jueves, 16 de mayo de 2013

Quizá es que mi fuerza hayas empezado a ser tú.


Adoro la manera en la que parece que el resto del mundo te dé igual. La forma en la que encoges los hombros como sacudiendo todas esas ilusiones que te rodean. Parece fácil cuando sonríes. Y dejas poco que desear, lo das todo con mirar. Crees que eres mediocre, que no destacarías, pero créeme, podría distinguir tu manera de caminar entre mil más. Y es que des del principio sé que tú eres diferente. Nos conocimos hace tanto que a penas recuerdo qué pensé la primera vez que te vi. Pero ese no era nuestro momento. Lo bueno se hace esperar, y tras cuatro años aún no puedo creerlo cuando te veo tumbado en mi cama, acariciando mis brazos, acercándote a mi vida. Tu respiración me habría dado el oxígeno que necesitaba en cualquier momento.
Podías hacer de lo cotidiano algo extraordinario. 
Y siento que no he podido equivocarme al escogerte a ti. Y que si tú te llamaras error, te cometería mil veces. Que si te llamases miedo, yo temería. Y si te llamases amor, te querría. Que absurdez eso del amor, prefiero ponerle tu nombre. 
No sé cómo lo has hecho, pero estos meses han sido efímeros. En cambio tú has dejado huella.
Tengo la sensación de que no quiero que te vayas nunca, y que si lo haces, sea conmigo y vayamos hacia otro lugar. Pero juntos.
No quiero entender de finales que tengan que ver con nosotros.
Y me niego a imaginarte a menos de tres metros de mí. Quiero que nos pasemos las horas devorándonos a besos. Y construyendo un futuro a base de sueños. Y qué más da, ya cambiaremos los planes, ya echaremos cuentas. Por el momento me conformo con ser feliz.
Y con esas ganas de llorar, ese punto máximo de felicidad que consigo cuando me rodeas con tus brazos. No quiero que me sueltes nunca. 
Porque contigo me siento capaz de saltar cualquier obstáculo que se me acerque.
Por primera vez, me siento fuerte.
Quizá es que mi fuerza hayas empezado a ser tú. 

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