lunes, 12 de agosto de 2013






Y mirarte el culo mientras tú te vistes.
Pelo de seda que cae sobre tus hombros y se balancea. Entonces me miras. Y joder, parece que alguien haya pagado el marrón de tus ojos expresamente, parece hecho a medida. Sonríes. Torcida, como siempre. Sincera, como cada vez que dices que me quieres.
Como cada vez que sospechas, o tiras hacia atrás la cabeza para reír. Y es que ya sabes que yo soy de esos
que se quedan con los detalles y los hace eternos.  Como el sonido transparente de tu risa que se cuela
por las rendijas de mí. Y esa forma de caminar que hace de mi pasillo un lugar agradable qué. Si cada curva te grita para que te mates en ella. Y sin dudas moriría en cada curva de tu cuerpo.
Soplas, al aire, como contándole un secreto. Y es un segundo perfecto en el que el balanceo de tus hombros gira directamente para mirarme. Y clavas tus pupilas en mis ojos. Arañándolos con fuerzas, dejando rastro.

Y es que a ver quién es el listo que no se enamora de tu forma de ver la vida, de tu forma de mover las piernas cuando avanzas, retrocedes o das mil vueltas.
 Si es que pagaría por que te quedaras para siempre en estas cuatro paredes. Y nos alimentaríamos a besos
y mordiscos, a susurros, a base de que se nos pusiera la piel de pollo, a base de sueños. Cerraríamos los ojos y de Italia saltaríamos directamente a Estados Unidos, y quizá nos quedaríamos en algún ático de Nueva York para ver las estrellas por las noches. Quién sabe.

Quizá nos quedáramos atrapados entre sábanas. Y ellas guardarían nuestros secretos. Esos secretos que tienen los enamorados, esos que nadie más sabe.
Y como por inercia, sonríes de nuevo.
Y no caben dudas, cada vez es más segura la forma en que te quiero. 

Por eso te susurro algo parecido a que quiero que te quedes para siempre, y tú, tan niña, tan dulce, pero a la vez, tan intrépida, tan salvaje, tan perdida, te abalanzas sobre mí a besarme. Y te llevas contigo la parte más importante de mí. Que es todo aquello que he sido, o ansiaba ser, desde que nací. 

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