jueves, 15 de mayo de 2014

La vida es un accidente constante.



He escondido debajo de mi piel todo aquello que jamás pude decir. Creo que a pesar de que jamás me dieron miedo las alturas sí le tuve miedo a otras cosas. Cuando era pequeña me daba miedo que la magia existiera porque eso significaba que el mundo no estaba al alcance de mis manos y que no podría controlar lo que pasaba a mi alrededor. Cuando crecí, me di cuenta de que aquello que creía que era magia, o aquello que yo llamaba así, en realidad era la vida, y que, obviamente, tampoco podría controlarla. Resultaba ser que la vida solo me daba opciones que yo debería elegir, siempre sin saber qué escondería el camino. Como saber el nombre de un libro sin saber si quiera de qué tratará. Eso es la vida, elegir un nombre, un camino, unas amistades, una carrera o un trabajo, una pareja, una casa dentro de una ciudad, o quizá un pueblo. Es apostar a ciegas, sin saber más que el nombre.
No sabes lo que te espera durante el camino. Si la vida te atropellará las ideas, si cambiarás el rumbo a mitad del camino, o si cuando llegues a la meta realmente estarás orgullosa del nombre que elegiste. 
La vida es una apuesta constante, donde expones tu cuerpo y hasta tus propios ideales, sobre una mesa, y dejas que la invisibilidad de la vida juegue a manejarlo. Un accidente, unos segundos antes, unos segundos después, la ropa que elijas ese día...cada mínimo detalle puede alterar tu camino.
Y eso me ha acojonado siempre.
De pequeña creía que tenía lógica,¿no? La magia es incontrolable si no la posees. De grande aprendí que la vida puede llegar a ser una auténtica barbaridad. 
Y entonces supe que quizá lo que temen las personas no es morir, sino no haber vivido lo suficiente como para saber si verdaderamente cuando escogieron el nombre de aquello que querían ser, de allí donde quisieron ir, escogieron la opción correcta. 

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