martes, 30 de octubre de 2018

Decisiones.





Lo vio de lejos en la biblioteca y no se atrevió a acercarse. Desde luego sabía que si lo hacía tendrían minutos, tal vez horas, de conversación. Sabía que cabía la posibilidad de tomarse un café juntos, incluso era consciente de que podría tenerle cerca y sentir su olor. Le explicaría cómo le había ido el día, charlarían hasta aburrirse, sabiendo que nunca llegarían a hacerlo. Era consciente de todo eso y por eso se alejó. Porque sabía que después estarían abrazándose durante minutos, porque vería en sus ojos la duda, la indeterminación, cuando se despidieran. Sabía que serían unas horas preciosas, perfectas; tanto, que al final ella volvería a casa sin saber nada. Porque él no demostraría nada, o porque tal vez demostraría más de lo que estaría dispuesto a asumir. 
Por eso giró hacia la izquierda y cogió el ascensor, porque sabía que era mejor no dar pie a esas bonitas y asfixiantes casualidades, porque era favorable para ella empezar a entender que para él las cosas habían sido más sencillas. Porque, al final, él había decidido y ella no estaba en sus planes. 
Porque de haber sido otro día, quizás en otra vida, se habrían sentado juntos y se habrían mirado hasta desgastarse. Porque, en cualquier otro planeta, él la habría llevado a casa y no se habría querido despedir nunca. En otra vida, puede que él la hubiera besado sin importar nada más. En otro mundo eran los valientes que desafiaban toda ley de gravedad; pero en este solo eran dos cobardes que evitaban mirarse de cerca. Uno por no saber qué esperar y la otra por haber entendido que no puede insistir más en quedarse en un lugar donde no saben si la acogerán. 


lunes, 29 de octubre de 2018

sábado, 27 de octubre de 2018

Quizá en Plutón.



Quizá en Plutón. Aquí en la Tierra no, tú no me miras. Aquí no, tú no respiras el olor que desprende mi pelo. Aquí no me deshaces el dolor ni me rehaces el amor y las ganas. En este mundo estamos distantes, en este la gravedad nos mantiene con los pies anclados al suelo. Qué aburrido colgarme de tus ojos y no poder precipitarme al vacío, escalar tu cuerpo y no poder gritar que llegué a la cima. 
Resbalarme constantemente entre tus dedos, mirarte sin entender qué es lo que tú miras. 
No encontraste la llave. Imagino que es eso, que no abriste la caja. Que no encontraste respuestas ni conseguiste la cura. Que en esta historia aún hay guerras y armaduras. Imagino que te refieres a eso, a que nada ha cambiado. Que tú no te muerdes las ganas para no besarme, que no giramos en la misma dirección, que el tiempo para ti va a 300 000 kilómetros por segundo y que para mí ya son 600 000. Que ya no te mueres de ganas de acogerme en tus sueños, que ya no soy la que sellará esas coordenadas en tu espalda con besos lentos. 
Aquí en la Tierra escucho el motor de tu coche mientras te marchas cuando abro el portal y siempre me pregunto lo mismo: ¿Algún día habrá un mundo en el que volvamos a ser posibles? ¿En el que estar juntos no rompa con todo? 
Las respuestas nunca llegan porque yo también he perdido la llave que abre ese cajón de resoluciones perfectas. La diferencia es que yo te miro embobada, llena de dudas, sabiendo que tras un beso todas se volverían insípidas, indiferentes y acabarían desapareciendo. Como aquel día de septiembre en el que sentí que ya no necesitaba ver más primaveras para saber a qué huelen las rosas cuando despiertan. Aquel día en el que sentí que había un hueco en la Tierra para dos astronautas perdidos. 

Pero tú no, pequeño viajero, tú no. 
Tú levantas la mirada en busca de nuevos planetas donde clavar tu bandera, donde sí haya oxígeno que sostenga mis locuras y tus maneras, donde un tú y yo quepa sin error ni fronteras. 

Quién sabe si allí arriba seguiremos respirando;
aquí abajo he empezado a preguntarme a qué saben los sueños cuando se apagan.

jueves, 25 de octubre de 2018

-.





He sentido la necesidad imperiosa de plantarme delante de una hoja en blanco sin saber bien qué decir. Lo he sabido desde que han aparecido los créditos finales. Joder, hacía mucho que no salía de una sala de cine llorando. Para mí la música ha sido siempre un trampolín gigantesco, lleno de pliegues, rugosidades y agujeros. Algo móvil, cambiante, peligroso e incluso siniestro. La música me permite explicar con ligeros sonidos lo que mis palabras toscas nunca consiguen. Es el punto final a una frase, esa tilde que cae en una letra, un octavo sentido. 
No sé qué me ha destrozado más: la música, la historia o saber que me he visto en muchas partes de la película. No porque yo vaya a convertirme en ninguna estrella -porque ni siquiera lo pretendo, ni se me ocurre pensarlo- sino porque hay algo que me arrancaba de mí misma conforme la historia cambiaba y avanzaba. 
He salido del cine con la sensación de que no he valorado muchas de las cosas que he tenido y sobre todo, de que no me he sentido valorada en muchas ocasiones. Ya no hablo a nivel musical, sino a nivel personal. Todos necesitamos que un Jackson nos haga desprendernos de todo lo que nos ata al miedo y a la vez, todos necesitamos a una Ally que nos haga volver a querer soñar. 
Cuando los he visto juntos en un escenario he pensado en cómo necesitamos a veces que alguien nos dé ese empujón para lanzarnos a por esas cosas que ansiamos y nos acongojan. Jackson es valiente porque arrasa con todo y cree en la música, pero Ally lo es más aún, porque sabiendo a lo que se enfrenta decide dar un salto. Jackson empuja a Ally a que los demás la vean y la escuchen, pero ella es el salvavidas de esa alma perdida que parece no encontrar el camino correcto nunca.
No voy a hablar del final, ni de lo que he sentido con él, básicamente porque rompería a llorar otra vez. Hacía mucho que una película no me removía algo por dentro. Hacía mucho que no sentía rabia. amor, miedo, tempestad e impotencia a la vez.
No voy a olvidar todo lo que me he llevado de las horas de mi vida que he dedicado a ver esta obra de arte. Ni voy a olvidar en todo lo que me ha hecho pensar sobre mi vida, y que por supuesto, hoy no voy a relatar. 

Supongo que hay cosas que nos remueven más sentimientos de lo que desearíamos.


PD. La escena de la foto, para mí, es una de las mejores. Todavía siento un nudo en la garganta. 







viernes, 19 de octubre de 2018

Me había pasado la vida intentando descifrarle. Lo miraba siempre con fuerza, con garra, concentrada en adivinarle. Como si sus pensamientos fueran archivos ocultos, escritos en un idioma ya no practicado, imposible de entender. Nunca lo conseguí, nunca supe qué pretendían cada uno de sus pasos, qué escondía su íntima mente. Jamás hizo siquiera un movimiento que pudiera hacerme sospechar qué escondían esos ojos. Quizá por eso tardé tan poco en quererle, en pensarle. Para mí era un enigma que tenía que resolver, una ecuación cuya X se escondía en algún lugar que yo un día debía pisar. 
Pero jamás lo hice. Nunca supe qué le empujó a marcharse, ni siquiera supe por qué se fue. 
Si pudiera, ahora, se lo preguntaría. Aunque sé que jamás respondería con certeza. Sería un “no sé” perseguido por un “mañana ya lo pensaré”, que al final desembocaría en un “el momento ya pasó”.

Me hubiese gustado sacudir su mente alguna vez, extraer respuestas. Pero ahora jamás lo sabré. Y quizás lo más triste de todo esto es que él jamás sabrá que sentí eso, que siento eso. Porque jamás se lo preguntaré, porque nadie sabrá nunca que yo sí le quise. Que yo sí respondí. Que yo sí que miré cuando se marchó. Que yo sí. 

jueves, 18 de octubre de 2018

Crónica de un mundo que quiere terminar.

Levanté la vista y lo vi acercándose a mí. Jamás había visto uno de cerca. Me lo había imaginado muchas veces, incluso había pensando en el olor que podrían desprender, pero nunca había mirado a ninguno a los ojos. Era espeluznante verlos, pues no solo eran muertos vivientes, con forma semi-humana, dispuestos a devorarme, también habían estado vivos, como yo. Habían estudiado, tenían familias, amigos, incluso algún dichoso tenía pareja. Pero ahora ya no. Eso había terminado para ellos, habían muerto sin morir, y ese, para mí, era el peor castigo. La eterna condena, el no reconocerse nunca más como lo que son, la pérdida de memoria, conciencia y humanidad. Me lo había planteado muchas veces: ¿Seguían sintiendo? ¿Veían, desde dentro, incapaces de articular palabra o simular expresión, lo que sucedía en el mundo? ¿Estaban luchando contra sí mismos en un cuerpo absolutamente dominado por el hambre, la sed y la barbarie? 
Todo eso pasaba en forma de estrella fugaz por mi mente mientras sostenía la pistola. Me la había dado papá antes de marchar en busca de Cloey. Me dijo rápidamente cómo utilizarla, y me aseguró que ante un momento de pánico sabría exactamente qué hacer. Papá estaba equivocado. Me temblaba el pulso, no podía apuntar con precisión, y hasta sentía que en cualquier momento me desplomaría por los nervios. Además, llevaba días sin comer. Apunté lo mejor que puede y con suerte le di en el hombro. Estaba lo bastante lejos para tener un segundo intento, pero no más. Se acercaba muy rápido y no me daría tiempo de disparar más veces, así que decidida y con un valor que jamás pensé tener, acerté y le di en la cabeza. El muerto viviente cayó al suelo. Quizá fueron dos segundos, pero para mí, su caída duró una eternidad. Vi cómo poco a poco las partículas de polvo saltaban por los aires, mientas él, movido por el aire ligero, caía desplomado. El suelo tembló por un momento. 
Mi primera reacción fue romper a llorar. Era la primera vez que disparaba a alguien. Qué coño, era la primera vez que mataba a alguien. El sentimiento de culpa no fue más pequeño que la vergüenza que empecé a experimentar. Me sonrojé y me dejé caer. Las rodillas crujieron contra las hojas del suelo, pues era otoño, y todas estaban empezando a desvanecerse desde los árboles. La sangre del muerto viviente bañó parte del bosque en el que estaba. Nunca hubiese podido poner palabras a aquel momento. Mi mente poética, mi razón de ser, mi parte escritora, jamás habría podido describir a ciencia cierta qué sentí en aquel instante. 
Por una vez no sentí que el ser humano fuese importante, ni siquiera pensé en la de gente que habría muerto. Solo me preguntaba una y otra vez por qué estábamos viviendo eso, si lo merecíamos. 
Noté un peso frío en mi hombro izquierdo y me asusté. Era Math, que me miraba totalmente espantado. No dije nada, solo le abracé. Me recogió del suelo y me levantó hasta poder alcanzar mi cintura. Me apretó tanto a él que por un momento sentí que mi cuerpo flotaba en el aire. Olíamos a bosque seco y a restos de sangre. Era un olor casi metálico. 
- No deberías estar aquí.
- Lo escuché y pensé...
- Me asusté mucho cuando no te vi en el campamento-. Math esbozó media sonrisa, pero acompañada de ironía y tristeza. 
- No podía quedarme allí viendo cómo todos se lamentaban.-apreté los puños mientras hablaba, la rabia me había vencido.- La gente no se da cuenta de que no podemos quedarnos quietos, esperando a que todo se desvanezca. Deberíamos luchar por encontrar un lugar seguro y una vez lo encontremos...
- Eres demasiado optimista.- espetó.- Siempre esperando a que las cosas puedan mejorar. A veces no funciona así...
- ¿Te vas a quedar lamentando que nuestras familias se han marchado? ¿Vas a lamentar que algunos han muerto? ¿No quieres esforzarte para luchar por aquellos que puede que sigan vivos y que aún no hemos podido encontrar? ¿De verdad que no quieres pensar en que en un futuro todos podamos volver a vivir una vida...? 
- ¿Normal? - Math rió, sarcástico.- Nunca vamos a volver a tener una vida normal. 

Me giré furiosa y comencé a caminar rápidamente. Math me siguió unos minutos, hasta que se dio por vencido. Llegué hasta el río, busqué un árbol al que poder subir y trepé hasta llegar a una zona segura. Una vez subí, con grandes esfuerzos, pude apoyarme en el tronco del árbol. Allí, sola, viéndolo todo desde arriba, parecía un mundo más seguro. Sabía que Math, en el fondo, tenía razón. ¿Pero qué iba a ser de mí si me dejaba vencer por el miedo? Cuando las cosas eran más sencillas, cuando aún vivíamos en el mundo normal, yo era la que siempre se encargaba de hacerles creer a los demás que las cosas siempre podían mejorar. Parecía que mi tarea en aquel nuevo mundo era encontrar una forma de sobrevivir, de poder convencer a todos para que también lucharan por ello. Sabía que no iba a ser fácil. Había matado a la primera persona, y era plenamente consciente de que no sería la última. Ni siquiera pensaba en exterminarlos, en trazar un plan de venganza. No los veía como enemigos, sino como víctimas de una guerra que se nos había ido de las manos. Suspiré. 
Siempre lo había pensando, que algún día seríamos nosotros mismos los que provocáramos nuestra extinción. Por un momento, pensé que tal vez era el fin de la humanidad. Mi lado más optimista me recordó que aún había cosas por las que luchar. Pensé en documentarlo todo, en explicar nuestra historia, en contarle a esos pequeños hijos, que aún los más jóvenes no teníamos, cómo pudimos con todo. Mis expectativas eran altas y sabía qué significaba eso: vendrían muchas decepciones detrás de cada decisión. Pero eso no me impidió empezar a trazar un mapa de los lugares que aún teníamos que visitar, donde aún podíamos conseguir alimentos, botiquines y armas. Si alguien se rendía, tenía claro que esa no iba a ser yo. Toqué el arma que había dejado en mi bolsillo, instintivamente. Pensé que debía acostumbrarme a ella. Recordé la chica que era antes de que todo esto pasara y en el fondo me alegraba de haberme hecho más fuerte. Los demás siempre habían pensando que yo era débil, que no tendría el coraje, el valor ni las ganas de seguir hacia adelante ante algo así. Estaban equivocados. Ni siquiera sabía dónde estaban mis padres, mis amigos. No sabía qué le había pasado a mi perro, ni si había escapado lejos de allí. Lo único que tenía claro era que iba a descubrirlo. 
Aunque el mundo se empeñara en hacerme creer que el final se estaba acercando. Por una vez, yo tenía la última palabra. Y mi última palabra no iba a ser fin, sino comienzo. 

miércoles, 17 de octubre de 2018

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Me sentí humillada cuando sus palabras impactaron en mí, cuando me di cuenta de la gravedad de cada palabra que salía por su boca. Aun así, permanecí inmóvil. ¿Sabéis esos momentos en los que las cosas que pasan a vuestro alrededor avanzan con más velocidad de la que podéis alcanzar pensando? No me quería creer lo que estaba viviendo. Imagino que por todo lo que había vivido, por la acumulación de pruebas que me gritaban que saliera de allí corriendo. Solo me quedé por miedo. Miedo a salir de nuevo a la realidad siendo yo misma, miedo a caerme, miedo de él. Tardé muchos meses en optar por lo correcto - o tal vez años- ya sabiendo que no había amor. El amor, tal vez, duró unos meses. Los que tardé en darme cuenta de lo que estaba pasando realmente. A partir de ahí, todo fue cuesta arriba. Hubo un momento en el que vivía una vida que sentía que ya no me pertenecía. Estaba sumida en una rutina, donde tomaba decisiones supervisadas, en la que cada paso, decisión y opción que tomara iba a ser juzgada y condenada. Así lo viví. Estuve condenada por muchas cosas, más de las que jamás podré decir. Aun así fui lo suficientemente fuerte como para no alejarme del todo de las personas que me querían. Aunque hubo momentos en los que casi lo pierdo todo.
Sus ojos seguían mirándome. Dos bloques de hielo, bañados en rabia, apuntando directos hacia mí. Más palabras cargadas de rencor que jamás olvidaré. Un respeto que hacía tiempo que había perdido el nombre. Suspiré y reí irónica. Eso lo enfadó aún más. Que quién creía ser, que por qué era tan mala, que si me daba cuenta de el monstruo en el que me había convertido. Eso solo me hacía reír más. Entonces lo recordé todo. Recordé cómo poco a poco sacó lo peor de mí. Recordé esos inicios en los que yo nunca me enfadaba y él insistía diciendo que sacara la rabia, que no me contuviese. Me di cuenta de que se había dedicado a educar mi mal humor, mi rabia, y la había hecho salir. Evidentemente fue también mi culpa. Yo dejé que saliera ese monstruo. Yo acabé sacando lo peor de mí porque aprendí a canalizar así todo el olor y la impotencia que sentía en torno a todas las injusticias que, a mi juicio, me estaba tocando vivir. Aun sabiendo que fui la peor versión de mí misma, no me arrepiento de nada de lo que dije o hice, porque fue el único momento en el que pude devolver parte de ese sentimiento negativo que pesaba tanto. Era la única manera de seguir viva, de calmar la ansiedad, de no perder la cordura. Esa Noelia con la que conviví es una Noelia que murió y a la que liberé el día que me despedí. Nunca hubo tanto silencio en mi mente como aquel día.
No ha sido fácil perdonarme por haber aguantado tanto en un lugar donde sabía que no pertenecía, de hecho, quizás aún no me he perdonado del todo. Lo que pesa más es saber que hay momentos de mi vida que ya no recuperaré y que dejé que se oxidaran. No me perdonaré el haberme tratado así, el haberme permitido ser esa hoja de papel arrugada que nadie ve y que descansa en el suelo.
No fueron unos años fáciles, ahora es cuando estoy empezando a sentir que el aire entra en mis pulmones y sale con facilidad. Y pensar que ni quería que yo estudiara esto.
Aprendí tarde que aquellos que verdaderamente te aman te empujan a perseguir lo que deseas y lo que te hace feliz. Así que en realidad, no. No fue una historia de amor. Fue una historia de control, violencia, anulación, rabia y culpa. Fue una historia de terror.
Ni siquiera pido una reconstrucción, no me hice pedazos. La próxima persona que llegue a mi vida con intención de amarme no va a tener que reconstruir un puzzle imposible, solo tendrá que escucharme, entenderme y quererme con todos los descosidos y las verdades.
Sé que no va a ser fácil tomar la decisión de empezar una historia nueva con alguien algún día. Sé que tendré mucho miedo, sé que no sabré ni cómo explicar lo que viví.

Pero tengo la esperanza de que la próxima persona que esté dispuesta a vivirme sea un valiente de alas abiertas que me lleve a aquellos lugares a los que creí jamás poder llegar.
Solo pido que me quieran de verdad, y que esa historia de terror no deba vivirla nunca más, ni yo, ni cualquier mujer u hombre de este planeta.








sábado, 13 de octubre de 2018

Dosis de realidad.

He borrado algunas de las entradas de estos últimos meses porque cuando las he vuelto a leer me he sentido muy idiota. Dios, ¿por qué soy así? No puedo estar ahí plantada, de pie, mirando, delante de un cristal desde el que nada se puede ver. Tenía razón mi yo más sincero y lógico. Da igual lo que luches por alguien si ese alguien no está dispuesto a luchar. Y como siempre, pensé que luchar por los dos iba a ser suficiente. Qué equivocada estaba. Luchar solo nunca es suficiente. Y eso es algo que yo debería haber sabido. 
Me he empeñado en dejar siempre una ventana abierta, como si eso cambiara algo. No, en absoluto. Solo entra más aire. Un aire frío que me recuerda que no debería correr detrás de gacelas rápidas que huyen constantemente de mí. ¿Por qué pensé que si estaba claro desde el segundo cero que pronunciaba que no? Era mi yo más inocente luchando contra mi coraza; esa que he tardado años en construirme y que me he permitido destrozar. No debería habérmela quitado, no debería haber bajado la guardia, no debería haber creído que el iba a ganar el pulso. Si yo siempre pierdo. Debería estar acostumbrada a eso. 
El frío iba a llegar algún día, lo tenía claro. Ningún verano es eterno, siempre vuelve el invierno. Y qué gélido es. Supongo que ahora solo me quedo con el recuerdo de todo lo que pudo ser. Con ese casi-salto para el que al final no hubo impulso suficiente. Para esa canción bonita que dejé a medio componer porque nunca tuve el coraje de acabar de darle forma, porque no llegué a sentir que iba a ser feliz de nuevo junto a alguien que quería seguir su propio rumbo. 
Ni siquiera debería publicar nada aquí, pero lo hago por mí misma. Como siempre. Porque prefiero hablarlo conmigo misma a contarle a alguien nada. Lo hago para recordarme las cosas, para dosificar mi vida con un poco de realidad. Esa nube era demasiado dulce para ser cierta; y si algo me ha enseñado la vida, eso es que la realidad no tiene sabor de azúcar. Aunque mi lado optimista se empeñe en decirme que sí, aunque me recuerde a mí misma que a veces la vida te sorprende con cosas bonitas...En el fondo sabía que no habría otra oportunidad, en el fondo sabía que para él había acabado ya la historia aquel día en el que dije no y desaparecimos. Tal vez debería ver las cosas como los demás, despojarme de mí misma, despojarme de lo que creí que él sentiría. Qué tonta.
Mientras tanto me convenceré de que luchar hasta el final siempre es lo correcto, porque es lo que hago siempre, decir: "No ha salido bien, pero al menos lo he dado todo de mí". Estoy equivocada y lo sé. No siempre es la solución a todo. No siempre puedo llegar hasta el final, no siempre tengo que luchar. Pero esa soy yo, la amante de las causas perdidas, la que siempre salva a todo el mundo menos a ella misma. Solo era yo mirando a unos ojos que parecían estar viendo lo mismo. Pero ahora sé que no. 

Algún día aprenderé a retirarme de las batallas perdidas antes de llegar al final. Algún día seré como todos y pensaré solo en mí misma. Algún día seré irreconocible, menos yo, tal vez, pero hecha de acero. Me imagino que si todos son así es porque funciona. Me imagino que es la mejor forma de darle la espalda al sinsentido. Me imagino que así no seré estúpida, que no perseguiré a aquellos que no puedan quedarse. Me imagino que así no me empeñaré siempre en sobrevivir y solo me dedicaré a vivir. Supongo que estaba esperando un en un mar donde el ochenta y tres por ciento gritaban no.
Intentaré que esto sea lo último que escriba del tema. No por nada, no me arrepiento de nada ni lo haré nunca. No es eso. Es porque quizá ya no tiene sentido gritarle al vacío, que ya no voy a seguir hablando con mi eco. Que no tengo ganas de seguir bailando, porque todo el mundo se ha marchado ya, y yo sigo bailando sola. 





sábado, 6 de octubre de 2018

El ruido que hacen las cosas cuando se rompen.



A veces finjo no escuchar el ruido que hacen las cosas cuando se rompen
para no darle al dolor la atención que merece.
Reconstrucción exacta de lo que soy cuando dejo de serlo,
cuando me miro con unos ojos que no son los míos. 

He roto más espejos de los que me atrevería a nombrar,
pero eso solo me hace más humana.
Me he pasado la vida evitando contar los años de mala suerte
que llevo en la espalda. 

Sé que dentro de muchas primaveras los inviernos serán menos largos,
que el tiempo pasará mucho más rápido,
y sé que, como todos, pensaré que no viví lo suficiente,
que no viajé lo suficiente, que no besé lo suficiente.

El tiempo huye para todos por igual,
aunque nos empeñemos en exprimirlo al máximo.
Primera regla vital: nos quejaremos siempre de lo mismo
y no haremos nada para cambiarlo.

Si al menos me hubieran crecido un par de alas,
todo sería diferente. 
Nos quejaríamos igual, pero llegaríamos más rápido
a esos lugares a lo que jamás llegamos por miedo. 

No seré jamás aquella que me propuse ser,
porque uno mismo siempre es su peor enemigo.
Evitaré contar los pétalos que se desprenden,
porque el ser humano siempre tiende a fijarse en aquello que desaparece. 

Qué bonito es sumar siempre los años que cumplimos
sin pensar en aquellos que nos quedan, ¿no?
Reconstruir nuestra vida pensando en cuánto la hemos vivido
y no en cuánto queda para que termine. 

Seríamos más perfectos si no fingiésemos todas las mañanas ante el espejo,
ya sabéis, eso de ser alguien que no conocemos.
Pero necesitamos hacer que parezca un accidente, 
necesitamos evitar mirar fijamente esas arrugas,
las heridas, las pérdidas, las taras,
las llagas, las rozaduras, las casi-victorias,
porque así parece que no están. 

Nos pondremos maquillaje allí donde duela
y fingiremos que nada más importa,
solo para no darnos el lujo de regocijarnos en el fracaso,
en todo lo que no tenemos cuando abandonamos. 


A veces finjo no escuchar el ruido que hacen las cosas cuando se rompen
porque el dolor ya ha conseguido tener la atención que merece. 
Ruinas exactas de lo que soy cuando dejo de serlo,
cuando me miro con unos ojos que son cada vez menos míos. 

miércoles, 3 de octubre de 2018

Hay deseos que no se pueden pedir dos veces.



Mírala. Tiene una cortina que acaba justo donde empiezan sus cejas. Camina descompasada, pero se le ve feliz. Es despistada, ¿no? Me pregunto qué pensarán de ella esos que no la conocen, que la observan por primera vez por la calle, en el metro o entrando en la universidad. ¿Parecerá una chica intelectual? Siempre he pensado que cuando se pone las gafas lo parece. Quizá tiene algo que ver que lleve un libro entre las manos. ¿En qué estará pensando? ¿Qué suena en sus auriculares? Eso se plantearán aquellos que no la conozcan. Yo en cambio sí que sé quién es. La he visto en sus mejores momentos, celebrando victorias. Sé que escribe algunas madrugadas, que otras solo se engancha a su serie favorita mientras deja la mente en blanco. Claro que la conozco. Me sé todas las pecas- que no son pocas- y reposan, finas, en su espalda. Me conozco esos tatuajes, vaya que si los conozco. Los he besado tantas veces. Sé que le gusta llevar falda y que pocas veces calza tacones. Que nunca usa barra de labios, aunque tiene miles de distintos colores. Sé que se ha teñido el pelo de al menos cinco colores y que no soporta la monotonía. Aún ve películas tontas, y lo sé por cómo le brillan los ojos cuando lo niega. Bebe alcohol algún fin de semana, pero detesta admitir que se le sube a la cabeza con facilidad. No cree mucho en aquellas cosas que le hacían soñar de adolescente, pero dentro de ella alberga ilusiones tan inocentes que me daría miedo pisarlas con dosis de realidad. Nunca hace las cosas con maldad, aunque a veces ha herido a personas que amaba. Le encanta leer y la guitarra es su mayor aliada. Compone canciones que nunca le enseña a nadie porque en ellas hay demasiado sobre su vida misma. Le resulta tremendamente doloroso despedirse, pero ha aprendido a hacerlo de lo que no le hace falta o de las personas que en realidad no la quieren. Aún teme a las cucarachas y ha empezado a pensar que por muy mayor que sea, siempre levantará los pies del suelo cuando vea alguna. 
Le gustan los retos, las cosas difíciles, lo imposible. Es una amante de las causas perdidas porque cree que el mundo aún puede salvarse. Os había dicho ya lo de que es ilusa, ¿no? Aún no sabe qué será de ella mañana, pero tiene muy claro quién quiere ser hoy. Solo se ha enamorado de verdad una vez y el amor le da cierto miedo. Pero eso sí, si queréis conocerla tenéis que saber que luchará por todo aquello en lo que crea, aun sin esperanza. Solo su locura mueve los hilos de sus actos. Y es tremendamente impulsiva. Le gusta escaparse y le encantaría hacerlo de vez en cuando de la realidad. Adora que la vayan a buscar por sorpresa, que le regalen viajes y experiencias y no cosas materiales. Le gusta que le demuestren lo que sienten por ella. Pero, ¿y a quién no? Tiene detalles con las personas que quiere y estoy seguro de que daría la vida por ellos en muchas ocasiones. Pero no penséis que está desequilibrada o algo así, es que ella ha aprendido a amar así, dándolo todo. 
Le da miedo que la rechacen, le da miedo no ser suficiente y también no servir para cantar o escribir. Muchas veces observa la lluvia, refugiada dentro de una sudadera, planteándose mil cosas sobre la vida. El universo, las reflexiones, la filosofía. Hay mil muelles en su cabeza, hay mil barcos que navegan en direcciones dispersas y precipitadas. No entiende mucho de intermedios. 
Te juro que es una chica muy normal, pero a la vez es diferente. No sabe qué le ata a aquello en lo que cree, pero sí sabe en qué no va a creer jamás. Vive dando saltos y siempre tiene tiempo para sonreír aunque haya sido un día de mierda. Le gustaría pensar que puede salvar el mundo, o al menos a todos los que ama. Pocas veces cuenta lo que le preocupa, así que si alguna vez lo hace contigo, por favor, escúchala. La que ayuda también necesita que la recojan cuando se cae. Aunque a veces ni lo diga. 

Si la ves algún día paseando sola, o junto a su pequeño perro, piensa en que se está dedicando unos minutos. Piensa en que quizás en ese preciso momento está pensando en todas las historias que le encantaría escribir, en una melodía que acaba de componer o se está planteando su felicidad. Si un día la ves sonríele. Le gusta sentir que la gente vive alegre, aunque suene absurdo. 
No, ella no lo ha tenido fácil, pero esa chica que ves es la misma que ha sobrevivido a todo lo que un día fue. Y no, no está en ruinas, es una ciudad entera. No está reconstruida, es nueva. Y sigue siendo muy parecida a la que era antes, solo que ahora tiene la fuerza suficiente como para seguir luchando siempre. A los demás les parecerá una locura, en cambio a mí me parece bonito que nunca pierda la fe. Su voto de confianza quizá será su propia salvación. O lo que podrá salvar a los demás. 
No la juzgues, 
sabe lo que hace. 
Aunque a veces parezca que ha perdido la cordura. Aunque no creas que hace lo correcto. 
Aunque parezca un cometa que está a nada desaparecer y tú la observes queriendo pedir un deseo. 
Pasará como pasa la vida, efímera, intensa y directa.
Tú decides si quieres que se quede o por el contrario, la ves esfumarse en el cielo. 





Hay deseos que no se pueden pedir dos veces. 

La sal hiriente de una lágrima impacta contra mi cerveza. Balanceo un poco el vaso, moviéndolo en círculos inconexos y luego doy un trago. ...