miércoles, 13 de mayo de 2015

Debería callar, pero es inevitable escribir.







Siento la necesidad de escribirte, aunque sea desde esta habitación oscura que fue durante tantos meses mi cárcel. Son las 23:41 exactamente y no paro de pensar.
Quién soy ahora. Quién eres ahora. En qué nos hemos convertido.
Mira esos dos tontos de la foto. Ni si quiera parecemos nosotros.
Pienso en un beso. En cualquiera entre esos millones y millones que nos habremos dado. Algo tan simple, sencillo y especial como lo es un beso.
Algo que siempre teníamos cuando uno de los dos, o ambos, movíamos ligeramente el cuerpo y nos abalanzábamos hacia esas puertas del alma.
Viendo esto me cuesta creer que te marcharas. Me cuesta ver lo mucho que gira el mundo, lo rápido que va, desde que te fuiste. Parece que hasta los meses huyen de nosotros, de ti. Como tuve que hacer yo.
No sé por qué estoy llorando, ni si  quiera quiero hacerlo. No quiero pensar que pueda echarte de menos, aunque me arda este silencio eterno que existe ahora entre tu casa y la mía. Todo ese recorrido, esos pasos invisibles que ya no se dan entre tu barrio y el mío. Los domingos pesan como años. Y me sigo encerrando en mí misma, sin hablarle a nadie de ti, no vaya a ser que piensen que sigues alimentando mi memoria.
Claro que te recuerdo. Todos los días algo o alguien hace que te recuerde. Supongo que has sido parte de este cuerpo durante más de dos años, y eso no es fácil de olvidar.
A veces te echo de menos y te necesito. Como por ejemplo el domingo, cuando me enteré de que otra muerte vencía la felicidad de mi familia. Te he necesitado a mi lado en muchos momentos, sobre todo este invierno, durante aquel mes en el que me hundí y no quise saber nada de nadie. 
Y me he echado a temblar muchas noches, pidiéndote a susurros que vinieras a abrazarme. Me abandonaste aunque no quisieras herirme. Y me mataste aunque no pretendieras hundirme. Me asfixiaron los recuerdos.
Tuve que querer odiarte aunque jamás lo consiguiera, porque creía que era la única manera de avanzar sin culparme a mí; culpándote de todo a ti.
Pero no tienes la culpa de que dejaras de amarme. 
Aunque fuera de repente, aunque tomaras la estúpida decisión de apartarme de tu vida.
Ahora estás mejor, e incluso cuando te hundes, ya puedes salir a flote sin mí.
Estoy orgullosa de que estés intentando luchar por tu futuro de nuevo, por una vez parece que me has escuchado y ya vas a tomar las riendas de tu vida. Sé que estarás bien. O mejor que bien, sé que serás feliz. Tendrás esa estabilidad que deseas y volarás muy alto, yéndote lejos.
Sé que algún día volveré a pisar ese puerto. A veces me pregunto si habrás vuelto solo, allí. Si habrás mirado el mar y habrás recordado ese primer beso torpe.
Si habrás sentido que te faltaba algo sin mi mano cogiendo la tuya allí.
¿Recuerdas mis estúpidas teorías sobre la vida? ¿Mi risa tonta? Recuerdo que tu madre siempre decía que se me oía reír desde casa cuando entrábamos en tu portería. 
Y es que recuerdo que siempre estábamos riendo, no parábamos ni un solo momento.
Éramos felices.
No sabes cuánto me dolió perder eso. Cuando cambiaste las bromas por silencios, cuando dejaste de buscar teorías sobre el universo con las que entretenerme por las noches en las que dormía a tu lado. No sabes cuánto dolió perderte, por encima de cualquier cosa. Incluso por encima de perderme a mí.
No sabes cuánto me dolió descubrir que habías escrito sobre nosotros en un blog abandonado, que encontré por casualidad, sin querer. Lo mucho que releía las entradas para asimilar que no sabías si quererme, volver a buscarme o marcharte para siempre.
Sé que optaste por olvidarnos. Por no volver, por marcharte. Según tú deseabas felicidad  para mí, decías que estaría bien, incluso decías que este verano yo iba a estar sanada (al menos mucho más sanada que este invierno). 
Sé que de verdad querías lo mejor para mí, pero también sé que no puede elegir nada de esto. En todo momento decidiste tú.
Tú quisiste que nos diéramos un tiempo.
Tú quisiste irte, dejarnos.
Tú después volviste a hablarme, tras una semana, para decirme que me echabas de menos. Y que querías no perderme.
Al final fui yo también la que quiso saber de ti, no abandonarnos.
Pero sufrí mucho hasta tomar la decisión que nos ha llevado a este punto de inflexión.
Ahora estamos justo donde querías.
Olvidándonos sin borrarnos del todo.
Contándonos cómo nos va la vida.
Esquivando temas en los que podrías decirme que te has vuelto a enamorar, o si yo he vuelto a probar otros labios.
Tu lógica siempre me asustó, y tras el abandono, más que nunca. Sé que saldrás de todo este círculo vicioso de dolor mucho antes que yo. Me atrevo a decir que ni si quiera te duelen muchas cosas que quizá aún me escuecen. 
En el fondo eres el más fuerte aunque me empeñe en querer demostrar lo contrario.
Me vas a borrar mucho antes. Y volverás a amar mucho antes también.
Me encantaría pedirte que jamás vuelvas a querer a alguien como yo. Quiérele más, menos, pero nunca igual. Solo te pido que me guardes un sitio especial. Con vistas al mar desde tu corazón. Que no dejes que nadie escriba sobre lo que he escrito. 
Que jamás olvides todo lo que di y todo lo que no nos dio tiempo a hacer.
Si algún día pisas ese lugar que llevo por bandera en mi vida, quiero que observes cualquier puente, cualquier trozo de cielo y pienses en mí. Venecia siempre llevará mi nombre a tu memoria. Espero que al menos sí que guardes eso de mí.
Y si dentro de unos meses, o años, quieres tirar todo lo que te regalé, hazlo. Prometo no guardarte rencor por ello. Entiendo que ese cojín con nuestras fotografías ya no tenga sentido, entiendo que mis cartas ardan o que todas esas entradas de cine se sumerjan en el olvido eterno de nuestras entrañas.
Sé que no he sido la primera mujer de la que te enamoraste (ni si quiera sé si te llegaste a enamorar de mí) pero yo sí puedo decirte que fuiste la primera persona con la que utilicé el verbo 'amar'.
Es una tontería de críos decirte que has sido mi primer amor. Y es una tontería más grande hablarte de un futuro, pero ojalá nos encontremos por la calle dentro de muchos años y sientas la necesidad de abrazarme como si no existiera un mañana.
Te parecerá estúpido pero has sido la primera persona que me ha llamado escritora. La primera persona que siempre me animó a que fuera por aquello que consideraba mis sueños. Has sido la primera persona a la que canté mirando directa a los ojos. Has sido el único por el que he hecho cosas que creía impropias de mí. He pisado lugares que creí que jamás pisaría. Has sido el primer hombre que me vio desnuda y que tocó mi cuerpo, y aunque no vayas a ser el último, fuiste la primera persona que sentí que me quería por todo lo que era. 
Fuiste excepción. Lo fuimos.
Y ojalá pudiera afirmar que en un futuro podríamos perseguir todo aquello que soñamos tumbados en la cama los viernes por las tardes, antes de quedarnos dormidos, abrazados.  Antes de que fueras a jugar esos partidos de fútbol. Pero la imposibilidad de ese futuro es la que mueve este olvido que amenaza con visitarme cada día, como si de un despertador se tratara. La realidad me llama y me dice que te deje ir. Eso he sentido todos los días desde que te marchaste. 
He necesitado mucho café y mucho ron para entenderte. Y aun así hay días que te atraviesas en el corazón y no puedo comprender lo que pasó. 
Sigo buscando respuestas, formulándome las preguntas equivocadas.
Te pregunto por qué no volviste cuando la respuesta está en ese por qué te marchaste. Te pregunto por qué no luchaste cuando la respuesta está en por qué teníamos que luchar por algo que ya era nuestro...
Te adoré, pequeño, te adoré tanto que te ganaste un hueco en el mismo cielo, aun sin creer en nada de eso, pensé que habías llegado para salvarme.
Espero al menos haber sido ese ángel que te ayudó a tomar las decisiones correctas.
Perdóname por escribirte en un lugar tan sagrado como este blog, donde prometí que no te nombraría más. Pero qué esperas. Has sido un trozo de mí demasiado grande como para ignorar tu paso por mi vida.
Ojalá yo tuviera un lugar en el que leer todos tus pensamientos. Algo que abrir cada día y descifrarte. 
A fin de cuentas tú siempre has tenido expuesta mi alma, has podido entrar cuando quisieras, aunque dejaras de hacerlo.
Me pregunto si llorarías al leerme. Si sentirías todo lo que pasó.
Me pregunto si has necesitado de mis besos algún día para seguir adelante, como cuando me decías que yo era tu motivación día tras día.
Me pregunto qué será de tu vida sin la mía rozándola.
Qué será de esa habitación sin mi olor. De todas esas camisetas de fútbol sin mi cuerpo desnudo debajo. Qué será de ti sin mí. Qué será de mí sin ti.
Sé que seguiremos nuestros caminos.
Pero a veces me duele que nos echáramos tan rápido.
Que no nos diera tiempo a todo aquello que planeamos vivir.
Siento que dejamos a medias nuestro vuelo.
Siento que nos bajaron a la realidad de repente.
Siento que tiraste de mí hacia abajo y caímos los dos.

Ojalá tú no hayas necesitado cambiar tanto para volver a sonreír.
He sido una cobarde al no pedirte que volvieras cuando así lo sentía, pero creía que era valiente si conseguía taparme las heridas sin que nadie notara que sangraban. Creí que olvidándonos nos hacía un favor. Creí que estarías mejor sin mí,
y no estaba tan equivocada.





Perdóname por todo lo que no nos llegamos a dar.
Y gracias, porque te conocí siendo una niña y me devolviste al mundo siendo una mujer.









Has sido una de las cosas más grandes que me han sucedido.




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