Le miré los labios mientras me abrazaba.
Si el cielo existía, él estaba haciendo una buena imitación de él.
Le abracé aún más fuerte, como reteniendo cada parte de él a mi lado. Desde su pecho el mundo parecía mejor, menos cruel, más estable. Su respiración acompasada marcaba la velocidad a la que mi corazón tenía que latir. Todo parecía fácil, todo era sencillo.

- Tú y yo.
- Por fin.
Bajó su mirada hasta posarla en mí, y se acercó lentamente para besarme.
- Tengo la sensación de que compensas todo lo malo que ha habido antes de ti, antes de tu aparición en mi vida.
- Exageras- afirmé temiendo a su respuesta. Me acarició los hombros desnudos con una suavidad que parecía estar calculada a la perfección. Temblé bajo el tacto de sus manos.
- No lo hago- su cara se tornó triste y miró el infinito en las paredes grises de mi habitación. Empezaba a hacer frío y me estreché aún más sobre su cuerpo.- A mí siempre me salían las cosas mal. No sé, me despertaba por las mañanas con la sensación de que nunca nadie iba a aceptarme con lo que soy y lo que doy. Que mi timidez, que mis fallos me harían siempre retroceder. Creía que todas las que pasaran por mi vida se irían sin más...Nadie se quedó por mí hasta el final.
Tragué saliva. Le acaricié suavemente el abdomen y me acerqué un poco más a él.
- Si aparecí para salvarte me alegro de haber aparecido. Yo no tengo planeado irme, me quedaré abrazándote todas las noches- susurré.- Creo que las personas entran en la vida de los demás por una razón. Si mi misión fue sacarte a flote  y lo conseguí puedo vivir feliz.
Me sonrió ampliamente.
- ¿Ves? A eso me refiero. Tú luchas hasta el final. Tú haces que ésto tenga sentido, que lo que vivo me dé razones para estar bien. Eres como esa parte del mundo que me quedaba por ver.
- Nos queda mucho mundo por ver- esta vez fue él quien me abrazó aún más a él.
- Me muero por recorrer todos esos lugares de tu mano.
La luna caía y la noche entraba por la ventana. El piso estaba a oscuras, y a penas podía distinguir su silueta en la habitación. Me besó el cuello, hasta llegar a mis labios. Le besé con tanta fuerza que creí romperle en mil pedazos.

- Te quiero.- y por primera vez, lo dijo susurrando. No podía verle los ojos, pero solo con imaginarlos, fijos en mí, hacía que me estremeciera. Contuve la respiración y grabé el momento para siempre en mi cabeza. Sabía que el recordar aquello sanaría todas mis heridas si en un futuro, necesitaba curármelas. Apreté los dientes, y sonriendo, a dos centímetros de su barbilla yo también susurré:
- Yo también te quiero.

El mundo ahora parecía infinito.


Y nosotros nos habíamos vuelto grandes.

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