Algunos lo llaman Amor, otros Roma. Yo lo llamo Raúl.



Eres un cabecita loca. Y te dejas lo mejor siempre para el final. De cada dos pasos que doy en tres tú me proteges y te haces llamar amor cuando en realidad eres mucho más que eso. Te vistes con una sonrisa y sales a la calle como quien camina sin esperar a nadie. Y en cambio yo, tranquila, te miro, y detengo el tiempo en tus pupilas. Me dices que me quieres y sonrío. Y tú dices que por qué me río. Y yo te contesto que soy feliz.
¿Cuántas pulsaciones serías capaz de atrapar en un solo momento? Yo las suficientes como para que esto no muriera nunca. Es como alimentar una planta, pero en vez de agua, creando recuerdos, y un futuro que siempre acabará siendo presente. Lo más bonito es tener un pasado y aun así saber no juzgar las decisiones de antes de estar juntos. Como dos almas veraces que se cruzan y piensan que no puede ser casualidad.
Yo sé que tú no crees en esas cosas en las que yo sí, que el destino y las creencias son algo que alejas de ti en cuanto puedes, y que no crees que haya un Dios, ni un mapa que señale cada paso de nuestras vidas, cada decisión que tomamos. Y te quiero porque eres diferente. A mí, al resto. Pero sobretodo a mí. Porque te vistes de pijama y para mí es como si vistieras con las mejores galas. Y es que de qué me voy a quejar si eres mi brújula favorita, mi más sincero espejo, mi más exacto reloj, mi más sensata medicina, mi más preciada vida.
Si cuando caes sabes que yo detrás de ti caigo, y que con tus lágrimas se llenan mis ojos de tristeza y se apagan. Si cuando ríes mi risa te acompaña, y a cada problema o duda mi canción te abraza. 
Ten claro esto, cielo: No sé si fue suerte la mía de encontrarte, de tenerte. O si es esa casualidad en la que sí que crees la que ha hecho que hoy tus besos sean míos, pero lo que sí que sé es que juntos somos indestructibles. Y que yo jamás voy a irme de aquí. 



Siempre tuya, siempre mío, siempre nuestro.

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