Como los sordos oyen la vida.



Siempre te has parecido al invierno, y a la contemplación de esos libros que se apoyan en sillones y miran directos al fuego. Porque siempre te has semejado a esos recuerdos que te muerden el alma y se instalan en los momentos en que verdaderamente has sido feliz. Algunos pensarán que estoy loco si les hablo de que te dejabas la vida por hacerme feliz y lo lograbas. Como poco a poco tu pelo rubio fue acariciándome la espalda cuando tumbados, conseguías hacerme reír a carcajadas. Eras solo tú, y eso es lo que buscaba.
No habían lápices labiales, ni medias rotas, ni vestidos con propuestas indecentes que pudieran manejar nuestros sentidos lanzándonos al vacío. Porque saltábamos simplemente para rozarnos. Porque nos rozábamos simplemente para darnos el capricho de amar despacio y correr deprisa. 
Yo te leía, en braille, y no me importaban los signos de puntuación, ni la ortografía, ni los puntos y aparte.
Porque en cada capítulo me esperabas tranquila hasta que yo llegara para hablarme de todo aquello que aún nos quedaba por hacer.
Y yo te escuchaba, como la niña pequeña escucha a su abuelo hablándole sobre la Guerra Civil y se impresiona. Como el perro escucha al amo cuando entra por la puerta de casa, y como los sordos oyen la vida de la mejor manera: sin oír absolutamente nada. Solo sintiéndolo absolutamente todo.
Así éramos nosotros, y así era nuestra pequeña burbuja, donde pasábamos tardes sin hacer nada, pero haciéndolo todo. Donde perderme y encontrarnos, en el punto exacto en que se difuminaba tu mirada y yo empezaba a hacerme más fuerte. Porque jamás te lo dije, pero el mar de tus labios a mí me hizo valiente.
Y para qué mentirte, pequeña, si eras tú lo que ansiaba guardar en cajas pequeñas para un día abrirlas y contemplar que nosotros ya no seríamos los mismos pero seguiríamos queriéndonos como siempre...
Y ahora que es primavera, solo me queda decirte, que ansío de nuevo el invierno. Para poder perderme en versos y tener la excusa del frío para escribir sobre cuánto te eché de menos.
Y sobre cuánto escribo aún, sabiendo que no hay verso que le haga justicia a tu recuerdo. 

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