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Mostrando entradas de julio, 2014
Lo cierto es que hay tempestades mucho más fuertes que oleadas inmensas de un calor seco y áspero.
Quizá yo solo sea la diferencia que juguetea y mueve tu mundo entre tanta calor.
Seré tu invierno favorito cuando me dejes entrar. Y los pequeños copos ilusionados te empaparán el corazón. Y entonces llegará el día en que la tempestad se haga contigo y ya no querrás que pase el invierno...
Aunque sea frío.
Aunque se necesite abrigo.
Porque estarás conmigo.

Desechos de una noche nublada.

Ya no me dan miedo esas pequeñas cosas que antes sí; como el olvido y sus paradójicos recuerdos, que acechaban cada vez que veían en mí la oportunidad de hacerlo.
Supongo que estiré los brazos y me dejé llevar. Caí hacia la libertad precipitadamente.
Me dejé sentir. Y me dejé rodar.
Si me vieras ahora estarías orgullosa de mí. O no. Quizá nunca lo estuvieras.
El caso es que aprendí a hacerte invisible y arrinconar los más oscuros detalles de ti. A la luz ya no sé verte y eso me alivia. Porque he dejado de molestarme en ocultar lo que soy y he pasado a ser lo que nunca me dejaste ser. Ahora no podrías reconocerme. Piensas que cambié pero en realidad esta es la que he sido siempre, el caso es que tú no me quisiste conocer.
Creo, por eso, que la que salió ganando fui yo. Porque conseguí saber quién eras aunque tú no pudieras ver quién fui.
Al fin y al cabo no somos tan distintas, tú querías todo lo que yo tenía y yo nunca ansié todo lo que me robaste. Ni mi tiempo, ni consejos, ni la velocidad…
Yo soy una tormenta. Llego, solo a veces, y revoluciono tu vida, escondiéndote los miedos y dándote motivos para seguir. Y en cambio, a veces, el sol me echa y sin saber adónde ir, juego a desaparecer de tus días, por si un día te cansas de lluvia, y de mí. 
En ese preciso momento solté el papel y el corazón se me hizo pedazos. En un rincón oscuro y perdido de mi mente yo sabía aquello desde hacía muchísimo tiempo, porque la intuición femenina siempre recorre lugares insospechados. Pero...ver que algo es real hace al dolor real consigo. 
No puedo explicar qué se siente cuando te quedas sin oxígeno, y se te olvida cómo respirar. Cuando no puedes fijar la mirada en nada, porque todo lo ves borroso, o incluso explicaros por qué te pones a temblar.
En esos momentos uno solo quiere que la tierra se lo trague, y luego lo escupa.
Pierdes la razón y el corazón, y la noción del ritmo de tu vida, que de repente se para y te mira, como pidiendo explicaciones. Y tú te quedas callado, sin saber responder. Sin saber responderle. Y piensas que quizá exageres. Pero no lo haces, porque el dolor está ahí. Y no es algo que hayas imaginado, es algo que está vivo y que vive contigo.
Es cierto que aquello malo trajo algo bueno.
Pero aún se me encoge el alma si …