Escribir antes era mi propia terapia.

Se me hace raro no necesitar esto.
Antes era lo primero que hacía al sentarme delante del ordenador, escribir. Escribir todo lo que me agobiaba, todo lo que extrañaba, todo lo que perdí.
Antes escribía sobre mi dolor y ha llegado un punto en mi vida en el que siento que ese dolor se va.
No sé qué me está pasando, pero al fin me libero de ese peso que cargaba en mi espalda.
Escribir se ha convertido en mi refugio, y resulta que ya no necesito refugiarme cada día.
Tras meses de dolor me noto diferente. Estoy viva de nuevo. Siento que respiro sin hundirme, y que vuelo sin caerme. Ya no me rompo por las noches, ni miro el teléfono esperanzada.
Ya no te busco en la mirada de la gente cuando camino por la calle, ya no escribo siempre sobre ti.
Ya no pienso en si me querrás, en si dejaste de hacerlo antes de abandonarme o después. Ya ni siquiera pienso en el dolor aquel 27 de enero cuando no llegó tu mensaje.
Se me hace raro ya no querer escribir todos los días.
Se me hace raro no sentirme la misma chica que temía olvidar. Me siento más fuerte que nunca porque he sido la más débil.
Por fin lo he aceptado. Ahora entiendo de qué va esto. Tú ya sentías esto des del principio. Cuando dejaste de quererme solo querías en tu vida un hueco para mí. Para que te diera esperanza cuando la vida te golpeara. Querías una hermana a tu lado, una chica que te comprendiera. Pero no querías que yo fuera tu gran amor. No me dejaste esa opción. Me quedé con las migajas de ti y ahora lo entiendo.
Al principio, cuando volvíamos a hablar, a estar bien, a sentir esa complicidad, creía que era un absurdo intento de acercarte, que querías volver a mis brazos. Con el paso de los meses he ido descubriendo que soy solo ese cobijo en el que esconderte del mundo cuando duele un poco de más. Soy ese chupito de tequila que rompe las reglas y te hace olvidar por unas horas tus problemas.
Pero fui la causante de unos. El dilema de echarme de tu vida o no. El dilema de olvidarme o seguir manteniéndome cerca de ti, guardando el rencor, esperando una señal.
Ahora te entiendo, créeme.
Tú querías justo esto que nos queda. Las migajas de todo lo que pudimos ser.
Y créeme que lo acepto.
Acepté el trato en su día pensando que volverías, y hoy mantengo el trato sabiendo que no vendrás.
Ya no importa, de veras.
Sé que volverás a amar muy pronto y que ya no seré yo.
Y ya no escuece imaginarte en otras bocas, prendido de otros labios, creyendo otras lenguas, sacudiendo otros cuerpos con tu voz. Puedes ser feliz lejos de aquí.
Lo único que puedo pedirte es que no olvides todo lo que te di, todo lo que fuimos, todo lo que nos dejamos por ser. Todo lo que sentimos cuando dijimos sentir, todo lo que conseguimos al proponernos un mundo lleno de retos.
Ojalá vuelvas a sonreír,
pero ya te digo que espero que no sea como conmigo.
Ojalá siempre te quede un trocito de herida abierta, como la mía, que te recuerde, muy de vez en cuando, lo feliz que pudiste ser, lo bueno que habría sido vivir esas ocho vidas que nos propusimos vivir.


Pero el tren partió. Eran las once de la mañana.
A mí se me rompió el corazón y perdí el tren siguiente.
Esperé en la estación durante horas, por si se te ocurría volver a casa.
Y al final, resignada, tomé el tren de las ocho de la tarde.
Llegué tarde, como de costumbre, Pero llegué.
Y aunque al principio el camino se hacía casi invisible, y la estancia incómoda, acabé acostumbrándome a ese dolor que se metía en las costillas cada atardecer.
Llegué a una estación, llamada yo y me bajé.
En cuanto pisé el andén comencé a quererme.
Y empecé a olvidar que te habías ido en un tren diferente.
Claro que dolió el primer latido en el que no estuviste,
pero supongo que el corazón se acostumbra a tener cicatrices.
Tú eres una de ellas, pero sé que habrá más. Volverán a herirme.
Y aunque antes le temía al dolor,
ahora sé que soy fuerte.





La próxima vez que alguien se plante delante de mí y amenace con quererme no saldré corriendo.
Pondré mi corazón a todo riesgo y me lanzaré al vacío que supone enamorarse.
Quizá vuelvan a herirme,
quizá sea yo esta vez la que mate a un inocente.
Pero me enamoraré, y eso es lo importante.
Del amor nadie sale vivo, y si lo hace, no sale entero.

Dulce y feliz vida, primer amor.
Ojalá no hubieras tenido que irte.
Ojalá no hubiera tenido que dejarte ir.
Ojalá no me hubiera acostumbrado a este dolor.
Ojalá no hubiera olvidado todo lo feliz que fui junto a ti.
Porque el vacío es lo único que duele.
Y me vacié al huir.

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