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Esos instantes en los que en primer plano miras hacia arriba y lo ves.
Es un segundo, o quizá menos, pero algo dentro de ti te advierte de ello.
Su barbita de tres días, su nariz fina con esa peca curiosa que tanto te gusta...hasta llegar a sus ojos. Los tiene cerrados, pero da igual. Transportan más luz de la que jamás nadie podría proyectar. 
Y entonces eres consciente totalmente y sabes al cien por cien qué haces allí tumbada en el pecho de justamente esa persona. Eres totalmente consciente de las primeras palabras que cruzaste, de esos años en los que eras lo suficiente joven o lo suficiente ingenua como para mirarle con otros ojos. Era circunstancial. Teníamos que esperar cuatro años sin saber qué nos depararía un curso, una etapa nueva, un colegio para mí, nuevo.
Y en ese segundo piensas, y los momentos viajan a la velocidad de la luz.
Y es exactamente la misma sensación que tienes cuando viendo una película aparecen proyectados miles de momentos con alguna canción lenta y preciosa de fondo. Acaricias su pecho y tras esa camiseta sabes que late algo más que un corazón. Que en ese espacio en su pecho también late, acompasada, ahora, una parte de tu vida.
Y da igual que en la televisión del comedor suene una canción de pop latino, que tu hermano esté hablando por Skype y puedas oírlo desde allí, o que tu madre esté limpiando cerca. Porque en ese justo instante lo ves ; lo sabes.
Porque ya no cabe en ti más espacio para ninguna sensación, te sientes viva.
Y eso en un solo instante, en un preciso segundo de quién sabe qué hora. Quizá las siete, tal vez las ocho. Pero sabes que ya no te apetece estar en ningún lugar más, que ya has encontrado el sitio del que perteneces. Y que se parece poco a lo que habías imaginado pero supera con creces todo lo que un día, en un almohada, con cuerpo de niña y un alma inmensa, habías soñado.

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