miércoles, 29 de julio de 2015



Hoy no puedo explicarme.
Llevo borrando todo lo que escribo.
Y lo he intentado casi una hora.
Pero no tengo palabras
quizá
para decidir lo que siento
sin dañar a nadie que lo lea.
Así que mejor dejo esta foto.
Porque quizá sea lo que sienta.








Gracias por haberos marchado, aunque no lo hicierais a tiempo. Aunque me quemarais el alma.
E.S.B.R.

domingo, 19 de julio de 2015

Trozos de cosas que no sé pronunciar.

Nos llovieron las prisas,
cayeron todas las verdades.
Cerré todas las puertas
olvidé mis llaves.
Estaban junto a ti
en el cajón de todo aquello
que debía abrir
solo en caso de emergencia.
Me surgieron los daños
pasaban los años
y no te sentía.
Perdida en otros cuerpos
colgada en otras brisas
sintiendo otro tipo de dolor
te vi.
Nunca unos ojos habían dicho tanto
nunca una herida había dejado
tantas
y tantas
y tantas
secuelas.
Nunca un corazón había escupido
tantas ilógicas
ilusiones.
Nunca había querido así.
Y aquella huella era lo único
que iba a quedarme de todo aquello.







Hubo un día en el que dije
y prometí
y juré
que nunca más iba a mirar
una simple fotografía
en la que saliéramos felices.
Y desde entonces no lo he hecho.
Bebí hasta prometerme
que no habría más lunas
iguales
y que debería aprender a mirar
las que eran diferentes.
Ahí mentí.
Volví a buscar las mismas lunas
en otros cielos
en un absurdo intento
de quererte un poco menos
y quererme un poco más.

Y de hecho ahora me quiero más que a ti,
que ya es mucho.
Y hasta he empezado a sentir
que ya no sé quererte.
He perdido la dirección
de todas aquellas calles
donde fui feliz.
Pero por primera vez en meses,
no vuelvo a mirar mapas.
Los lunares de tu espalda 
ya no guían mi vida
y sin embargo aún los recuerdo.

Fuiste cobijo
en las tardes
más gélidas
de mi invierno
favorito.
Pero aún así no puedo quedarme
con lo bueno
y olvidar lo malo.
Sino que debo recordar
más que nunca
todo lo que he llorado
para levantarme un día
y no sentir que te debo la vida
solo porque me salvaste de una soledad
que vuelve a apuñalarme por la espalda.





Recuérdame cuando ya no quede nadie,
hazlo entonces, o hazlo cuando sonrías
y la vida te devuelva la felicidad.
Brinda por mí
choca con otra persona
las copas
y recuerda que una vez brindamos por ese futuro, ahora presente, que ya no está.
Deja que mis labios te persigan a ratos
y aprende a quererme sin más.
Quizá lejos
quizá demasiado poco
quizá en exceso de paz.
Quiéreme como no lo hiciste
cuando aquel día
decir adiós fue lo que cosió el final.
Ojalá me hubieras querido al menos la mitad
de lo que yo dije quererte.
Ojalá entonces yo hubiera sido lo suficientemente fuerte como para batallar
una vez más contra mi mala suerte.







Ahora estamos desnudos
pero en camas diferentes.
Y ya no se me quema la piel
cuando tus labios 
pronuncian
'para siempre'
porque ya no lo pronuncian, quizá,
o porque ahora sé que no era verdad.

Escribir antes era mi propia terapia.

Se me hace raro no necesitar esto.
Antes era lo primero que hacía al sentarme delante del ordenador, escribir. Escribir todo lo que me agobiaba, todo lo que extrañaba, todo lo que perdí.
Antes escribía sobre mi dolor y ha llegado un punto en mi vida en el que siento que ese dolor se va.
No sé qué me está pasando, pero al fin me libero de ese peso que cargaba en mi espalda.
Escribir se ha convertido en mi refugio, y resulta que ya no necesito refugiarme cada día.
Tras meses de dolor me noto diferente. Estoy viva de nuevo. Siento que respiro sin hundirme, y que vuelo sin caerme. Ya no me rompo por las noches, ni miro el teléfono esperanzada.
Ya no te busco en la mirada de la gente cuando camino por la calle, ya no escribo siempre sobre ti.
Ya no pienso en si me querrás, en si dejaste de hacerlo antes de abandonarme o después. Ya ni siquiera pienso en el dolor aquel 27 de enero cuando no llegó tu mensaje.
Se me hace raro ya no querer escribir todos los días.
Se me hace raro no sentirme la misma chica que temía olvidar. Me siento más fuerte que nunca porque he sido la más débil.
Por fin lo he aceptado. Ahora entiendo de qué va esto. Tú ya sentías esto des del principio. Cuando dejaste de quererme solo querías en tu vida un hueco para mí. Para que te diera esperanza cuando la vida te golpeara. Querías una hermana a tu lado, una chica que te comprendiera. Pero no querías que yo fuera tu gran amor. No me dejaste esa opción. Me quedé con las migajas de ti y ahora lo entiendo.
Al principio, cuando volvíamos a hablar, a estar bien, a sentir esa complicidad, creía que era un absurdo intento de acercarte, que querías volver a mis brazos. Con el paso de los meses he ido descubriendo que soy solo ese cobijo en el que esconderte del mundo cuando duele un poco de más. Soy ese chupito de tequila que rompe las reglas y te hace olvidar por unas horas tus problemas.
Pero fui la causante de unos. El dilema de echarme de tu vida o no. El dilema de olvidarme o seguir manteniéndome cerca de ti, guardando el rencor, esperando una señal.
Ahora te entiendo, créeme.
Tú querías justo esto que nos queda. Las migajas de todo lo que pudimos ser.
Y créeme que lo acepto.
Acepté el trato en su día pensando que volverías, y hoy mantengo el trato sabiendo que no vendrás.
Ya no importa, de veras.
Sé que volverás a amar muy pronto y que ya no seré yo.
Y ya no escuece imaginarte en otras bocas, prendido de otros labios, creyendo otras lenguas, sacudiendo otros cuerpos con tu voz. Puedes ser feliz lejos de aquí.
Lo único que puedo pedirte es que no olvides todo lo que te di, todo lo que fuimos, todo lo que nos dejamos por ser. Todo lo que sentimos cuando dijimos sentir, todo lo que conseguimos al proponernos un mundo lleno de retos.
Ojalá vuelvas a sonreír,
pero ya te digo que espero que no sea como conmigo.
Ojalá siempre te quede un trocito de herida abierta, como la mía, que te recuerde, muy de vez en cuando, lo feliz que pudiste ser, lo bueno que habría sido vivir esas ocho vidas que nos propusimos vivir.


Pero el tren partió. Eran las once de la mañana.
A mí se me rompió el corazón y perdí el tren siguiente.
Esperé en la estación durante horas, por si se te ocurría volver a casa.
Y al final, resignada, tomé el tren de las ocho de la tarde.
Llegué tarde, como de costumbre, Pero llegué.
Y aunque al principio el camino se hacía casi invisible, y la estancia incómoda, acabé acostumbrándome a ese dolor que se metía en las costillas cada atardecer.
Llegué a una estación, llamada yo y me bajé.
En cuanto pisé el andén comencé a quererme.
Y empecé a olvidar que te habías ido en un tren diferente.
Claro que dolió el primer latido en el que no estuviste,
pero supongo que el corazón se acostumbra a tener cicatrices.
Tú eres una de ellas, pero sé que habrá más. Volverán a herirme.
Y aunque antes le temía al dolor,
ahora sé que soy fuerte.





La próxima vez que alguien se plante delante de mí y amenace con quererme no saldré corriendo.
Pondré mi corazón a todo riesgo y me lanzaré al vacío que supone enamorarse.
Quizá vuelvan a herirme,
quizá sea yo esta vez la que mate a un inocente.
Pero me enamoraré, y eso es lo importante.
Del amor nadie sale vivo, y si lo hace, no sale entero.

Dulce y feliz vida, primer amor.
Ojalá no hubieras tenido que irte.
Ojalá no hubiera tenido que dejarte ir.
Ojalá no me hubiera acostumbrado a este dolor.
Ojalá no hubiera olvidado todo lo feliz que fui junto a ti.
Porque el vacío es lo único que duele.
Y me vacié al huir.

sábado, 11 de julio de 2015

Al final lo he entendido.

Al final lo he entendido.
He roto las cadenas.
Ya no voy a quedarme anclada.
Me apetece nadar.
Quiero salir de este agujero.
Y he comprendido,
al fin,
que estoy sola en esto.
Que yo misma voy a coserme las alas,
calmar las heridas
y esperar,
paciente,
a que cicatricen.
He conocido a alguien: A mí misma.
Y yo sí valgo la pena.

lunes, 6 de julio de 2015

Hoy no tengo ganas de estar aquí.

En mi defensa diré que todo lo que hice lo hice porque así lo sentía. 
Me quedé aun sabiendo que debía irme. Pero sé que cuando su condena acabe acabará también conmigo el desastre que me persigue.
Volará sin mí y yo tendré que coserme las cicatrices. 
Seguir se me hará tan duro como ignorar lo que duele estar lejos de lo que más me importa. Pero tiene razón, yo solo soy la medicina pasajera, el hombro en el que apoyar la cabeza del desastre. El pañuelo que seca la condena de la soledad.
No soy importante.
Y si lo soy, no es como me gustaría.





Ahora toca mirar al dolor a los ojos. Aunque sea ya tarde y yo siga siendo el desastre que amenaza con destrozar el mundo.
Pero vivo en una mentira.
Y quizá sería mejor seguir viva en otra parte.


Si me quisieras.

Si realmente me quisieras me habrías echado de menos cada día. Habrías entrado aquí, al menos una vez a la semana, a lamerte las heridas con mis palabras. Si realmente me quisieras aún pensarías, como mínimo, una vez al día, en mí. Si me quisieras sería sencillo mirarme y confiarme tus más callados secretos. Seguirías contando conmigo al contar con alguien. Si me quisieras, cualquier pareja te recordaría a lo fácil que resultaba ser feliz cuando estábamos juntos. Pensarías en cualquier momento absurdo y te reirías en silencio,o por el contrario, un momento perfecto te arrancaría una lágrima. Si me quisieras las noches se convertirían en algo que matar lentamente, con cualquier videojuego o película. La ventana solo te llevaría a una luna que ahora, ajena a todo, te respondería en silencio con el brillo de mi sonrisa.
Si me quisieras, ahora mismo, quizá, podrías estar leyendo esto. Y preguntarte por qué decidiste irte, por qué dejé que lo hicieras, y en qué clase de monstruos nos convertimos como para que se nos hiciera tan fácil seguir pegados. Seguir anclados al mismo mar. Compartiendo el dolor y la alegría,como hacíamos entonces.
Si me quisieras, tu cama me echaría en falta. Y recordarías momentos, extrañarías mi piel. Te refugiarías en recuerdos que solo son nuestros. 
Si me quisieras el verano se te haría pesado. El más caluroso de tus veinte primaveras.
Si aún quedará en ti alguna pequeña partícula de mí, quizá te dolería leer que no ha pasado un solo día en el que no me haya planteado cómo sería mi vida si siguieras aquí.
Si te duele ese 'feliz cumpleaños' que ya jamás tendré por esos diecinueve inviernos que cumplí, y sientes que se te quema la piel al recordar lo diferente que habría podido ser nuestra vida, entonces quizá es que mis cenizas aún siguen prendiéndose cuando algo sopla fuerte hacia tu recuerdo.
Si realmente me quisieras sabrías que existen muchas noches perfectas en el mundo y que probablemente un día alguna noche superará lo que ninguna ha conseguido aún: Un San Juan que no necesitó fuegos artificiales para encendernos la vida.

Si me quisieras me habrías buscado entre la gente algún día,
esperando ver en mis pupilas la respuesta a todas esas preguntas
que no supiste, ni supimos, responder.

Si me quisieras tu boca aún tendría restos del invierno que te regalé.
Si me quisieras, quizá, entonces, sabrías que nadie ha vuelto a pisar tan fuerte este suelo. Que no se han vuelto a caer mis paredes desde que destruimos el cielo.  Si me quisieras entenderías que aunque hayan pasado 187 días desde que te fuiste, para mí solo ha pasado una hora. Porque el tiempo empezó a avanzar tan lentamente que no he salido de diciembre y me sigue oliendo a dolor el silencio que amenaza con hundirme. 
Si me quisieras, me querrías tan fuerte, que la impotencia se acomodaría cada noche en tu almohada, recordándote que no estoy aunque esté.

Si me quisieras quizá algún día vendrías a salvarme de esta condena a la que llaman libertad, ahora que en mi bandera ya nadie lee tu nombre.
Presa del invierno te digo adiós, con la esperanza de que me reproches
que no quieres que me vaya
aunque no irme implique
quedarse contra el muro.
Aunque a quemarropa
el silencio se acomode 
entre tus ganas de irte
y mis ganas de quedarme.
Si me quisieras entenderías esto solo como algo que escribo cuando no quiero entenderme.
Si me quisieras me querrías tanto que no podrías dejarme en silencio
y volverías a buscar los pedazos que quedaran de mí.
Quizá si me quisieras me llamarías amiga, por etiquetar la vida que te entregué en mano.
El destino amenazará con rompernos cada vez que nos vea felices riendo
recordando que somos todo dentro de un nada que nosotros mismos construimos.


Ojalá me hubieras querido.
O mejor dicho: Ojalá no hubieras dejado de hacerlo.
Aunque si aún me quisieras,
no haría falta
decirlo,
supongo que lo sabrías
y las palmas de mis manos jugarían a encontrar tu hielo
y derretirlo.
Como siempre he hecho,
como siempre has querido.
Tu cuerpo contra mi cuerpo
deshaciendo las leyes
rompiéndonos las pieles
encontrando en amaneceres
las noches más bonitas.




Mayores secretos.
Adolescentes jugando a ser adultos.
Así te quise.
Y así me habrías querido, si por casualidad, aún me quisieras. 
















¿Por qué esta canción dice todo lo que yo te cantaría?

domingo, 5 de julio de 2015

Cuando ya no queda nada

Ella levantó la vista y lo vio leyendo con el ceño fruncido. No le preguntó. Él no articuló palabra. El silencio se acomodó entre el dolor. Sonrieron como por inercia, contemplando así el secreto más grande del mundo: Nadie excepto ellos sabría jamás todo lo que aquellas cuatro paredes habían visto. Se dieron cuenta de lo poderoso que es el recuerdo cuando se abalanza y amenaza con doler. Unas palomitas en el cine más pequeño de la ciudad, una risa alocada en pleno invierno subiendo Montjuic. Un metro testigo de besos de despedida. Una playa bañada de amor loco y perdido. Unos barcos que la habían oído cantar. Mil recuerdos que embotellar y lanzar lejos, muy lejos, al mar. 
Había tanta sal guardada en esas heridas que se negaban a sanar que ambos habían comenzado de nuevo a bajar sus miradas. Los pasos en la acera resonaban haciendo eco del silencio. Una gorra mal puesta, unas bambas desatadas. Unos besos aún guardados en cajitas de primavera. Un almacén de caricias enlatadas. Dos cuerpos que se pegaban al calor de un verano perfecto. Una felicidad envasada al vacío. Dos palmas que impactaban siendo manos torpes. Una falda subida, unas pupilas gigantes, la ropa y la vida tirada en el suelo. Y las cartas sobre el colchón, apostando el corazón a cada tirada. Él nunca era perdedor, siempre dueño de la baraja. Ella siempre con su mala suerte y su poco azar, con el amor entre las piernas proclamándose ganador de la pelea. Dos corazones victoriosos que no respiran mientras se rozan tímidos. El latido acelerado, el olor de una vida que comienza a ser perfecta. La mejor cena era entonces aquella improvisada cualquier sábado noche, cuando entonces la mejor opción era acurrucarse dentro del invierno de sus pupilas y ver la  película de todo aquello que querían ser cuando aquel presente fuera futuro.
Ahora ya es futuro, y no se miran.
Cambian palabras secas acompañadas de lágrimas invisibles que apuntan como balas en sus corazones. A ver quién dispara primero, a ver quién se muere después. Ingenua la vida que se empeña en hacerles ver que siguen respirando aunque su razón de ser ahora se conjugue en pretérito imperfecto.
Ella le devolvió el otoño para que no doliera, él se lo llevó todo con su huida.
Él supo de ella un día, que a lo lejos vio cómo seguía su vida. Ella no le volvió a ver, pero no lo dejó de pensar, ni tan siquiera un día.
¿Y si se hubieran quedado fabricando veranos en aquellas tormentas de invierno? ¿Habrían sido más felices si no le hubieran escrito el final al cuento?



Ojalá responder fuera tan sencillo como preguntarse qué hay después de todo, cuando ya no queda nada. 

miércoles, 1 de julio de 2015

Me pregunto.



Sólo pude ver sus lágrimas caer.
La gente desapareció.
Le dije: Aquí estoy.
Pero me hice invisible.
Me pregunto qué habría pasado si hubiera vuelto a sonreír. Si una buena noticia golpeaba al fin su vida. Me pregunto cuánto tiempo hace falta para olvidar sus promesas. Cuánto valor basta para cerrar todas las puertas.
Dónde estaré yo cuando al fin la felicidad se instale en su día a día
y ya no quede hueco para mí.


-

Me sentí humillada cuando sus palabras impactaron en mí, cuando me di cuenta de la gravedad de cada palabra que salía por su boca. Aun así...