martes, 6 de mayo de 2014

Por darle un puñetazo tan fuerte a la amistad.

Hay días en los que me pregunto si a la hora de poner las cartas sobre la mesa alguien se planteará si yo fui verdadera y estuve en todo momento. Entonces miro la noche desde cualquier ventana y me doy cuenta de que hay 1 entre un millón de posibilidades de que eso ocurra, al igual que la inmensidad del universo. Porque si eso fuera verdad, ¿Cuántas personas deberían darte las gracias? ¿Cuántas no te habrían herido y se habrían ido corriendo? Hoy es uno de esos días en los que me acuerdo de ti y pienso en por qué. Por qué dejamos de ser amigos y en qué momento cambió todo. En por qué me fue tan fácil llamarte mejor amigo y por qué hoy si nos encontramos por la calle fingiremos no habernos visto. Pienso en por qué te fue tan fácil tirar de la cadena y dejar que el agua arrasara con todo. Y en por qué nunca has tenido la cara, el valor, las ganas, de pedirme perdón.
Porque te habría perdonado. Porque habría tapado esos años amargos con la mano y habría mirado hacia recuerdos futuros que podrían haber venido. Porque me he equivocado cuando te he culpado de todo a ti, porque yo también hice muchas cosas mal. Porque yo también tropecé y caí. Porque yo también te fallé. Siempre me ha gustado más pensar que eras tú el malo, porque así tenía la oportunidad de dejarte avanzar y que te disculparas. Pero supongo que si quería que te disculparas era de las cosas que jamás llegaste a hacer. Y no hay un perdón existente para tal cosa.
Solo espero que en un futuro lejano -o no- un día que nos encontremos por la calle, nos paremos y me preguntes que qué tal estoy. Y yo te conteste que he encontrado ya al chico ese del que te hablaba y que él soporta mi mal humor y mis cagadas. Y tú me contarías con cuántas desde la última vez que hablamos. Con cuántas te habrás acostado sin sentir nada. Y yo me reiré y te diré que no has cambiado nada, que sigues buscando el amor entre dos piernas, cuando se encuentra entre dos manos entrelazadas. Me llamarás cursi- pero estoy acostumbrada- y me dirás que ya era hora de que yo fuera feliz. Y entonces con la mirada nos pediremos perdón. Aunque no lo digamos en alto, y asentiremos, como diciendo, pensando, sintiendo, que está todo olvidado.
Y quizá no volvamos a hablar más,
y quizá no volvamos a vernos,
ni a contar chistes malos,
ni a que te rías de mi forma de decir las cosas,
ni a que seas amigo y confidente,
y me trates como loca,
pero al menos viviré sabiendo que tres años de amistad valieron la pena.
Porque aunque pocas veces te lo dije, también estuviste en los momentos jodidos.
Y ojalá la vida sepa perdonarnos algún día por darle un puñetazo tan fuerte a la amistad.

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