lunes, 15 de abril de 2013

Pensé que lo único que querías era acabar conmigo.

- ¿Hay alguna razón coherente que explique por qué no me mataste cuando tuviste la oportunidad?
Helena se revolvió nerviosa, en la silla. Le miró directamente a los ojos. ¿Cómo le explicaba ella que ellos se habían conocido mucho antes? Quizá hace cuatro vidas, quizá seis. Él no la recordaba y sin embargo, a ella le latía el corazón desenfrenadamente si su mirada de hielo la atravesaba.

- Ya te lo dije. Tenía miedo.
- ¿Miedo tú?- rió y se retorció, también, haciendo una mueca de dolor.- Cualquiera de los tuyos no habría dudado en matarme si hubiera tenido la oportunidad. Helena, estaba atado. Podrías haberlo hecho y después largarte. ¿Es una manera de castigarme? ¿De castigarte?
- Me duele que no lo recuerdes.
Esa frase retumbó por todo el edificio. Le dolió tanto a ella, como a él, que la escuchaba atento, ahora con los brazos cruzados.
- Así que es eso.
Helena le miró interrogante.
- ¿Piensas que eres la única que recuerda las cosas cuando vive de nuevo?- él la desafió con la mirada.- Te reconocí en cuanto te vi, He.- las pupilas de ellas se dilataron, incrédulas, tal vez algo inocentes. Él tembló bajo la cara de ella, ahora, a parte de confusa, triste.- Pensé que me odiabas, pensé que querrías matarme.
-¿Te ataste tú?- esa pregunta había recorrido su mente durante todas las noches que habían pasado desde el día del bosque. - ¿Lo hiciste a propósito, para que te matara?
- Tenía la esperanza de que no lo hicieras. Pero pensaba...creía, yo qué sé. Han pasado siglos de aquello, Helena. Pensé que lo único que querías era acabar conmigo.
- Te fuiste, es cierto. Pero a ti te he perdonado, Elaan. A ti te he perdonado. A quien no he perdonado es a mí misma. Por haber confiado en ti cuando pude no hacerlo.
- No tenía otra opción, tuve que irme. 
Él la miro, como abrazándola con los ojos. No tenía el valor de decirle que cada noche se había arrepentido de vivir en el mundo en el que vivía, de haber tenido que huir precipitadamente dejándola sola. No le contó de esas noches en las que el sueño no vencía, y su insomnio se hacía presente. No le habló de las cajas y cajas de tabaco que llevaban su nombre, y de todos esos cigarros en los que la intentó ahogar y echar al olvido. Tampoco le contó que todos sus esfuerzos fueron inútiles, que la echó tanto de menos que a veces cerraba los ojos e imaginaba que aún la tenía en sus brazos. Ella bajó la mirada. Furiosa con ella misma, por sentir todavía como su corazón latía a mil por hora, por el brillo que había recuperado esa mirada triste que tuvo desde que él se marchó. Quiso odiarle, pero fracasó.
- Ahora es tarde. Vendrán a por nosotros. Saben que nos hemos encontrado, saben que nos hemos visto. Saben que...lo saben.
- ¿También saben que no he podido evitar que el corazón se me salga por la boca al tenerte a un metro y no poderte abrazar?
Helena suspiró  y se le encarcharon los ojos. Hizo un esfuerzo sobrehumano para no llorar. Él no podía verla débil, ella creía haber aprendido a ser fuerte durante todos estos años en los que él no estuvo. 
- No supe de ti hasta ahora. Me mataba la distancia, el paso del tiempo, tan efímero para mí, tan largo para los humanos. No supe de ti y esa era la peor tortura, la peor condena que podrías haberme dejado. Creí que ellos te habían matado, Elaan. Creía que ya jamás volvería a verte.
Él se acercó repentinamente y la abrazó. Ella no tuvo tiempo para huir de sus brazos y se aferró, sintiendo su olor, pegado en sus mejillas, y sintió como se ampliaba su alma, como se llenaba ese vacío del que se había intentado deshacer mucho antes. 
- No sabes cuántas veces he pensado en otro momento así- suspiró él. Sus palabras se alzaban y volaban, casi rozándola a ella.- No sabes la de veces que pensé en volver y no me atreví.
- Ahora estás aquí.- dijo ella con miedo a que volviera a marcharse.- Pase lo que pase después, haya pasado lo que haya pasado antes, ni el pasado ni el futuro cambiará que ahora estás aquí.
Helena tenía razón y él lo sabía. Había vuelto para llevársela consigo pero le costaba tanto admitir que la quería que incluso el miedo le vencía constantemente. 
Los corazones de ambos latieron, ahora, algo más rápido, por la cercanía. Parecían presos de una sincronización exacta, perfecta. Las respiraciones entrecortadas, las lágrimas felices de él, que no se atrevían a resbalar por las mejillas, las de añoranza de ella, que brotaban por sus ojos al ritmo del brillo que sentían de la luna sobre la piel. Ambos no dijeron más, tampoco hacía falta.
Sabían que por mucho que huyeran del destino, algo hacía que volvieran a encontrarse.
Siglos después, en lugares inexistentes o inimaginables, pero sus vidas se cruzaban otra vez. 
 
 




¿Sabes? Sé por qué te quiero. Te quiero porque haces que parezca fácil vivir. Y eso...eso no lo hace cualquiera.

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