Someday.

Paseé mi mirada por tus ojos. Parecías infinito, entre tanta espera. Nuestras narices chocaron por una milésima de segundo, suficiente para arrancarte una sonrisa.
Jamás te lo dije, pero esa sonrisa era la octava maravilla del mundo.
- Eres feliz- ya no lo dijiste en forma de pregunta, ahora lo afirmabas.
Asentí con la cabeza, y temblorosa, sonreí. Tu mirada a tan poca distancia conseguía ponerme nerviosa.
-Hacía mucho tiempo que las cosas no me parecían fáciles.
-¿Ahora te lo parecen?
- Ahora lo son. 
Las luces de Venecia se reflejaban en tus ojos. Ni si quiera tuve tiempo, ganas, de mirar el paisaje. Solo podía clavar mis ojos en ti.
- Te quiero- dije. Y lo estaba sintiendo tanto que quise llorar. Y me latía tan fuerte el corazón que sentí que en cualquier momento podía salir de mí.- Has hecho de mis sueños también algo tuyo. Nunca nadie había hecho cualquier cosa por verme feliz.  Eres diferente a todo lo que había conocido, ¿sabes?. Estemos a los kilómetros que estemos de allí donde nos conocimos, sé que siempre voy a sentir lo mismo. No existirá el día en que te mire a los ojos sin sentir que eres lo más bonito que me ha pasado.
Tomaste aire. Me acercaste a ti, tomándome por la cintura. Nos besamos tan lentamente que sentí cómo todos los relojes de nuestro al rededor dejaban de avanzar. Las risas de unos niños italianos que se colaban por la ventana de la habitación habían cesado. Parecíamos habernos quedado solos en el mundo. Apartaste ligeramente las sábanas para llegar hasta mí.
- Te quiero- dijiste cerrando los ojos para después abrirlos y dejarlos posados en mi rostro. Acariciaste mis mejillas delicadamente.- Y sería difícil que eso cambiara algún día. 
Miré hacia el ventanal. Las luces no habían dejado de alumbrar la ciudad. Mil enamorados paseaban de la mano, y yo tenía la certeza de que no me habría cambiado por ninguno de ellos. Quería estar exactamente donde estaba, exactamente con quien estaba, como estaba. Y quería que eso durara para siempre. 
- Gracias- susurré casi para mis adentros.
Tú no contestaste, solo apretaste tu cuerpo más a mí. No había sentido nunca algo que pudiera parecerse a ello, nunca. Me estremecí y me giré a contemplarte. Supe que me habría dado igual no viajar jamás a Venecia, que el hecho de que estuvieras abrazándome  ya llenaba en mi vida el hueco que necesitaba llenar. Supe que eras tú, que serías tú, porque no había otra forma. No podía ser de otra manera. Nos hicimos infinitos aquella noche, y nos quedamos atrapados en el recuerdo de Venecia para siempre.

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