Pero le miré el alma. No era un alma pura, yo ya lo sabía. Tenía una oscuridad intensa, como esa oscuridad de las noches de invierno, las más frías, las que tienen menos estrellas. Pero me encantaba perderme en sus sombras, el frío que había en ella jugaba a abrazarme, a partirme en dos mitades de vez en cuando. Sabía que merecía algo mejor, mejor objetivamente. Porque para mí sus imperfecciones eran perfectas. Me miró atravesándome el corazón con un cuchillo, un cuchillo metafórico, de esos que te dan igualmente la sensación de cortarte el alma en mil cachitos. Le amé, sí, claro que lo hice. Fueron los tres mejores años de mi vida. Él me buscaba, me encontraba, me besaba, me acariciaba. Sabía cuántos escalones había en las escaleras antes de llegar a mi casa. Se sabía las coordenadas exactas, esas en las que podía besarme, hacerme cosquillas, y que utilizaba en mi contra cuando quería convencerme de cualquier estupidez. Sabía mis secretos más estúpidos pero íntimos, se sabía mi color, número, comida, actor, película y canción preferidas. Y sabía que amaba el chocolate como a nada.
Me regaló doce rosas cada S. Jordi que pasó a mi lado, y me dedicó más de trescientas canciones que ahora soy incapaz de escuchar sin llorar. Creía que sería para siempre, pero mi yo más interior, perverso, masoca y oculto, sabía que él un día tendría que volar.
Nadie entendió jamás cómo él podía estar con alguien como yo. No es cuestión de no pegar físicamente, ni de que yo fuera una especie de extraterrestre, no. Simplemente rompíamos con las normas. Eso era todo, amábamos. Y nadie amaba ya. Eso era lo extraño, la complicidad de nuestras miradas, el deseo escondido en nuestros corazones a cada beso, ese latido acelerado. Esa sonrisa cómplice esos impulsos salvajes a cometer errores constantemente. Su alma era oscura y él era el hombre más cabezota del universo. Le habría matado tantas veces como veces quise comérmelo a besos. Pero habría sido incapaz de ponerle un dedo encima si no era para acariciarle los nudillos de las manos y que sonriera. Parecía tan fácil como respirar, tan sencillo como era sencillo el latido de un corazón. Tan fácil como caminar, tan difícil como volar. Éramos los polos opuestos menos opuestos del universo. Pero si ni si quiera fuimos almas gemelas. Nuestro destino caminaba en direcciones distintas, y aunque nosotros jugáramos a estar hechos el uno para el otro los dos sabíamos que todo se iba a acabar un día.  Jorge nunca ha sido para Míriam, Míriam jamás fue para Jorge. Eran demasiado libres. Y aunque odiábamos las ataduras, creedme, yo me habría atado a su espalda mil y una veces. 

Pero volamos alto, lejos, separados. Y a veces me giro a observar cómo va su vuelo, y lo veo alejándose. A toda velocidad, como a él le gustaba, con prisas, sin paciencia, sin necesidad de alguien más que de sí mismo.
A veces me pregunto si recuerda de qué color era mi alma, si escucha mis canciones, si relee mis cartas, si ve nuestros vídeos, nuestras fotos...si sabe lo que soy si sabe lo que es, si sabe lo que fuimos, si sabe lo que siempre seremos aunque no estemos ya juntos.
Me pregunto qué color tendrá el alma de Jorge hoy, veintiséis de noviembre de dos mil doce. De qué color será desde que ya no está a mi lado. 

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