Lo más triste que hay después de una canción de amor son dos canciones de amor.

Sus ojos se reflejan en los míos. Él mira su reflejo. Le quiero acariciar las mejillas, pero está temblando.
- No tienes que ser fuerte, no ahora. Vámonos, por favor.
- No me voy a ir hasta que no haya justicia.
- ¡Me da igual, ya, David! No quiero justicia. Lo único que quiero es que estés bien, y si nos quedamos aquí moriremos los dos.
- No, tú tienes que irte. Yo me quedo, me quedo aquí.
- No, no, no...no voy a permitir que te quedes aquí, solo, en tu estado.
- He pasado por cosas peores- sonríe, con la mirada perdida, y una mueca de felicidad que esconde unas lágrimas de dolor. Tenemos que salir de aquí, pero él no está dispuesto a venir.
- Entonces me quedo contigo.
Yo nunca he sido una chica valiente, eso es cierto. Siempre he sido la típica chica tímida que esconde sus sueños tras una carpeta llena de escritos, la misma que no sabía contestar a un ''te quiero'', esa que tenía miedo hasta de las tonterías más tontas. La chica a la que nadie antes había mirado. No al menos antes de David.
- Si te quedas aquí podrían hacerte daño.
- No me voy a ir sin ti de esta puñetera isla, David. No. Me niego a tener que esperar que vuelvas un día, porque si te quedas aquí te matarán. He estado demasiadas noches sola, y he esperado demasiado para conocer a alguien como tú. ¡Qué digo! A alguien como tú no, a ti. He esperado tenerte demasiado tiempo. Y ahora que te tengo entre mis brazos no voy a permitir que algo así nos separe. Me niego a vivir en una vida en la que no estés tú.
David se reincorpora lentamente y me mira con lágrimas en los ojos. Sé que esas no son de dolor.
- Es lo más bonito- hace una mueca de dolor y se cubre la pierna con una manta sucia de la cual no tenía ni idea de su presencia hasta ahora y me vuelve a mirar- que me han dicho nunca. Te qu...
- No- le pongo el dedo índice en los labios y le miro a los ojos- Esto suena a despedida.
- ¿Hasta en estos momentos no vas a dejarme despedirme de ti? Sé que odias las despedidas, pero...
- También odio los pero. No te despidas de mí, vamos a salir de esta juntos.
- ¡Nile, toca con los pies en la tierra, estamos perdidos! Y conmigo no vas a poder, no puedes llevarme tú sola hasta la otra punta, donde están los barcos.
- Sacaré las fuerzas de donde sea, podemos construir un...
- Ey-  David toma mi mandíbula y me obliga a mirarle. Me seca las lágrimas que acaban de salir a toda  velocidad por mis ojos y se precipitan hacia mis mejillas- te prometo que estaré bien.
- No quiero irme, no quiero dejarte, no quiero, no quiero, no quiero...
- Puedes llorar, o puedes ser fuerte e irte. Lucharé con todas mis fuerzas por salir de esta, sólo por ver tu mirada otra vez, por tener tus besos otra vez cuando nos reencontremos.
- ¿Y si tus fuerzas no son suficientes?
- Entonces habrá merecido la pena luchar- me mira sonriente, y sé que esta sí es la despedida.
-  Te qu...
- No, no quiero que me lo digas.
- ¿Me estás copiando?- sonrío triste
- Es sólo que prefiero decírtelo cuando salgamos de esta.
-¿Y si no...?
- ¿Aún dudas de mí? Vete- susurra- nos veremos en treinta y siete días. Donde siempre, a la hora de siempre.
- Tienes que prometerme que estarás.
- ¿Alguna vez te he fallado?
Niego con la cabeza. Me guiña un ojo y le miro por última vez. Rizos cayendo y rozando sus mejillas. Ojos brillantes, pistola en mano. Me recojo el pelo con una goma y con algo de agua limpio las heridas de mis mejillas. Cuando me alejo de la playa y echo la vista atrás, mis ojos ya no alcanzan a verle.
Pasaron treinta y siete días, y le esperé en la avenida XV, donde siempre. En nuestro banco. A nuestra hora. Pero él ya no volvió.


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