No era la primera vez que el frío me abrazaba. Ya había tenido esa sensación antes. Mi alma pedía a gritos un respiro y yo no sabía dárselo. Me ahogaban las palabras que tragaba, me ahogaba lo que silenciaba. Miré hacia el cielo como si en las estrellas pudiera estar escrita la respuesta. Pero, ¿cuál era el secreto de la vida? Me escondí tras mi abrigo, tapando mi cuello, mi boca y alargué las mangas para cubrir mis manos. A veces me sentía protegida si me refugiaba en mí misma.
Me sentía sola. Eché de menos que alguien se quedara a esperarme. Eché de menos que alguien hiciera algo por mí, por mi felicidad. Abracé más fuerte mis rodillas, presionándolas contra mí.
Y deseé que eso frenara algo el frío, pero no lo hizo.
No sabía por qué, pero cada vez que alguien empezaba a quererme, se alejaba de mi vida.
Desde entonces me daba miedo vivir. Temía que cada persona a la que necesitara se acabara marchando. Entonces construí mi muro de cristal, ese que nadie se atrevía a escalar, por si resbalaban, ni a romper, por si se cortaban con los pedazos de cristal. 
Me habría gustado que alguien, de una patada, hubiera echado el muro abajo. 
Sentí unos pasos detrás, y no me giré por miedo. Hasta que identifiqué el olor. ¿Qué hacía allí? 
- ¿Otra vez aquí?
Asentí sin fuerzas, no tenía ganas de hablar. Ni si quiera con él. 
- ¿Tienes miedo? 
Volví a repetir ese gesto, ahora conteniendo mis lágrimas.
- Que todos se fueran no significa que yo también lo vaya a hacer.
Derramé las primeras lágrimas, que humedecieron mi vestido. Él se sentó a mi lado y me obligó a mirarle. 
- Eres diferente a todas ellas, a todas. No estaría dispuesto a ver cómo alguien como tú se marchase. No voy a verte alejarte, ni voy a hacerlo yo de ti. Tienes que aprender a volver a confiar en las personas. 
- Te irás, como se han ido todos, todas. Abandonándome .
- Si tus padres te abandonaron de pequeña lo hicieron por algún motivo; a veces las personas no pueden ser consecuentes con sus decisiones. Eso no significa que todos a los que quieras se alejen de ti. Eso no funciona así. 
- Soy yo la causante de todo ésto, ¿sabes?. Todos merecerían algo mejor.
- Es que yo no quiero nada mejor, ¿no me entiendes? Me gusta que no puedas estar más de cinco minutos sin decir una estupidez, porque me haces sonreír. Y que te empeñes en hablar con la boca llena, y que sacudas los hombros cuando no sabes qué hacer o qué decir. Me gusta que parpadees mucho cuando te pones nerviosa y que camines de la forma más peculiar que he visto nunca. Me gusta que escribas, que lo hagas constantemente. Y que la playa sea tu aliada cuando quieres estar sola y pensar. Mira, vendrán cien mil que se creerán mejores que tú, pero créeme, que yo no escogería a ninguna de ellas.
- Si atraviesas el muro puedes caer. O puedes cortarte con los cristales. 
- ¿Quién ha dicho que la vida fuera fácil? Tú estarás ahí para curarme las heridas. De eso estoy seguro. 
- ¿Por qué confías tanto en mí? 
- Porque eres la única que me dio la mano cuando los demás me dieron la espalda. Y porque supongo que cuando quieres a alguien, confías en ella.

El mar quedó mudo y de repente parecía haber más estrellas en el cielo. El frío seguía ahí, pero yo ya no me rompía. Quizá las olas habían silenciado el miedo. Quizá me estaba volviendo más vulnerable, o tal vez, quién sabe, más valiente. Le miré a los ojos y parecía sincero. Mi sonrisa fue la respuesta. Y en ese momento, algo empezó. Algo se activó, algo cambió. 
Y por primera vez en mucho tiempo sentía que no estaba sola, no, ya no podía estarlo.

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