Let me make you happy.

Perdimos los zapatos y anduvimos descalzos a través del tiempo.
Qué más da, el tiempo es solo tiempo.
Tiempo perdido, que no volverá.

Consumíamos el espacio a besos.
Qué más da, el espacio es solo espacio.

Donde no cabía más amor.

Éramos polos opuestos, como imanes que se atraían hasta impactar. Y creíamos que éramos fuertes, pero sabíamos que al separarnos, la propia inercia nos haría volvernos a juntar.
Entonces, ¿dónde queda el miedo?
Nosotros no dejábamos espacio para él.
No había espacio para él.

Nos saltamos las normas y creímos que hacíamos lo correcto a nadar a contracorriente. De hecho, el agua nos golpeaba con tal fuerza la cara que muchas veces nos planteamos el hecho de nadar en la dirección ''correcta''. Pero nos dimos cuenta de que lo correcto no es hacer lo que los demás quieren, no. Que quizá lo correcto era hacer aquello que queríamos hacer.

Y eso hicimos.
Apostamos.
Como solo un par de locos apuestan.
Dejándolo en manos del azar.

Y ganamos todas y cada una de esas partidas. Joder, lo hacíamos a posta, o simplemente, nos dejábamos llevar. El caso es que arrasamos con el mundo entero. Y parecía fácil, era fácil. Tomaba tu mano y el mundo se ataba a mí. Yo manejaba esas grandes ciudades, esos grandes océanos. Éramos tierra, aire, mar. Lo éramos todo.

Y cerrábamos los ojos.
Y contemplábamos como uno a uno
todos y cada uno de nuestros sueños
se iban haciendo realidad.

Éramos jóvenes, lo teníamos todo.
Y nos hicimos eternos.
Porque nuestros corazones un día dejarián de latir,
pero esos bancos,
esas luces de Venecia,
ese cielo nublado,
ese país perdido,
esa acera gris,
esa calle cruzada,
esos instantes,
seguirían gritando nuestros nombres.

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