miércoles, 21 de octubre de 2015

Let her go.







Necesitaste más de tres vidas para darte cuenta de algo que yo ya sabía el segundo después de que marcharas. Necesité tres vidas para entenderte, para dejarte ir, para soltarte. Para no aferrarme a los recuerdos que miraba, ansiosa, esperando encontrarte. Encontrarme o encontrarnos. Ahora los miro sin búsqueda fija. Y a veces lloro. A veces lloro porque ya no te veo en ellos, a veces lloro porque no me reconozco. A veces creo echarte de menos. Y se me viene encima todo aquello que tragué, se me viene encima el diluvio universal de tus reproches, mis manías, las anécdotas, todo lo que prometimos contarnos. Todo lo que incumplimos. Desde tu huida hasta mis pupilas empañadas de errores.  Quizá esta canción me recuerde a nosotros. Quizá no me supiste querer hasta que no dejé de hacerlo yo, quizá no me supiste ver hasta que no me fui. Quizá cuando empezó a nevar en tu corazón viste la calidez de mis brazos rodeándote la vida.
Tal vez con la llegada del invierno ansiaste nuestro verano insólito. 
Tal vez con mi partida deseaste mi llegada.
Tal vez con mi no-retorno se te deshicieron los esquemas, se te borraron los mapas.
Quizá la niña que había en mí siga ahí,
pero la mata esta realidad
que juega a quedarse. 



Gracias,
al menos,
por darte cuenta
de que lo nuestro
era imperfecto
pero lo más real
que jamás podrás ver
con nadie más.
O sí,
pero ya no del mismo modo.


La dejaste marchar.
Me dejaste marchar. 









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