domingo, 19 de julio de 2015

Trozos de cosas que no sé pronunciar.

Nos llovieron las prisas,
cayeron todas las verdades.
Cerré todas las puertas
olvidé mis llaves.
Estaban junto a ti
en el cajón de todo aquello
que debía abrir
solo en caso de emergencia.
Me surgieron los daños
pasaban los años
y no te sentía.
Perdida en otros cuerpos
colgada en otras brisas
sintiendo otro tipo de dolor
te vi.
Nunca unos ojos habían dicho tanto
nunca una herida había dejado
tantas
y tantas
y tantas
secuelas.
Nunca un corazón había escupido
tantas ilógicas
ilusiones.
Nunca había querido así.
Y aquella huella era lo único
que iba a quedarme de todo aquello.







Hubo un día en el que dije
y prometí
y juré
que nunca más iba a mirar
una simple fotografía
en la que saliéramos felices.
Y desde entonces no lo he hecho.
Bebí hasta prometerme
que no habría más lunas
iguales
y que debería aprender a mirar
las que eran diferentes.
Ahí mentí.
Volví a buscar las mismas lunas
en otros cielos
en un absurdo intento
de quererte un poco menos
y quererme un poco más.

Y de hecho ahora me quiero más que a ti,
que ya es mucho.
Y hasta he empezado a sentir
que ya no sé quererte.
He perdido la dirección
de todas aquellas calles
donde fui feliz.
Pero por primera vez en meses,
no vuelvo a mirar mapas.
Los lunares de tu espalda 
ya no guían mi vida
y sin embargo aún los recuerdo.

Fuiste cobijo
en las tardes
más gélidas
de mi invierno
favorito.
Pero aún así no puedo quedarme
con lo bueno
y olvidar lo malo.
Sino que debo recordar
más que nunca
todo lo que he llorado
para levantarme un día
y no sentir que te debo la vida
solo porque me salvaste de una soledad
que vuelve a apuñalarme por la espalda.





Recuérdame cuando ya no quede nadie,
hazlo entonces, o hazlo cuando sonrías
y la vida te devuelva la felicidad.
Brinda por mí
choca con otra persona
las copas
y recuerda que una vez brindamos por ese futuro, ahora presente, que ya no está.
Deja que mis labios te persigan a ratos
y aprende a quererme sin más.
Quizá lejos
quizá demasiado poco
quizá en exceso de paz.
Quiéreme como no lo hiciste
cuando aquel día
decir adiós fue lo que cosió el final.
Ojalá me hubieras querido al menos la mitad
de lo que yo dije quererte.
Ojalá entonces yo hubiera sido lo suficientemente fuerte como para batallar
una vez más contra mi mala suerte.







Ahora estamos desnudos
pero en camas diferentes.
Y ya no se me quema la piel
cuando tus labios 
pronuncian
'para siempre'
porque ya no lo pronuncian, quizá,
o porque ahora sé que no era verdad.

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