lunes, 17 de junio de 2013

Lo más triste que jamás he contemplado era su sonrisa rota.


Y me preguntaban que qué era lo más triste que había contemplado nunca.
Vi los ojos de una madre llorar.
Si hubiera sido cualquier madre, tal vez, me habría dolido en el corazón.
Pero era la mía. Así que sentí todos los pedazos quebrados esparciéndose por mi habitación.
Lloré durante horas. Y mis lágrimas sabían a impotencia, a rencor. Y la definición perfecta para el estado en el que me encontraba ni si quiera podría haber sido tristeza.
Me habría arrancado los ojos antes de contemplar cómo la persona por la cual yo vivía comenzaba a desvanecerse. Es por eso que siempre odiaré a esa mujer que tanto daño le hizo. No por lo que hizo, sino por las consecuencias que ello trajo. Saboreé desde cerca el dolor que sintió mi madre en el pecho cuando la que creía que era su mejor amiga se alejaba precipitadamente de su vida, descubriendo esa falsedad que llevaba consigo, mientras mi madre no podía hacer nada por cambiar el rumbo de las cosas. 
Ella decía algo así como La vida es así cariño. Y trataba de consolarme. Pero yo ya la había visto llorar. ¿A ti tampoco te gusta cómo es la vida, verdad, mamá?
Cayó redonda en el sofá. Y la mirada perdida encontraba el gris de la pared del comedor.
Quise abrazarla, pero mis piernas no daban más de sí, no pude acercarme. 
Solo quedarme quieta, mientras el atardecer llegaba, como con el teléfono en la mano y la mirada perdida, mi madre, consumía las horas llorando.
Nunca había visto tanta humedad, tanta tristeza en esos dos charcos azules.
No tanto como el día en que dejó de ser ella.
Una parte de lo que había conocido durante quince años murió.
Y una parte de mí también murió con ella.
Le costaron días volver a reír como hoy ríe.
Y le costará toda una vida olvidar, y quizá no lo consiga, todo lo que ha pasado.
Y ese es mi gran secreto, su felicidad. Y esa es mi gran meta, ser como ella.
Tal vez la gente hoy en día admire a famosos, y sus ídolos sean cantantes, escritores, músicos, deportistas...
El mío no. Mi ídolo es el puro reflejo de lo que quiero en mi futuro.
De ella.
Así que no pueden preguntarme qué es lo más triste que he podido contemplar jamás, porque...en realidad, lo más triste que he visto ha sido cómo la persona que a mí me dio la vida, poco a poco, iba consumiendo la suya. 

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