Solo son delirios de una noche...

¿No has tenido nunca la sensación de que el mundo te queda grande? Te despiertas cada día y parece que vives lo mismo una y otra y otra vez. Todos lo llaman un nuevo día pero tú sigues pensando que se parece mucho al de ayer. Haces vida normal e incluso sigues siéndole fiel a tus aficiones. Y además, consiguen hacerte sonreír o reír a carcajadas de vez en cuando. Pero existe una fracción de segundo en la que tú misma eres consciente de que tu mundo interior es muy diferente al que los demás ven desde fuera. Cuando suena el despertador, cuando abres los ojos por las mañanas automáticamente lo piensas. Lo sabes. Sabes que todo es diferente. Y durante segundos el levantarte de la cama se te hace pesado, y preferirías quedarte en ella porque sientes que no tienes ganas de que se repita un día así. Tan vacío. Tan amargo. Tan auténtico y a la vez tan...Tan diferente a lo que habías tenido antes. Esos segundos de las mañanas son los que hacen que te sientas frágil, débil, ingenua, cansada. Y te dices a ti misma que lo mejor es levantarse y seguir. Siempre seguir. Sin ganas, sin pausas, pero sin ir deprisa. Solo seguir.
Ya todos te dicen que te ven mejor, aunque tú sabes que por dentro sigues estando igual que ayer y probablemente igual que mañana. No importa, tú quieres que ellos sean felices, porque son tu gente y han estado ahí. Tú sonríes sin hablar, y ellos se calman y te dejan seguir. Pero por un momento, solo un momento, has suspirado. Nadie lo ha visto, no lo han notado. Pero has suspirado y ese suspiro tenía un nombre, una fecha, un recuerdo. Quizá solo ha sido una frase que ha vuelto a tu cabeza, una mirada, una conversación, sus ojos clavados en los tuyos. Quizá una caricia de su cuerpo desnudo o un ataque de risa dueño de otra época en la que las cosas eran diferentes. Nadie lo ha notado pero tú sí. Y te preguntas por qué. Y no encuentras respuesta.Y te repites: Va, anda, no pienses. Pero piensas. Porque es inevitable.
A veces, en el metro, en tu habitación, en la cama, en el sofá, mirando algo o alguien te quedas en blanco. Y miles de imágenes a modo de fotografía y vídeo pasan por tu cabeza a la velocidad de la luz sin darte apenas tiempo a reaccionar. Una montaña de tristeza te inunda y tú aguantas las tres lágrimas que acabas por derramar. Son esos momentos en los que un 'Te echo de menos' le gana a un 'Debería dejar de pensar en esto'. E inevitablemente miras algo relacionado con lo que sientes. Y tienes ganas de llamarle y contarle cómo te ha ido el día. Pero te contienes. Es mejor así. Porque tú ya no eres nadie para querer abrazarle. Y nadie para calmar sus miedos. Entonces tragas saliva y cambias quizá la canción que estás escuchando, el canal de la televisión. Porque piensas que así vas a huir de todo. Pero no es así. Intentas refugiarte en las cosas que te gustan, y por mucho que disfrutes, siempre hay una parte de ti que sientes incompleta.
Y quizá te imagines una conversación, una en la que le hablas. Quizá incluso le hables al aire, con lágrimas en los ojos, y esperes respuesta. Quizá imagines la respuesta.
Te abrazas a ti misma y calmas el frío. Levantas la cabeza, te miras al espejo, y la persona que ves eres tú pero sabes que una parte de ti ya no está. Y sientes que la imagen no está terminada, que alguien debería acabar de dibujarte. Que se te está borrando un poco la vida. 
Y alguien, sin venir a cuento, de repente, te trae al mundo real. En el que ahora vives, del que quieres huir. Y puede ser tu madre, quizá tu amigo, tu hermano o tu compañero, te habla del clima o yo qué sé, de por qué las naranjas son naranjas. El caso es que de repente bajas de ese mundo en el que refugias tu mente. Y cada vez que bajas, duele. Porque el mundo que  te gusta ha desaparecido y no ha dejado ni rastro en ti. 



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