Me tapé fuertemente los oídos. No quería escuchar. No quería estar allí. No quería verla.
De repente me di cuenta de que la odiaba y de que había dejado de ser mi familia en ese preciso momento. Entonces comprendí que la mayoría del tiempo durante mi infancia estuvo llena de mentiras. No estuvo en ninguna de las dieciocho velas de mi vida. Y ahora sé que ha sido mejor así.
No cabe tanto daño en esta casa cuando ella está.
No soporto más. No quiero aguantar esto. La detesto. Y detesto todo el daño que ha llegado a hacer y el que queda por hacer.
Quiero olvidar todo esto, pero, ¿cómo huir? 
No tengo escapatoria. 
No hay salida.
No quiero estar aquí. No puedo estar aquí.
No quiero que esté.


No hay espacio en mí para sus maneras de herir.
Ni quiero que lo haya.

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