sábado, 18 de mayo de 2013

No podía ser otra persona.


Sabía que algo había cambiado. Nunca antes había sentido algo así con tanta fuerza. Me armé de coraje y miré al cielo. Iba a gritar que la quería. De hecho, parte de mí, ya había comenzado a chillar con fuerza. Nueva York quedó a nuestros pies y nosotros empezábamos a alzarnos.
¿Alguna vez has sentido que estás donde durante toda tu vida habías querido estar?
Y con la persona con la que querrías estar.
Supe que algo se había activado. Algunos lo llamaban destino, yo a ella, prefería llamarla suerte.
La suerte de que algo, alguien, hiciera que se cruzara en el camino.
Sujeté con más fuerza que nunca su mano. Sentía que estaba a salvo, ella me había salvado, en todos los sentidos en los que puedes salvar a alguien.
No importaba el frío. Las calles nevadas habían sido el toque final que había que darle a la escena. Me pellizqué, sin que ella lo viera, los brazos. Quería asegurarme que era cierto.
La abracé y olí su pelo. Sí, estaba justamente donde quería estar.
-Nueva York se está quedando pequeña...- susurró ella antes de girarse a mirarme.
Yo me perdí en el brillo que desprendían sus ojos. Estábamos demasiado cerca de la felicidad.
-No, cariño. Nueva York sigue siendo igual, nosotros somos los que estamos haciéndonos grandes.
Y entre dos mil, tres mil, cuatro mil personas, nosotros, nos hicimos gigantes. 
Se detuvieron los relojes, ya no estaban interesados en marcar la hora, y las estrellas empezaron a apagarse. Ya no hacía falta más luz, estaba su sonrisa. Cerramos los ojos, a la vez, casi sincronizados, y ahí supimos que estábamos cumpliendo el sueño del que tantas veces antes habíamos hablado. Si alguna vez he estado seguro en toda mi vida de que era ella, en ese preciso momento, lo supe. No podía ser otra persona que no fuera ella.

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