sábado, 25 de noviembre de 2017

naufragios

Os he mentido a todos. Absolutamente a todos. 

No,
no estoy bien. 

Me he empeñado en tapar mi ira con pensamientos banales, diciéndoos cosas como qué va, si a mí me importa una mierda todo eso, pero no. 
Me importa cómo me siento, volviendo a casa a través de la oscuridad aplastante y atosigadora, cómo me muero poco a poco subiendo los escalones hasta la puerta de mi casa, cómo abro la puerta, sigilosa, temblando, aguantando y tragando mis lágrimas, cómo me derrumbo sobre la cama, con el abrigo aún puesto, y rompo a llorar. 
¿Alguna vez habéis llorado en silencio? No hablo de llorar sin hacer ruido, hablo de cuando tus lágrimas quieren salir con tanta fuerza que estallan contra tus córneas y no acaban de escaparse, pero tú has abierto ya la boca exhalando un grito silencioso y rasgado. No sé si me explico. 

Se me despedaza el pecho poco a poco mientras libero toda esa fuerza, rabia e impotencia, el titán que lucha contra mi positivismo, el titán que me salva y otras veces me humilla. 
Me siento tan vacía que me duele, literalmente, el estómago. Como si de repente no existieran órganos en mi cuerpo y solo fuera aire lo que circula por mis venas. Como si no hubiera más allá de mí, del cuarto y de mis pensamientos inteligibles. 

Confieso que os he mentido, sí.
He intentado coser todas esas roturas y he fracasado. Pensaba que sería más fácil esta vez. 
Pero qué coño pensaba, si todo el mundo se acaba yendo. Si lo sé desde siempre, si primero fue ella, después fue la otra, después fue él. ¿Por qué me extraña tanto que me hieran? Si estoy acostumbrada, si ya he estado aquí antes, si me duele más el pecho que el alma. Si no estoy donde estoy, si mi cabeza siempre anda en otra parte. 




No me hagáis caso,
hace tiempo que perdió el sentido este blog,
lo difícil es contemplar que sigo acudiendo a él
cuando no puedo verbalizar lo que me pasa.

Qué tienes, que me enganchas a escribir de nuevo,
qué tienes, que sigues siendo mi confidente, 
por qué, si ya no me lee nadie,
ni siquiera yo. 








La peor batalla que he librado jamás yace entre aquello que deseo que suceda y aquello que acaba sucediendo. 



Triste final para una superviviente,
que al final
no llegó al final
de sus páginas.














Bendita y jodida literatura,
a la que asisto
siempre
para contemplarme
morir.


Puta poesía,
que me matas
con versos
que yo misma
construí. 



Absurda, tonta, maldita yo. 
Que acabo siempre en mí. 


-

Me sentí humillada cuando sus palabras impactaron en mí, cuando me di cuenta de la gravedad de cada palabra que salía por su boca. Aun así...