El mundo de repente se hizo gigante, y nosotros, espectadores de él, fuimos infinitos.
La noche se perdía en la ciudad, no había luz ni si quiera en los edificios. Y lo único que sentía clavado en mi rostro era el tacto de sus pupilas impactando contra mí. No dijo nada, no hacía falta. Había empezado a hacer frío pero sin saber por qué, me sentía más acogida que nunca.
Nunca antes nadie me había mirado así.
Nunca antes nadie se había quedado conmigo sin protestar.
Nunca antes nadie me había querido de esa forma.
Le abracé con la mirada, como solo alguien que ha sufrido lo suficiente como para apreciar la felicidad podría hacerlo. Se estremeció y me dedicó media sonrisa.
Me abrazó por detrás y contemplamos el agua. Estaba tan tranquila que a penas parecía moverse. Envidié de repente, todo aquello que pudiera contemplarnos, y me habría encantado, por una vez, vernos desde fuera.
Me giré para mirarle de nuevo. Esta vez fui yo quien sonrió.
No nos dijimos que nos queríamos, pero de repente supe que era exactamente lo que estábamos sintiendo los dos. Sincronización de dos corazones que laten al mismo compás.

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