Cuando estaba jodido, solo necesitaba que ella viniera con su sonrisa de porcelana y me dijese que todo saldría bien. Podía haber tenido un día de mierda, estar agotado o cansado del mundo entero. Podía estar sin esperanzas, tirado en el suelo y con un par de cervezas en mano. Que si ella venía, volvían a tener luz los días. Que me sacaba del agujero donde estuviera, que me cogía la mano y me hacía el más fuerte, el más valiente. Ella, tan débil, me daba el coraje que necesitaba. Y ya podía estar al borde del precipicio, que cuando ella me gritaba 'No saltes, aquí estoy', yo jamás saltaba.

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