viernes, 12 de febrero de 2016

Angustia.




Me abrazo a la eternidad. Entonces de repente saludo a mis miedos. Me arden las mejillas.
Silencio.
Caigo en picado, rápido, más rápido incluso que lo que habría esperado.
Me golpeo fuertemente contra el suelo y se me parte el alma en mil trozos. De estar viva me habría dolido demasiado. Suerte que las cicatrices del pasado están ahí para abrirme las heridas.
Empiezo a temblar como si fuera una niña asustada.
Jamás había sentido tanto miedo. En el pecho retumban los ecos de un adiós. Me veo en la estación de un pasado, esquivando a un futuro, evitando un presente. Sin saber dónde dejar el equipaje.
Recupero la conciencia. Maldito momento de realidad. Me levanto.
Me sacudo los hombros y de mi piel caen virutas de polvo de estrella.
Comienza a arder cada parte de mi ser que me pide irme lejos.
Ahora estoy anclada.
Hay gritos, la gente alza la voz, el silencio me pide tregua. No se la doy. Y grito. Grito mucho, me quedo afónica, la angustia me recorre el estómago hasta desembocar en mi garganta.
La voz de repente desaparece. Y solo estoy yo, con la boca abierta, chillando silencios.

Una oleada de recuerdos me invade la mente y caigo de nuevo, de rodillas, al suelo.
Ahora miro al cielo, casi esperando una señal.
No
No
No
No.
No puedo más.
Un nuevo silencio alborota la sala, se vuelve casi incómodo respirar.
Me duelen los oídos.
Me duele el corazón.
Me lo sujeto, como si así pudiera evitar sentir el dolor.
Y entonces,
desaparezco.
Me hago pequeña, muy pequeña
más pequeña
ya no pueden verme
ya no sé encontrarme
ni siquiera yo me veo.





Tortura.
Casi me tiemblan las piernas.
Casi estoy viva.
Casi respiro.
Y ahora,
no,
no,
no,
no puedo.
Me he quedado inválida.
Mis sentimientos ya no funcionan. Aprieto los botones, desesperada.
Y no,
no,
no,
ya no se sienten latidos.
La angustia se me pega a la garganta.
Quiero pedir ayuda
pero es tarde.
En silencio
pequeña
diminuta
ante una inmensidad oscura
muero.












Y nadie me ve cerrar los ojos
pero yo
los cierro.

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