Quién si no era ella.

Ella me miraba y me perdía en el vaivén de sus palabras. Tenía la capacidad de transformar en humo todos mis problemas. ¿Cómo podía venir con su sonrisa, tan simple, sencilla, enorme y cambiarme los días? Destrozó los esquemas. Los partió, uno a uno, desafiando al mundo con sus botas viejas y su manera de ver la vida al revés. Hacía bromas que nadie entendía, pero su risa era tan contagiosa que no podías evitar reír. A su lado los días grises podían llegar a estar llenos de magia, y cada gota le daba sentido a los pasos que marcaban las aceras dormidas de esa ciudad que llegó a llevar su nombre. Su mano era frágil, fina, pero me daba las fuerzas que necesitaba en los momentos precisos. No habría cambiado su voz por nada en el mundo. No había escuchado algo que me tranquilizara más que esa sinfonía dormida en sus palabras. Creía que vivía en un cuento de hadas, y escribiendo se aislaba del mundo. Como si ella fuera más grande, pero más pequeña. Como si pudiera hacer el mundo a su medida y crecerse o encogerse en él. Decía que los imposibles no existían y yo me reía de sus teorías incrédulas.Tenía más razón de la que creía, tanta, que empecé a asustarme. Lo cierto es que por un momento llegué a creer que si no estaba iba a empezar a faltarme el aire. Quién coño aguantaría mis manías, mis idas y venidas, y no le importaría recorrerse a pata el mundo si eso significaba estar conmigo. 
Quién si no era ella.

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