jueves, 8 de enero de 2015

Cartas jamás entregadas.


Hola. O quizá debería decir buenas tardes.
Aquí estoy. 
Imagina que estoy hablándote. Contándote todo esto. Que es una carta, o quizá una llamada telefónica. Imagina que te hablo y tú te mantienes en silencio. Que solo me escuchas. Aunque sé que ya no sueles pasarte por aquí.
No sé por qué. No sé por qué sigo haciéndolo. Pero  necesito escribirte. Algunos se desahogan jugando, haciendo deporte, viendo películas o simplemente leyendo. Yo lo hago así.
Hoy estoy mal. Mal, como cuando piensas: Joder, es un día de mierda.
Mal como cuando soy consciente de que estoy a 4 días de empezar exámenes y te necesito. 
Mal al ser consciente de que ahora no puedo llamarte cuando se me antoje a contarte llorando que estoy agobiada. Que necesito escapar. Que mi mundo me está superando. Que me hundo en un mar de lágrimas. ¿Estás ahí? Casi puedo escuchar tu voz diciéndome: Noelia, todo saldrá bien.
Casi suena real.
Hoy he cometido la estúpida y tremenda gilipollez de mirar fotos. Con los vídeos aún no me atrevo. Son demasiado reales, te mueves demasiado parecido a ti en ellos. Y sonreímos. Y nos besamos. Y yo no puedo mirarlos. Me gustaría verlos, porque sentiría que estás aquí. Pero no puedo. No puedo. No puedo. 
Estoy desnuda ante el mundo, avergonzada, temblando. Estoy desnuda ante mi vida. La misma que meses atrás quería coger con ganas y afrontarla. A veces me cuesta. Qué coño, a ti no te voy a engañar. Me cuesta siempre. Me cuesta asumir que nunca más voy a acariciarte. Esa cara de ángel que respondía solo mirándome. Tengo mucho miedo. Y curiosamente el único abrazo que necesito es el que nunca seré capaz de pedirte. Un 'no me sueltes, por favor' acompañado de lágrimas, llenas de desesperanza. No quiero cometer la tremenda estupidez de pedirte que te quedes. Ni si quiera pedirte que leas esto. Ni si quiera quiero cometer la tremenda estupidez de decirte que quiero verte.
¿Por qué siento en mis días una monotonía agobiante, aplastante e inacabada?
Y una impotencia que crece.
Y me veo sola en medio de la nada repitiéndome que tengo que ser fuerte. Pero, ¿Qué es ser fuerte? ¿Sabes cuándo era fuerte? Cuando me decías que podía hacer todo lo que me propusiera y luchaba por conseguirlo. Cuando estabas mal y yo luchaba para sacarte a flote. ¿Recuerdas cuando estabas enfadado por algo que había pasado y yo jugaba a esconderme por toda la habitación haciendo muecas? Ahí estaba siendo fuerte. Ahí estabas siendo fuerte. Eso era ser fuerte.
Porque ser fuerte no es contener las ganas de llamar a alguien, o atarte de pies y manos con tal de no ir corriendo a buscarle para contarle lo destrozado que estás. Ser fuerte es sacar a flote a las personas que te necesitan. Y cuando tú me necesitabas yo era fuerte.
Y supongo que por eso ya no lo soy. Recuerdo, no hace mucho, que te dije que tú eras un valiente superviviente. Contestaste que ya no lo eras sin mí. Pues hoy yo te digo lo mismo. Que yo tampoco sé serlo sin ti.
Y es una de las cosas más ciertas que he dicho nunca.
¿Crees que todo irá bien? ¿Crees que podré sacarme los exámenes? ¿Crees que podré volver a verte sonreír? ¿Crees aún en mí?
Te quiero, aunque no deba.
Y te echo de menos, a pesar de todo.

1 comentario:

  1. Te entiendo. Muchos ánimos, preciosa.
    Todo acaba saliendo bien.

    ResponderEliminar

abrumador

Quizá pueda sonar raro, pero cuanto más cerca estoy de ser aquello que he deseado ser desde que mi uso de razón se coló en esta habitaci...