Aunque nadie la quiera.




Si la hubieras mirado bien quizá lo habrías visto. Eso es, un poco más cerca.
¿Ves esa sonrisa? Infinita, llena de miedos. El sonido tenue del suspiro que se lanza de su boca

cuando escucha algo que no le gusta. ¿Oyes eso? Es su duda, su temor, su escudo protegiendo el corazón que juega a ser de piedra. Mírala, cómo camina. Si parece que la han echado del cielo, con esas piernas, no me extrañaría, los ángeles empezaron a tenerle envidia.
Que no cree en el amor, dice. Y aún se emociona cuando relee esas frases de su libro favorito, el mismo que habla de historias de amores imposibles, improbables, eternos.
No confía en hombres, ni caballeros disfrazados de perfectos impostores. Sabe valerse por sí sola, y no se lo dirá nadie, pero volviendo sola, de madrugada, le pide a las estrellas fugaces que llegue alguien que la salve de las copas. No va a tragarse el orgullo, pero en los días de invierno, la manta se le queda grande y todas las películas suelen terminar en llanto.
Jamás dirá esto, pero se siente tan perdida, que no mira brújulas ni recoge tréboles de cuatro hojas. 
Si te hubieras quedado, perfecto desconocido, le habrías visto los descosidos. Sus costuras ya no riman, sus rotos no casan. Parece que la han sacado de una película de terror, en la que nada más empezar, se sabe que la protagonista morirá entre palabras.
Mírala, cómo escribe en su diario, ese que leerá en unos años, del que se reirá mañana.
Jura que nunca más va a vendarse los ojos,
hasta que algún jodido desastre le haga perder el rumbo. Dice que ya no tiene corazón,
pero aún cuando se sube al metro le estrangula la idea de soportar el dolor que abunda en su interior.
Ella es fuerte, todos la creen. Muchos desearían tenerla cerca, para una vez haberla visto reír, echarla. Otros solo esperan que les convenza su cuerpo cansado de dar amor a ciegas. Todos podrán ansiarla ante la imposibilidad de tenerla, y aunque ella solo le dé su corazón a uno entre cientos, seguro que vuelve a equivocarse. Seguro que tarda, pero se lanzará al vacío, dejándose la vida llena de temores con los que lidiar una vez perdida la batalla. 

No aprende, no, ella nunca aprende. Y mira que ha dejado de pintarse los labios de rojo, y mira que ya no saca banderas, que ya no pone fronteras, que ya no sabe ver más allá de lo que tiene, de lo que le queda.
Y mira que usa faldas cortas para que se le vean más los miedos, pero no, no hay manera, chico.
Sigue siendo infinita pena, oscura, que entre la noche y el día se acomoda en la espera de sentirse querida, aunque nadie la quiera.

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