jueves, 11 de julio de 2013

- Te lo suplico.
Pero ya había salido por la puerta y me quedé hablando sola. El cristal de la ventana sonaba tras el toqueteo de mis uñas contra él. Parecía querer gritarme que me había quedado sola. El abandono me abrazó por primera vez; y me apoyé en él como si no hubiera mañana. Estaba siendo el único que me daba cobijo.
Le miré alejarse por la ventana. Caminaba como tantas veces la había visto hacerlo antes, pero con la diferencia de que sus pasos ya no se perdían por el camino. Sabía bien  dónde quería estar. Y ese lugar estaba lejos de mí.
Se abalanzaron sobre mis los recuerdos. 
''Las amigas están siempre, tía. Pase lo que pase''.
Ahora solo parecían palabras. Huecas, vacías, insignificantes.
Sí, quizá ese fuera el adjetivo: insignificante.
Como si la vida hubiera perdido con esa marcha el sentido, me sumí en mis lágrimas. Me hicieron presa de ellas. Bañé mi cuerpo en culpabilidad, daño. Quizá rencor hacia mí misma por no haber guardado la compostura, por haberme dejado guiar por el cariño, por la esperanza de que nadie podría hacerme daño. De que ella jamás me haría daño.
Y de repente recordé lo que mi abuela siempre decía:
- Lo malo de las traiciones, reina, es que jamás vienen de un desconocido.
Apoyé mi cabeza en el cristal frío. Nadie podría parar la hemorragia de pensamientos que cubrían ahora mi cabeza. 
Azoté mis ideas con mis propias palabras y allí mismo prometí jamás volver a confiar ciegamente en alguien. Pensé en la cantidad de mentiras que había creído de ella y me sentí más avergonzada que nunca. ¿Tan fácil había resultado ser un maniquí? ¿Una marioneta? Parpadeé fuerte, intentando borrar lo ocurrido.
Pero ya nadie podría borrarlo.
Y pensé en lo mala que debí haber sido en otras vidas para ahora sentirme así.
Ahora ya no podrían sacarme de la miseria que suponía pronunciar la palabra amiga sin que doliera a cada letra pronunciada.
Tal vez doliera.
Y por eso moría cada parte de mí que había creído en lealtad. 
En amistad. 
Y al fin y al cabo, en ella.

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