Bajo un cielo estrellado tapado tras nubes gélidas, se hallaba la más temblorosa chica.
De piernas no muy delgadas y sonrisa calmada, expectante del misterio que conllevaba la vida.
Secaba las lágrimas de aquellos que le importaban, y en su corazón siempre hubo hueco hasta para su peor enemigo. Dispuesta a sonreír, a veces con el temperamento subido, calmaba las tempestades de su razón.
Tonta, la llamaban algunos, por perdonar lo imperdonable, por aceptar lo inaceptable, por vivir feliz ajena a los problemas de su alrededor. Astuta, la llamé yo, y sincera por reconocer, que nadie fue cortado con las tijeras de la perfección.
Y que a veces valía la pena equivocarse, porque una vez que te equivocas trescientas veces, por fin aprendes la lección.

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