Dieciocho razones para sonreír.


¿Cómo es posible que teniendo solo dieciocho años sea tan grande?
A veces, el destino, la casualidad, o si hay algo ahí arriba, en el cielo, ponen en tus manos a personas que pensaste que jamás podrías llegar a alcanzar.
Hoy el mejor chico del mundo cumple dieciocho años. Cuando le conocí, él apenas tenía catorce años, y sin duda, éramos un par de críos todavía.
Años después, el hecho de  habérmelo cruzado me ha enseñado muchas cosas. He aprendido a querer, a aceptar, a asumir, a rozar con la yema de los dedos cada pequeño milímetro de su piel. He aprendido incluso a pasarlo mal, en momentos de debilidad, en momentos en los que estuvimos alejados, separados. He aprendido con él a saborear cada momento, a hacer de un beso algo interminable. Ha sido el primero al que le he dejado conocerme, con el que he reído, sin miedo a lo que pudiera pensar de mí. Con el que he podido ser yo. El primero al que he dejado que sus manos pasearan por mi cuerpo, el primero al que le he dado la oportunidad de entrar en mi pequeño mundo, inundándole de sueños, proyectos, inundándole de mis pequeñas ilusiones. Estar hoy con él, en un día así, es mágico. Ya no solo por el día que hoy es, sino porque es el comienzo de algo más grande y yo formo parte de él. Sus dieciocho los habrá pasado estando conmigo, y eso es difícil de olvidar.
¿Sabéis? Yo antes era más insegura, me daba miedo no conocer a nadie que llegara a aceptarlo todo de mí, aun sabiendo sobre mis virtudes y defectos. Pero ahí estaba él, Raúl,  sentado a tres metros de mí, detrás de una pose seria, mirando la pizarra con fijación. Ahí estaba el pasaporte a mi felicidad, respirando el mismo oxígeno, topándose conmigo por los pasillos, haciéndome sentir bien con cada broma. Y detrás de él, había escondido un día gris de octubre, un puerto testigo de tanto, testigo de nosotros.
Él no solo me hace feliz, él no solo me quiere, sino que también hace que yo empiece a quererme un poco más. Y esas cosas no las consigue cualquier persona, no.
Es por eso que hoy escribo sobre él, sobre el que ha sido el dueño de mis sueños durante los últimos seis, quizá siete meses. El que dio un giro inesperado a mi vida, él, que piensa que lo he salvado, en realidad no sabe, que salvándole a él, me he salvado a mí también.
Él, que me trata con una delicadeza enorme, como si en cualquier momento pudiera romperme y él tuviera las fuerzas para reconstruirme, él, que me susurra Te quiero y congela el mundo, él, que me dice que es feliz, sin saber que al decirme eso multiplica por dos mi felicidad. Él, que me coge de la mano y me veo valiente, preparada para afrontar al mundo.
Él, que sin saberlo me ha hecho creer de nuevo que la magia existe. Él, que multiplicando dos por seis ha conseguido que el doce se convierta en el número más mágico del mundo.

 


Eres tú el regalo más grande.


2·6= XII

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