domingo, 12 de mayo de 2013

Antes mejores amigos, ahora peores conocidos.

Sentí cómo las ilusiones se desvanecían en un instante casi fugaz. Rompí con todo silencio y me liberé. Grité por dentro. Sentí por fuera. Creí saberlo todo, y en realidad, no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Siempre he pensado que yo era débil, frágil. Que llorar era exponerme a los demás, al dolor. Pero estaba equivocada. Descubrí que cerrar los puños y seguir caminando hacia adelante era lo que me hacía fuerte. Chillaste que me girara, pero ni si quiera quise mirarte.
Lástima que siempre fuiste mil veces más rápido y me alcanzaste.
- Te vas a ir sin decir nada.- su afirmación hizo que algo dentro de mí girara y decidí mirarle a los ojos.
- Creí que hablabas en serio cuando decías que para ti era como una mejor amiga. Creí que era de verdad. Pero he estado equivocada durante mucho tiempo, Edgar. Al final resultó que no valió de nada el esfuerzo que hice por demostrarles a todos que eras diferente a lo que pensaban. La única engañada fui yo.
- No ha sido fácil.
- ¿El qué no ha sido fácil? Dime, ¿no ha sido fácil alejarte cuando más te necesitaba? ¿no ha sido fácil demostrarles a todos lo equivocada que estaba?, ¿qué es lo que fue fácil? ¿tenerme ahí siempre que lo necesitaste incluso cuando no hablábamos?, dime, ¿eso es lo que no fue fácil?
- No ha sido fácil verte marcharte. 
- ¿Sabes? Hace un par de años te lo habría perdonado todo. Vivía esperando tener señales tuyas de vida, vivía mirándote entrar y salir esas tardes por la puerta del colegio, para verte entrar. Vivía esperando los viernes para verte a lo lejos, con la esperanza de cuando te dirigieras a la fuente, te giraras. Sabía que aunque no habláramos yo no era indiferente para ti. Hace un par de años vivía mirando el móvil, el ordenador, constantemente, por si eras tú. Pero las cosas cambiaron cuando te marchaste. Yo aprendí. Aprendí que las cosas eran menos fáciles, que tú no estabas destinado a estar en mis días. Aprendí a no contarte mis problemas, a morderme los labios para no pedirte ayuda, a abrazarme yo misma en la soledad de mis noches. Hice como que no te necesitaba, cuando en realidad, después de todo, eras ya una parte demasiado importante de mí. Pasaste a ser un hermano, ¿sabes?. Pero te fuiste.
Caminé, él, en silencio, caminó a mi lado. Hasta que me paré y me giré a mirarlo de nuevo. 
- ¿No vas a decir nada?
Su silenció me pateó el estómago. Me mordí de nuevo la lengua para no decir nada. 
- Me has dado miedo. Desde siempre, y siempre me lo darás. ¿Sabes que has sido la única persona que se quedó esperando hasta tarde solo para escuchar mis problemas? Esa que me preguntaba un sábado por la tarde, después de haber estado un viernes de fiesta, que cómo me había ido. Eras la única que me decía, aún queriéndome, con quién podría estar mejor. Aceptaste que otras cuidaran de mí, por el simple hecho de verme feliz. Y has contemplado desde lejos cómo avanzaba mi vida. Te he visto llorar por mí, Noelia. Te he visto mirarme desde la otra punta del patio, decepcionada. 
- Ya no soy esa niña, Edgar. No solo mido diez centímetros más, sino que ha pasado muchísimo desde entonces.
- Nunca me has perdonado por todo lo que hice, es eso, ¿no? De ahí venían las mil discusiones que tuvimos, las tantas veces que nos borramos de redes sociales, de ahí vienen esas miradas, esos silencios si nos cruzábamos por la calle. 
- Te había perdonado, Ed- dije antes de tragar saliva. Estaba siendo muy sincera.- Pero jamás me he perdonado a mí por ello. No he sido capaz de mirarme al espejo y no arrepentirme de todo lo que te he dado siempre y lo poco que he recibido. Es solo eso. Creo que ya no eres uno de esos recuerdos que merecen futuro. 
- ¿Por eso querías verme? ¿Hablar conmigo? ¿Para no solucionar ésto?
- Para decirte que puedo seguir. Para decirte que he continuado caminando. Para aclararte que ya no va a hacer falta que me felicites por compasión, para advertirte que ya no tendrás la obligación de saludarme por la calle si me ves, que ya nada nos ata. Que has salvado tus deudas conmigo. Que ya no nos debemos ni un consejo más. Decidí perdonarte a ti, y solo quería verte una vez más para poder perdonarme a mí. Hace ya unos meses he descubierto quién soy, y qué es eso que no seré jamás. Y necesitaba que esto fuera lo último que te contara. 
- ¿Ha llegado el adiós definitivo? ¿Esta vez no hay marcha atrás?
- Esta vez no te llamaré para decirte que echo de menos a mi mejor amigo.
- ¿Te acuerdas de aquella vez en la que me dijiste que pasara lo que pasara tú estarías conmigo? Entonces eso...
- ¿Y tú aquella en la que me dijiste que jamás dejarías de necesitarme? ¿Aquella en la que prometiste que siempre seríamos mejores amigos? He olvidado esas promesas a la velocidad a la que tú olvidaste las tuyas. Así que jamás me han gustado, pero, sí es una despedida.
Y, ¿sabes qué es lo mejor de todo ésto? Que no me va a doler decirte adiós. 






· Necesitaba escribir sobre ésto. Necesitaba desahogarme. Lo necesitaba. 

















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