viernes, 26 de abril de 2013

Annie.

Barcelona lloraba, y mientras, Annie, veía por la ventana, distraída, cómo caía la noche. Se acurrucó en sus propios brazos, ingenua, creyendo que así conseguiría aislar el frío. Pero sabía que ese frío no lo calmaban las chaquetas, ni la calefacción. Que el frío que sentía se resguardaba en su alma y no tenía intención de irse. Ahogó un grito en silencio. Ella ya estaba acostumbrada a callarlo todo, así que no le extrañó confundir su voz con el susurro del viento golpeando fuertemente las ventanas. Arnau le habría dicho algo así como que esa bata le quedaba muy bien, aunque ella se viese feísima al mirarse en el espejo y darse cuenta de que se había amarrado el pelo en un moño y ya no llevaba una sonrisa pintada en la cara.
Se preguntaba a qué distancia estaría ahora Arnau. Se preguntaba hacia dónde irían las personas cuando dejan de respirar.
Tragó saliva y con ella, también tragó sus lágrimas. Sintió un escalofrío y se sentó en la cama, sin dejar de mirar la ventana. Tenía la esperanza de que de repente el móvil sonara y fuera él. Pero ya habían pasado ocho meses desde entonces, y sabía que él ya no llamaría. Marcó ese número que sabía de memoria. Ella lo había borrado, porque, ¿para qué vas a tener el número de alguien que ya no va a estar detrás de ese teléfono para contestar? Pero no se le había olvidado, por eso podía permitirse el lujo de guardar esa esperanza a que alguien contestara.
El contestador era la única manera de no olvidar su voz.

En este momento no estoy, puedes dejar un mensaje, te llamaré.
Las lágrimas escaparon de repente y recorrieron sus mejillas. Sollozó como lo hace un niño pequeño después de haber llorado durante toda la noche. Y de repente, como si el destino hubiera jugado a arañarle el alma, sonó esa canción.
Se partió en pedazos, como había hecho tantas veces antes. ¿Qué sonido emite un corazón al romperse en trozos? Ella odió el silencio que se había apoderado en su pecho, ese silencio que indicaba que lo que latía ahí dentro, ya no era digno de llamarse corazón. Sus pulsaciones marcaban el ritmo de su vida, pero ella había dejado de vivir hacía ya demasiado tiempo. Deseó con todas sus fuerzas ser ella la que muriera en ese accidente aquella noche, pero nadie escuchó sus rezos. Ya nadie podría cambiar lo que sucedió. 

- No debí haberte gritado esa noche, pequeño. No debí haberte dicho todo lo que dije. No hablaba yo, hablaba mi orgullo. No hablábamos nosotros, hablaban nuestras cabezas. Ojalá hubiera sido yo la que estaba en el coche aquella noche y no tú.
Ahogó sus palabras en lágrimas, mezcladas, ahora, con algo de alcohol. No le hacía olvidar, pero aligeraba el peso del recuerdo en su memoria. Se sintió culpable por todos los besos que no dio cuando pudo haberlo hecho. Se sintió culpable de haberle querido, de haberle perdido, de haberle tenido. Se sintió culpable por no haber sido ella la que condujese ese coche. Se sintió culpable de que su corazón continuara latiendo cuando el de él, había dejado de hacerlo hacía ya mucho tiempo. 

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