Hoy no tengo ganas de estar aquí.

En mi defensa diré que todo lo que hice lo hice porque así lo sentía. 
Me quedé aun sabiendo que debía irme. Pero sé que cuando su condena acabe acabará también conmigo el desastre que me persigue.
Volará sin mí y yo tendré que coserme las cicatrices. 
Seguir se me hará tan duro como ignorar lo que duele estar lejos de lo que más me importa. Pero tiene razón, yo solo soy la medicina pasajera, el hombro en el que apoyar la cabeza del desastre. El pañuelo que seca la condena de la soledad.
No soy importante.
Y si lo soy, no es como me gustaría.





Ahora toca mirar al dolor a los ojos. Aunque sea ya tarde y yo siga siendo el desastre que amenaza con destrozar el mundo.
Pero vivo en una mentira.
Y quizá sería mejor seguir viva en otra parte.


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