Bajó sus manos hasta su cintura y la aproximó a él. El ambiente olía a café, pero su pelo era como de frutos del bosque. Olisqueó su pelo y se sumergió en él para empaparse de aquel dulce olor. Ella sonrió, como siempre, tímida e indecisa, pero a la vez segura y honesta. Lo abrazó por detrás, como queriéndole decir con las manos lo que con la voz no sabía, o no podía. Le temblaba hasta el alma y dio gracias al cielo a que él no pudiera leer sus pensamientos. Un <<te quiero >> era evidente, como lo era un <<sería mejor que no nos volviéramos a ver>>. Sabía que las dos opciones eran las correctas pero no sabía cuál le daba más miedo. Temor. Algo más profundo que el no saber qué habrá detrás de una puerta. Algo tan profundo como saber que los trenes que van llenos de gente cuando llegan a un destino se vacían. Y temer por que ese tren jamás llegue a un destino donde él tenga que bajarse.
<<Hasta la última parada>> pensó mordiéndose un labio.
Él, como por inercia, felicidad, o simplemente tras leer sus pensamientos colocó una sonrisa en esos labios llenos de grietas. Era tan guapo cuando sonreía.

Pestañeó varias veces antes de volver a mirarla, porque ahora era él el que se debatía consigo mismo.
<< No quiero que sea como las demás>> se repetía.
<<No quiero ser una más>> pensaba ella.

Y con un brillo especial se volvieron a mirar. No había distracciones lo suficientemente fuertes como para que ellos pudieran desenganchar sus pupilas. Casi se habían besado con los ojos. Y digo casi porque fueron sus labios los que se juntaron y sus ojos los que se acabaron cerrando.
<<Suficiente>> pensó ella.
<<¿Cómo para qué?>> ahora dijo él.
<< Como para quererse>> contestó en voz alta ahora.
Ambos parecían dos estrellas que combatían para ver cuál brillaba más en aquella noche de enero. Y cierto es que no había dos iguales en el cielo. 

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