miércoles, 3 de abril de 2013

La iba a echar tanto de menos.

Y él la miraba sabiendo que sería la última vez que pudiera verla. Aun así, no perdía su sonrisa. Tan brillante y resplandeciente como siempre, pensó. Quiso atraparla, en un instante perfecto, y convertirla en suya. Para así no tener que decir adiós, pero sabía que ella se marcharía, lo sabía des del principio. Se permitió el lujo de rozar sus labios, quién sabe, quizá por última vez y se limitó a susurrar palabras, frases, tal vez, inteligibles para el resto del mundo, pero que ellos dos conocían muy bien. Pensó en decirle lo mucho que la echaría de menos, pero en vez de eso, se quedó mirándola en silencio. Quería recordarla así, tumbada, al otro lado de la cama, con el pelo revuelto, los ojos cansados y las manos rozando su pecho. Quería que su tacto se hiciera intransferible, permanente, en su piel. La quiso retener, sin embargo, tampoco lo hizo.
La miró alejándose por el recibidor, caminando, tan deprisa como una brisa suave de aire. De esas brisas que entran en verano por la ventana y se incrustan en cada pequeño poro de la piel.
La miró alejarse, caminando, con esas piernas que él había besado, mordido, atado a su piel tantas otras veces. La miró como se mira la vida pasar, como despidiéndose con los ojos. Y no lloró, no delante de ella. Antes de marchar, antes de cerrar esa puerta, lo miró. Su mirada podría haber dicho tantas cosas, pero él sabía que una de todas ellas destacaba: Perdóname. La perdonó en cuanto cerró la puerta. Pero eso ella jamás lo supo. ¿Qué palabras se escriben cuando tu vida sale por la puerta para no volver? No supo qué decir después. Y estuvo más de tres semanas sin escribir palabra. Con lo mucho que eran las letras para él...
Quiso odiarla. Odiar esos rizos que se enredaban en sus dedos, odiar el marrón ligero de sus ojos, el brillo de sus labios bajo el sol, quiso odiar su piel, y no hacía más que recordarla a su lado, empapada, riendo en su ducha, abrazada a él. No hacía más que quererla cuando lo único que deseaba era echarla al olvido. ¿Pero cómo coño se olvida a alguien que ha sujetado tus sonrisas y tus lágrimas? Ella que siempre le decía: ' No me pienso ir de aquí sin haber besado tus lágrimas.'
Hasta que la echó. Sí, él sabía por qué se fue. Claro que lo sabía, pero era más fácil tapar la culpa y seguir con su día a día. Sin ese café amargo del que siempre se quejó, es cierto. Sin el periódico que ella traía a las 7.30 de la mañana, sin esas caderas por su pasillo, esa perfecta cintura con la que jugaba, esas piernas largas que se enlazaban a su cuerpo en las noches frías. Todo era diferente sin ella. Y sonaba en la radio su canción, claro que sonaba, pero él cambiaba de emisora porque la letra jamás sonó igual. ¿Qué es de ti?, se preguntaba cada día. Quiso llamarla, pero el orgullo venció miles de batallas. Y cada noche consultaba a la almohada, pero ya nadie tenía una respuesta para él. ¿Qué pasaba cuando dejabas que el tren se marchara aún sabiendo que la estación cerraría sus puertas para siempre? Jamás lo pensó. Porque no la vio capaz de irse hasta que el olor de su pelo ya no estaba en esa almohada en la que habían compartido tantos sueños.
Pero ya no había marcha atrás...y es que cuando dejas que algo vuele tan alto, tan lejos, lo más probable es que jamás pueda volver a aterrizar.

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