El simple tacto de una piel que ilumina tus días, o el sonido de una risa que acolcha las paredes de tu propio caos, para que si caes, no duela tanto. El hueco de una cama que se llena y que coincide a la perfección con la silueta que te hace perder la cabeza.
Promesas de un corazón que algún tiempo estuvo roto y que nadie se encargó de recomponer, sino de cambiarlo por uno mejor y más grande. Donde caben más recuerdos buenos y menos malos, no tan frágil, más humilde y con menos parches.
Sé que es difícil creer en alguien cuando te han hecho mucho daño, pero como que mi nombre es Noelia y soy acuario, que existen personas que de veras parecen haber caído del mismo cielo.
Me ha aportado tanto con su manera de ver la vida y de cuidarme, como protegiéndome del mismísimo infierno y a la vez enseñándome a cómo ser fuerte...
Infinitas veces le daré las gracias por haber ordenado mi propio desastre. Por haber encajado las piezas del puzzle, por estrechar la mano con mi padre y prometerle con la mirada que cuidará de su pequeña. Gracias por jugar alguna que otra partida a la play con mi hermano, y ganarse con una sonrisa a mi madre. Por acompañarme en los momentos duros y coger el teléfono para escuchar mi llanto.
Por curarme las heridas tanto físicas como las que no pueden verse, y jamás pedir nada a cambio. 
Porque sí, existe la persona que creí que no existía y justamente era la que menos pensé.
¿Cómo actuarías tú si aparece alguien que conociste mucho tiempo atrás y de repente te das cuenta de que hasta ese preciso momento no le conocías?
Ahora estoy a 9 días de llevar un año al lado de la persona que más caricias me ha dado por segundo y jamás se ha quejado de mis chillidos, latidos descompasados o locuras...
Es más, comparte cada una de esas pequeñas desatadas ideas conmigo, lanzándonos playa abajo en plena noche, llenándonos de tierra pero empapándonos a cada segundo de algo mucho más grande que la arena. 
Yo no sé pedirle más a la vida, ni quiero. Porque desde que él llegó yo me siento capaz de alzarme hasta las mismísimas nubes y de ahí empezar a volar.
Porque ya no solo empecé a creer en un chico que me regaló sonrisas una tarde de octubre cualquiera, no, también hizo que empezara a creer en mí misma.
Y eso es algo que jamás nadie había conseguido en dieciséis años hasta que él llegó.
Más de año y medio después de eso, ahora sí que sé quién soy. Y sobretodo quién jamás fui y algunas personas quisieron que fuera.
Ya no me dan miedo las pérdidas, sé que las personas van y vienen, pero también es cierto que a él no le perderé nunca. Pase lo que pase en un mañana, esté o no esté a mí lado, todos esos recuerdos nadie jamás podrá quitármelos. Serán míos, serán nuestros.
Y el cielo siempre susurrará nuestros nombres, allá donde el viento los lleve; y quién sabe, quizá un día, dos locos enamorados como nosotros, en una playa cualquiera, sientan que nuestra historia les invade, y sientan esas chispas rozándoles la piel, quemándoles el alma, retorciendo todos y cada uno de los poros de su piel, tatuando con tinta invisible a los ojos y permanente al corazón una historia que dejará huella por donde pise. Impermeable, incoherente, pero inacabable. 

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