AZ.


Al tercer amanecer di con él. Pero Reyn ya no parecía el mismo. Contuve la respiración cuando sus ojos rojizos acechaban contra mí. Di dos pasos atrás pero mi corazón gritaba que no quería alejarse. O que no podía hacerlo. Antes de que me alcanzara pude gritar, llorar e incluso recordarle.
Él siempre decía:
- Mira, Neila, si un día hubiera un apocalipsis zombie y estoy infectado, ¡no lo dudes!. Mátame. Porque sino...sino podría contagiarte. Y yo no quiero que eso te suceda. Podrás quererme, podrás luchar con todas tus fuerzas para desear que eso no suceda, pero si sucediese...yo ya no sería yo, yo ya habría muerto así que no podrías dudar ni un segundo en matar a esa bestia.
A mí siempre me había parecido una tontería eso del apocalipsis zombie. No creía posible algo así. El mundo no estaba preparado para ello...y algo dentro de mí, tampoco.
Quise reírme. Reírme de mí misma por ser tan ingenua, por haber luchado todo aquel tiempo en el que él batallaba para encontrar una cura posible a si esa enfermedad acababa sucediendo por hacerle creer que eso jamás pasaría. Reírme de la Neila que creía que no podría sobrevivir.
Alcé la pistola a la altura de mis ojos. Tuve que parpadear varias veces, lo suficientemente rápido, para limpiar mis ojos, que ahora estaban borrosos por las lágrimas.
En su rostro vi dibujado ese 'Hazlo' que él habría dicho si no se hubiera marchado.
Me arrodillé cayendo al suelo y alcé la pistola, ahora apuntando hacia su cabeza, más arriba.
- Te prometí que lucharía por sobrevivir. Te prometí que lo haría hasta el final.
La bala precipitándose hacia su cabeza fue lo último que vislumbré antes de caer redonda al suelo y cerrar los ojos. Ahora respiraba tranquila pero sentía cómo mi corazón se quedaba sin oxígeno.
- Te quiero-susurré contra el suelo entre sollozos.- Perdóname. Perdóname.
Sentí como mi diafragma subía y bajaba y contemplé la noche.
Más estrellada que nunca. El cielo menos contaminado. La armonía de un silencio que podría romperse por algún caminante en apenas segundos. Mi corazón latiendo desenfrenadamente.
Ahora eso era el mundo.
Un posible final existencial que pendía de un fino hilo constantemente.
Ahogué mis palabras en suspiros.
Y cerré fuertemente, de nuevo, los ojos.
Reyn no era el único que descansaba en paz. Parte de mí se la había llevado él.
Y ahora lo que allí quedaba no era un monstruo en aspecto, pero en alma, había comenzado a serlo.

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