Quién será el loco que lo entienda.

Tengo la extraña sensación de que alguien me sigue, pero no me doy la vuelta. No pienso girarme, no debo girarme. Exhalo mi silencio y lo consumo. Golpes de recuerdos matemáticamente colocados para que duelan el doble. Trepo por el árbol del silencio y me bebo sus copas. Quizá así se apague antes el zumbido que se me ha pegado a la oreja. Es interminable el sendero de palabras que no significan nada y lo quieren decir todo: Miedo, angustia, ansiedad, laberinto y pánico. 
Todo en el mismo lugar,
bajo la misma luna,
bajo el mismo rincón de esos traumas que dicen que te llevas de cuando eres pequeña.
¿Y yo? ¿Dónde escondo esos miedos?
Si todos creen conocerme y nadie acaba sabiendo qué soy.
Si hablo tanto que no digo nada. 
Trepo,
llego más arriba,
más,
más
un poco más
-casi estoy en la cima-
yo puedo,
me digo,
siempre podré,
me miento,
resbalo.
Último segundo,
movimiento decisivo,
alargo el brazo derecho, me impulso con el izquierdo,
y
caigo. 
El golpe no duele nada comparado con la sensación que se me ha pegado en la columna vertebral. La sensación de estar al borde de no conseguir nada pudiéndolo haber tenido todo. 
Me castigo otra vez,
por si acaso mis manos tuvieran la culpa
y en el fondo sé que mi castigo es merecido.
Agacho la cabeza, como un perro abandonado, como un perro mojado
una noche de abril, bajo cualquier feria barata donde la gente sólo sepa reír. 
Cerveza a modo de distracción, cómplice del humo de todos los que me rodean. 
Sigo arrepentida por todo lo que no he podido ser,
todo lo que he sido
y todo lo que jamás conté.
Me arrepiento solo de no haber tomado decisiones
aunque las peores decisiones sean primer motivo de arrepentimiento.
Y me lamo las heridas,
por si volvieran aquellos días
en los que el sol brillaba con más fuerza
y alguien decía tienes vida en esos ojos, que cortan el aire y devuelven la paz.
Ilusa.
Imaginación.
Tópicos rotos bajo los deseos de una veinteañera con ganas de volar para poder escapar lejos de todo lo que ha conocido hasta ahora.
Mundo insuficiente
desolado
y roto
que me rajas el sentido
y me devuelves el eco de una chica que ya no soy yo.
No te quiero,
mundo,
no te quiero.
Mundo que matas en nombre de dioses que jamás bajaron a defendernos,
mundo que no cree en el amor pero se empeña en encontrarlo
mundo que rompe promesas y las vende baratas a la desesperanza,
mundo que desconsuela hasta al hombre con mayor acto de fe,
mundo donde ya no cabe gente verdadera
mundo donde sólo viven cobardes que fingen un eterno carpe diem
que no es más que mentira clavada en la piel. 


Dime dónde está mi sitio
si sólo me encuentro 
cuando no estoy en el lugar que me pertenece.
Sólo cuando salgo de ese vínculo estrecho con mi pasado
sólo cuando soy yo, 
en soledad,
conmigo misma,
sé quién soy.

Los demás intentan mirarme a los ojos
adivinar
qué dolor escondo tras cada rayo de luz que me baña la risa
qué es lo que me hizo feliz
lo que me jodió la vida
lo que me hizo resurgir. 
Y mientras ellos intentar adivinar qué me ha hecho ser quién soy
yo solo me miro al espejo y me pregunto
qué seré
cuando los demás descubran
quién soy.













Seguramente pólvora
O quizá jamás llegue el día.



Mientras tanto,
el espectáculo debe continuar.

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