente. Les había dado siempre esa versión de mí. La que aconseja a todo el mundo lanzarse directos al vacío, a por sus sueños, aunque el precipicio y la hostia se oliesen a kilómetros. Claro, todo tenía sentido. Para ellos yo era la voz de la conciencia, la imprudente pero sensata chica que siempre se guía por su corazón y jamás flaquea, aquella que no se deja pisar, aquella cuyos principios son incluso más grandes que su propia voz. Pero os he fallado. Os he fallado en muchas ocasiones, en demasiadas. No siempre he sido esa chica que dejaba que vierais. A veces me escondía para llorar, en mi habitación, bajo las sombras de todo aquello que no me permitía salir. A veces os decía que estaba bien cuando me preguntabais que qué tal, pero no lo estaba. Mi fallo fue jamás pedir ayuda. Mi error fue hacerme la fuerte sabiendo que no lo era, en absoluto. Sé que os fallé. Que hubieseis esperado de mí una gloriosa historia, una armadura, que jamás dejara que nada ni nadie me pasara por encima. Y mientras yo fingía que no me rompía en cristales, me iba deshaciendo, me iba muriendo. Y jamás os lo dije. Jamás me lo dije. Solo lo escribía, de vez en cuando, en entradas de blog que borraba antes de publicar, en alguna metáfora estúpida que solo yo entendía y que incrustaba en mis textos, en millones de papeles que encontré el otro día guardados en mi armario. Siempre a vuestras espaldas, jamás yendo de cara, nunca diciéndoos cuáles eran esos miedos, por qué ya no era fuerte.
Nunca os conté nada. Cuando quedábamos siempre intentaba hablar de vosotros y no de mí, porque yo quería que creyeseis que no había nada que solucionar. Joder, ese fue mi fallo. Si os lo hubiera contado, si os hubiese hablado de mí, de mis temores, de mis precipicios, de las inseguridades, de aquello que sabía y jamás admití...podríais haberme ayudado mucho antes. Pero no lo hice, no grité. Intenté salir sola, y lo hice, pero rota, probablemente el doble. Ojalá os hubiese pedido un abrazo, ojalá os hubiese gritado auxilio. Ojalá no me hubiese engañado tanto tiempo a mí misma. Ojalá no haberme sentido culpable por sentirme así, por dejarme así, por quererme tan poco y tan mal. 
No sabéis el bien que me hizo contaros todo lo que había estado oprimiendo en el pecho, no sabéis lo liberada que me sentí cuando ya no me aislé. ¿Y si os tenía a mi lado porque luchaba contra mí misma? ¿Por qué no me apoyé en vosotros? 
Os pido perdón. Sé que os hice daño callándome mucho, evadiendo mucho. Sé que lo hice mal. Os merecíais la verdad y no os la di hasta que no estuve preparada. Ojalá hubiera estado preparada antes. 
Recuerdo cuando mis tres chicas favoritas, mi triple A, intentabais sacarme el tema alguna vez. Una más directa que otra, dejabais caer lo que pensabais, con cuidado, con cautela, alguna vez. Estuve a punto de contaros lo que sentía, a las tres, en varias ocasiones. Sin embargo, jamás lo hice. Sé que después saber toda la verdad os decepcionó, os dolió. Sé que, en el fondo, no os esperabais eso de mí. Me siento culpable porque lo vi en vuestros ojos cuando os lo contaba. Me mirabais pensando en qué me había llevado a mí a actuar de ese modo, cuando yo era la primera que siempre decía lo que sentía. Las tres reaccionasteis igual. Fuisteis los pilares de mi vida, como seguís siendo, y lamento muchísimo que tuvierais que verme así, que tuvierais que tragar por mí, que os aparatara tanto de mí misma por miedo a que me descubrieseis. 
Y tú, T, que ni siquiera te habías dado cuenta de la tristeza que albergaban mis ojos, que te creías mis todo va genial, también percibí la decepción en tu rostro cuando te expliqué en qué me había convertido. Me abrazaste y me rompí en mil pedazos porque me dolió muchísimo saber que podías haberlo escuchado antes, que podrías haberme salvado antes con tus palabras de haberlo sabido. Te debo tantísimo que no sé ni por dónde empezar. Nunca te has ido, siempre estuviste ahí, en todos mis logros, en todos mis fracasos, y me sentí una tremenda gilipollas por no haber contado contigo para liberarme. Siento muchísimo que tuvieras que saberlo tan tarde, cuando ya no podías hacer nada para salvarlo todo. Aun así tus ojos no me juzgaron en ningún momento, y no sabes cuánto agradecí ese gesto noble de tu sonrisa triste inclinándose a un lado. Gracias mil veces. Gracias porque sé que siempre estarás aquí, independientemente de dónde vivamos y quiénes seamos. Siempre te querré y espero que no te olvides de mí cuando estés a kilómetros de aquí, si es que llegas a dejar Barcelona.
También lo lamento por ti, M, que jamás te conté nada, que te entendí con la mirada la primera vez que dejé todo ir. Mi eterno retorno, te debo también mucho. Y sé que siempre, siempre, siempre, estarás aquí. Siento no haberte pedido ayuda, siento haber disimulado tantas veces, haber rechazado tantos planes, tantas propuestas solo por miedo a alguien. Lamento no haber exprimido el tiempo que hemos tenido solo por represión. Siento que todo haya pasado tan tarde, pero tu abrazo siempre me recordará que el futuro, por muy incierto que sea, tendrá lugar para nuestras aventuras.
A ti, superviviente, gracias por acogerme cuando no tenías ni por qué abrir la puerta. Por leer ese mensaje, por quererme en tu vida, por tomar decisiones. Lamento no haberte dicho antes todo lo que pensaba, y sobre todo lamento no haberte pedido perdón antes. Sé que la historia es compleja, pero no te merecías eso. Siento que hayamos tardado tanto en encontrarnos, pero a la vez también siento que quizás tenía que ser así. Ojalá hubiésemos podido tener todas esas conversaciones que estaban pendientes, en el aire, antes. Lamento esa distancia que creamos. Lamento no haberte tenido en muchos momentos en los que necesité de ti. 
A vosotros, J y D, que sois tan recientes en mi vida, pero en los que confío tanto. Lo visteis todo de cerca, y solo lamento no haberos contado antes todo lo que se cruzaba en mi mente. Sé que fue duro para vosotros saberlo todo, y no sabéis cuánto agradezco que no me hayáis soltado. Debí haber expuesto antes todo aquello que me llevaba al delirio, debí haberme apoyado en vosotros.
A mi familia. Qué deciros. Cuántas advertencias, cuántos mensajes vacíos, cuántas veces os ignoré. Y más después de aquel viaje. Mamá, tú me avisaste, pero jamás te escuché. Habéis vivido mis miedos de cerca, y por suerte, me consuela saber que no estoy loca, porque vosotros también habéis formado parte de esa historia. Lo siento muchísimo, sé que sufristeis por mí. Sé que me equivoqué. Sé que os hice daño cuando ignoraba todas las señales, y sé que os defraudé porque esperabais más fortaleza por mi parte. Lamento haberme dado cuenta tan tarde, de veras que lo lamento.

Sé que si leyeseis esto me diríais que no me preocupara, que es pasado, que lo importante es que ahora todo gira en el sentido correcto, que no importa. Pero si os soy sincera necesitaba escribir esto, porque muchas noches me quedo en la cama dando vueltas, pensando en muchos momentos que guardé en mi mente y por los que me siento tremendamente culpable. En el fondo me alegro de que ninguno de vosotros vaya a leer esto, porque aunque es totalmente cierto, lo estoy escribiendo la madrugada de un viernes a la 1:35. Me reñiríais por estar pensando en esto en vez de estar relajada disfrutando de una película, lo sé. Pero os debía esta conversación. Y aunque os haya pedido disculpas a todos, mirándoos a los ojos, siento que una parte de mí siempre se sentirá quebrada por esto. Quizá no le encontréis sentido alguno, pero sin vosotros yo no habría podido recuperar la confianza en mí misma. Y eso sí que no se puede agradecer con palabras.


Nunca tendré abrazos suficientes. Ni palabras.



domingo, 22 de julio de 2018

delirios de una noche cualquiera.

[Solo las personas capaces de aceptar que son diminutas e insignificantes ante el universo son las que merecen contemplar la grandeza del manto que les protege. Es de valientes saberse frágiles y aun así pelear por descubrir quiénes somos]


Si encontrase palabras para definir una risa magnética, 
para hablar sobre el color de unos ojos,
para describir a qué sabe el cielo, 
os juro que escribiría. 
Si pudiese hablar sobre los momentos diminutos,
si pudiese detallar la cercanía, 
el roce eléctrico de unas manos apretando suavemente las caderas,
os juro que escribiría. 
La brisa fugaz que rodea el espacio-tiempo que creas con la voz,
ese mundo que agrandas con tu abrazo
y encoges con tus palabras;
si hubiese palabras que hablasen de todo eso, os juro que escribiría. 

En cambio no encuentro el verbo que conjugue el presente con tus manos, ni encuentro léxico suficiente para definir a qué juegan tus dedos, ni hay gramática capaz de ordenar el caos que dejas en mí tras cada asalto. No hay sintaxis que detalle y adivine qué, cómo, por qué. 
Y lo más sorprendente es que no me frustra- y como filóloga, debería- el hecho de no encontrar la forma de explicar qué está pasando. 

Es parte de la magia,
de dejar pasar las cosas, la vida,
que las palabras toman una mayor velocidad. 
Que te llevan ventaja, que son más inteligentes, más rápidas,
que se esconden para que no las encuentres y así no puedas explicar al mundo qué significan. 
Que me has dejado sin diccionarios ni manuales,
que ya no sé explicarles qué está pasando en mi cabeza,
ni mucho menos qué estoy sintiendo en el pecho. 




Que sí, que es muy fácil. Que es la primera vez en años que me siento a escribir por gusto y no porque necesite hacerlo. Y joder, eso es mucho para alguien que se ha pasado la vida desahogándose en el papel, huyendo de las voces amigas, refugiándose del dolor en sus propias letras. 
Y no, no digo que nunca más vaya a pasar. Digo que justamente ahora, aquí, en este preciso instante, escribo porque me gusta, porque me nace, porque quiero. Y por primera vez en años, rompo la distancia con esta hoja en blanco y la abrazo sin perder el norte. 


Esto es más de lo que habría podido pensar cuando empezó el 2018. 









viernes, 20 de julio de 2018

Mi etiqueta de advertencia.




Quizá todo sería más fácil si las personas viniésemos con etiquetas de advertencia. Algo así como un aviso: Si me tocas los pies, me harás cosquillas o algo así como a veces soy insegura y lo disfrazo con una seguridad aparentemente inquebrantable. Sería bonito saber que nadie va a tocar entonces esos puntos débiles, que estarán advertidos. Pero qué aburrido sería preconocerse, saber de antemano qué va a hacer estallar a la otra persona, qué le enfada, qué creencias tiene, qué considera injusto o irreal, ¿no? 
Si una etiqueta te dijese que mi mes favorito del año es enero, que amo comer kiwi y lo valoro muchísimo porque de pequeña no podía comerlo ya que me daba alergia y me salían pupas en la boca, que mi momento perfecto del día es justo cuando anochece y el cielo es naranja, que odio las despedidas pero siempre las alargo porque así creo que nunca llegarán a cumplirse, no tendría gracia, porque nunca podrías descubrirlo. No te sorprendería ver mis ojos brillantes cuando empezaran a poner las luces de navidad y paseáramos de noche por las calles, ni te reirías de mí cuando en el supermercado llenase una bolsa entera de kiwis hasta llegar a los dos kilos, como tampoco verías una sonrisa fugaz en mi rostro cuando fijase los ojos en un anaranjado cielo. Si hubieses leído esa etiqueta, sabrías que he sufrido mucho y siempre por el mismo motivo: entregarme cien por cien y dar mi confianza a alguien que acababa siempre defraudándome, ya sea en la amistad o el amor. Incluso en la familia. Mi etiqueta te habría chivado que me da miedo hablar de amor, que rechazo las clasificaciones por temor a precipitarme, que la última persona que estuvo en mi vida me hizo creer que no valía tanto como yo sabía previamente que valía y eso me ha hecho desconfiar de mí misma. Sabrías ya cómo me gusta el café, cuál es mi sabor de pizza favorito o que no me separo de mi guitarra, mi ukelele y mi libreta de composiciones ni queriendo (ah, y que amo hablar de mi perro y hacerle fotos). Sabrías ya de sobras que adoro la literatura, quizá con la misma intensidad que la música, y que no me quito la poesía de la cabeza ni con grandes esfuerzos (aunque tampoco es que lo haya intentado). También conocerías esa parte oscura y triste de mí que se pone en modo melancólico algunos días de lluvia. Sabrías que viajar es uno de los cables que me conectan con la vida y que para mí, antes de echar raíces (uf, qué lejos eso de tener hijos, ¿no?) es fundamental haberme visto el mundo entero (al menos haber viajado a todos y cada uno de los continentes). Sabrías que me acojona la infinitud del mar y a su vez, me gustaría vivir siempre cerca de él. Que amo mirar lo verdes que son esas montañas altas y grandiosas que nunca dejan de asombrarme y me hacen sentir pequeña. Si leyeses esa etiqueta de advertencia sabrías que me resulta fácil confiar en los demás y que eso me hace frágil e ingenua. Que me doy mucho más de lo que debería incluso con personas que no me devuelven ni un 50%. Que soy cariñosa, pero a veces me vuelvo fría y distante porque la inseguridad me toma de las muñecas y me detiene. Que sigo siendo una niña y lo verás en mis ojos cada vez que te cuente algo que me entusiasma. Esa etiqueta te chivaría que los abrazos por detrás están en mi top 3, y que delante de estos vienen los abrazos por sorpresa y los abrazos fuertes y eternos. Sabrás que no me gusta el peligro, pero sí la aventura. Conocerás esa parte madura de mí que se cansa de las fiestas cuando lleva ya hora y media bailando, sabrás que no fumo, pero que me hace sentir viva acompañar una cerveza o una copa con un cigarro de vez en cuando, solo rodeada de gente y en momentos muy fugaces. Sabrías, también, que mis amigos son mi familia y que sin ellos no sería nada.
Mi etiqueta te habría contado ya mi obsesión por los piercings y los tatuajes, mi gusto peculiar por la moda femenina y el maquillaje. Sabrías que escribo desde mucho antes incluso de ser consciente de que lo hacía, que mi obsesión por leer me la otorgaron unos cómics de las Witch y un profesor novato, cuando yo tenía 12 años. Si leyeses esa etiqueta sabrías justamente dónde darme para hacerme daño, y también qué cables tocar para manejarme emocionalmente; sabrías cómo desconectarme de mí misma, cuáles son mis miedos más profundos, aquellos que jamás dije en voz alta. Si leyeses esa etiqueta sabrías que me acompleja mi pecho de 30x30, pero que dejó de importarme hace tiempo y lo amo centímetro a centímetro porque me hacen ser exactamente la chica que soy. Sabrías que soy una mujer segura, decidida, loca, impulsiva, pero sensata. Que amo escribir mi propio guion, y que por surrealista que parezca, siempre tengo la certeza de que mi vida podría ser como una película. Si leyeses esa etiqueta sabrías que me gustan mis hombros, mis caderas, mis piernas y que no me he acomplejado nunca por esas partes de mí. Sabrías que me siento sexy con prendas negras o blancas, que los pijamas me gustan más si no son conjunto y que ya nunca duermo con calcetines en verano (pero me he pasado veinte años haciéndolo). 
Si leyeses eso sobre mí ya sabrías que he estado fuera de España pocas veces, y que en esas ocasiones fui hasta Francia , Alemania y Malta. Que el resto de viajes siempre han sido cerca. Sabrías que me muero por pisar Japón, Madagascar (África) y, para qué negarlo, un sueño que nunca ha desaparecido de mi mente aunque me empeñara en borrarlo, Venecia. Sabrías que soy cursi y que me esfuerzo para disimularlo porque me avergüenza, que me encantan los batidos muy fríos en verano y que amaría tener una chimenea en la que refugiarme en invierno para leer. 
Si ya supieses todo eso de mí, antes de conocerme, quizá te alejarías por verme ingenua, inmadura, imprudente o...por haber visto ya todas mis heridas. Porque sí, estoy herida. Herida porque me falta aún mucho que perdonarme a mí misma, porque no hay peor rencor que aquel que uno guarda contra su propio yo del pasado, porque he cometido demasiadas estupideces como para salir intacta de todo. Sabrías dónde pisar para romper, pero también dónde acariciar para curar. Me verías a mí, frágil, expuesta, algo parecido a todo lo que soy cuando escribo, me abriría en canal para ti. Y quizás entonces verías también toda la lluvia que guardo en mis nubes, todo lo que no es sonrisa, lo peor de mí. 
Si tuviésemos etiquetas que explicaran a los demás quiénes somos nadie se tomaría la molestia de conocernos. Y lo que nos hace perfectamente imperfectos son esas taras que, hechas o no por nosotros, tenemos. 

Y quizá esas mismas etiquetas nos demostrarían, al fin, quiénes deciden querernos y acogernos realmente sabiendo a todo el daño que se exponen. ¿El amor no es eso? Saber que te vas a encontrar lo mejor y lo peor de una persona y estar dispuesto a aceptar también sus tormentas. ¿El amor no es darle el poder a alguien de elevarte y también de hacerte daño? ¿No somos humanos imperfectos que herimos sin querer a quienes amamos porque en el fondo siempre tenemos debilidades? Escribir qué pondría en mis etiquetas es de algún modo exponerme. Y quizás no sea un mensaje de advertencia, quizá solo sea un susurro en medio del silencio, una incógnita resuelta, una nota a pie de página que diga: Soy humana y estoy herida, pero también tengo cosas buenas. No soy la mejor opción, probablemente porque habrá muchas mujeres más fuertes, seguras y sensatas, pero aquí estoy. Con esos miedos, esas inseguridades, todo aquello que no me perdoné. Aquí estoy yo, real y decidida, con temores en los bolsillos, como casi todos. Y no siempre voy a jugármela, a veces me rendiré, porque soy humana. Pero eso me hace única y como ser único en este mundo me gustaría conocerte antes de leer tu etiqueta, porque me gustaría ver en tus ojos y notar en tu erizada piel cada sensación antes de leer quién eres. Porque me gustaría que fueses real, para poder ser real contigo. Porque no necesito leer en qué vas a fallar para aceptar tus errores, así como tampoco necesito saber qué va a hacer que quede prendada de ti. Y te pido que antes de leer mi etiqueta te preguntes si tú estarías dispuesto a querer a alguien que asume que va a equivocarse alguna vez, o que si por el contrario necesitas salir corriendo. 






viernes, 13 de julio de 2018

¿En qué piensas tú?



Un huracán lo revuelve todo mientras me miro las manos, nerviosa. ¿Que en qué pienso? 
Difícil pregunta. Pienso en que sigues caminando igual, aunque tus pies hayan pisado mil lugares más durante todo este tiempo. También en que todo parece tener el mismo olor y el mismo tacto. Y qué curioso es eso. Pienso en todas las veces que me repetía a mí misma que nunca más volvería a tener noticias tuyas. Pienso en aquella imagen borrosa que tenía de la última vez que nos habíamos hablado cara a cara. En el día en que nos despedimos sin saber que lo hacíamos, pero reconociendo, en el fondo, que era un adiós. El último mensaje agridulce que te mandé antes de borrarnos del mapa para siempre. Ese en el que te recriminé cosas que hoy no volvería a decir del mismo modo. Pienso en lo increíblemente grande que se había hecho el silencio. En todas las veces que había escrito sobre ti, en las noches en las que me preguntaba cómo estabas, si habías dejado de leerme. En todas mis preguntas sin respuestas. Pienso en todo eso. En que podríamos escribir un libro de ciencia ficción contando esta historia.  Pienso en todo y en nada. En que sería mejor no pensar. En el miedo que se me agarra en las costillas. Pienso en lo que dijiste aquella noche, pienso en tomar decisiones, en dejar de tomarlas. En lo poco que cabe en mis palabras, en lo mucho que digo sin decir nada. Pienso en lo transparente que soy, en que me da rabia que se me note absolutamente todo. Pienso en que ojalá pudiera ser más como tú, y hacerme mil preguntas a las que buscar respuestas, y disimular tan bien que no se me notara absolutamente nada de lo que sintiera. 
Pienso en lo absurdamente bonito que es que yo esté aquí, en lo que había echado de menos hablar de nada y todo a la vez, contigo;  en lo importante que llegan a ser para nosotros las personas que nos marcan. Pienso en si yo también soy así de importante para ti. 

¿Que en qué pienso?
En que me estoy riendo sin inmutarme, en que las horas han pasado demasiado deprisa, 
en que tus ojos no me responden cuando pregunto que qué piensas tú. En por qué dices que no estás pensando nada. Pienso en si serás sincero, y me respondo a mí misma qué es lo que creo que piensas tú: Y en mi mente te veo cuestionándote la vida, temiéndole a las ataduras. Me dan ganas de decirte que conmigo no estás atado a nada, que para mí ser libres es la primera ley. Y me imagino que piensas en las veces que nos fallamos, pero sobre todo, en las veces que lo hiciste tú. Y te imaginas a ti mismo recreando la misma situación, despidiéndote de mí, otra vez. Te imaginas no pudiendo dormir por las noches, preso de la ansiedad y desesperanza. Te ves, de nuevo, parado justo en medio de la nada, y te acojona que el mismo huracán vuelva a revolver y destrozarlo todo. Te ves de nuevo hiriéndome y se te acaba el aire, la culpabilidad te asfixia y te encoge. Me imaginas llorando, porque crees que de nuevo podrías romperme, y eso te frena y hace que retrocedas quince metros. 
Piensas en lo difícil que es, en lo reciente y antiguo que resulta, en que sigo siendo la chica que escribió demasiado sobre ti. 

Ese pensamiento recorre mi mente unos segundos, y cuando estiras la mano yo cruzo mi meñique con el tuyo y sonrío, porque a pesar de que imagino que piensas todo eso decido creerte cuando me dices que no, que todo está bien. Veo el miedo en tus ojos, pero decido dejarte flotar. No me gustaría jamás arrancarte una palabra que no quieras pronunciar, obligarte a tomar decisiones. Me gustaría que caminases con la libertad del que sabe que puede alzar el vuelo cuando sienta que debe hacerlo, me encantaría que me mirases y vieses en mí a la chica que intentó algún día acompañarte durante ese camino- a veces tan duro- que te conducía hacia esas metas tan ambiciosas. Y me pregunto si sigo siendo el hombro en el que descansar tus penas, tus dudas; si mi voz sigue teniendo efecto tranquilizador en tus oídos, si en mis ojos ves algo más que aquella chica con la que compartiste sueños. Si yo también he crecido para ti. Si sientes que en el fondo, muy en el fondo, nunca nos despedimos del todo. 

Ya no pienso en nada,
porque no puedo pensar en nada,
porque no quiero pensar en nada,
porque sé lo difícil que es pensar
hacerse preguntas
para las que aún no hay respuestas,
luchar contra la duda y mis tormentas. 
Por eso ya no pienso,
por eso, si noto distancia,
me alejo. 
Porque estoy dispuesta a marcharme si me pides que lo haga,
porque nunca he sido egoísta, y mucho menos lo sería contigo.


Porque en el fondo entiendo tu miedo,
y en el rincón más sentato y prudente de mí
estoy sintiendo exactamente lo mismo. 
Dudas, tormentas, fuego.



martes, 10 de julio de 2018

Trozos de yo qué sé, guardados no sé dónde.

Imagen S. Herranz

He dejado migas de pan en el portal, por si alguien olvida que ahí viví yo. ¿Sabéis? Hace tiempo que dejé de querer alzar el vuelo, quizás porque le he cogido miedo a las alturas. Es absurdo que lo diga yo, esa que se tiraba sin paracaídas desde precipicios gigantescos, esa que nadaba con la corriente en contra, la que había dejado de usar el GPS porque ya sabía encontrar el camino de vuelta.  
Me he hecho más débil, porque era imposible hacerse más fuerte. Cuando te acostumbras a la armadura y después te la quitas, no te la quieres volver a poner. Qué libre me siento sin ella, qué humana. El miedo ahora ya no es solo miedo, ahora cala hasta los huesos. 
Estoy desprotegida, otra vez en un mar infinito y profundo, otra vez visualizando una luz desde algún punto lejano, otra vez buscando el camino de ida a esa isla llamada destino. Otra vez, miro de lejos lo que no puedo tener cerca. 
Ahora, a corazón abierto, me expongo, aun sabiendo lo que supone que todos sepan qué sientes y puedan ir un paso por delante. Las desventajas de sentir tanto y decirlo mucho, son esas. Que todos le ponen apellidos a su dedo índice y te señalan, como diciendo: Mira, ya está otra vez escribiendo. Y la verdad es que no tienen ni puñetera idea de qué estoy hablando cuando hablo, pero creen que su capacidad de descifrar metáforas es superior a mi capacidad de sentir. Pero ya está bien así. Es mejor que crean que saben de qué hablo, porque así estarán siempre lejos de mi realidad. 
Me zambullo otra vez en mi propia voz, esa que me repite todas las noches: ¿Por qué fuiste tan tonta? Esa voz que me recuerda lo que todos me dijeron aquel día: No nos lo esperábamos, siendo tú, que permitieses que todo fuera tan lejos. Y yo les miro con los ojos bañados en agua y susurro: Por favor, no me lo repitáis más. No me decís nada que yo no me diga a mí misma cada noche, al irme a dormir. Sé que solo quieren asegurarse de que lo he entendido, de veras que lo sé. Sé que solo quieren que jamás vuelva a ocurrirme. Sé que lo dicen porque les resulta increíble que yo permitiese eso. Sé que están tan sorprendidos como yo, pero el castigo es algo que debo dejarme a mí misma. 
Voy a tardar mucho tiempo en perdonarme. No porque me resulte inconcebible la idea de reconciliarme conmigo misma, sino porque aún tengo muchas cosas que contarme, porque aún tengo muchas cosas que recordarme. 
Una parte de mí, la más honesta, piensa en que de todas las experiencias acabamos aprendiendo. La otra, la más cruel, piensa en que ojalá nunca hubiese tenido lugar esa desesperanza. 
Mi yo pasado me mira con tristeza, mi yo futuro me abre los brazos y me dice ven; mi yo, el de ahora, escribe esto sabiendo que solo yo me lograré entender. Perdóname, pasado, por no haberte podido susurrar antes lo que mi yo futuro no deja de recordarme: que solo vamos a poder vivir unos años en un universo infinito que seguirá existiendo una vez nosotros seamos polvo. Y que por ello, no deberíamos gastar los minutos saboreando el dolor, sino mirando hacia adelante, intentando cada día ser una mejor versión de la que hayamos sido. 


Qué bonito sería vivir con la seguridad de que nunca más nada nos va a doler, pero qué mentira contemplaríamos siempre si así fuera. El dolor me ha hecho ser esa niña terca y llena de ilusiones que aún escribe en la misma página en blanco que ensuciaba con sus letras a los dieciséis. El dolor ha hecho que me ría de todo, que brinde con sangría o cerveza, que sea la chica con la sonrisa mejor cicatrizada del mundo. El dolor que he experimentado durante mi corta vida me ha hecho ser esa estudiante positiva que les dice a todos sus amigos que aún hay esperanzas, que aún todo puede salir bien. La que tomó las riendas cuando aquel avión se le escapó, cuando todos estaban sumidos en la desesperanza. El dolor me ha hecho proteger a las personas que quiero, sacrificándome yo en muchas ocasiones. El dolor he deshecho mi egoísmo y me ha transformado en alguien altruista. El dolor que me ha atravesado en distintas ocasiones me ha hecho entender lo importante que es la risa de mi abuela, el olor a canela de los postres o el sabor frío de la cerveza. El dolor me ha hecho amar a quienes tengo a mi lado y también me ha hecho abrazarles en los momentos más frágiles y tensos. El dolor me ha demostrado que no soy el centro del universo, que muchas veces observaré desde un agujero minúsculo, a escondidas, lo que no me atrevo a ir a buscar. El dolor me ha hecho confiar en mí misma y también perdonar a las personas que alguna vez me dañaron sin querer. El dolor me dijo que le mirara a los ojos, y el día que me atreví a hacerlo, ya nunca más tuve miedo. 
El dolor me ha demostrado que da igual lo que nos alejemos de aquello que nos hace ser quienes somos, porque siempre acabaremos encontrando una manera de volver a nacer en nosotros mismos. 


Sin el dolor yo no estaría aquí ni sabría valorar lo que es el abrazo sincero,
la caricia de terciopelo,
el amor sin hielo,
la sonrisa templada,
el roce clásico,
la amabilidad permanente. 
Sin el dolor las seis letras de mi nombre no gritarían con fuerza
y yo hoy no estaría aquí. 
Sin el dolor no hay valor,
y el valor es todo lo que hoy tengo para mí. 




lunes, 9 de julio de 2018

10.000 segundos.


A 10.000 segundos.
Allí me iría. Solo a 10.000 segundos. No muy lejos, pero lo suficiente. 
10.000 segundos. Lo que tardo en desayunar, lo que tarda una caricia en tatuarse en la piel, lo que tarda el papel en arrugarse en unas manos vacías de intenciones. 
10.000 segundos. Se dice lentamente, pero pasa muy rápido. El tiempo suficiente para escaparnos de todo y todos, el que necesito para abrir mis alas.
Han intentado matarme. Han cogido todas esas letras y las han enviado lejos. Eso sí, de mi corazón no saldrán nunca. He soportado cómo me llamaban exagerada, cómo rebajaban mi dolor, cómo me gritaban e intentaban darme lecciones de moral, esas personas, las mismas que no saben ni manejar las riendas de su vida. He tenido que tragarme tantas cosas solo para poder poner un punto y final, para no hacer interminable la historia. 
Solo quería que terminase, que se callasen, que parasen, que me olvidasen. 
Solo quería que dejaran de culparme por algo que no hice yo, que esa condena solo estuviese en sus cabezas, pero no en mis oídos ni en mi sangre. 
A 10.000 segundos. Me iría muy lejos. Lejos donde no puedan alcanzarme, donde poder borrar esos grandes errores que he cometido, donde poder pensar en todo lo que habría cambiado de haber podido. 
Lejos, tan lejos, que nadie me encuentre. 
Allí donde yo soy solo yo, y alguien me abraza y me entiende. Allí donde alguien me mira inocente.
Allí, lejos, donde las señales no me tatúan veneno. Donde el pasado es solo un eco pobre y desgarrado que no alcanza mis oídos. Donde no existe esa Noelia manipulable y estúpida. 
Lejos. 
Muy lejos.
Donde soy guerrera, donde conduzco yo mi vida, donde me descarrilo solo si quiero, allí donde puedo ser yo misma.

A 10.000 segundos encontraré a esa chica de la ilusión permanente, a la inocente niña que creció a la fuerza pero sigue siendo cálidamente pequeña, os juro que la encontraré. A esa que no le teme a nada, la que baila con el miedo para vacilarle, la que no se da por vencida, la que persigue lo que sueña; esa Noelia que lleva por bandera que ser feliz es lo primero y lo demás vendrá luego. A esa , amante de la comida italiana y las prisas vencidas. Encontraré a esa niña que utiliza su voz para ayudar, aquella que soñaba con taparse con una manta las noches de tormenta para escuchar tranquilamente las gotas caer encima de los tejados. Esa cría que amaba el invierno, que se sentaba en la playa, aquella que sacaba a su perro por gusto, solo para recorrerse las calles con su música. 
Te voy a encontrar. A ti, que decías que nadie te podría parar los pies jamás, la chica que creía en el destino, en las estrellas pálidas, en el duro pero necesario silencio. A ti, que no te asustaban las alturas, a ti, que creías que alguien algún día lucharía por ti. 

A 10.000 segundos, 
sé que nos separan solo 10.000 segundos, pequeña,
sin embargo te noto tan lejos esta noche, 
que me asusta.
Deja tus dosis de realidad, tus dudas y miedos,
aparca esa soledad que se te clava en las costillas,
vas a vivir solo una vida,
hoy, aquí, ahora,
a 10.000 segundos.
Quién sabe si mañana podrás tener otra oportunidad para viajar
a 10.000 segundos.
Quién sabe lo que habrá detrás de cada puerta,
detrás de cada estampa,
detrás de cada roca,
de cada rama,
de cada cara. 
A ti,
a ti,
a 10.000 segundos,
te he visto en mi espejo y no me da la gana
de quedarme con las ganas
de encontrarte esta noche,
justo donde te dejé años atrás:
entre la almohada y las ganas de escapar.

Emergent.

 Empasso saliva i miro endevant, ni tan sols m'has vist, però he sospirat. Tres gots sobre la taula, mig cor encès.  Et...